Par más inri

Publicado por

Ilya U. Topper

@ilyatopper

Periodista (Almería, 1972). Vive en Estambul, donde trabaja para la Agencia Efe.

Publicado el 10 May 2021

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Abdelaziz Baraka Sakin
El Mesías de Darfur

Género: Novela
Editorial: Armaenia
Páginas: 224
ISBN: 978-84-1222-760-4
Precio: 20 €
Año: 2012 (2021 en España)
Idioma original: árabe
Título original: مسيح دارفور
Traducción: Salvador Peña Martín

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Ella tiene… no sé si en la novela se dice cuántos años tiene ella. Suficientes, en todo caso, para tener a espaldas un pasado, una violación en masa y años de deambulante antes de encontrar un hogar. Ahora ella tiene un fusil de asalto.

La joven Abderrahmán —sí, sí, ya sabemos que es nombre de chico— es sin duda el personaje más llamativo de El mesías de Darfur. Busca venganza, pero es todo menos una fanática amargada: es alegre, sensual, divertida. Pero no parará hasta que haya matado a diez yanyawid. Lo de comerse, además, sus hígados crudos ya lo dejamos para otro día.

No es un libro agradable, mejor lo digo ya. Las escenas de violación son casi tan crudas como el hígado que Abderrahman finalmente no se come. Pero Abdelaziz Baraka Sakin (Kassala, Sudán 1963) tampoco se recrea en ellas, no busca el gore, no carga las tintas. Narra simplemente lo que ocurre cuando una banda de yanyawid a lomos de camello y blandiendo armas automáticas asalta una aldea de campesinos sudaneses que no han huido a tiempo. Ocurren cosas bastante terribles. Ocurrieron. Usted, lectora, quizás lo vio en la prensa, hace una década, cuando la guerra de Darfur aún estaba en las noticias. Quizás lo viera en algún informe de Naciones Unidas. O quizás nunca se enteró, porque Darfur está un poco dejado de la mano de Dios. Por no haber no hay ni petróleo.

Tampoco es un desierto, como quizás pudo pensar si mira Darfur en el mapa: estamos en la parte sur de esta región sudanesa y hay montes, bosques y ríos. Con campesinos cuyos antepasados eran esclavos y tribus ganaderas cuyos antepasados, eso lo recuerdan con orgullo, eran dueños de esclavos. Es esta división histórica de la sociedad entre blancos y negros —los esclavos son africanos y negros, los dueños son árabes y, por lo tanto, blancos— la que recorre Sudán como una falla geológica de la que brota sangre. Solo que —y eso lo perfila muy bien Baraka Sakin— la divisón es ficticia, porque los blancos son tan negros como los negros. No se distinguen.

Nos pide que no creamos en su Mesías, nos deja claro que es un timo como todos los profetas

Hay que preguntarle a uno nombre, apellido y clan para saber en qué bando encajarlo, y ni aún entonces, porque ser rebelde o yanyawid es a menudo una cuestión de voluntad o simplemente de circunstancias, de haber sido arrojado por el destino a uno u otro bando. Porque los yanyawid, las hordas de saqueadores a lomos de camello, no son una tribu ni una etnia. Son milicias armadas por el Gobierno, respaldadas por sus fuerzas áereas, a las que se ha podido afiliar cualquiera dispuesto a matar, violar y quemar. (Quizás sea así como nazcan las tribus, por cierto).

Baraka Sakin dibuja el rompecabezas sudanés a través de un rompecabezas literario: capítulos que saltan de atrás adelante y vuelta aparentemente sin orden ni concierto. Con más de un flashback a un siglo anterior, cuando aún había esclavitud, linajes y ramificaciones familiares, incluso largas enumeraciones de tribus y clanes en lo que parece casi un tic árabe (¿o africano?), quizás un homenaje a un pasado destruido por la guerra. Dejó dicho en alguna entrevista que no escribió el libro de forma lineal sino a saltos. Creo que es habitual entre los escritores. Solo que después normalmente uno intenta ordenar las piezas y limar las junturas. Baraka Sakin ha renunciado a este detalle. Su novela es tan imprevisible como la guerra.

Y tan irracional como la guerra es la aparición del Mesías. Un mesías de verdad, no un mahdi cualquiera como el que echó a los ingleses de Sudán allá por 1885 por unos años. El mesías ahora es un hombre que no combate, sino que resucita a los muertos y retorna la vida a las cenizas de las aldeas quemadas. Todo eso sin pedir siquiera que nadie crea en Él: simplemente te mira. Y cuando dice algo son cuatro frases sobre la Verdad, la Palabra y la Belleza cuya banalidad y trilladez ni Khalil Gibran habría podido empeorar. Como hacen todos los profetas, vamos. Y con esto basta: es invencible.

A Abderrahmán, la chica alegre que porta un kalashnikov y busca venganza, sí nos la creemos

El Mesías es el McGuffin de la novela. La parte que Baraka Sakin necesita para sacar del ámbito de un crudo costumbrismo bélico el retrato de un Sudán incendiado y darle una dimensión distinta. Recuerda en este sentido al Frankenstein de Ahmed Saadawi en una Bagdad no menos desgarrada. Por supuesto, el autor iraquí le da a su monstruo una dimensión mucho más profunda que la superficialidad del (¿falso?) profeta de Baraka Sakin, pero justo ahí reside la apuesta del escritor sudanés, casi un retruécano: nos pide a nosotros, lectores, que no creamos en su Mesías, nos deja meridianamente claro que es un timo como todos los profetas. Para más inri, se llama Aisa, o sea Jesús, hijo de María.

La aparición del mesías y su contexto de nombres bíblicos (están las Marías, está Juan el del río) le da un aura de altura literaria a la novela, pero desplaza al personaje que Baraka Sakin tuvo el genio y el valor de crear y moldear a lo largo de un par de capítulos pero que podría haber convertido en una figura de un realce y una dimensión mucho mayor que la que acaba teniendo: Abderrahmán, la chica alegre y sensual que porta un kalashnikov y busca venganza. A ella sí nos la creemos, a diferencia de los profetas.

Pero cuando se escribe en árabe, este árabe que nadie habla en Darfur ni en Sudán entero, ni tampoco en ninguna otra parte del mundo, es mucho más fácil formular frases de profeta que de humano. Abderrahmán no está hecha para este idioma.

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