Scheherezade en Visegrad

Publicado por

Alejandro Luque

@atoluque

Periodista y escritor (Cádiz, 1974). Vive en Sevilla.

Publicado el 7 Dic 2020

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Sasa Stanisic
Los orígenes


Género
: Novela
Editorial: Alianza
Páginas: 376
ISBN: 978-84-1362-080-0
Precio: 20,90 €
Año: 2019 (2020 en España)
Idioma original: alemán
Título original: Herkunft
Traducción: Belén Santana López

 

Todo el mundo recuerda a Scheherezade, la protagonista de Las Mil y una Noches que relata una historia interminable al sultán para salvar su vida. Los episodios que encadena son fascinantes, y además tiene la habilidad de dejarlos en suspenso en el momento preciso, de modo que el sultán no tiene más remedio que reprimir su instinto homicida, si es que quiere saber cómo sigue el cuento.

He recordado a la hija del gran visir leyendo esta novela de Saša Stanišić, porque en cierto modo tiene algo de narración compulsiva, desesperada. Por suerte, este joven escritor bosnio, convertido en una jaleada promesa de la literatura alemana, no tiene que escribir para mantenerse con vida. Y su público no requiere del perfecto mecanismo que caracterizaba los relatos de Scheherezade: por el contrario, disfruta con sus idas y venidas, sus anécdotas dispersas, sus recuerdos hilvanados sin orden aparente, porque de lo que se trata es de seguir contando, de mantener el disco chino girando sobre su vara.

El título ya nos da una pista inequívoca: Los orígenes es un regreso al hogar. El de un muchacho que nació en un país que sería destripado por los nacionalismos y por los fanatismos religiosos, los cuales dieron pie, allá por los primeros 90, a una pulsión carnicera que ríase usted del sultán Shahriar. Su familia se lanzó al exilio, él tuvo suerte y, de todas las ciudades alemanas que podrían haberle tocado, recaló en una de las más bellas, Heidelberg, la misma que cantó Hölderlin.

Su vuelta al Visegrad natal tiene todos los ingredientes de la búsqueda de las raíces

Aprendió una nueva lengua y la escogió como vehículo para hacerse escritor, cosa que, antes que él, hicieron muchos, del polaco Joseph Conrad a la húngara Agota Kristof, pero que nunca deja de ser un paso trascendente. En Alemania echó raíces y tuvo un hijo. Su vuelta al Visegrad natal, sí, el mismo Visegrad sobre las aguas del Drina que tan bien contó Ivo Andrić, tiene todos los ingredientes de la búsqueda de las raíces, el reencuentro con la abuela, afectada de demencia senil, y el acopio de las memorias que aún queden en pie.

¿Y por qué habría de ser importante todo eso? ¿Acaso no puede uno vivir bien, incluso muy bien, en la cotidianidad alemana, siendo un buen ciudadano alemán, siendo un buen escritor alemán? Leyendo Los orígenes me vino a la cabeza aquel estribillo genial que Javier Pérez Andújar repetía en su pregón de las fiestas de la Mercé: cada vez que citaba el lugar de nacimiento de algún personaje, no olvidaba añadir aquello de “esto último no importa, porque, cuando lo hicieron, ambos eran muy pequeños”.

El lugar de origen como marca de nacimiento, el apellido, la nación, la religión. Detalles que, en teoría, deberían haber sido irrelevantes en una tierra como la yugoslava, patria promiscua en razas y credos por excelencia, que cambió la fraternidad de los pueblos del mundo por el abismo. Y aunque la novela no gira exclusivamente en torno a esto, de pronto un simple párrafo ayuda a entender las cosas mejor que una enciclopedia. Como aquel en que un policía, en abril de 1992, aconseja a la madre de Stanišić que se marchen, porque van a ir a por los musulmanes, y esta responde “¿Y quién ha decidido que soy musulmana?”

Decía que era de Eslovenia: «Que me viesen como un esquiador antes que como una víctima”

En el caso del escritor, alguien decidió que en adelante sería refugiado, lo que al parecer no le hacía ninguna gracia. A diferencia de otros autores a los que la guerra pilló más crecidos (Ugresic, Drakulic, Jergovic, Malkoč, Petrović, Hemon) Stanišić pertenece a una generación (la de Đikić, Stiks o Vojnovic) que posee otra distancia del conflicto y se permite el humor: por ejemplo recordar que cuando le preguntaban, decía que era de Eslovenia, ya que “esta república alpina apenas había acaparado titulares, con lo cual confiaba en que me viesen como un esquiador antes que como una víctima”.

Todo lo cual nos lleva a entender que la razón por la cual Stanišić da vueltas y vueltas al disco chino, si sigue y sigue contando; no se trata de salvar el pellejo como Scheherezade, sino de salvar la memoria, de salvar a la abuela, de salvar las almas de los caídos, de las tres mil vírgenes que el sultán decapitó antes de que una encontrara en la literatura la tabla de salvación. Y para ello se sirve de todo, de la Historia, de la crónica personal, hasta de los juegos de rol, porque los mundos soñados son tan nuestros como los que más.

Como dato curioso, en la bio de solapa de Stanišić consta que nació en “Visegrad (Yugoslavia)” (sic). Al final será cierto aquello de que volver a los orígenes es volver a un lugar que ya no existe. Al menos en los mapas.

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