El hombre que lo vio claro

Publicado por

Alejandro Luque

@atoluque

Periodista y escritor (Cádiz, 1974). Vive en Sevilla.

Publicado el 18 Abr 2020

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Pierre Christin y Sébastien Verdier
Orwell

 

Género: Biografía (gráfica)
Editorial: Norma Ed.
Páginas: 160
ISBN: 978-84-6794-083-1
Precio: 25 €
Año: 2019 (2020 en España)
Idioma original: francés
Título original: Orwell
Traducción: Xisca Mas

 

Hay que tener mucho cuidado con el modo en que se ingresa en la Historia. Lo expertos en branding saben que la marca personal apenas admite un adjetivo, una palabra que nos defina y determine la idea que los demás tendrán de nosotros. Pero una vida, claro, es muy difícil de resumir en una sola palabra. Demasiado tiempo, demasiadas peripecias, demasiados errores y aciertos. Y algunas mucho más que otras.

Pensé en esto viendo una foto reciente de mi sobrino quinceañero leyendo en su terraza 1984 para sobrellevar el confinamiento. Además de pasárselo muy bien, va a tener muy claro ese epíteto con que casi todos designan a Orwell: visionario. El gran visionario. El que supo anticipar muchas de las amenazas a los derechos y las libertades del individuo que hoy forman parte de nuestro pan de cada día. Si alguien no se convence después de este título, se asoma a Rebelión en la granja y ya sale de dudas para siempre.

Sin embargo, el riesgo de reducir su figura a la de una especie de pitoniso asomado a su bola mágica es alto. Porque, dejando a un lado el asombro que nos produce esa clarividencia, un visionario es una especie de velocista, alguien que llega al mismo punto que nosotros, solo que un poco antes. Se le aplaude y ya. Pero Orwell fue mucho más. Y vale la pena saltar por encima del lugar común para asomarse a una personalidad arrebatadora y una vida trepidante que se interrumpió, por increíble que parezca, a los 46 años.

“Etoniano, poli, proletario, dandi, miliciano, periodista, rebelde, socialista, patriota, jardinero…”

Me ha gustado por eso que desde la portada de esta novela gráfica de Pierre Christin y Sébastien Verdier se enumeren muchas más cosas que también definen a nuestro personaje: “Etoniano, poli, proletario, dandi, miliciano, periodista, rebelde, novelista, excéntrico, socialista, patriota, jardinero, ermitaño, visionario”. Su nacimiento en Bengala –¿se puede ser alguien normal habiendo nacido en Bengala, como Sandokán?–, sus estudios en Saint Cyprian y Eton y su enrolamiento en la policía birmana, donde se vacunaría para siempre de cualquier inclinación imperialista, marcan el perfil del escritor.

La épica empieza un poco después: se jugó la vida, literalmente, en la Guerra Civil española, llegando a recibir un tiro en el cuello, y sus textos de aquel momento todavía se cuentan entre lo mejor y lo más lúcido que se escribió en la contienda. Clamó por los derechos de los trabajadores de las grandes capitales europeas, como París y Londres, y se opuso a cualquier clase de totalitarismo, ya fuera el de izquierda, encarnado en Stalin, o el de derecha, representado por Hitler. Su primera obra maestra, la citada Rebelión en la granja, es un fiel reflejo de ese rechazo en clave de fábula satírica, donde los animales se rebelan frente al yugo de los humanos y se hacen con el poder.

Con las ascuas de la Segunda Guerra Mundial aún calientes, ve la luz su segunda novela indiscutible, 1984, donde concibió el concepto de Gran Hermano para profetizar el control de los medios de comunicación e Internet, y la manipulación de los datos personales, y que luego dio nombre a un pasatiempo televisivo de manifiesto mal gusto. La muerte, a la que tanto regateó durante años, le dio el encuentro en Londres, en 1949, en forma de tuberculosis fatal. Pero había dicho tanto, y lo había dicho tan bien, que muchos lo sentimos como un autor perfectamente contemporáneo, vivo y digno de toda atención para entender no solo el siglo XX, sino también este momento en el que vivimos curiosamente encerrados y perfectamente controlados. Sí, tal vez la etiqueta “visionario” se quede corta, pero nadie la merece más que Orwell.

El Orwell que nos traen estos autores está a la altura del modelo original en el que se inspiran

Lo que parecía imposible, comprimir tantas y tan intensas vivencias en una novela gráfica, es algo que Christin y Verdier logran con una efectividad abrumadora. Christin, quien ya había dado sobradas muestras de su capacidad en trabajos como Valérian (con Mézières) o Las falanges del orden negro y Partida de caza (con Bilal), va mucho más allá de la simple biografía para hacer viajar al lector por buena parte del siglo XX. De lo personal a lo histórico y vuelta, entre la línea realista y una adecuada sobriedad narrativa, entre el dibujo en blanco y negro y los pasajes en color, el Orwell que nos traen estos autores está sin duda a la altura del modelo original en el que se inspiran. Y Verdier, tras Rencontres sur la Transsaharienne, se ha convertido en uno de los jóvenes valores de la viñeta histórica.

Además, estos autores no están solos en el empeño. Nombres de tanto peso como los de André Juillard, Olivier Balez, Manu Larcenet, Blutch, Juanjo Guarnido y Enki Bilal firman algunas páginas en lo que acaba siendo una verdadera fiesta del cómic, además de un merecido homenaje a quien quizás sea el escritor más influyente de los tiempos contemporáneos.

Mi sobrino, al que envidio un poco esa sensación de descubrir a Orwell –por no hablar de sus 15 años– tiene tarea cuando acabe 1984. Esta novela gráfica, no hace falta ser visionario para saberlo, le va a encantar.

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