Irene Schrödinger Montero

Publicado por

Ilya U. Topper

@ilyatopper

Periodista (Almería, 1972). Vive en Estambul, donde trabaja para la Agencia Efe.

Publicado el 13 Dic 2020

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Irene Montero se echó a llorar cuando hablaba, desde el cargo de ministra de Igualdad, sobre la violencia machista este 25 de noviembre, Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. Tenía motivo para hacerlo.

Cada año, la violencia machista mata a más de 50 mujeres en España. Es una cifra espeluznante, y el hecho de que probablemente sea la más baja de lo que llamamos mundo civilizado solo indica que el resto de los países está peor, y al mal de muchos no se le ha de llamar consuelo de tontos, porque ya tiene un nombre: epidemia.

Ser la titular del Ministerio responsable de reducir la cifra hasta cero, sabiendo que en casi 20 años solo se ha conseguido bajarla de 75 asesinatos anuales a 50, puede ser desesperante. ¿Lloraba por eso Irene Montero? ¿O lloraba porque sabía que está dedicando los recursos de su Ministerio a sabotear esta labor y que algún día tendrá que rendir cuentas por ello?

Montero tendrá que explicar por qué eligió el 25N para entregar un premio a una activista transexual

Un día tendrá que explicar por qué eligió este día para entregar un premio a Carla Antonelli, veterana activista transexual. Algo lógico un 31 de marzo, o un 20 de noviembre —hay más de un día dedicado a las personas trans— o incluso un 28 de junio, siguiendo la tan frecuente y tan mal intencionada confusión entre homosexuales y transexuales: Antonelli no deja de ser una destacada luchadora histórica por los derechos de un colectivo marginado. Pero ¿un 25 de noviembre? Parece una consigna: también la agrupación de Podemos en Leganés (Madrid), ha invitado a una transexual (Olga Baselga) para hablar de violencia machista en vísperas del 25N.

Esto es sabotaje. No solo porque los dirigentes del activismo transexual, Antonelli incluida, defienden públicamente hábitos tan patriarcales como la prostitución, ni porque muchos de ellos —Antonelli se abstiene al respecto, pero nunca ha tenido la entereza de denunciarlo— incluso exigen legalizar el más patriarcal de todos los negocios: el que bajo el elegante nombre de ‘maternidad subrogada’ convierte a las mujeres en máquinas paridoras comerciales.

Es sabotaje porque el gesto, junto a la lacrimógena frase “Este es el Ministerio de todas las mujeres” de Montero, deja clara una cosa: que las 50 muertes anuales de mujeres asesinadas a manos de sus parejas o exparejas le importan menos al partido que la oportunidad de restregarnos por la cara una vez más que mujer es a quien se le ponga en la punta del nabo serlo.

Perdonen la violencia del lenguaje. La ley lo dirá con mejores y más ampulosas palabras. Cuando se apruebe —es la única ley que Irene Montero ha prometido aprobar en su legislatura, cueste lo que cueste— dirá algo así como “Debe analizarse cuál es el verdadero sexo correspondiente a las personas con disonancia de género, si el que viene dado por sus órganos genitales, que determinó que al nacer se le inscribiera como perteneciente al mismo, o el verdadera y profundamente sentido por dichas personas, y parece que la respuesta debería ser que este último”.

Bajo pretexto de acabar con las desdichas del colectivo trans, la ley acaba con el colectivo entero

La cita es de una circular del Ministerio de Justicia en 2018 sobre el cambio de nombre en el registro civil para quienes no han podido hacer el cambio de sexo previsto en la ley de 2007, trámite que exige un análisis médico o psicológico y dos años de “transición” hormonal (no hace falta cirugía). Esta ley es la que quieren cambiar los activistas de la causa trans y el Ministerio de la Igualdad con la “Ley para la igualdad plena y efectiva de personas trans”, oficialmente anunciada en octubre pasado: pide “despatologizar las identidades trans” e instaurar la “autodeterminación de género de las personas que manifiesten una identidad de género no coincidente con el sexo asignado en el momento del nacimiento”, en la línea de la proposición enviada al Parlamento por Podemos en 2017 y que llegó hasta el punto de incluir asistencia jurídica gratuita para cualquier persona que se considerase ofendida de cualquier manera por cualquier actitud respecto a su “identidad de género”. En otras palabras, preveía ilegalizar la columna que está usted leyendo.

Lo más curioso es que bajo pretexto de acabar con las desdichas del colectivo trans, la ley acaba con el colectivo entero. Ya no habrá más transexuales.

Porque un transexual, como la palabra indica, es una persona que asume una personalidad correspondiente al sexo al que no pertenece (trans- : pasar al otro lado). Con la nueva ley en la mano no se pasa de ninguna parte a ninguna otra, toda persona es hombre o mujer según lo que declare sentir profunda y verdaderamente, y en el preciso instante de declararlo tendrá un cuerpo biológico de hombre o mujer. Sí, lean: “Un cuerpo biológico de mujer puede tener aparato reproductor gestante o aparato reproductor inseminante” asegura una plancha a color con dibujos anatómicos de un pene y una vagina, publicada por la asociación transactivista española Euforia.

Es decir, las categorías biológicas mujer y hombre serán abolidas y sustituidas por un profundo sentir. Se prohibirá cualquier diagnóstico o análisis del asunto: insondables son las vías y los sentimientos del señor.

¿Quién firmará la orden de derivar el paciente al quirófano, si no es paciente porque no tiene patología?

Más insondables aún son las vías por las que la misma ley pretende facilitar el acceso de los transexuales, incluidos los menores de edad, a los tratamientos médicos, los bloqueadores de pubertad, las hormonas y hasta la cirugía. Al “despatologizar” un fenómeno ya no hace falta diagnóstico médico para cambiarse de sexo en el registro civil pero ¿se van a prescribir medicamentos de enorme impacto, cirugía invasiva y mastectomías a adolescentes sanas sin un diagnóstico médico? ¿Quién firmará la receta de las pastillas o la orden de derivar el paciente al quirófano, si no es paciente porque no tiene patología? ¿Los funcionarios del Ministerio de Igualdad?

Si sentirse transexual no es una patología sino algo totalmente natural, obviamente se acabó la cobertura de la operación de cambio de sexo que la sanidad pública de España ofrece ahora a los transexuales, gracias a la ley de 2007. La sanidad pública no puede pagar intervenciones quirúrgicas totalmente innecesarias en cuerpos sanos si ningún diagnóstico lo aconseja. El dinero público no paga —afortunadamente— las operaciones de mujeres que creen estar infelices con una talla de pecho normal y la quieren doble. Ni siquiera paga el implante de pelo a los varones: quedarse calvo forma parte de la normalidad. Y si tan normal es ser mujer con polla u hombre con tetas, ¿para qué operar?

Lo curioso, lo insondable, es que los mismos activistas trans que aseguran que un cuerpo biológico de mujer tiene polla piden aprobar con urgencia la ley que lo ratifique legalmente, con el argumento de que esa misma ley pondrá fin al sufrimiento de adolescentes esperando medicarse: “Retrasar los bloqueadores hormonales genera mucho sufrimiento a los niños transexuales, porque comienzan a hacer el cambio físico de la pubertad y no se sienten identificados con su cuerpo”, asegura la asociación Chrysallis (subvencionada este mes con 42.000 euros por el Gobierno español). Euforia propone llevar a los pequeños al endocrino a partir de los diez años. Y Chrysallis indica las señales a tener en cuenta, si no son los propios críos los que se declaran chica o chico: “Si se coloca fulares en la cabeza a modo de melena o se disfraza de princesa y hada, puede estar diciendo que es una niña. Si se resiste a que le vistan con faldas o vestidos, es incapaz de llevar diademas, puede estar diciendo que es un niño”.

Lo que no aclara es qué puede estar diciendo un niño si se disfraza de dinosaurio o de extraterrestre. Seguramente habrá que esperar a que se invente el medicamento adecuado. Lacertil forte. Astrovitol 100 mg.

Cada uno tendrá la orientación sexual según lo que declare la persona con la que acaba de acostarse

Al menos pueden respirar aliviados los padres que hace no tanto en lo de los fulares o la resistencia a la falda habría visto preocupantes señales de que el niño les iba a salir mariquita o la niña bollera. Porque con esa nueva ley, ya tampoco habrá gays ni lesbianas. Se acabó un siglo larga de luchas para que la sociedad reconociera que a uno le podían gustar únicamente los o las de su mismo sexo. Eso ya no existe. A partir de ahora, cada uno tendrá la orientación sexual según lo que declare la persona con la que acaba de acostarse. A lo mejor te enteras de tu orientación sexual en medio del polvo, si era un arrebato y se te olvidó preguntar.

Y ay de ti si te creías lesbiana y un señor bien dotado te dice, con dos cojones, que él es una mujer: tendrá que gustarte, porque por definición, si eres lesbiana te gustan las mujeres, incluido él. Al margen de sus genitales. Si dices que no, eres una genitalocéntrica (así lo llaman). Y ¡cómo se puede reducir el sexo a los genitales! No, no: tendrá que ser una relación profundamente sentida con el cerebro de la otra persona, que es donde siente su identidad verdadera. Eso de follar porque te habías puesto caliente y te daba gustirrín al cuerpo, eso queda muy desfasado, casi podría decirse que es cosa de feministas.

Esto no es ficción: dense un paseo por las redes sociales, que es donde se liga hoy día. O miren a los países —Canadá, Argentina, Reino Unido— que ya “despatologizaron” el asunto y elevaron a ley los verdaderos y profundos sentimientos. Allí, ahora es ofensa legal y motivo de despido usar el pronombre gramatical masculino para un personaje con barba que se siente profundamente mujer. Allí, ese personaje con barba exige acceso a los baños y vestuarios de las chicas, porque las mamparas, obviamente, no se inventaron para ocultar genitales, sino para separar sentimientos.

A un violador se le pueden imponer décadas de cárcel pero está prohibido ofender sus sentimientos

Allí, los que tienen ánimo deportivo y ganas de medalla, pero poca suerte en el ruedo atlético, empiezan a ganar trofeos: basta con inscribirse en la selección femenina: ¿no es el deporte una competición de sentimientos? Y los que tienen la mala fortuna de haber caído en el crimen y haber sido condenado por agresión sexual, ahora tienen el cielo abierto: basta con declararse mujer para ser trasladado a una cárcel de mujeres, que siempre es más agradable. Porque a un violador se le pueden imponer décadas de cárcel pero está prohibido ofender sus sentimientos.

Son ejemplos reales. Pero dicen los transactivistas que es muy feo mencionar el ejemplo de la cárcel porque equivale a sugerir que los trans son delincuentes. Pero la cuestión no es si los trans son por definición todos buena gente. Sino que la ley propuesta excluye explícitamente toda opción de cuestionar los motivos de una “transición”, así sea inmediata y fulminante. Probablemente dé por hecho que ningún criminal violador y asesino podrá ser tan desalmado como para aprovecharse de una ley diseñada para el desdichado colectivo trans.

Incluso antes de entrar a la cárcel, un profundo sentimiento de inocencia podrá facilitar las cosas al delincuente. Actualmente, la ley, gracias a la labor de las predecesoras de Irene Montero, castiga con mayor dureza los crímenes machistas, es decir las agresiones en las que queda acreditado que el agresor —uno de esos que cada año causan la muerte de 50 mujeres— “ha cometido los hechos contra la víctima mujer por el mero hecho de serlo y con intención de dejar patente su sentimiento de superioridad frente a la misma” (Tribunal Supremo, 2018). Pero si casualmente antes del juicio, el agresor siente profunda y verdaderamente que él mismo es una mujer, obviamente no hay superioridad por sexo ni agravante.

No, no, esto no va a suceder. Pueden quedarse tranquilos. ¿A quién se le ocurrirá algo así? ¿Un delincuente aprovechándose de la ley? ¡Impensable!

Los genitales pueden ser de cualquier sexo, pero los pronombres gramaticales son eternos e inmutables

Impensable, dicen los transactivistas: según ellos, cada niño y cada niña nace ya con su completa identidad sexual marcada en el cerebro (así lo dice un cuento de Chrysallis para niños, protagonizado por un hada que por error mira la entrepierna del bebé en lugar del cerebro “que es donde se debe mirar para saber si alguien es niña o niño”) y antes de la adolescencia ya lo tienen muy claro. Así que ningún adulto querrá cambiarse de sexo salvo porque lleva toda la vida deseándolo, aún sin saberlo. Eso lo dicen los mismos transactivistas que luego citan como gran referencia a Paul Beatriz Preciado, quien siempre ha tenido muy claro que era lesbiana y dijo no tener ningún interés en ser hombre… hasta que cambió de idea. Ahora defiende que el sexo no existe. No sé entonces qué es lo que miran las hadas en el cerebro.

El sexo no existe pero es urgente una ley que proteja jurídicamente esa cosa inexistente. El sexo está determinado en el cerebro desde el momento de nacer, pero se puede cambiar en cualquier momento de la vida, cuantas veces se quiera. Los genitales pueden ser de cualquier sexo, hay mujeres con pene y hombres con vagina, pero los pronombres gramaticales son eternos, inmutables y determinantes para la felicidad. Los cuerpos son perfectamente sanos y normales por ley, pero necesitan medicamentos y cirugía con fondos públicos. El gato de Schrödinger se queda en bragas ante cualquier trans.

El error de Schrödinger era nunca preguntar a su gato si se sentía profunda y verdaderamente vivo o muerto. Porque el sentimiento verdadero, dice la ley de Irene Montero, es lo que determina la realidad. Siempre. Vale, no siempre. No basta con sentirse verdadera y profundamente español para recibir un pasaporte. Ni sentirse verdadera y profundamente mayor de 65 para cobrar la jubilación. Ni siquiera basta con sentirse verdadera y profundamente enfermo para recibir una baja laboral: ¡hasta para eso hay que ir al médico primero!

Lo único para lo que basta un verdadero y profundo sentimiento es para ser mujer. Porque ser mujer ¿qué importa? ¿acaso cambia algo por ser mujer? ¿acaso nacer mujer cambia algo en relación a cómo te tratan, qué salario y que puesto directivo te ofrecen, cómo te hablan, te gritan, te pegan?

El error de Irene Schrödinger Montero es que nunca se ha tomado el tiempo de preguntar a las 50 mujeres asesinadas este año por hombres si ellas, después del navajazo, disparo o paliza, se sentían profunda y verdaderamente vivas o muertas.

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© Ilya U. Topper | Primero publicado en El Confidencial  ·  6 Dic 2020

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