Se irán como han venido

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Publicado el 18 Sep 2020

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¿Realmente nos ha sorprendido que los Emiratos Árabes anunciaran el 13 de agosto pasado normalizar sus relaciones con las autoridades de ocupación sionista? ¿Acaso no conocíamos los detalles de su relación secreta-flagrante antes de ser registrada como una relación “legítima” en presencia de Estados Unidos? ¿Creíamos en nuestro fuero interno que este abismo tiene fondo?

¿Rechazamos ver la realidad en sus amargos detalles, como alguien rechaza la muerte de un ser querido, cuando se está muriendo e incluso en el momento de su último suspiro?¿Nos protege esto del trauma de la muerte? ¿De la rendición? ¿De aceptar totalmente todo lo que es inhumano e inmoral convirtiéndolo en un asunto normal que no es digno de atención? ¿Nos protege contra la pérdida de nuestros sueños y aspiraciones, contra la domesticación de nuestra imaginación? ¿Evita que los valores humanos de un sistema integrado se conviertan en migajas que cada colectivo pequeño recoge individualmente, solo para alargar sus horas de supervivencia, para protegerse por medio de la lucha por las migajas?

No nos ha sorprendido que la alianza oficial árabe-sionista negociara vender aquello que no le pertenece

Durante décadas no nos ha sorprendido que la alianza oficial árabe-sionista carcelero/verdugo negociara, a escondidas y en público, para vender aquello que no le pertenece, en una subasta que paga el precio de alquiler de sus salas, sus plataformas de discurso, sus adornos florales y banquetes, un precio cobrado en niños que no tendrán la oportunidad de ser jóvenes y jóvenes que no serán viejos, con el ocupante nadando en las piscinas de su sangre.

Hace décadas que Palestina se está destrozando. Los muros antiguos de Jerusalén han desaparecido bajo la estrategia del asentamiento colonial, la expulsión de la población árabe —cristianos y musulmanes— que ha sido remplazada por judíos o por quienes pretenden ser judíos, venidos de todas partes del mundo. El falseamiento de la identidad comenzó con las excavaciones bajo la mezquita al-Aqsa y con los intentos de incendiarla, destruirla e invadirla, la demolición de casas, la eliminación de edificios de las zonas arabo-islámicas. Rodeando la ciudad con asentamientos que crecen a una velocidad sin precedentes. El muro del apartheid se coloca como una serpiente venenosa alrededor de los palestinos y entre ellos.

Mientras tanto, Gaza ya es sinónimo de la prisión más grande del mundo, sin agua potable, sin servicio de salud, sin aire limpio, donde los aviones no tripulados pasan sobre las cabezas de la población para recordarles que son prisioneros de un lugar al que solo pueden entrar aquellos que posean un visado emitido por un carcelero sionista israelí con la ayuda de un carcelero árabe egipcio. Ambos elogian sus esfuerzos por lograr la “paz” y combatir el “terrorismo”.

Ya lo dijo Edward Said: El mayor miedo de los regímenes árabes es que Estados Unidos los abandone

Para cada concesión, para cada rendición y para cada sometimiento existe un nombre o un término acuñado por la entidad sionista y bendecido por Estados Unidos, un término al que los gobernantes árabes se agarran en una relación similar al dicho de Abu Hamid al- Ghazali sobre la relación de un discípulo con su jeque: “Se aferra a él como un ciego se aferra al guía en la orilla del rio, de modo que delega toda su causa en él y no le contradice ni en las buenas ni en las malas, entregándole la mente y el cuerpo en su totalidad”.

Esto se ha visto en todo momento, desde el “acuerdo del siglo” y la declaración de la Jerusalén ocupada como capital de Israel hasta la declaración de los Emiratos Árabes, pasando por la recepción de Netanyahu, presidente de la potencia ocupante, por parte del sultán de Omán, Qabus bin Said Al Said, ya en su último aliento, recluido en su palacio en la capital Mascate, en noviembre de 2018, donde se proclamó la legitimidad de la relación secreta entre el ocupante y el Sultanato.

Estos gobiernos no son los primeros ni serán los últimos, ya que vivimos en una era en la que han desaparecido las diferencias entre gobiernos “nacionalistas” firmes y opresivos y los gobiernos administrados a distancia como colonias. Todos ellos participan en alianzas “internacionales” en las que intercambian información de seguridad e inteligencia, formación y asesoramiento para desarrollar su capacidad de intimidar, contener y crear formas de mantener a la gente fuera de la política. Para marcar como terrorismo toda resistencia a este sistema, que se expande más allá de las fronteras.

La participación de los regímenes árabes en este sistema demuestra que “el mayor miedo de los regímenes árabes es que Estados Unidos los abandone”, como dijo el pensador palestino Edward Said.

El concepto de democracia y elecciones se vende como un paquete de decoración ante las superpotencias

No es de extrañar que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, actúe como si Jerusalén fuera de su propiedad para dársela como recompensa a quien quiera. Ni que los Emiratos Árabes hagan declaraciones falsas para justificar sus relaciones con una entidad colonial de asentamientos, ni que el sultán moribundo le ofrezca a su huésped lo que no posee. ¿Qué hay de las naciones árabes e islámicas? ¿Qué hay de la “calle árabe”? ¿Existe alguna “calle árabe” capaz de provocar un cambio real o es que “liberar los países árabes y musulmanes de la tiranía es una tarea que recae sobre Washington”, como dijo la secretaria de Estados Unidos, Condoleezza Rice, en noviembre de 2002, durante su campaña por “liberar” Iraq?

La mayoría de los gobiernos árabes no representan a sus pueblos. El concepto de democracia y elecciones se vende como un paquete de decoración y exhibición frente a las superpotencias. Consideran “terrorista” a todo aquel que exprese una opinión contraria a su política y creen que debe ser erradicado junto a su familia (según el método sionista). Con todo esto, encontraremos que los pueblos árabes, contrariamente a lo que se rumorea sobre la inexistencia de una calle árabe, no guardan silencio ante la injusticia. Puede que sean pacientes por un tiempo, pero pronto se levantarán y se rebelarán, buscando justicia, libertad, dignidad y poner fin de la corrupción.

Esto es lo que hemos visto en Túnez, Siria, Irak, Líbano y Argelia. Y lo vemos a diario en Palestina que es el corazón de la libertad, la justicia y la dignidad. A Palestina la llevamos en el núcleo de nuestras células, en nuestras huellas genéticas, dondequiera que estemos. Porque el asunto de un país ocupado y un pueblo que resiste el racismo del asentamiento colonial ya no es únicamente una causa nuestra: todo ser humano de conciencia viva tiene la responsabilidad de apoyar esta causa, de participar en esta lucha, al igual que ha ocurrido con las luchas de resistencia de otros pueblos a lo largo de la historia. “Nuestra libertad no está completa sin la liberación del ciudadano palestino”, dijo Nelson Mandela, para equiparar el sufrimiento palestino con lo que Sudáfrica ha vivido en su proceso de liberación.

¿Quién hizo pensar a los regímenes árabes que los pueblos renunciarían a Palestina solo porque la traicionara un emir?

Lo que sabemos, lejos de las reuniones secretas de gobernantes para intercambiar Palestina por su permanencia en el poder, es que Palestina es nuestra. No es una crisis, no es un conflicto, no es un desacuerdo, no es una disputa. Es tan amplia como si fuera la tierra y el cielo, aún arraigada en nuestra conciencia. Palestina significa estar vivo, porque estás resistiendo, conocer el significado de libertad porque eres prisionero, ver el horizonte en sus colores más brillantes porque ves más allá de lo que ve tu carcelero o el vendedor de tu causa. ¿Quién hizo pensar a los regímenes árabes que los pueblos renunciarían a Palestina solo porque la traicione un gobernante, emir o sultán?

No sorprenderse no significa no estar enojado, no convertir nuestro enojo en energía que nos recarga para seguir trabajando en resistencias de todo tipo, en todos los niveles, práctica y simbólicamente, dondequiera que estemos. Nosotros, que estamos físicamente fuera de Palestina, debemos seguir consagrando Palestina como símbolo de libertad, la dignidad humana y solidaridad entre los pueblos que aspiran a continuar la vida en pie de igualdad. Hay que recordar que la colonización de Francia a Argelia duró 132 años y los argelinos no se rindieron.

Y para los gobernantes que cooperan con el colono contra sus pueblos, me hago eco de lo que dijo Edward Said: “¿Quién hubiera imaginado que los británicos se marcharían de la India después de trescientos años de colonialismo? Se van como han venido.”

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© Haifa Zangana | Primero publicado en Al Quds al Arabi · 17 Agosto 2020 | Traducción del árabe: Nabil Lounzo

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