Ya no podemos ser Khaled Said

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Publicado el 10 Jun 2020

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No llegué a conocer a Shady Habash, no en persona. No era amigo mío. De no ser por lo ocurrido, probablemente nunca habría oído hablar de él. Quizá, si yo hubiese seguido trabajando en proyectos de humor satírico con Shady Abu Zeid, nuestros caminos se habrían terminado cruzando. Pero a Shady Abu Zeid lo detuvieron sin motivo, sospechamos que por una de sus bromas, y a Shady Habash lo detuvieron por una canción. Yo no participé en dicha broma, ni en dicha canción, así que a mí no me detuvieron. Dejé de participar en proyectos satíricos.

Quizá hubiera sido más fácil haberlo dejado por miedo. Desde luego hubiera sido mejor motivo para parar, tendría más sentido. Lo dejé porque estaba desolado. Shady Abu Zeid fue alguien que me enseñó el poder que tiene el humor más tonto para abordar asuntos serios. Habíamos estado trabajando juntos en una colaboración de este tipo, justo antes de que lo detuviesen. No era de contenido político. Era una canción escrita para plasmar una polémica. Era el tipo de trabajo que a él le gustaba hacer: provocador, trascendente, no algo repetitivo y predecible con lo que cosechar aplausos.

No fue hasta 2018, cuando detuvieron a Shady Abu Zeid, que oí hablar de Shady Habash

Shady Abu Zeid es un bloguero y autor satírico egipcio que saltó a la fama con sus vídeos virales donde entrevistaba a gente en la calle, haciendo preguntas ridículas y obteniendo respuestas igualmente cómicas. El 25 de enero de 2016 publicó un vídeo en el que se le veía repartiendo globos hechos con condones inflados a las fuerzas de seguridad. La broma se volvió viral, para consternación del Ministerio del Interior. Dos años después, a primera hora de la mañana, alguien llamó a la puerta de Shady y lo detuvieron sin cargos.

No fue hasta entonces, en mayo de 2018, cuando detuvieron a Shady Abu Zeid, que empecé a oír hablar de otro Shady, Shady Habash. Resultó que habían encerrado a ambos en la prisión de Tura, en El Cairo, pero los destinaron a módulos distintos. A veces, cuando nos llegaban noticias por amigos en común, costaba saber a cuál de los dos Shady se referían.

Shady Habash murió en prisión. Antes de que muriese, sus compañeros de celda habían alertado al guardia para que le prestasen atención médica, pero este no abrió la puerta del calabozo. Aquello no fue un caso aislado, es el protocolo habitual. Me cuesta encontrar palabras para describir lo sucedido. Hablar simplemente de desinterés intencionado hacia la vida humana no termina de ser preciso. De algún modo, pensar que habrían abierto el cerrojo porque sus compañeros hubieran dado aviso se me antoja francamente ridículo.

Tampoco es que les hubiese importado nunca su vida. Si no lo asesinaron antes por el videoclip que dirigió fue quizá solo porque no les venía bien. Nunca les importó aquel joven creativo al que habían arrebatado la libertad sin pasar ante un juez ni jurado alguno. A Shady Habash lo detuvieron porque alguien se molestó, no por quebrantar la ley. No lo interrogaron, ni lo sometieron a juicio. La prisión preventiva fue el veredicto. La prisión preventiva fue la sentencia. Fue muerte por prisión preventiva.

El arte no es un lujo, sino algo esencial en la lucha contra la monstruosidad de la injusticia

Hay algo tremendamente descorazonador en ver privados de libertad a las mentes más creativas entre nosotros. Sus detenciones son más que una tragedia personal: representan una agresión directa a la creatividad, al arte mismo. Una agresión directa a lo que nos mantiene con vida. El arte no es un lujo, sino algo esencial en la lucha contra la monstruosidad de la injusticia, son polos opuestos.

Por eso siempre me resultaba doloroso toparme con noticias de Shady Habash cada vez que intentaba saber más de mi amigo Shady Abu Zeid. Estos dos jóvenes pertenecen a una categoría distinta de objetivos del régimen. No son activistas políticos como Mahienour el Massry, Alaa Abd El Fattah, u otros tantos que profesan creencias políticas diametralmente opuestas al autoritarismo del régimen. Son solo artistas. Y sin embargo multitud de personas como ellos languidecen en prisiones de todo Egipto.

Shady Abu Zeid pasó más de dos años en prisión. Para torturarlo a él y a su familia, en febrero de este año ordenaron su puesta en libertad. Momentos antes de que pusiera un pie fuera, inventaron una nueva acusación contra él para mantenerlo entre rejas. Los cargos: intentar derrocar al régimen desde prisión.

La noticia de la muerte de Shady Habash me destrozó. La sensación era de absoluta pérdida, de absoluto desamparo. Pero para ser sincero, sentí alivio porque no nos hubiéramos conocido antes. Sentí alivio de que no fuera alguien cercano a mí. Sentí alivio porque no era el Shady al que yo conocía.

Aunque pueda resultar cruel a aquellos que sí lo conocieron, me sentí aliviado de que no fuese el Shady que yo conocía. Quizá ellos también hubieran querido que el Shady que murió no fuera su Shady. Así lidiamos con las tragedias en días como estos, sabiendo que no podemos escapar de ellas, y una vez nos alcanzan, rezando porque no hayan recaído en nuestros seres queridos.

La muerte de Shady Habash recuerda a la de Khaled Said. Ambos, Shady y Khaled, eran jóvenes con toda la vida por delante, y ambos fueron víctimas de los servicios de seguridad de Egipto. El asesinato en junio de 2010 de Khaled Said a manos de la policía en Alejandría, que el Estado intentó encubrir con gran despliegue de medios, fue un factor clave para la revolución que estallaría en 2011, cuyo espíritu quedaría encarnado en la consigna de solidaridad «Todos somos Khaled Said».

Ahora todos somos Shady Habash, lo que significa que nadie protestará por nosotros

Ahora todos somos Shady Habash. Esto no es un mero golpe de efecto político como el que dimos al afirmar «Todos somos Khaled Said». Esta es la transformación a la que nos vimos obligados cuando elegimos protestar por el derecho de Khaled Said a no ser asesinado impunemente a manos del Estado. Ya no podemos ser más Khaled Said. La muerte de Khaled abrió los ojos a una nación para que protestase, para que actuase y tratase de poner fin a semejante injusticia. Entonces elegimos ser Khaled Said por voluntad propia, y muchos lucharon por todos los Khaled Saids que han muerto.

Ya no podemos ser Khaled Said, hemos perdido esa opción. Ahora todos somos Shady Habash, lo que significa que nadie protestará por nosotros. Que desapareceremos entre el silencio y la tristeza. Que la censura hará que nadie tenga noticia de nuestras muertes. Que nuestras voces silenciadas no podrán acusar al régimen de nuestro asesinato. Señalarlo como responsable supondría condenar a nuestros seres queridos al mismo destino. Todos somos Shady Habash, la antítesis de ser todos Khaled Said.

Tras el asesinato de Khaled Said, la comunidad internacional, a pesar de su complicidad con el régimen de Mubarak, ejerció presión ante las violaciones de derechos humanos. Ahora que mutamos en Shady Habash, los actores internacionales no envían sus condolencias por nuestras muertes. De hecho, nuestra transformación llega patrocinada por potencias colonialistas, potencias que se llenan la boca de palabras vacías y promesas de democracia mientras no tienen reparos en ensuciarse las manos e intercambiar armas con el régimen.

Los países occidentales, que antes reaccionaban, son ahora cómplices de los crímenes de Egipto

Ahora mismo la indefensión lo inunda todo. No hay nadie a quien presionar, nadie a quien acudir. Cada vez que detienen a alguien, tenemos dos opciones. Lanzar una campaña para atraer la atención de los medios sobre su situación, o permanecer callados. Ninguna sirve. Las campañas mediáticas ya no son un medio eficaz para hacer presión. Los países occidentales, que en su momento reaccionaban ante las violaciones de derechos humanos, son ahora cómplices de los crímenes de Egipto, y por tanto no moverán un dedo con tal de no poner en peligro sus intereses. Además, las campañas mediáticas tienden a irritar a las autoridades egipcias, por lo que cualquier intento de denunciar la situación de los que están entre rejas puede acabar dañándolos en su lugar.

La alternativa es permanecer en silencio y buscar contactos en el régimen que puedan ocuparse del asunto, más que nada porque a menudo no existen motivos legítimos para la detención. Esta estrategia no enfurece al régimen, pero puesto que no le supone presión alguna, no tiene que ceder un milímetro. La postura imperante es echar la llave y tirarla al mar. Al fin y al cabo, Francia jamás se plantearía siquiera poner en riesgo sus acuerdos en materia armamentística con Egipto, de quien fue el mayor proveedor de armas entre 2013 y 2017. El asesinato de Giulio Regeni, estudiante de doctorado, demostró que Italia no tiene interés real en proteger las vidas de sus propios ciudadanos, no digamos las de los egipcios.

Luego está Alemania, que no quiere permitir a los refugiados abandonar el norte de África y acaba de concluir la construcción de la central eléctrica de Siemens en Egipto, todo ello mientras submarinos alemanes zarpan de los astilleros de Thyssen-Krupp, en Kiel, rumbo a la marina egipcia. Lo mismo podría decirse de Canadá, Grecia, Países Bajos, España, Reino Unido y Estados Unidos, por nombrar solo unos cuantos países.

Las víctimas de violaciones de derechos humanos carecen de aliados reales, los responsables de dichas violaciones tienen por aliado al mundo entero. Esa es la realidad que tenemos que asumir. Somos demasiado pequeños para enfrentarnos al mundo.

Es una lucha continua seguir adelante y encontrar el sentido a las cosas. Es una lucha continua escribir y reescribir lo mismo una y otra vez. Me debato entre resistirme a seguir diciendo lo mismo de nuevo, en vano, y la necesidad de expresar una vez más los pensamientos que me atormentan. Mientras el mundo está sumido en la pandemia del coronavirus, nosotros seguimos luchando por abrirnos camino en la pandemia que es la injusticia del sistema.

Es un privilegio maldito saber sin tener oportunidad de actuar y cambiar las cosas

¿Cómo continuar? ¿Cómo encontrar resiliencia? ¿Qué significa, en estas circunstancias, ser resiliente? Quizá consista en seguir recibiendo los golpes, un varapalo tras otro. El dolor se va acumulando, y llevo conmigo el peso de las tragedias que he presenciado, el peso de haberlas visto tal y como son. Me siento más impotente con cada día que pasa, intento conservar la rabia que hay en mi interior, en vez de sucumbir a la desesperación y el sentimiento de derrota total. A pesar de la impotencia, no quiero perder esa rabia, perder el recuerdo de estas injusticias, porque si pierdo eso, perderé mi humanidad. A medida que voy conociendo mejor mis limitaciones, me doy cuenta de que ya no soy tan capaz como antes. Echo de menos los días en que creía, ingenuo, que de algún modo podría cambiar las cosas, porque eso me hacía pasar a la acción, incluso si era en vano.

El tiempo avanza, inexorable, y yo estoy paralizado por mi propia insignificancia, que crece por momentos. Podría pensar que debo liberarme de la carga de lo que he presenciado, pero en su lugar se me hace más necesario que nunca aferrarme a ello. Qué me queda, si no aferrarme a mi integridad. Sentirme así de impotente y renunciar además a mi integridad sería catastrófico. Intento convencerme de que vale la pena asirse a la rabia, a la verdad de la que soy testigo, aunque no pueda hacer nada al respecto.

Presenciar la injusticia es un privilegio maldito. Hace poco di en Internet con una cita, atribuida a Albert Einstein, que expresa una visión del privilegio sobre la que pienso a menudo: «Aquellos que tienen el privilegio de saber, tienen el deber de actuar». Pero es un privilegio maldito saber sin tener oportunidad de actuar y cambiar las cosas. Mi último y humilde reducto es el recuerdo. No es tan sencillo como parece, porque no puedo venirme abajo: necesito sobrevivir. Recordar y sobrevivir, dos deberes incompatibles que, con cada día que pasa, resulta más difícil cumplir.

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