Un señor muy respetable

Naguib Mahfuz

Publicado por

M'Sur

@MSur_es

Es la identidad colectiva de los autores de la revista M'Sur. Aparece normalmente en las colaboraciones de artistas, escritores o músicos que, por ser esporádicos, no disponen de usuario propio en la revista.

Publicado el 25 Mar 2021

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Escalando sillones

Naguib Mahfuz (1982) | (Dom. público)

Un sillón viejo que te puede estropear el traje nuevo —si fuera nuevo—. una mesa de cuero desgastado sobre el que responder a la correspondencia del archivo, todo ello en el semisótano del edificio, con la ventana a nivel del pavimento. Así empieza un funcionario que viene de familia humilde y barrio modesto. Probablemente ocho pisos por debajo de la oficina del director general, y en todo caso ocho categorías salariales más abajo. El escalón primero de una escala burocrática. Habrá que subir esa escalera.

Es lo que se propone Uzmán Bayumi, protagonista de esta novela corta de Naguib Mahfuz, publicada en 1975, una década larga antes de que el autor recibiera el premio Nobel. No esperen atmósferas de los cafés del Cairo, ni tampoco el expresionismo onírico de obras como Bajo la marquesina: aquí tenemos un realismo despiadadamente gris y marcadamente universal. La ambición de un hombre que pone toda su vida al servicio de un fin, el de llegar arriba, al paraíso de los funcionarios, y que con este mismo paso seguro con el que va ascendiendo, convierte su vida en un infierno. Un doctor Fausto burócrata.

Habrá quien considere Un señor muy respetable una obra menor de Mahfuz, por no brillar con el exotismo que se exige a los autores de allende el Mediterráneo, pero probablemente el inmisericorde perfil social de Uzmán Bayumi, junto con el trazo seguro del autor para caracterizar el ambiente de la pequeña burguesía egipcia, para la que el Estado es todo, sea una de las piezas de mayor profundidad psicológica del autor. Mahfuz conocía muy bien el ambiente: él mismo había sido durante 37 años funcionario de diversos Ministerios. Ascendiendo. Aunque debemos suponer que de vender su alma por algo, Mahfuz solo la habría entregado a la Literatura.

Un señor muy respetable, nueva edición en Gallo Nero, ya está en librerías. Avance por cortesía de la editorial.

[Ilya U. Topper]

 

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Un señor muy respetable

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1

 

Cuando se abrió la puerta apareció ante sus ojos un inmenso despacho: todo un mundo de significados y motivaciones; aquel no era solo un espacio limitado que soportaba el peso de un sinfín de detalles. Se imaginó entonces que todos los que entraran allí serían engullidos y desaparecerían de la faz de la tierra. Sentía que su sensibilidad se exacerbaba y se sumergía en una mágica fascinación. Al principio, dejó volar su imaginación. Olvidó lo que su alma anhelaba contemplar, el suelo, las paredes y el techo, incluso al dios que estaba sentado tras el magnífico escritorio. Una especie de sacudida eléctrica recorrió todo su cuerpo y sintió brotar del interior de su corazón un amor delirante por el esplendor que proporcionaba estar en la cima del poder. En ese momento le pareció que una poderosa fuerza lo impulsaba a prosternarse y a ofrecerse en sacrificio; no obstante, como todos los demás, siguió la senda poco heroica de la piedad, la súplica, la obediencia y la seguridad. Como los niños, tendría que derramar abundantes lágrimas antes de imponer su voluntad. Dejándose llevar por una irresistible tentación, lanzó una mirada furtiva al dios que permanecía sentado detrás del escritorio, luego bajó la vista en un ademán humilde.

Hamza al-Suwayfi, el jefe de Administración, encabezaba el pequeño cortejo y, dirigiéndose al director general, dijo:

—Aquí están los nuevos empleados, Excelencia.

Los ojos del director general examinaron los rostros de los recién llegados, incluyendo el suyo. En aquel momento le pareció que por fin había entrado a formar parte de la historia del Gobierno, que había logrado comparecer ante al-Husra. Creyó oír un extraño murmullo. Quizá lo oyó solo él, podría tratarse de la voz del Destino. Cuando Su Excelencia terminó de examinar sus caras, se dirigió a ellos con una voz pausada, suave, que nada revelaba de su personalidad.

—¿Todos tienen la diplomatura? —preguntó.

—Dos de ellos son licenciados en comercio —respondió Hamza al-Suwayfi.

—El mundo progresa —observó el director general, animoso—. Todo está cambiando. En la actualidad la diplomatura reemplaza el certificado de estudios primarios.

Ahora parecían más tranquilos y ocultaban su satisfacción tras un gesto aparente de sumisión.

—Espero que sean dignos de la confianza que se ha depositado en ustedes —dijo Su Excelencia.

Repasó la lista de nombres y súbitamente preguntó:

—¿Quién es Uzmán Bayyumi?

El corazón de Uzmán latió con fuerza. El hecho de que Su Excelencia hubiera pronunciado su nombre le había causado una profunda impresión. Sin levantar la mirada, dio un paso y susurró:

—Soy yo, Excelencia.

—Sus calificaciones son excelentes. ¿Por qué no ha cursado estudios superiores?

Confundido, permaneció en silencio. En realidad no sabía qué responder, a pesar de que estaba seguro de cuál debía ser su respuesta.

El jefe de Administración habló por él, disculpándole:

—Tal vez fueron las circunstancias, Excelencia.

De nuevo oyó el murmullo de la voz del Destino. Por primera vez sintió que el azul del cielo y que una fragancia extraña pero agradable impregnaban la sala. Ya no le preocupaba la alusión a sus «circunstancias», pues había sido santificado por la amable atención de Su Excelencia. Se dijo a sí mismo que sería capaz de luchar solo contra todo un ejército y salir vencedor. Su imaginación empezó a ascender hasta que su mente desapareció entre las nubes, en un estado de euforia y embriaguez. Entonces, Su Excelencia tamborileó con los dedos en el borde del escritorio y dijo, dando por finalizada la entrevista:

—Gracias. Buenos días.

Uzmán salió del despacho recitando en silencio la aleya del Trono.

 

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2

 

 

Estoy ardiendo, Dios mío.

El fuego consumía su alma sumida en un mundo lleno de sueños. En un instante fugaz, el mundo le pareció una explosión de luz cegadora que intentaba atrapar en su corazón y aferrarse a ella como un loco. Durante toda su vida había soñado, deseado, anhelado, pero esta vez el deseo le consumía y, a la luz de ese fuego sagrado, vislumbró en un momento el sentido de la vida.

De cualquier forma, con los pies en la tierra, había decidido dedicar la suya al Departamento de Archivos. No le importaba cómo sería el principio; la misma vida se había iniciado por una sola célula o quizá por algo más ínfimo. Temblando todavía, se dirigió a su nuevo puesto en el sótano del ministerio, donde percibió una intensa oscuridad y aquel olor típico del papel viejo. A través de una ventana con rejas, pudo ver que el suelo de la calle estaba al mismo nivel de su cabeza. Ante él se extendía la inmensa sala, con hileras de archivadores a ambos lados y en el centro. Las mesas de los empleados estaban colocadas en los espacios vacíos que quedaban entre los archivadores. Siguió a un empleado hasta una mesa situada al fondo, en un hueco de la pared, tras la que se sentaba el jefe del Departamento de Archivos. Aún no se había recuperado del acceso de inspiración divina. Ni siquiera tras su descenso al sótano había conseguido volver en sí. Seguía al empleado, distraído, desconcertado y excitado, mientras se repetía a sí mismo: «Las aspiraciones humanas son infinitas».

El empleado hizo las presentaciones:

—El señor Uzmán Effendi Bayyumi, el nuevo empleado. Nuestro jefe, el señor Safán Effendi Basyuni.

Uzmán reconoció alguna señal familiar en la cara de aquel hombre, como si se tratara de un vecino suyo. Le resultaron agradables la marcada complexión ósea de su cara, su piel oscura y tensa, así como su pelo blanco y despeinado. Pero todavía se sintió más atraído por su mirada gentil y amistosa, que trataba de mostrar en vano un aire de autoridad. El hombre sonrió, descubriendo el rasgo más desagradable de su fisonomía: unos dientes negros entre los que se veían unos grandes huecos.

—¡Bienvenido al Departamento de Archivos! ¡Siéntese! —dijo, mientras echaba un vistazo a los papeles que tenía sobre la mesa—. Toda la vida puede resumirse en dos palabras: hola y adiós.

«A pesar de todo —pensaba Uzmán—, la vida es infinita.» Sentía soplar un extraño y misterioso viento, repleto de posibilidades. De nuevo se dijo a sí mismo que la vida era infinita, como debía serlo la voluntad para conseguir todos aquellos deseos. El jefe del departamento le señaló una mesa vacía, de cuero desgastado por el uso, de color indefinido y en la que se veían varias manchas de tinta.

—Su mesa —dijo—. Examine la silla detenidamente, el clavo más diminuto puede hacer trizas un traje nuevo.

—Menos mal que mi traje es muy viejo —replicó Uzmán.

El hombre siguió con sus consejos:

—Y acuérdese de rezar una oración antes de abrir un archivador. Antes de un día de bayram salió de uno de ellos una serpiente que medía por lo menos un metro.

Empezó a reírse hasta que le entró la tos, luego continuó:

—Pero no era venenosa.

—¿Y cómo se sabe si es o no venenosa? —preguntó Uzmán preocupado.

—Puede preguntárselo al conserje; es de Abu Rawnash, la región de las serpientes.

Uzmán tomó aquello como una broma y no le dio más importancia. Ahora se reprochaba no haber observado meticulosamente el despacho de Su Excelencia el director general, no haber retenido en su mente el rostro y la personalidad de aquel hombre y no haber intentado descubrir el secreto del poder con el que había puesto a todos bajo sus órdenes. Ese era el poder que había que adorar. En eso consistía la belleza divina. Era uno de los secretos del universo. La tierra está llena de innumerables secretos divinos para quien sepa ver y pensar. El breve espacio de tiempo entre «hola» y «adiós» también es infinito. ¡Desgraciado el que ignore esa realidad! Hay personas que nunca se mueven, como Safán Basyuni, un hombre bueno pero gris, que respeta una sabiduría de la que no ha aprendido nada; así era también su padre. Qué distintos son aquellos cuyo corazón ha tocado el fuego sagrado. Ante él se extendía un camino de felicidad que comenzaba en el octavo grado del funcionariado y terminaba en el brillante cargo de Su Excelencia el director general. Este era el más alto ideal al que podía aspirar la gente común. Ese era el más alto cielo donde se reflejaban la misericordia divina y la dignidad humana. Octavo, séptimo, sexto, quinto, cuarto, tercero, segundo, primero… y director general. El milagro podía producirse en treinta y dos años o quizá algo más. Los que se quedaban a mitad de camino eran innumerables. La justicia celestial todavía no se podía aplicar a los humanos, y menos aún a los empleados del Gobierno. «El tiempo se acurruca en tus brazos como un niño dormido, pero no puedes predecir tu futuro.» Sentía que se consumía en su propio fuego, eso era todo. Le pareció que el fuego que ardía en su pecho era el mismo que irradiaban las estrellas en el firmamento. Somos criaturas misteriosas cuyos secretos permanecen ocultos a todos excepto a su Creador.

—Lo primero que hará será encargarse del correo, ya que es lo más sencillo —le dijo Safán Basyuni. Y añadió riendo—: Los empleados de esta sección suelen quitarse la chaqueta mientras trabajan o, al menos, se ponen unos manguitos para protegerse del polvo y de los clips.

Todo eso era fácil. Lo realmente difícil era cómo arreglárselas con el tiempo.
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© Herederos de Naguib Mahfuz (1975) | Traducción del árabe: María Luisa Prieto (2021)  | Cedido a MSur por Gallo Nero.

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