Trampa y cartón

Publicado por

Ilya U. Topper

@ilyatopper

Periodista (Almería, 1972). Vive en Estambul, donde trabaja para la Agencia Efe.

Publicado el 22 Mar 2021

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Vidas de papel
Dirección: Can Ulkay

Género: Largometraje
Guion: Ercan Mehmet Erdem
Intérpretes: Çagatay Ulusoy, Emir Ali Dogrul, Ersin Arici, Turgay Tanülkü
Produccción: Netflix
Duración: 137 minutos
Estreno: 2021
País: Turquía
Idioma: turco [doblaje en castellano]

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Puto pegamento. Es la droga de abajo del todo, la que esnifan los niños sentados en el bordillo, casi en la cuneta. Destroza el cuerpo. Los riñones. Los nervios. El cerebro. Para siempre.

Delante de los niños pasa Mehmet: sabe que una vez en la espiral de la peor de las drogas, esos críos no tienen futuro. Aún así les da cinco liras: qué puede hacer. Y sigue caminando al almacén donde llegan, cada tarde, los recogedores de papel de Estambul. Hombres como él, chavales aún, enyugados a esos enormes carros de armazón de hierro revestido con tela que cada noche vemos pasar a trote ligero por los barrios ricos, rebosando de cartones y botellas de plástico aplastadas: materia prima para un reciclaje, a tanto el kilo.

Mehmet corre poco con el carro: su corazón ya no aguanta, se desmaya a menudo, está a la espera de un trasplante de riñón, tiene los nervios y los dolores a flor de piel; los demás le dejan el cargo de responsable de báscula y almacén. Todos lo quieren, especialmente su compañero de piso y amigo Gonzo, el más dicharachero de los cartoneros; y con razón lo quieren, porque Mehmet es buena gente.

Recoger las sobras, los envoltorios de los demás es una forma de ganarse la vida honradamente en Estambul, en el escalón más bajo del proletariado, al nivel del pavimento que a tantos les sirve cada noche de cama, si no les alcanza volver a algunas de las ruinas de Tarlabaşı, el barrio que tiene pinta de haber pasado por una guerra y que dista apenas cien pasos de los bares, las discotecas, las elegantes cafeterías y las grandes tiendas de moda de Istiklal, la calle donde un millón de clientes deja cada día montañas de celulosa e hidrocarburos: un botín para los recogedores. Dinero sucio solo por fuera, billetes pequeños, sudados, dinero, pan y tabaco.

El dinero no es el el problema: el problema es tener madre, o al menos recordarla

Mehmet y Gonzo y los demás no esnifan: ser recogedor de cartón es un oficio serio y a veces también violento si te metes en el territorio de otra banda: sí, las materias primas siempre han sido motivo de guerra en la humanidad, y lo pueden seguir siendo en las calles de una ciudad tan pacífica como Estambul, si uno se descuida, si las secuelas del pegamento le han dejado sin control sobre cuerpo y mente y salta la ira del cerebro a los puños.

Y entonces aparece el niño.

El niño se llama Ali y está lleno de moratones. No debe de tener más de cinco años o seis. Ha acabado en la calle por lo mismo por lo que han acabado todos los demás: un padrastro iracundo, una madre que ya no sabe que hacer, una familia destruida por la violencia machista, algo peor que la cuneta. Ali quiere ganar dinero para poder rescatar a su madre algún día.

El dinero no es el problema, le consuela Mehmet. De hecho, el dinero está tirado por la calle, en forma de cartón, basta con recogerlo. El problema, pero eso no se lo dice, eso solo lo piensa, mientras le entra otro ataque de dolor y busca con mano temblorosa el frasco de pastillas, el problema, piensa, traga una vaso de agua y alcanza una vieja fotografía en blanco y negro de la cómoda para tenerla cerca hasta que se calme, es tener madre. O al menos recordarla. Esta foto es todo lo que él recuerda de la suya.

Si esa mujer de la foto fuese su madre.

Un homenaje al lado humano de los cimientos mojados de una ciudad que tanto cielo abarca

Porque en esta película al final hay trampa y cartón. La realidad está hecha de retazos recogidos de otros: los chicos de las calles de Tarlabasi, por debajo de todo el resto de la ciudad, y solo un palmo por encima del nirvana del pegamento, no tienen nada más. Pueden engañar la realidad algún día, una visita a los baños, un chapuzón en las aguas del Bósforo, una fiesta con tarta a dos pasos del puente, siempre rodeado de las luces de color y vida de los demás, pero no pueden quitarse de encima los sueños grabados a navaja por la soledad. Hay quien lleva un tatuaje de los padres, esos que nunca vio salvo volando en la nube del pegamento.

Hay quien tiene aguante para seguir tirando del carro. Y hay quien se deja arrastrar por la cuneta como una foto vieja bajo el aguacero, con la vida deshecha cual papel en la lluvia. No hay moraleja en el filme de Can Ulkay (Estambul, 1964), solo hay un homenaje al lado más humano de los cimientos mojados de una ciudad que tanto cielo abarca.

El arte del cineasta rompe la distancia que nos separa de quienes son la parte invisible de nuestro barrio, esa parte que nunca miramos aunque cada noche y cada día nos pasan rozando. El pasadizo en el que termina Vidas de papel dista cuatrocientos metros de mi casa y la cámara se detiene sobre el rótulo, de letras blancas sobre chapa roja, donde se lee el nombre: La lucha. Callejón sin salida.

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