El perro y la rabia

Publicado por

Clara Palma Hermann

Publicado el 4 Jul 2020

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La culpa es de los burgueses. Ésta es una interpretación simplista y común que hacen algunos del ideario marxista: ya que se trata de la clase dominante en un sistema basado en el injusto reparto de los medios de producción y la que sale ganando, debe de ser también la responsable última de la opresión. Siguiendo el dicho “Muerto el perro, se acabó la rabia”, sería pues suficiente con que desaparecieran los burgueses para que todos los demás vivieran en armonía.

El concepto de la sociedad de clases ha mutado hoy día hasta ser casi irreconocible, aunque se mantienen ciertos elementos: sobre un trasfondo cuasi religioso de culpa y expiación, encontramos que la opresión es concebida ahora en base a valores culturales, relacionados con una jerarquía de identidades en torno a ejes como el género, la orientación sexual, la “raza”, etc.

Y la ingenua interpretación imperante es que la opresión emana de aquellos que están en lo alto del eje correspondiente, es decir, hombres, blancos, heteros, cis, etc. Evidentemente, estos colectivos, de promedio, tienen ventaja sobre los que están en el extremo opuesto del eje. Sin embargo, creer que los hombres con los que nos cruzamos en el día a día son, por defecto, responsables de la opresión femenina por el simple hecho de ser hombres es tan absurdo como afirmar que un pálido habitante de los Urales tiene algo que ver con la esclavitud en EE.UU.

El patriarcado o el supremacismo racial son un síntoma y no la enfermedad en sí

Claro está que un machista no es un caso aislado, sino parte de un marco más amplio. “Claro”, dirán, “pues eso es, la culpa no la tienen el hombre o el blanco, sino el patriarcado o el supremacismo blanco”. Pero esto es mirar al dedo que apunta a la luna. Este análisis superficial no indaga en la causa de estas manifestaciones: basta con culpar a los malvados. Bucear en motivos históricos y en la oportunidad material de oprimir no satisface a quienes defienden la diferencia fundamental entre oprimidos y opresores, porque con ello admitirían que esta es coyuntural. En cambio, recurren a explicaciones deterministas y circulares. Así, el origen material de la subordinación de la mujer —a saber, el control de su capacidad reproductiva para garantizar la filiación— es desbancado por un sistema heteronormativo que constriñe la expresión del género, debemos suponer que de puro malvado.

No hay duda de que el patriarcado o el supremacismo racial son útiles instrumentos de análisis y que debemos examinar nuestro pensamiento para ver hasta qué punto nos influyen inconscientemente. Pero son un síntoma y no la enfermedad en sí. La opresión está presente en todas las sociedades humanas que alcanzan un cierto nivel de desarrollo; los marcos interpretativos cambian con el tiempo, pero la experiencia del sometimiento perdura y lo que los anarquistas llamaron autoridad se expresa a través de cualquier eje que se le presente, no solo sexo, “raza”, casta o religión.

La jerarquía de “cebolla” en los estados totalitarios: cada capa tiene una por encima y otra por debajo

Salvando las enormes distancias, Hannah Arendt habló de la jerarquía de “cebolla” en los estados totalitarios: cada capa tiene una por encima y otra por debajo. Y a los individuos se les “prepara” de tal manera, dice Arendt, que pueden desempeñar tanto la función de víctimas como de verdugos. También en un sistema no totalitario, los oprimidos son, al tiempo, opresores, e incluso quienes no tienen a nadie debajo no son, por pertenecer a este grupo, moralmente superiores y podrían oprimir con solo tener la oportunidad. Claro que nuestras simpatías tienden hacia la víctima y es nuestro deber luchar contra la injusticia, pero como colectivo nada les hace intrínsecamente mejores que al opresor; la idea de que el sufrimiento purifica —propia de tantas religiones y ahora adoptada por la izquierda— queda refutada en la práctica todos los días, como habrá comprobado cualquiera.

La disonancia entre el modelo al que algunos llaman “postmoderno” y el materialista-tradicional destaca especialmente en el caso de EE.UU., su principal exportador. Últimamente, la mayor tasa de mortalidad de personas “de color” ante enfermedades curables se atribuye al racismo estructural y al supremacismo blanco, sin parar mientes en que quizá parte de la responsabilidad la tenga un sistema en el que se considera normal que la gente pobre se muera si no pueden pagar el tratamiento.

En países europeos como Alemania, en los que con seguridad los prejuicios racistas están igual de arraigados que en EEUU, las personas diabéticas no mueren por no poder pagar la insulina, independientemente del color de su piel. Sin embargo, la izquierda en EEUU sigue convencida de que estas muertes tienen algo que ver con el racismo y no con un sistema que no considera la salud como un derecho.

La identidad: heredera moderna del concepto de alma, pero igual de insustancial

Pero este análisis tiene implicaciones que van mucho más allá. Responsabilizar solo a quienes están en la cúspide es un error: eliminar a los burgueses no elimina el capitalismo. El sistema no podría mantenerse en pie sin el apoyo de todos los sectores de la población. Muchos de estos —la mayoría, quizá— no obtienen un beneficio material de la cadena de dominación, pero ésta se inscribe en una cosmovisión o Weltanschauung que les permite interpretar y darle sentido al mundo y que defenderán a capa y espada mucho más allá de cualquier ventaja material.

Puede ser una religión, una ideología o unas normas sociales que especifican cómo comportarse. Pero este conjunto de creencias no tiene por qué guardar la más mínima relación con los intereses objetivos del individuo. Definir estos, evidentemente, es bastante peliagudo, pero podemos convenir en que, más allá de unas necesidades básicas cubiertas, incluyen libertades como la capacidad de decidir sobre la propia vida. Sin embargo, en el ránking de prioridades, estos intereses objetivos están con frecuencia muy abajo, por socialización o por la mayor satisfacción subjetiva que producen las otras prácticas.

Esta circunstancia cortocircuita los razonamientos de cierta izquierda actual, que con el término “identidad” pretende englobar tanto las características innatas como la idiosincrasia y las creencias, la esencia y lo adquirido. Dado que las víctimas son ante todo buenas y sus ideas no se deben cuestionar, se concluye que esta amalgama, bautizado como identidad —heredera moderna del concepto de alma, pero igual de insustancial— es toda ella algo positivo que debe ser reivindicado, si corresponde a un colectivo oprimido.

Esto conduce a la paradoja de que se apoyen prácticas reaccionarias y sexistas, siempre y cuando proceden del colectivo adecuado. En otras palabras, esta “identidad” tiene ya más peso que la acción en sí misma. No cuenta el “qué” se hace sino el “quién” lo hace, que se vuelve criterio para valorar la legitimidad de un acto.

No cuenta el “qué” sino el “quién”: se vuelve criterio para valorar la legitimidad de un acto

Además, el enemigo ya no lo es por sus acciones sino por su esencia. El burgués puede dejar de serlo —serlo depende de lo que posee y no de características inmutables— pero por lo general no se puede dejar de ser hombre o blanco. Se acepta, sí, que el hombre o el blanco en cuestión se vuelvan conscientes de su papel en la perpetuación del patriarcado o del racismo y traten de cambiar, cual pecador que hace propósito de enmienda, pero su capacidad para ello siempre será limitada pues no pueden huir de su identidad: una doctrina de la predestinación similar al calvinismo.

Lo más problemático de este sistema de pensamiento es que parte de que los blancos querrán dominar a los negros en base a su naturaleza intrínseca, y estos querrán, legítimamente, defenderse. Ninguno de ellos puede cambiar lo que es, lo que despoja al individuo de cualquier responsabilidad sobre sus acciones: apenas hay diferencia entre el blanco que actúa de forma racista y el que no, puesto que ambos son intrínsecamente racistas. Como las decisiones y acciones carecen de significado y solo cuenta la “identidad”, desaparece de encima de la mesa cualquier perspectiva política.

Esta visión de una sociedad dividida en compartimentos estancos es profundamente derechista y racista también. Solo queda el conflicto eterno por la hegemonía entre grupos con diferencias innatas e insalvables; no solo perdemos el libre albedrío y en consecuencia la dignidad humana, sino que la política se sacrifica a la biología. Nos convertimos en poco más que en manadas o tribus que se pelean por el territorio, incapaces de hallar un interés conjunto.

Mientras que el conflicto por los medios de producción tiene aún carácter político, el conflicto racial visto desde este ángulo no se debe a la decisión —más o menos consciente— del blanco que oprime al negro, sino a su instinto, su esencia. La única diferencia con respecto al análisis de la extrema derecha es quiénes son los “buenos” y los “malos”.

Lo que decidimos hacer —y no cómo nacemos— es lo que somos, lo que nos caracteriza

Para abandonar este callejón sin salida, quizá deberíamos volver la mirada a una ideología que siempre puso el acento en la responsabilidad del colectivo humano en su conjunto. Cuando Louise Michel o Errico Malatesta se unieron a las revueltas anticoloniales de la época, o Buenaventura Durruti recriminaba a sus compañeros que se llamaran revolucionarios cuando haraganeaban por los cafés hablando de política mientras sus mujeres se partían el lomo, no estaban propagando un interseccionalismo avant la lettre. Todos ellos no creían en más que una identidad, la humana, y en su capacidad para elegir la libertad.

Ahora sin duda habría quienes los tildarían de eurocentristas y de colonialistas; sin embargo, si hay una diferencia fundamental entre el pensamiento de izquierdas y de derechas es que el primero parte de que todos los seres humanos tienen derechos e intereses comunes, mientras que el segundo se fija en las desigualdades y establece jerarquías entre ellas.

Si solo queremos defender los intereses de nuestra tribu, nación o colectivo, hagámoslo —eso sí, sin llamarnos de izquierdas—, pero hagámoslo a sabiendas de que no aspiramos a una revolución o transformación política, sino solo a mejorar el statu quo en favor de “los nuestros”.

Por el contrario, el anarquismo de Malatesta representa el convencimiento de que en el seno de la humanidad no hay ninguna lucha contra la opresión ni tampoco ninguna mezquindad que nos sea ajena y que no debamos afrontar. La identidad es también política, dicen los voceros de cierta izquierda. A lo que deberíamos replicar: la política es la identidad. O bien: lo que decidimos hacer —y no cómo nacemos— es lo que somos, lo que nos caracteriza.

El anarquismo considera que el sujeto político de la revolución es toda la humanidad, capaz de los mejores actos y también de los más viles. Y mientras exista la humanidad, existirá también el deseo de oprimir. Sin embargo, si entendemos que el perro es solo el portador de la rabia, y que los demás no estamos a salvo de echar espumarajos por la boca si nos contagiamos, podríamos entender quizá que la rabia no es algo consustancial al perro, sino algo sobrevenido. Es decir, podríamos comprender el contenido político de esta “rabia” y combatirla desde ahí, en lugar de transformar la lucha contra la injusticia y la opresión en un conflicto entre identidades.
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© Clara Palma | Especial para MSur

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