«El siglo XXI empieza este año»

José Enrique Ruiz-Domènec

Publicado por

Alejandro Luque

@atoluque

Periodista y escritor (Cádiz, 1974). Vive en Sevilla.

Publicado el 23 Mar 2021

Publicidad

José Enrique Ruiz-Domènec (Formentor, Sep 2020) | © Cati Cladera


Formentor | Sep 2020

En un encuentro en el que los escritores son mayoría, como es el caso de las Converses de Formentor, la presencia de un historiador se vuelve particularmente simpática. Y lo es sin duda en esta edición pandémica la de José Enrique Ruiz-Domènec (Granada, 1948), que reúne en su persona la erudición, la sensatez y el buen humor.

Especialista en la Edad Media, la cultura europea y el legado mediterráneo, el autor de títulos como El reto del historiador, Cautivos de la fama, Atardeceres rojos o España, una nueva historia, ha trabajado en los últimos tiempos sobre las pestes históricas, sobre las que acaba de publicar El día después de las grandes epidemias (Taurus). Con Ruiz-Domènec se puede hablar de casi todo, pero esta vez tocaba restringir el campo a cuestiones como el mundo medieval, la leyenda negra española, Cataluña, la deriva europea o la novela histórica. Y este fue el resultado.

Siempre se habla de «la oscura» Edad Media, pero, ¿lo fue tanto?

No, eso es un tópico hoy día indefendible. No solo porque desde mediados de los años setenta se abrieron espacios de interpretación mucho más sólidos, en la vía que dirigieron en París los dos grandes medievalistas, Georges Duby y Jacques Le Goff, ambos maestros míos, que demostraron claramente que esa Edad Media de la oscuridad era un prejuicio romántico: el romanticismo quería crear una atmósfera que luego se llamó gótica. La ironía sería cómo una civilización como la nuestra, la europea, podría nacer de una época tan oscura, porque nuestros fundamentos son medievales. Son prejuicios que anidan generalmente en las afueras de la alta cultura: en las series de televisión que muestran a esa gente sucia, que no se lava. Cosa que es mentira, porque se lavaban tanto o más que la gente de hoy.

A menudo la primera imagen que nos viene a la cabeza es el caballero con su armadura, pero…

«Las armaduras, que vemos tanto en las películas son un producto de la moda del siglo XV»

Es un ejemplo más del tópico. Esas armaduras, que vemos tanto en las películas, se conocen como milanesas —la armadura blanca—, y son un producto de la tecnología y de la moda del siglo XV. No deja de ser curioso que haya una especie de identificación de toda la Edad Media con un artefacto exclusivo de ese tiempo. ¿Por qué? Porque la Edad Media se entiende como una época donde supuestamente no hay evolución, y como no la hay, tampoco evoluciona la técnica o el armamento. Hoy sabemos que, del siglo X al XV, el armamento evolucionó mucho.

Cuando uno ve esos armatostes, se pregunta cómo era posible: ¿las guerras se hacían así, con dos arrobas de metal encima, o nos han vendido el torneo por la guerra, la leyenda por la realidad?

Claro, o algo mucho más interesante, la ficción por la realidad. El torneo era un deporte, y además un deporte que habría que identificar con la alta competición de nuestros días. ¿Es una ficción de la realidad? Sí, pero es una ficción real. El deporte de alta competición existe, los tenistas, los futbolistas. ¿Es así el común de los mortales? Pues no. Y genera héroes colectivos, populares, algunos simpáticos, otros antipáticos. Los torneos estaban bajo el ojo de las mujeres, que eran las que juzgaban los detalles, porque casi siempre se ganaba por puntos, como el boxeo. Tienes que saber mucho de boxeo para entender quién va ganando, no se trata solo de que uno reciba una bofetada y se vaya al suelo.

¿Hasta qué punto el historiador está expuesto a la imagen que quiere proyectar una élite dominante?

Esta ha sido la gran labor de la historia durante los últimos cuarenta años. Hemos establecido las metodologías de lectura para sacarnos de la secuencia retórica que las fuentes de la clase dominante nos quieren imponer. Es evidente que la lectura crítica de esas fuentes, o deconstructiva, como se dice en nuestra jerga, nos ha llevado a delimitar lo que había ahí de carga ideológica, eso que los franceses denominaron muy bien “el espacio imaginario”, que no solo es ideología, es también procedimientos culturales, formas de gobierno, etc. Ahora incluso podemos trabajar fuentes que habían sido vedadas por la literatura o la iconografía. Este fue el gran cambio.

Recordamos aquello de “las crónicas afirman…” como si fueran autoridades, cuando las crónicas mentían como bellacas, ¿no?

«Hacer historia con una crónica sería como hacerla hoy en día con el Boletín Oficial del Estado»

En el fondo, hacer historia con una crónica sería como hacerla hoy en día con el Boletín Oficial del Estado. Son datos que tú tienes que contextualizar. Si los extraes de contexto, te dan una idea de sociedad tranquila, esperando las determinaciones del poder. Y no es así. Recuerdo que cuando era joven y trabajaba con grandes maestros, me enseñaban lo que estaba sucediendo en ese momento en todos los ámbitos: la estética, la música, las prácticas sociales, la sexualidad, las poses, la moda… Y eso nos abrió otra ventana. Eso es lo que ha permitido a los historiadores de mi generación ese cambio, que además es colectivo, porque la historia es una república internacional de las letras.

En tiempos recientes ha habido una polémica en torno a la leyenda negra española que ha dado para muchas ventas de libros. ¿Cuál es su posición al respecto?

La leyenda negra nace de lo que podríamos llamar una batalla cultural. Batallas culturales hemos vivido muchas en el siglo XX, yo me he involucrado en algunas de ellas, y de hecho, si el coronavirus me lo permite, uno de mis libros futuros para la próxima década hablará de las batallas culturales, y cómo han afectado en el conocimiento de la historia. Pero se han dado muchas veces, y una de las más intensas entre catolicismo y protestantismo, entre el imperio de los Habsburgo y el calvinismo holandés, es lo que generó la leyenda negra española. Es una visión de parte de una batalla cultural, y como siempre en estos casos, tiene una parte de verdad…

Eso iba a preguntarle. ¿Dónde acaba la base fáctica y empieza la propaganda?

Si nos ha enseñado algo el debate actual es que tú no puedes fiarte de una sola fuente. Si pensamos que España es lo que dice La Razón como periódico, entraríamos en una especie de crisis de interpretación, porque España no es así. La mejor cura para esto es mirar otras fuentes, confrontarlas. Eso lo llaman objetividad, yo diría simplemente certificar la fuente. Tú, como periodista, si recibes una confidencia, tratas como mínimo de encontrar dos opiniones en esa línea antes de emitirla. De lo contrario, puede haber una visión sesgada o errónea, con mala intención o sin ella. Lo que había de propaganda del adversario y de verdad en el tema de la leyenda negra es mucho. Y no vale decir “Ellos también lo hacían mal”: cada país tiene que hacer la autocrítica de su historia. Plantear esa historia a la defensiva, lamentar cómo nos insultan…

Quizá en eso reside el éxito de algunos de esos libros.

«El pasado no es un equipo de fútbol, la pasión no puede dominarte: eso puede ser peligroso»

Claro, pero eso es entrar en una visión del pasado un poco de hooligan, ¿no? El pasado no es un equipo de fútbol, la pasión no puede dominarte. Hemos comprobado que eso puede terminar siendo peligroso. Hay momentos de la historia en que la falsificación, o el exceso de triunfalismo, ha conducido a situaciones muy lamentables. De ir a las exageraciones para demostrar que somos una raza superior a querer exterminar a las demás hay un paso. El historiador tiene que mantenerse un poco más frío. La pasión es para el estudio, para perder horas indagando, leyendo, incluso interpretaciones contrarias. En estos libros leo pocas opiniones contrarias, pocas ganas de encontrar un equilibrio de información.

¿Y el empeño en aplicar el sistema de valores actuales a otras épocas? Se hacen reproches al colonialismo europeo… pero ¿existiría Europa si no hubiera tenido ese afán expansionista?

Los italianos le dan a eso un nombre enormemente enfático: ucronía. ¿Qué hubiera pasado si…? Bueno, lo que hubiera pasado ya no es labor del historiador. Podemos divertirnos con ello, y en ocasiones lo hemos hecho, pero esa no es la cuestión. Mirar el pasado con ojos del presente se llama presentismo, que es un pecado mortal del historiador. No puedes jugar con ventaja, es como si te digo los resultados de la quiniela el lunes. No, mejor dímelos el viernes [risas]. Ahora bien, la historia es maestra de la vida, es un espejo donde te tienes que mirar. Y se ha dicho muchas veces: si tú no la entiendes, se repite.

A menudo en lo peor…

Bueno, Marx decía que en términos de farsa. Y es verdad. Eso demuestra que el darwinismo, aplicado a la historia, no funciona. Muchas veces, las segundas partes son muy degradantes. Hay un ejemplo típico en los dos napoleones, Napoleón tío y sobrino. Si la historia va en esa evolución, ¿cómo será el nieto? Así es. ¿Qué no entendió Marx? El sentido de la revolución. La revolución es algo que nos acompañó desde la segunda mitad del siglo XVII, y es un tema a resolver. Cuál fue el sarcasmo? Convertir la revolución en un armatoste, en un pharmakós que dicen los ultramodernos, una farmacia para engañar al público. Y claro, Luis Napoleón es un estafador de la historia, por eso molesta tanto a Marx. No habíamos llegado a la revolución de 1848 para que este impresentable nos conduzca a un camino diferente de lo que queríamos…

La historia ¿tiene tanta lógica?

Es como un puzle: si falta una pequeña pieza, la figura aparece distorsionada. Es una filosofía del detalle. Un mal detalle, una mala cronología, un error geográfico, te puede desbaratar las teorías más bellas. ¡Qué obsesión tiene este señor con la cronología! Pues sí, pero nadie negará que hay un antes y un después del 18 de julio de 1936. Eso solo se puede negar si se desconoce.

La cronología es fundamental?

«Si los políticos quieren preservar los valores europeos, que impulsen el mestizaje»

Sí, pero los cambios de siglo jamás se producen en el año cero de un siglo cronológico. Por ejemplo, el siglo XXI empieza este año, como casi todos los grandes siglos han empezado en los años veinte. El XVIII empezó en 1715, el XIX empezó en 1815, después de las guerras napoleónicas, el XX empezó después de la Primera Guerra Mundial… Un historiador con el que tuve buena relación en los últimos años de su vida, Eric J. Hobsbawm, cuando escribe su libro más potente, El corto siglo XX, piensa que el siglo XX se extiende desde el final de la Primera Guerra Mundial al final del imperio soviético. Si ahora estuviera vivo Hobsbawm se hubiera dado cuenta de que muchas cosas que ocurrieron después de la caída del muro son todavía propias del siglo XX. Y el XXI ha tenido un inicio trufado de problemas, cuando parecía que iba a surgir, sobreviene la crisis financiera de 2008-9 que nos retrasa el mecanismo, hasta hoy: ya no hay retorno.

Vemos mensajes de políticos como Abascal, LePen o Salvini sobre la defensa de los “valores europeos” frente al “otro”… Pero Europa en la mitología nace en una playa de Sidón, ¿los valores europeos no son valores mediterráneos?   

Cuando se dice que hay que salvar los valores europeos, yo estoy de acuerdo. Con lo que no estoy de acuerdo es con lo que llaman “valores europeos”, porque no tienen ni idea. El principal valor de Europa es un mestizaje sociocultural, por tanto, si los políticos quieren preservar los valores europeos, que impulsen el mestizaje. Europa surge de la cultura latina, romana, germánica, eslava, en un cóctel cuyos procesos conocemos hoy bastante bien… Vivimos en un momento en que el mestizaje sociocultural es una evidencia. Frenarlo es ridículo, porque la historia tiene una dinámica que no se frena. Justamente, si Europa es capaz de volver a sus orígenes y asumir ese mestizaje y canalizarlo se recuperará. Esos políticos tienen una imagen distorsionada de Europa, presentista y contemporanista, pensando que la única Europa es la surgida del siglo XIX. Europa se sintetiza mucho antes, cuando el Imperio romano ya no es capaz de articular el armazón de la civilización, sucumbe y deja paso a otra civilización.

Imagino que hay también un factor religioso, pensar que pertenecemos a un bloque cristiano opuesto a otro, musulmán. Pero ¿no demuestra la historia que hemos estado siempre mucho más cerca?

«Septimio Severo era un hombre de África, pero el Imperio romano era todo, daba igual Tarragona o Cartago»

El gran cambio en el Imperio romano es la llegada a finales del siglo III de una nueva dinastía, capitaneada por un general llamado Septimio Severo, que era bereber. Yo lo he comparado de una forma un poco atrevida con Obama: este habla un inglés que claramente sabías cuál es su etnicidad, y Septimio Severo hablaba un latín que delataba claramente su origen bereber. Era una persona fosca, oscura, es muy complicado decir si era negro, y mucha gente negra en Estados Unidos no quiere ser llamada afroamericana, siendo de quinta generación… Oiga, África ya se me ha olvidado, fueron mis tatarabuelos. Es como pretender que nosotros seamos visigótico-españoles. Son cosas ridículas, porque para resolver un problema creas otro mucho más grave. Septimio Severo era un hombre de África, pero el Imperio romano era todo, le daba igual Tarragona, Cartago o una ciudad de la actual Siria. Lo que no le daba igual eran las formas sociales diferentes o razas diferentes. Septimio Severo, sin embargo, se casa con una niña rica romana.

Hizo carrera, pues.

Pero ese miedo al inmigrante… Recuerdo una película de mi juventud, Adivina quién viene a cenar esta noche, en la que Sidney Poitier hacía del negro educado, de primer nivel, que reflejará el reto del matrimonio interracial. Ese problema, Septimio Severo lo resuelve, y el mundo romano cambia cuando, al poco tiempo, el Imperio nombra romano a toda persona que viva en el Imperio romano. Eso lo hace Caracalla, porque él no es romano de origen. Solución: ¡todos somos romanos! Pues hoy podríamos decir que todos somos europeos, o seres humanos… ¿Cuál es el problema? Las resistencias que la historia no ha resuelto, pero es un espejo magnífico: Roma duró siete siglos más después de aquello, en algunas partes doce siglos más… El mestizaje no fue la causa de la ruina.

Leí una reseña suya del libro Los europeos, de Orlando Figes, en la que hablaba de ese temor a perder la cultura cosmopolita que también es la esencia de España. ¿Cómo nos afectan los racismos y los nacionalismos? 

Orlando, al que aprecio como historiador, persona brillante y consecuente, firmó en contra del Brexit —como casi todo inglés sensato—. Perdió y, ¿qué hace un perdedor en una sociedad democrática? Se ha hecho alemán. Acepto el resultado, porque en democracia se acepta hasta lo que no te gusta, pero dejadme tomar una decisión en el orden personal. Y la segunda cosa es escribir un libro, Los europeos, magnífico, muy bien tejido, sobre cómo se pudo haber evitado la Primera Guerra Mundial, una guerra nacionalista entre naciones torpes. Lo que pretende es crear ese tejido de una Europa sin fronteras. Europa es un constructo donde pocas personas viajeras pueden sentirse extrañas. Yo no me he sentido extraño nunca en ningún sitio, dentro de Europa. Y me he sentido más europeo fuera. Si voy a Japón y me preguntan, yo digo que soy europeo. ¿Cree que voy a decir que soy granadino? ¿Qué es eso? El europeo es un constructo, y probablemente dentro de tres siglos, estaremos hablando de un constructo más mundial. La resistencia del nacionalismo es muy perniciosa. Da igual el nacionalismo que sea, porque además se revisten luego de populismo, y es un cóctel explosivo.

Sobre esto, un periodista definió a Ruiz–Domènec como “la tercera vía” para Cataluña. ¿Se siente a gusto en esa etiqueta?

«Si otros países tuvieran nuestra historia y nuestra diversidad, se pondrían las botas»

Bueno, como dijo alguien una vez, la tercera vía es esa en la que te dan bofetadas desde las otras dos… [risas]. No, cuando se planteó este problema, yo escribí un librito a pedido de la editorial, en el que dije claramente: desde el amor que siento por este país, y del conocimiento que tengo de su historia y de su carácter, considero que los pasos que están dando están equivocados. Sería bueno, en vez de tener una historia falsa, acudir a una historia verdadera, auténtica, donde se muestre que esos pasos equivocados los han llevado hacia el desastre. Solo alguien que quiere a un país puede advertir del desastre. Si no fuera así, uno dice “ahí os quedáis”, se va a Alaska y los ve caer. No es mi interés. Soy de una generación que tenía una palabra hoy en desuso, pero que me gusta: la responsabilidad de los intelectuales. Muchas bofetadas he recibido por asumir esa responsabilidad.

A la Real Academia de Historia la acusan de “Real Academia Madrileña”. ¿Es así? ¿Es el centralismo el gran lastre de esta institución?

La Academia, lo digo con pena, no ha cumplido la misión que se le tenía encomendada. Si España es solo Madrid, no te quejes de que nadie quiera ser español fuera de Madrid, claro. No puedes dar munición al adversario. Recuerdo un debate en la televisión, hace muchos años, sobre el Orden del Toisón de Oro. Un señor que estaba allí había dicho que el primero en recibirla había sido Felipe el Hermoso. Le corregí: fue Alfonso el Magnánimo treinta años antes. “Pero Alfonso el Magnánimo no era español”, soltó literalmente. Y dije: eso aseguran los independentistas catalanes. ¿Por qué no va a ser español? ¿Porque era rey de Aragón, rey de Valencia, conde de Barcelona, eso ya no es España? O nada es español, o todo es español. Y una institución —la de la lengua sí está perdiendo esa centralidad— no puede convertirse en una institución madrileña. La Academia tendría que ser integradora de identidades diversas, de esa riqueza que tiene España. Si otros países tuvieran nuestra historia y nuestra diversidad, se pondrían las botas. Nosotros nos asustamos ante ella.

Otra frase suya: “El peso de la historia real, si se supiera, haría de Cataluña un país más orgulloso”. ¿Significa que en el asunto catalán subyace algún complejo histórico?

«Mientras no tengamos en cuenta que del siglo X al XV, nuestros grandes poetas escribían en árabe, no avanzaremos»

Cuando Cataluña, a mitad de siglo XIX, necesita inventarse la historia, porque la que le han contado no es buena, en lugar de investigar y descubrir las cosas, se mete en el túnel de la invención. Y cada vez es más invención. Te pongo un ejemplo: una de las cosas más admirables es que, a mediados del siglo XI, en tres o cuatro ciudades del Mediterráneo, se inventa un nuevo procedimiento económico que termina siendo el capital social y del cual siempre se había dicho que había surgido en las repúblicas marítimas italianas: Génova, Venecia, Pisa… Al descubrir yo un paquete documental que certificaba que en la Barcelona de los años sesenta y setenta de ese siglo también se llevaba a cabo, en Italia al final han acabado aceptando esa tesis, a pesar de que va en contra de su orgullo. Sin embargo, en Barcelona y en Cataluña, está la cosa de creer que si se acepta esa tesis hay que desmontar algunas cosas… aunque sea desmontar a su favor. No lo quieren hacer.

¿Tanto miedo hay al propio pasado?

¿Qué ocurre con nuestra historia, la española en general? Pues que para entenderla de verdad tienes que romper un prejuicio inmenso, ya que durante siglos muchos que construyeron esta historia forman parte de otro modelo cultural. Mientras no tengamos en cuenta que, del siglo X al XV, la mitad de nuestros grandes poetas escribían en árabe, no avanzaremos. ¿Por qué escribían en árabe? Porque había una civilización que se expresaba en ese idioma. No podemos pensar que la literatura española tiene como gran poeta al Arcipreste de Hita y no a Ibn Zamrak, que es el poeta de la Alhambra. “Oiga, es que eso no es España”. Ah, si no es España, ¿qué es? ¿China? No ha habido unidad, ha habido voluntad de construir un espacio. Y se ve mejor desde fuera. El hecho español ha gustado siempre, porque es muy complicado. Y eso fascina. Así te sale una historia diferente, pero será más auténtica, aclara más las cosas, nos dará orgullo… ¿Cómo no vamos a estar orgullosos de Maimónides? Solo un país como nosotros podría permitirse ese lujo.

Entre los populismos de nuevo y viejo cuño, el Brexit y todo lo que hemos estado viviendo últimamente, ¿queda esperanza para eso que se ha dado en llamar el proyecto europeo? 

El proyecto europeo está pasando por un mal momento, hay que reconocerlo. Si uno piensa que se resolverá por una cuestión de reajuste económico, está muy equivocado. Europa tiene que tener un objetivo de supresión de las fronteras, de asumir la diversidad como elemento de convivencia. No pretendo que todos seamos iguales en el sentido de ser todos parisinos —donde ni siquiera los parisinos son iguales, la mitad son ya senegaleses o argelinos—, sino buscar la identidad en la diversidad. ¿Por qué me he involucrado en este fenómeno del programa Formentor? Porque es un ejemplo de lo que buscamos. Ese cosmopolitismo libre, esa manera crítica de afrontar las cosas, de avanzar equivocándose. En definitiva, con el proyecto europeo no soy optimista, pero creo en la sensatez: nadie va a malograr esto, porque la alternativa ya la conocemos: la Europa de la segunda mitad del XIX y de la segunda del XX no es asumible.

Sin embargo, hay gente que piensa, y hasta proclama en voz alta, que no les importa que Europa se vaya al diablo. Quienes dicen eso, ¿de qué no son conscientes?

«Los que creen que Europa es el problema, no ven que salir de ella nos haría de nuevo muy pequeños»

Ignoran cómo se vivía cuando no existía Europa. Yo, que en mi juventud viví fuera de Europa, porque España formaba parte geográficamente, pero no económica ni culturalmente, he sufrido eso, el procedimiento equivocado de las fronteras, he sufrido en mis carnes inflaciones galopantes, como han sufrido mis amigos argentinos hace poco. De una noche para otra, por un capricho de aquellos mangantes del tardofranquismo. Afortunadamente, hoy Europa tiene resortes para evitar esto. Inflacionar un país es arruinar varias generaciones. Y cuando vivía a caballo entre París y Barcelona, mis amigos me decían: quédese usted aquí. No, les respondía yo, vuelvo, es mi obligación. Pero cuidado, hay siempre esa complacencia: los que creen que Europa es el problema, no ven que salir de ella nos haría de nuevo muy pequeños. Y empezarían a salir los fantasmas, porque cada país tiene los suyos. Francia tiene muchísimos, Italia es una verdadera película de miedo, Alemania ni te cuento…

¿Qué ocurre en Alemania?

El otro día, por un descuido de nada, empezó a salir gente rodeando el Reichstag con el brazo en alto, ¿eh? ¿No han aprendido nada de lo que sucedió entre 1933 y 1945? Fueron doce añitos y estuvieron a punto de acabar no con Europa, ¡sino con el mundo mundial! De hecho, liquidaron hasta a un pueblo, y descentraron a otros muchos. Porque muchos efectos que todavía hoy sufrimos, de emigración, de rupturas de las redes familiares, todos esos problemas de destrucción de una clase media de origen judío, proceden de ahí. Ignorar la historia es muy peligrosa. ¿Vamos a repetir de nuevo los años veinte? Un día Claudio Sánchez-Albornoz me dijo en broma, o no tanto: “Nuestra generación era la más preparada. Y fuimos tan idiotas que terminamos en una guerra civil. No fuimos responsables de provocarla, sí de no verla venir”.

Es usted amigo de Arturo Pérez-Reverte. ¿Recomendaría sus novelas como forma de acercarse a la historia, o mejor usarlas solo como entretenimiento?

«Si te pillas el Alatriste y te sirve de estímulo para intentar comprender cómo era el Imperio español, perfecto»

Yo siempre defenderé la novela histórica, en tanto se asuma que es una novela. Si piensa que sustituyen a los libros de historia, no. Ahora bien, si te pillas el Alatriste y te sirve de estímulo para intentar comprender cómo era el Imperio español, perfecto. Arturo es un hombre que estimula de muy diversas maneras a la gente, para bien o para mal, pero estimula. Además, utiliza el Twitter para hacerlo, y no se calla. ¿Comparto todas sus teorías? No, la amistad que tengo con él es que lo tolero incluso cuando discrepamos, y lo hemos hecho fuertemente, ya que en la discrepancia no es un hombre tibio. Sin embargo, posee la grandeza de la amistad, no sé si le viene de la época en que era reportero de guerra. Y a Arturo, sobre la última novela dedicada al Cid, lo he defendido, porque me encuentro en condiciones de reconocer que emplea una versión plausible, novelísticamente impecable, ¿fue así el Cid? No, ni lo pretende. Pero sí nos da una llave para que entendamos muy bien su figura. Si un país no hace historia de esa manera, está perdido el país, porque se hará en otro sitio.

Ahora usted está trabajando, muy oportunamente, en las pandemias históricas. ¿Qué podemos aprender de las pestes anteriores?

Es casi pura actualidad. Yo detuve mis investigaciones el 1 de marzo, cuando la editorial para la que trabajo me propuso un alto en el camino y escribiera un breve libro sobre el significado de la pandemia que nos asola desde una perspectiva histórica. Acepté la propuesta, que para mí suponía un doble desafío: cómo investigar encerrado, dado que me confiné completamente por mi edad, tenía demasiados números para acabar en ese pasillo infame… Y me metí en un territorio que había sido ajeno siempre a la historia, que es la epidemiología. Se me ocurrió analizar cuatro grandes epidemias: la peste de la época de Justiniano, la peste negra de la Edad Media, la serie de epidemias que asolaron América tras la llegada de las naves de Colón y las pestes posteriores, incluyendo la famosa gripe española.

¿Y qué descubrió?

Vi que hay un leitmotiv en todas ellas: estupor, miedo, incertidumbre, pequeñas respuestas de orden programático (cuarentenas, confinamientos, mascarillas… todo lo que contaron los genoveses en el siglo XIV). Y llego a esa conclusión inicial: lo importante en una epidemia es cómo se sale de ella. Si sabes responder no es una tragedia. Eso me conduce a revisar a fondo a lo que ocurrió en la última de ellas, la que nos pilla más próxima. Y planteo que el coronavirus, de momento, es una gran epidemia porque ha sido comunicativamente asumida como tal. Y como vivimos en una sociedad de la comunicación, lo que se absorbe comunicativamente es verdad. Lo cierto es que no sabemos si estamos a mitad de esta pandemia, o al diez por ciento o… El número de muertos no es lo definitorio. La manera en cómo la sociedad entiende la pandemia, eso sí es determinante. Y desde Wuhan a San Francisco hay un convencimiento de que va a cambiar el mundo, y por eso lo va a hacer. Es una tautología.

En plena pandemia salieron libros como el de Zizek, que se apresuraban a extender el certificado de defunción del capitalismo a raíz de la pandemia. Pero, ¿no es cierto que las demás pandemias de la historia, al capitalismo —en sus diversas formas— ni lo tocaron?

«El apocalipsis no está ocurriendo por el coronavirus: está ocurriendo en Siria»

Ni lo tocaron. Hay una idea de origen marxista, según la cual toda sociedad, cuando asume un reto de esta naturaleza, tiene que hacer un cambio morfológico. Y ese cambio se puntualizará en una serie de cuestiones, que a lo mejor obliga a cambiar el sistema económico, o a lo mejor no. El ministro de Sanidad me llamó cuando se enteró de que estaba en esto. Y en la conversación se dio cuenta de que tenía que haber ese cambio morfológico. El primer país que lo haga será el primero en salir, y eso tendrá beneficios económicos, beneficios sociales, incluso de sosiego social. El país que más se resista a ese cambio, será el que más tarde en salir.

Sin embargo, todo se está fiando a las vacunas…

La vacuna es una solución, pero no la única. Tenemos que operar de otro modo. ¿Cuál es nuestro riesgo, aprendiendo de la historia? La gripe española comenzó en la primavera en que estaban más preocupados los generales por terminar la guerra que por sus soldados, que estaban muriendo en las trincheras como moscas. Europa, a pesar de que se le advirtió que tenía que hacer un cambio morfológico, tardó treinta años en hacerlo. Pero qué treinta años: de 1918 a 1948, los más sombríos de la historia. Fascismo, nazismo, guerras civiles, algunas tremendas como la nuestra… No está mal para una civilización que se las da de madura, que tenga que esperar, destruyéndose como se destruye, para acabar con la frontera del Rhin. El Tratado del Carbón y el Acero es un cambio morfológico. “Franceses y alemanes ya no serán enemigos nunca más”. Nosotros ahora tenemos que hacer un cambio que afectará a las fronteras. Yo, como mediterráneo, me pregunto qué papel va a jugar Turquía en un futuro inmediato. Y el coronavirus, como todas las epidemias, no puede ser interpretada en términos de apocalipsis. Porque el apocalipsis no está ocurriendo por el coronavirus: está ocurriendo en Siria.

¿Cabe esperar, en fin, un Renacimiento como el que hubo tras una peste?

Lo habrá. El problema es dónde. Nosotros, como españoles, tenemos que pensar que ese dónde, sería bueno que fuera aquí. ¿Por qué no? Si tomamos conciencia y creemos, somos un país creativo, por qué no. Es una toma de conciencia. Pero si lo olvidamos estamos perdidos.

·

© Alejandro Luque | Especial para M’Sur

·

¿Te ha interesado esta entrevista?

Puedes ayudarnos a seguir trabajando

Donación únicaQuiero ser socia



manos

Post relacionados

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *