Sin acritud

Publicado por

Ilya U. Topper

@ilyatopper

Periodista (Almería, 1972). Vive en Estambul, donde trabaja para la Agencia Efe.

Publicado el 17 Abr 2020

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Manzanas agrias
Dirección: Yılmaz Erdoğan

Género: Largometraje
Guion: Yılmaz Erdoğan
Partícipes: Farah Zeynep Abdullah, Yılmaz Erdoğan, Söngül Öden, Şükrü Özyıldız
Produccción: BKM
Duración: 114 minutos
Estreno: 2016
País: Turquía
Idioma: turco [subtitulado castellano]

“Una película que también hará llorar a los hombres”, ha dicho la prensa turca, y solo cabe corroborarlo. Y eso que en realidad la historia no es para tanto: es una simple crónica familiar sin mayores dramas, una narración que se quiere típica: miren, eso es lo que pasa, eso es lo habitual, lo que tenéis ante vuestros ojos en vuestro país. Para bien y para mal, esos sois, eso somos nosotros.

Yilmaz Erdogan (el apellido es frecuente en Turquía, no busquen conexiones), poeta, actor y dramaturgo antes que cineasta, habla de lo que conoce: nació en Hakkari (1967). Y en Hakkari, provincia del extremo sureste, ahí donde se encuentra Anatolia con Irán e Iraq, tierra de kurdos, es donde se desarrolla la primera parte de este cotidiano drama familiar. Tierra de altas montañas, de campesinos que pasan unos meses de verano en los pastos cerca de las cumbres y que abajo, en el valle, cuidan huertos de manzanas. Manzanas dulces. Salvo aquel árbol que habrá que talar porque siempre las da ácidas, es un árbol rebelde y no hace lo que debe, por mucho que lo haya cuidado, dice Aziz.

Aziz es el alcalde de la aldea, un hombre hecho y derecho, respetado y firme, bigotudo como debe ser, un hombre que no entiende de bromas cuando se trata de vigilar el honor de sus tres hijas Muazzez, Türkan y Safiye, una más guapa que la otra, todas casaderas. El problema es que para un hombre de ese estatus y respeto no hay en el pueblo yerno que valga. Y fuera no digamos.

Esta primera hora de la película se hace más bien ligera: vestidos coloridos entre vergeles, risas y susurros de adolescentes, chicos torpes o exagerados, toques de comedia a la americana (en el pueblo nadie sabe lo que es el champú) y bellísimas escenas de subida a los pastos de arriba, donde corren arroyos, las chicas se bañan vestidas en las pozas y se inician romances en secreto. Romances que llegan lejos: Muazzez y su admirador leerán una fotonovela sentados juntitos en un recodo del riachuelo. Lee él: ella no sabe. Es lo más lejos que puede llegar un romance kurdo si no hay boda por medio.

El filme es todo un ajuste de cuentas con un patriarcado que domina Anatolia entera, kurda o no

Yilmaz Erdogan ha rebajado las tintas: nos hace ver que la sociedad kurda es patriarcal y vigila severamente el honor de las chicas, y que el matrimonio es decisión del padre… pero nos ha ahorrado el último, sangriento extremo: el que sentarse a leer una fotonovela con un chico no aprobado por tu familia, todavía hoy, más de una vez, no se resuelve con unos guantazos ni un paliza ni un encierro: se resuelve con la muerte. Esto, el cineasta se lo calla: demasiado drama puede estropear el drama, y para lo que nos quiere contar no hace ninguna falta saberlo.

Ni tampoco hace falta recordar que los campesinos de Hakkari hablan en kurdo: Yilmaz Erdogan nos simplifica la historia y pone a todo el mundo a hablar en turco (de paso ahorrándose problemas con los nacionalistas), como si en la vida real Muazzez entendiera la fotonovela turca leída en voz alta. Porque para lo que nos quiere contar, eso tampoco es lo que importa.

Antalya. Mediterráneo. Donde las mujeres se pueden bañar sin esconderse. La libertad. La vida

Lo que nos quiere contar Yilmaz Erdogan se revela en la segunda hora de la película, cuando nos damos cuenta de que este filme no se agotará en un hermoso costumbrismo. Y que es todo un ajuste de cuentas con un patriarcado que domina Anatolia entera, kurda o no.

¿A qué huele el mar? pregunta Safiye a su chico – también en secreto: él tampoco vale como yerno, por muy ingeniero agrícola que sea – y él intentará explicárselo: es de Antalya. Un lugar con Mediterráneo, azul, salado, exótico, maravilloso. Algo donde todo es diferente. Moderno. Donde las mujeres se pueden bañar sin esconderse. La libertad. La vida.

La vida es lo que sucede mientras una intenta buscar la manera de llegar a Antalya. Una opción es fugarse, ay quién tuviera el valor de hacerlo. Otra puede ser casándose con quien te diga tu familia en la esperanza de que tenga la mollera menos dura que tu padre. Un marido a cambio de la libertad ¿es mal negocio? Otra puede ser esperar: tu padre también se hace mayor. Y frágil. Y vulnerable. Al final te lo llevarás adónde tú digas. Quizás a Antalya, donde el antiguo novio de Safiye ahora cuida un árbol que da manzanas ácidas. El esqueje que plantó viene de un pueblo de Hakkari. Todo el mundo acaba llegando a Antalya.

Solo que la vida, mientras, ya ha pasado.

Tiene razón el crítico turco que cerró la reseña con las palabras: Las hijas podrán perdonar al padre. Nosotros, los espectadores, no sé.

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