Una década esperando al más inútil

Publicado por

Karlos Zurutuza

@karloszurutuza

Periodista (Donostia, 1971). Especializado en conflictos y derechos humanos, ha trabajado en Iraq, Irán, Afganistán, Kurdistán, Siria, Pakistán y Libia, entre otros lugares. Colabora habitualmente en Jot Down, GARA y Deutsche Welle, aunque su trabajo también ha sido publicado en 5W, Al Jazeera, Vicenews, Haaretz, The Guardian, Politico, The Diplomat, The Monocle...

Publicado el 13 Abr 2021

Publicidad

opinion

 

Libia podría haber llegado a ser un país de ensueño pero solo es un inmenso cadáver en descomposición

—Hola, Wail. ¿Cómo estáis por Trípoli?
—Bueno, ya sabes: Trípoli.

Son años arrancando así una conversación por teléfono y la respuesta es siempre tan previsible como elocuente. Cuando se cumple una década de la guerra más televisada de la historia, “Trípoli” sigue siendo sinónimo de cortes de agua o de luz; de combates entre milicias rivales; de bombardeos indiscriminados sobre la población civil o secuestros de migrantes por los que nadie preguntará jamás. Volveremos con Wail después de rebobinar hasta el año “cero”. 2011, diez años después del 11S y veinte de la disolución de la URSS, arrancaba con un terremoto que sacudió los cimientos de esa región que llamamos MENA y cuyas secuelas se siguen sintiendo hasta hoy. Había una guerra en Libia que cerramos con el plano del brutal linchamiento de Gadafi; lo que vino después ya eran chispazos de un cortocircuito del que nunca nos preocupamos demasiado: aquí el consulado americano ardiendo en Bengasi (cuando mataron al embajador); allá el aeropuerto de Trípoli ardiendo en 2014 y más allá la capital del califato libio ardiendo en 2016. También había gente, mucha, muriendo en el mar intentando llegar a esta orilla.

Bernardino León renunció a su cargo y voló a Dubái donde pasó a cobrar mil euros diarios

Se podía haber hecho mucho más y mejor. Dos gobiernos se disputan el poder en Libia desde 2014: uno en Trípoli, que cuenta con el respaldo de la ONU, y otro en Tobruk, en el este del país. Hablando de la ONU, fue en otoño de 2015 cuando unos correos electrónicos filtrados al británico The Guardian revelaban que Bernardino León, enviado de las Naciones Unidas para Libia, ejercía su labor de mediador escorado hacia el gobierno del este (el que no cuenta con el apoyo de la ONU, han leído bien).

En uno de aquellos mensajes, León detallaba al Ministro de Exteriores de Emiratos Árabes Unidos una estrategia “que deslegitimaría por completo” al Gobierno de Trípoli; en otro, el malagueño mostraba su preocupación sobre cómo ocultar el hecho de que sus patrocinadores estuvieran enviando armas a Libia, en clara violación del embargo de armas de Naciones Unidas. Lejos de contribuir a una solución, la ONU solo contribuyó a enconar aún más las posturas. Tras el ‘Leongate’, el diplomático renunció a su cargo y voló a Dubái en noviembre 2015, donde pasó a cobrar mil euros diarios como director de la Academia Diplomática de EAU. El silencio cómplice de gran parte de la prensa internacional unido al ensordecedor eco mediático del atentado de París de noviembre de 2015 ayudaron a correr un tupido velo. La ONU prometió una investigación que nunca llegó a ver la luz.

En marzo de 2016 desembarcó, literalmente, el Ejecutivo de Fayez Al Serraj en una base naval de Trípoli. La ONU apostó entonces por un gobierno levantado sin el refrendo de los libios, algo que no impidió que fuera reconocido como el “único ejecutivo legítimo” de Libia. Su presencia física en Trípoli solo fue posible gracias a una red de milicias que incluyen notorios elementos islamistas. El gobierno del este también cuenta con su propio parlamento, aunque las decisiones caigan sobre los hombros sobre Jalifa Haftar el autoproclamado “mariscal”. Antiguo miembro de la cúpula que aupó al poder a Gadafi, Haftar fue reclutado por la CIA para convertirse en su principal opositor desde su exilio en Virginia (tiene la ciudadanía estadounidense). Hoy es el caudillo del este y de una suerte de milicias que mantienen tienen fuertes vínculos con la hidra salafista  del jeque saudí Rabi al Madjali.

Tras la fractura de 2014, las tribus antes leales a Gadafi se pusieron bajo el paraguas del gobierno del Este

No nos olvidemos del tejido tribal libio. Tras la fractura de 2014, las tribus antes leales a Gadafi se pusieron bajo el paraguas del gobierno del Este, que respaldan entre otros, Francia, Rusia, Arabia Saudí, Egipto y Emiratos Árabes Unidos. Por su parte, Trípoli cuenta con Turquía y Qatar como aliados más sólidos. Tras un lustro en el que la balanza no se inclinaba hacia ninguno de los dos ejecutivos (el Estado Islámico estuvo presente durante ese periodo de tiempo con su capital en Sirte), Haftar lanzó una brutal ofensiva sobre Trípoli en abril de 2019 con cobertura aérea y logística de Emiratos Árabes Unidos. El avance fue muy rápido y los bombardeos sobre la población civil demasiado indiscriminados. Europa iba a pedir a Haftar que reculara, pero Francia lo impidió haciendo un tour por las capitales europeas y activando toda herramienta diplomática disponible. Fue fácil, principalmente porque las elecciones parlamentarias de la UE —en mayo de 2019— llenaron Bruselas de políticos que comparten la visión de Emmanuel Macron sobre Libia, entre ellos Josep Borrell, el Alto Representante de la UE para Asuntos Exteriores. La Blitzkrieg del mariscal solo se desinfló cuando la tecnología militar turca dejó a los drones emiratíes en tierra.

El último intento de encauzar las aguas llega ahora de la mano de la Misión de las Naciones Unidas en Libia (UNSMIL). El organismo convocó a las partes beligerantes libias en Túnez el pasado mes de noviembre en el llamado “Foro de Diálogo Político Libio”: 75 representantes de ambos Ejecutivos firmaban una hoja de ruta que pasaba por la redacción de una Constitución, unas elecciones en diciembre de este año y la división administrativa del país en tres regiones: Trípoli (oeste), Cirenaica (este) y Fezzan (suroeste). Lo cierto es que ya existe una división física entre el este y el oeste; una especie de Telón de Acero, con sus trincheras y alambradas, que se extiende desde Sirte, en el centro del país, hasta la inhóspita Jufra en mitad del desierto libio. Pero sigue sin ser suficiente.

Volvemos ya con Wail, el tripolitano que mencionábamos al principio. Es Miembro del Consejo Supremo Amazigh y queríamos saber su posición sobre todo esto: “Ninguna de las minorías del país (amazigh, tubu y tuareg) tiene posibilidades reales de representación ante la mayoría árabe, por lo que no vamos a permitir una sola urna en nuestra región”, decía Wail. También que piden una cuarta región en el noroeste, donde los bereberes son mayoría.

Todo parece demasiado complicado pero podría ser muchísimo más sencillo. Libia tiene las mayores reservas de petróleo de África, además de agua fósil y enormes recursos minerales. Está muy cerca de Europa, cuenta con un potencial turístico enorme y también con una red de puertos con las que soñarían muchos. Con una población que apenas roza los seis millones, descubrimos un país al que, si se le deja en paz, podría gobernar con éxito hasta el más inútil. Pero no se le deja.

·
·

© Karlos Zurutuza | Marzo 2021

Post relacionados

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *