Los días del Cáucaso

Banine

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Es la identidad colectiva de los autores de la revista M'Sur. Aparece normalmente en las colaboraciones de artistas, escritores o músicos que, por ser esporádicos, no disponen de usuario propio en la revista.

Publicado el 30 Jun 2020

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Ricos en el Cáucaso

Banine (París, déc. 1940) | Autoría desconocida

El mercado es así. Sucede a veces que, en un verano sin viajes como el que se nos presenta, las librerías –físicas o virtuales– se llenen de libros de viajes. Y que varios de ellos, pongamos media docena o más, nos hablen no de esos destinos más o menos recurrentes, Roma, Nueva York, París, sino de un rincón algo más remoto, pero tan fascinante o más, como es el Cáucaso. En MSur nos iremos ocupando poco a poco de ellos, prometido. Ya tenemos en la mesita de noche las Vacaciones en el Cáucaso de nuestra admirada MariaIordanidu, el irresistible Rumbo a Tartaria de Robert D. Kaplan… Y este otro que ofrecemos en adelanto por cortesía de la editorial Siruela.

Los días del Cáucaso son las memorias de juventud de Banine, escritora francesa que decidió abreviar su nombre porque tal vez el verdadero, Umm El-Banu Äsâdullayeva, podía cerrarle puertas entre los lectores. Criada en la nobleza de Azerbayán cuando este país pertenecía aún al imperio ruso, salió corriendo con su familia al ver cómo se las gastaban los bolcheviques con la nobleza zarista. La huida le deparó una nueva vida, primero en Estambul y luego en París, donde tendría como compañeros de pandilla a gente tan notable como Kazantzakis, Malraux, Jünger o Marina Tsvetáyeva.

El título que presentamos podría leerse seguido de Sangre y petróleo en Oriente, de Essad Bey, otro escritor de Bakú, hijo de aquellos sobrevenidos magnates del oro negro, que también pudo reinventarse en Europa. En todo caso Banine, además de una mirada femenina agudísima, aporta una experiencia personal e intransferible contada, además, con tan buena prosa como buena memoria.

[Alejandro Luque]

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Los días del Cáucaso

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Primera parte

I

 

 

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A diferencia de ciertas personas dignas, nacidas en familias pobres, pero que eran familias «bien», yo nací en el seno de una familia que no era para nada una familia «bien», pero sí era muy rica. Tanto que resultaría escandaloso de no ser por el hecho deplorable, pero justo, de que dejó de serlo hace ya muchos años. «Y ¿por qué su familia no era una familia “bien”?», me preguntarán quizá con amabilidad, comentario este que implicaría cierto interés hacia mi persona. Pues bien, porque, por un lado, mi familia solo es capaz de remontarse en su estirpe hasta mi bisabuelo, que respondía al bonito nombre de Asadulá, que significa «amado por Alá»; un nombre predestinado porque, campesino de nacimiento, mi antepasado murió millonario gracias al petróleo que brotó de su campo sembrado de piedras entre las que pastaba —no se sabe qué— su rebaño de ovejas. Y también porque mi familia contaba con miembros turbios en extremo, en cuyas actividades sería preferible no extenderse. Si a lo largo de este relato me animo, tal vez hable más en detalle de ellos, y de cosas que me interesan como autora, pero repruebo como depositaria de un ínfimo remanente de orgullo familiar.

Como decía, vine a nacer en una familia extraña, exótica y riquísima, un día invernal de un año movido, plagado, como tantos otros calificados de históricos, de huelgas, pogromos, masacres y diversas manifestaciones de la genialidad humana, tan particularmente imaginativa en lo tocante a perturbaciones sociales1. La mayor parte de la población de Bakú, compuesta de armenios y azerbaiyanos, estaba ocupada de forma activa en masacrarse. Aquel año, los armenios, mejor organizados, exterminaban a los azerbaiyanos para vengarse de antiguas matanzas; los azerbaiyanos, por su parte, a falta de algo mejor, hacían acopio de motivos para matanzas futuras. Y todos contentos, salvo aquellos —por desgracia numerosos— que fallecían en el transcurso de los acontecimientos.

Nadie me habría creído capaz de participar en la obra de destrucción; y, sin embargo, así fue, ya que maté a mi madre cuando vine al mundo. Para huir de las matanzas, ella fue, para dar a luz, a un suburbio petrolífero donde creía que hallaría tranquilidad. Pero por aquel entonces todo estaba tan patas arriba que acabó pariéndome en las peores condiciones posibles y contrajo la fiebre puerperal. Un violento temporal dejó la casa aislada de todo auxilio exterior, lo que vino a sumarse al caos en el que ya estábamos sumidos. Mi madre, privada de los complejos cuidados que requería su estado de salud, luchó en vano contra la enfermedad. Murió en pleno dominio de sus facultades, lamentando abandonar tan joven esta vida y preguntándose con angustia por la suerte que correrían los suyos.

Aunque desde un punto de vista físico yo nací en ese momento, aún tardé varios años en nacer a la vida consciente. Esta me fue revelada a través de los juguetes berlineses que me traía mi padre; percibí el mundo por vez primera a través del vientre sonoro de un gato de peluche, de la belleza rutilante de un marajá a lomos de un elefante de gamuza gris, de las reverencias de un payaso multicolor. Todo esto percibí, y sentí, y me maravillé de ello, y así empecé a vivir.

Mis primeros años fueron de lo más felices; mi juventud, en comparación con mis tres hermanas mayores, me confería privilegios de todo tipo que yo sabía aprovechar; pero lo fueron, sobre todo, porque me crio una santa (y no exagero al emplear este término), una alemana báltica —mi institutriz, mi madre, mi ángel de la guarda— que nos entregó de manera incondicional su buena salud y su vida, y empleó con nosotras toda su paciencia; una mujer a la que dimos muchos disgustos y muy pocas alegrías; que se sacrificó siempre sin pedir nada a cambio. Era, en pocas palabras, una de esas criaturas excepcionales que saben dar sin recibir.

Fräulein Anna tenía la piel pálida y el cabello de lino; nosotras cuatro, en cambio, éramos de piel morena y pelo negro, velludas y de aspecto muy oriental. Formábamos un conjunto de lo más vistoso en las fotografías, cuando la rodeábamos, a ella, tan absolutamente nórdica, con nuestras narices aquilinas y nuestras cejas juntas. Y debo añadir que nos fotografiábamos mucho en aquella época (a pesar de la prohibición del Profeta, enemigo de las imágenes), ataviadas con nuestras mejores galas y flanqueadas por la mayor cantidad posible de parientes, todo ello con un parque pintado al fondo. Manía ino­fensiva cuya explicación se hallaba en la novedad del asunto para lo primitivos que éramos entonces; manía a la que debo un puñado de estampas hilarantes y enternecedoras que guardo con cariño.

Pero volvamos a Fräulein Anna. El hecho de que ella, rodeada de una familia musulmana fanática, en una ciudad todavía oriental, supiera crear y mantener un clima de Vergissmeinnicht, de canciones infantiles para niños rubios, de árboles de Navidad con angelitos rosados, de pasteles cargados de crema y sentimentalismo, demuestra que tenía personalidad a pesar de su docilidad, y voluntad a pesar de su flexibilidad. Cierto es que en aquellos tiempos todavía no la habíamos agotado y podía defenderse mejor contra un ambiente que debía de antojársele, o serle, hostil. Su influencia se veía contrarrestada de manera constante por la de nuestra abuela paterna, que vivía en la planta baja de nuestra casa. Desde allí reinaba aquella mujer autoritaria, alta y gruesa, preferiblemente sentada en el suelo, sobre unos cojines, como buena musulmana, cubierta la cabeza con un velo, y fanática hasta el exceso. Ejecutaba sus abluciones y oraciones con un rigor infalible, y aborrecía a los cristianos con exaltación. Si resultaba que manos no musulmanas tocaban la vajilla, mi abuela se negaba a usarla y la regalaba a gentes menos orgullosas. Si un extranjero de piel blanca pasaba por su lado, ella lanzaba un escupitajo al suelo y se ponía a proferir injurias, siendo «hijo de perra» la más moderada de todas. Por consiguiente, a nosotras, criadas por una cristiana, también nos aborrecía un poco; tantas caricias, tanto contacto con manos profanas acababan impregnándonos de un sutil aroma impío, y sus besos, aunque afectuosos, solían ir acompañados de un mohín de repugnancia. En verdad, si de ella hubiera dependido, no habríamos sido confiadas a Fräulein Anna, y me puedo imaginar las penosas batallas que mi padre debió de librar para que su madre aceptara tan herética educación. Pero los rusos nos habían colonizado hacía tiempo; su influencia se colaba por todas partes, y con ella el deseo de cultura, de europeización. La gente empezaba a preferir para las nuevas generaciones la libertad al velo, y la formación al fanatismo.

Tras ponernos en las blanquísimas manos de Fräulein Anna con una confianza que nunca hubo de lamentar, mi padre se desentendió de nosotras. Viajaba constantemente, pues, en su condición de primogénito, dirigía la empresa petrolera familiar, que poseía depósitos y oficinas alrededor de todo el mar Caspio y a lo largo del Volga, había llegado (la empresa familiar) hasta Moscú en forma de pujante filial y terminaba en Varsovia. Una vez allí, en virtud de la velocidad adquirida, mi padre ya no podía parar, ya que Berlín quedaba a tiro de piedra para alguien acostumbrado a las distancias rusas; de ahí que de vez en cuando se pasara por la capital germana.

La Alemania anterior a la guerra de 1914 gozaba de un prestigio inmenso entre mis compatriotas, que acababan de descubrir la civilización: automóviles, mostachos al estilo de Guillermo II, institutrices pálidas, música, pianos… todo venía de allí. Y mi padre volvía cargado de todas esas cosas, inclusive el bigotón marcial, que en cada viaje adquiría un vigor renovado, ensanchándose y levantándose cada vez un poco más. Pues no debemos olvidar que Guillermo II se autoproclamaba protector de los turcos y el islam; de ahí su buena fama entre nosotros, primos de los turcos.

Me parece que esos años que precedieron el segundo matrimonio de mi padre debieron de ser los más felices de su vida: era joven, rico, libre, apuesto, y despertaba intereses matrimoniales y otros menos honestos. Tenía muchas aventuras, pero el casamiento no llegaba, aunque se lo recomendaba toda la familia, que aceptaba la poligamia y censuraba el celibato. Sin embargo, las candidatas que ellos le proponían no le convencían; no eran más que mediocres musulmanas, apenas instruidas, sin elegancia ni encanto, y a mi padre, que apostaba de forma definitiva por la cultura, no le interesaba ninguna. Las otras, las que conocía al azar de sus viajes y estancias en el extranjero y que habrían podido gustarle de veras, eran, según la definición de nuestra abuela, unas «hijas de perra», o sea, cristianas, y por lo tanto difíciles de desposar. Había sólidos motivos en la familia para temer matrimonios con esa clase de mujeres, y la abuela además las odiaba por una razón extrarreligiosa: su marido la había repudiado para irse con una rusa de dudoso origen. Desde que se casara en segundas nupcias y hasta su muerte, cuando yo tenía seis años, mi abuelo vivió en Moscú, en una casa atestada de iconos, maltratado por su esposa y peleado con toda la familia por culpa de ella. ¿Fue este ejemplo de tan edificante moralidad para los fieles lo que inspiraba prudencia a mi padre y le impedía casarse con una cristiana? Fuera como fuere, la cuestión es que tardó mucho tiempo en escoger a su segunda mujer.

Nosotros ocupábamos la segunda planta de nuestra casa de la ciudad, que, limitada a ambos lados por sendas viviendas, se desquitaba desplegándose en profundidad; tanto es así que por el otro lado daba a la calle paralela, lo que le permitía contar con dos apartamentos idénticos, gemelos, que se daban la espalda; gemelos separados por un patio, pero unidos mediante pasillos simétricos que bordeaban dicho patio.

Nosotras, las niñas, vivíamos con Fräulein Anna en el apartamento orientado al sur, siempre bañado de sol; el otro, el que daba al norte, oscuro y silencioso, acogía a mi padre entre viaje y viaje. Allí se encontraban las que nos complacíamos en llamar con orgullo «salas de recepción», dicho de forma más sencilla, el comedor y el salón, donde se hallaba también el piano de cola en el que, en días festivos y cuando era menester desconcertar a alguna institutriz demasiado orgullosa de su rebaño, Fräulein Anna mandaba ejecutar a mi hermana mayor, Leila, una pieza brillante de su repertorio. Encima de un mueble, audaz híbrido entre columna y pedestal, se erigía un negro cubierto de oro que sostenía una lámpara-antorcha o antorcha-lámpara. Solo la encendíamos en ocasiones especiales, en las que yo no me cansaba de admirarla. De hecho, fue aquella estatua el primer objeto que me transmitió la agradable sensación de la riqueza.

En circunstancias normales, casi nunca pisábamos aquel salón. Pasábamos casi todo el tiempo en la sala de estudio, grande y luminosa. Allí había otro piano, instrumento de tortura que ocupaba un lugar destacado en nuestras vidas; casi en todo momento alguna de las cuatro lo aporreaba con manos infantiles, impacientes y toscas. Llovían escalas, arpegios o, peor aún, alguna sonata de Mozart mutilada sin mala intención. Con los sonidos ingratos de aquella música reíamos, llorábamos, nos rebelábamos y madurábamos, demasiado rápido, a juicio de Fräulein Anna, quien, desviviéndose por combatir la herencia, luchando contra el ambiente y sin miedo a batallar contra la naturaleza, trataba de transmitirnos su espíritu de muchacha alemana cándida y sentimental. Esperaba vernos convertidas en unas Gretchen de contornos delicados y suspiro fácil. Pero nuestros antepasados velaban por nosotras; y, guiadas por ellos, nuestras caderas se ensanchaban, nuestras narices se alargaban, nuestros pechos se hinchaban bajo las blusas marineras que llevábamos, siguiendo los códigos indumentarios de las «niñas bien»; y la pelusilla, leve al principio, fue transformándose en pelos recios que nos cubrían el bigote con una negra sombra. ¿Qué podía hacer la pobre Fräulein Anna, aparte de constatar sin más el avance ineluctable del desarrollo? Todo fue más o menos bien mientras dicho desarrollo solo se manifestó mediante el crecimiento físico de nuestros cuerpos. Pero el corazón no tardó en intervenir, y un buen día, Leila, cuando había cumplido la fatídica edad de trece años, empezó a apreciar en su justo valor los encantos de un primo de ojos chispeantes y barba incipiente. A partir del momento en que Fräulein Anna constató con pavor este hecho, perdió para siempre la serenidad. A costa de su buena salud, a fuerza de reproches y severidad, consiguió meternos un poco en cintura, pero su existencia se transformó en un martirio de suspicacias y tormentos. A medida que nos hacíamos mayores, nos volvimos odiosas y mezquinas con ella, hasta tal punto nos resultaba intolerable el freno que ponía a nuestros instintos. Estos, más violentos quizá entre orientales que entre europeas de la misma edad, podían servir de leve excusa para nuestra maldad hacia Fräulein Anna. Pero no por ello sufrió menos nuestra bondadosa institutriz.

De pequeñas la quisimos sin reservas, yo por lo menos. No creo que el amor a una madre sea muy distinto. Me parecía muy guapa. Por las mañanas, boquiabierta, la observaba cepillarse el pelo largo, liso y rubio; su piel blanca brillaba bajo la luz matinal, su mirada azul se detenía a menudo en mí con ternura; me sentía feliz. Mis tías eran morenas, al igual que mis primos, mis primas, mis hermanas, mis tíos, mis tías y yo misma, y todo y todos. Solo Fräulein Anna, llegada de otro mundo, brillaba para mí con un exotismo extraño y precioso.

Casi todo lo que mi niñez tuvo de hermoso estaba vinculado a ella, o incluso procedía de ella. Como por ejemplo la inol­ vidable mañana de Navidad en la que, al despertar en la penumbra, me pareció ver brillar algo muy cerca de mi cama. Al inclinarme un poco, no solo la cosa siguió brillando, sino que además percibí un sutil perfume. Alargué la mano, algo me pinchó y comprendí: era un árbol de Navidad, el árbol de los niños cristianos que, junto con las salchichas de Fráncfort que Fräulein Anna nos compraba a escondidas, hacía de mí una renegada en ciernes. Tal vez fuera la primera vez en la historia islámica que semejante herejía resplandecía con arrogancia en el cuarto de unas niñas musulmanas. Durante años, se nos había privado de esa felicidad; pero, un buen día, mi padre flaqueó, o acaso fue la abuela, o los dos a la vez, y el árbol brilló en nuestro hogar. Fascinada, muda de admiración y de júbilo, lo rodeé, tocándolo, olisqueándolo de vez en cuando. Todo en él era hermoso: el suntuoso titilar de los hilillos plateados y las bolas multicolores; las tiernas candelitas rosas y azules; los ángeles alados, y la nieve blanca a los pies del tronco. Fue un día de felicidad absoluta; no hubo deberes de alemán con letras góticas, ni conjugaciones de verbos, ni piezas de Mozart; solo había belleza, y la fealdad desaparecía del mundo en pro de un tiempo mágico. Para rematar, Fräulein Anna prometió llevarnos al cabo de unos días al Frauenverein (la Asociación Alemana de Ciudadanas), institución honorable y piadosa donde devorábamos, en compañía de un centenar de alemanas, jóvenes y ancianas, un chucrut soberbio regado con cerveza al que, tras un espectáculo para todos los públicos, seguían salmos y cánticos en alabanza del Señor, cantos a los que las cuatro musulmanas nos uníamos con exaltación. Alternancia bien equilibrada de alimentos terrestres y espirituales que nos sumía en el mayor de los deleites. Teníamos la prudencia de no decir nada en casa, dado que el Profeta prohibía tales manifestaciones. La honrada Fräulein Anna hacía trampas; a la pobre le faltaba valor para privarnos de esos placeres que juzgaba inocentes, y con razón. Pero, si bien no tenía arrestos para negarnos las alegrías externas del cristianismo, se guardaba muy mucho de influirnos a su favor de una manera más sutil. Y, sin embargo, habría resultado fácil, pues ni mi padre ni el resto de la familia, aun guardando sumo respeto por nuestra religión, hacían casi nada por transmitírnosla de una manera precisa. Nunca nadie me enseñó una sola oración, y del Corán únicamente conocía una aleya muy breve. Tan poco me habían inculcado el sentimiento religioso que los momentos que escogía para gastarle bromas a mi abuela eran sobre todo aquellos en que la mujer rezaba sentada en el suelo, con el Corán abierto y colocado encima de una silla delante de ella. Era cuando más me gustaba hacerla rabiar: le tiraba del velo o de la nariz, me ponía a saltar y a dar gritos alrededor de la silla, hacía mohines aterradores; la abuela se interrumpía para insultarme, con desidia y sin sombra de malicia, y reanudaba sus bisbiseos.

Por lo demás, las actividades religiosas solían poseer un carácter un tanto mecánico o, simplemente, mundano, como, por ejemplo, la celebración del año nuevo o del final del ramadán. Yo, en cualquier caso, las disfrutaba mucho en su condición de fuente de placeres.

El año nuevo, que se celebraba el 21 de marzo (coincidiendo con el inicio de la primavera), era una fiesta de gran rendimiento económico para los niños. Durante todo el día corríamos de casa en casa haciendo visitas «de felicitación». Primero, nos cebaban; era espantoso y delicioso a la vez. Las mesas se combaban bajo el peso de las viandas, y dependiendo de la variedad de manjares identificábamos el grado de civilización de ese hogar. En las mesas de las familias primitivas solo había chucherías locales, fuentes con frutos secos y huevos duros; en las de las familias más evolucionadas se veían ya toda clase de platos que debían su existencia al ingenio civilizador de los rusos; los huevos pintados, marmoleados o con dibujos recordaban a las fiestas pascuales; el pavo frío era no solo un ave apta para el consumo, sino también un símbolo de progreso; el chocolate extrafino fabricado en Moscú nos traía los aires de la santa Rusia.

Como decía, nos cebaban; tras lo cual el señor o la señora de la casa —un tío, o una tía, o un abuelo, u otro pariente más o menos lejano— sacaba de una talega bendecida por Alá una moneda de oro con un perfil eslavo y, tras haberla sopesado no sin reparos, nos la regalaba, acompañándola por lo general de un beso húmedo y sonoro, en la mano. De ahí que, aunque por la noche sufriéramos una indigestión, nos sintiéramos inmensamente ricas.

Bien distinta era la fiesta del ramadán. En mi niñez siempre cayó en pleno verano (no es una fiesta fija), y por lo tanto la celebrábamos en el campo. Nosotros, los «civilizados», ya no practicábamos el ayuno, salvo en contadas ocasiones, y solo los últimos días. Lo hacíamos por propia voluntad; nadie nos obligaba a ayunar. En mi caso, lo hacía no para complacer a Alá, sino para chantajearlo: pedía deseos con la esperanza de que, conmovido por mi piedad, me los concediera todos.

No podíamos comer ni beber nada en todo el día; estaba prohibido hasta lavarse los dientes, para que ni una gota de agua viniese a alterar la sequedad del paladar. Ese día, los que fumaban debían renunciar al tabaco. Los esposos no tenían derecho a tocar a sus mujeres (durante las horas de ayuno, cabe especificar). Pero, con el primer lucero nocturno, se producía una glotona estampida general sobre la comida, y por los gaznates hambrientos empezaban a pasar cantidades extraordinarias de comida. Luego, hacíamos la digestión. Luego, vuelta a comer. Y así sucesivamente durante toda la noche, hasta las primeras luces del alba. Los que se iban a dormir pedían que los despertaran varias veces para poder atiborrarse de la mayor cantidad posible de alimentos.

Al término del ramadán, se degollaban corderos cuyas entrañas se cocinaban al aire libre, en fuegos de leña. Llegaba el turno de las dulces orgías de casquería, los más bellos recuerdos gastronómicos de mi niñez (y, sin embargo, en las antípodas del chucrut del Frauenverein…). La grasa nos chorreaba por todas partes, nos chupábamos los dedos y debajo de las uñas para no desperdiciar ni una gota, el aire se impregnaba del olor… ¡Ah, aquellos atracones grasientos!

Me gustaba mucho también otra fiesta religiosa, la conmemoración anual de la tragedia de Kerbala, donde, en el año 680, fueron asesinados Husaín, hijo de Alí, y toda su familia. Fue el punto de partida del chiismo, enemigo del sunismo, y mi abuela jamás dejó de celebrar dicha fiesta en su casa. La sala de recepciones, que, acorde con la moda local, no contaba con más mobiliario que unas alfombras y varios cojines, se llenaba ese día de cojines suplementarios; los disponíamos a lo largo de la pared y, a continuación, según el número de invitados, en una segunda, tercera y hasta cuarta fila. Los días de mucha afluencia, el suelo quedaba por completo tapado con cojines. Una sola silla, alta y severa, para «la señora mulá», se alzaba igual que un trono, pegada a la pared, en el centro del fondo de la estancia.

Y empezaban a llegar las invitadas, envueltas en sus chadras (conocidos en Occidente como «chador»); las babuchas chasqueaban, las amplias faldas de seda crujían, sus voces chillonas y el volumen de la conversación daban vértigo. Se montaba una buena escandalera.

El traje nacional, de ricos tejidos en días de fiesta, era muy elegante y de una magnitud muy oriental. La chaqueta, sobre una camisa blanca, se abría, muy escotada sobre el pecho, a una auténtica joyería ambulante: collares de perlas, de monedas de oro, cadenas de oro, medallones, broches de toda clase. A menudo, las alhajas eran de mala calidad, pero brillaban, tintineaban, brincaban, alegraban la vista, y eso bastaba para la felicidad de las damas. La prenda principal del atuendo, por así decir, era la falda, o, mejor dicho, las faldas, pues había varias capas superpuestas. Por su cantidad y amplitud podía determinarse la riqueza de quien las lucía. «Enséñame los refajos y te diré quién eres».

La conmemoración de la muerte de Husaín era un día de luto; por este motivo se optaba por lucir prendas oscuras, y las joyas no adornaban unos pechos en principio oprimidos por pensamientos tristes. Las mujeres llegaban, los cojines desaparecían bajo la cascada de faldas. Sin embargo, el parloteo y los gritos solo cesaban cuando la señora mulá, instalada en su trono, empezaba a leer el Corán. Al poco, abandonaba la lectura y se ponía a hacer comentarios en azerí sobre el trágico tema de la muerte de Husaín.

Al principio todo iba bien: las mujeres escuchaban en silencio. Pero, poco después, alguna se echaba a llorar, y luego otra, y luego otra más, hasta que la sala entera se entregaba al llanto. Se oían suspiros terribles, sollozos, gemidos, gritos de «Ya Alá», y la desesperación se volvía más amarga y la pena insostenible, y la situación no parecía tener fin. Hasta que, de repente, la voz de la mulá se callaba y de manera igual de repentina, sin transiciones, con los ojos aún llenos de lágrimas, las mujeres se ponían a chismorrear. Las niñas, provistas de frascos de cristal, circulábamos entre los cojines y humedecíamos con agua de rosas las palmas extendidas hacia nosotras: las mujeres se refrescaban la cara, se enjugaban los ojos. Era el entreacto. Después, la lectura y los comentarios se reanudaban, y con ellos todo el catálogo de la desesperación, dominada en el momento oportuno para marcharse en el momento convenido. ¿Cómo lograba la concurrencia llorar a voluntad? Lo ignoro. En aquellas reuniones, así como en los entierros, nunca faltaban las plañideras profesionales, una especie de preparadoras para el sufrimiento. Ellas eran las primeras que se echaban a llorar; ayudadas por la elocuencia de la señora mulá, se producía el contagio, y las otras mujeres no tardaban en imitarlas. En definitiva, aquellas instructoras tan especiales velaban por fomentar el talante emotivo que requerían las reuniones. En verdad, el sufrimiento no era del todo sincero, lo que tal vez explique aquellos cambios de humor tan desconcertantes.
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© Herederos de Banine (2020) · Cedido por Siruela

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