Los últimos de la mina

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Publicado el 13 May 2021

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El minero Ramadan Arifi en la mina Stantërg (Kosovo, 2018) | © Miguel F. Ibáñez

Mitrovicë (Kosovo) | 2020

A medida que se avanza por el túnel cuesta un poco más respirar. Hay gases. Se empañan las lentes de las cámaras. En el suelo, cables amarillos flotan sobre el agua. Fueron usados para explosiones recientes. Aumenta el volumen de agua. “La maldita da mucho trabajo en la mina”, comenta el minero Fatmir Hyseni. Ingeniero jefe de 32 años, corpulento y de naturaleza amable, Hyseni, que lleva ocho años trabajando en estos pasadizos, es el encargado de mostrar las entrañas de la mina más importante de Kosovo al periodista.

La humedad es mucho mayor en los kilómetros finales. Al fondo, en la parte de la mina que reluce con tonos dorados y plateados de los minerales, Hyseni señala el próximo túnel. Aquí pondrán explosivos. Reventarán las rocas. Bislim, albanés oriundo de Leposaviq, en la zona norte de Mitrovicë, es quien dirige la parte más peligrosa de la extracción. Coloca cables y comprueba, antes que nadie, que la zona es segura tras la detonación. “El bum bum es lo mío”, dice bromeando.

Visitar la mina de Stantërg, durante décadas origen de la riqueza de Kosovo, es un proceso intrincado. Lo primero es cambiarse de ropa: cascos, monos de trabajo y botas para evitar el contacto con el agua se amontonan en una habitación del edificio principal. Luego se atraviesan varios pasillos y se ficha. Tras salir al exterior, un cartel negro con letras blancas recuerda que “está prohibida la entrada sin el equipamiento de seguridad”. Además, escrito en la puerta de entrada en letras mayúsculas de color blanco, se desea “Me Fat” (“Buena suerte”).

La planta más profunda es la más peligrosa, pero también la que más minerales tiene

En cada planta hay una oficina en la que fichar. Es el segundo registro. Se entregan números que sirven para controlar qué mineros trabajan en cada túnel. Una medida esencial para evacuar a los trabajadores si hubiera un problema en la mina. La planta más profunda, que es la que dirige Hyseni, generalmente es la más peligrosa, pero también la que más minerales tiene.

La oscuridad es protagonista en los escasos metros que separan la entrada del ascensor, que atraviesa las once plantas de esta mina. El elevador, que asciende y desciende a 7 u 8 metros por segundo, tienes dos plantas. En ellas pueden ir o las cargas o un máximo de 24 personas.

“Nuestra mina tiene alrededor de 60 componentes. El precio lo dicta el mercado y depende del concentrado, pero los griegos, por ejemplo, quieren nuestros productos”, explica en uno de los túneles Hyseni. El orgullo es el oro, que en Stantërg se utiliza principalmente para obtener concentrado de zinc y plomo, aunque la producción no ha dejado de descender: Si en 1990, la mina Stantërg producía alrededor de 700.000 toneladas de mineral al año, alrededor del año 2000, la extracción ascendía a una media anual de 491.000 toneladas. Hoy está en 130.000 toneladas. Hace tres décadas, el pozo era una de las mayores minas de plomo del mundo y entre los albaneses se decía, con cierto resquemor, “Trepca radi Beograd se radi” (“Trepca trabaja, Belgrado se desarrolla”).

Minero del pozo Stantërg (Kosovo, 2018) | © Miguel F. Ibáñez

A 745 metros de profundidad, que son 15 metros por debajo del nivel del mar, en la planta once de Stantërg, Fatmir Hyseni refleja el sentir general de los mineros: “Si los políticos quisieran ya habrían desarrollado la minería, que es un regalo de Dios en Kosovo, para crear empleo en Mitrovicë”. Pero no solo la cantidad del mineral ha bajado. El oro, más difícil de extraer con cada perforación, se echa a perder si la tecnología para la extracción no es buena. Y aquí no lo es, aunque no lo quiera reconocer Hyseni, quien va presentando a cada minero con el que se cruza.

Uno de ellos es Ramadani Arifi, que lleva 35 años trabajando en Trepca. Es alto, casi toca con el techo del ascensor. Como habrá hecho muchas otras veces, recuerda esos años de represión en los que los mineros albaneses desafiaron la autoridad de Belgrado. Él estuvo ocho días en huelga de hambre en 1989. “Mucha gente fue arrestada tras salir de la mina, incluso hubo condenados. Pero nunca desistimos: los mineros somos como una familia”, recuerda.

Las protestas mineras son famosas alrededor del mundo, radicales, recurrentes en momentos de crisis. Trepca no fue una excepción, aunque ahora parece que la lucha es contra el Gobierno kosovar. Porque los minero reclaman inversión. Pero también más derechos. “Esta profesión se tiene que amar, y lo hago, pero las condiciones tienen que cambiar: si fallezco solo darían a mi familia 15.000 euros. Además, luchamos para que rebajen la edad de jubilación: en la época de Tito llegaba tras 28 años en la mina, mientras que hoy es a los 65 años”, explica Hyseni.

La región de Mitrovicë, donde se encuentra Trepca, era la más próspera de Kosovo, un oasis que proporcionaba empleo y estabilidad en una tierra carente de oportunidades. La buena convivencia entre albaneses y serbios bajo el liderazgo de Tito, cimentada en la bonanza económica y los derechos constitucionales a las minorías, se resquebrajó en los turbulentos años 80. Entonces llegó la represión, y Trepca, que llegó a aportar buena parte del PIB kosovar y representar el 70% de la extracción minera de la antigua Yugoslavia, no fue una excepción. En 1988, en consorcio Trepca empleaba a 23.000 personas. En 1989, bajo el dominio de Slobodan Milosevic, Belgrado comenzó a expulsar de los puestos a los albanokosovares, que en Stantërg fueron sustituidos por trabajadores serbios, búlgaros, bosnios y polacos. En total, 18.000 mineros albaneses fueron despedidos. Las purgas dejaron el número de trabajadores en menos de 5.000.

“En la época de Milosevic había más de 3.000 trabajadores en este pozo; ahora tenemos 663”

En 1998 comenzó la guerra de Kosovo, que además dañó las infraestructuras de Trepca. Y desde entonces, bajo un gobierno dominado por albaneses y condicionada por el conflicto político entre Kosovo y Serbia, impera el desamparo. Hoy, el cuerpo laboral del consorcio se limita a 3.000 serbios en el norte y 1.500 albaneses en el sur, la mitad de ellos en la mina de Stantërg. Mitrovicë dejó de ser una próspera región; el desempleo se disparó. Un drama para una región ansiosa por una solución política que pueda disipar los temores de los inversores y volver a incentivar la producción.

Qazim Jashari, bajito y de ilustre apellido, primero minero, entre 2003 y 2012 director de producción, hoy director general de Stantërg, relata: “En la época de Milosevic había más de 3.000 trabajadores en este pozo. Ahora tenemos 663 trabajadores y requerimos al menos 1.000 para incrementar la producción. Con unos 5 millones de euros para equipar esta mina y con más trabajadores podríamos alcanzar en tres años las 400.000 toneladas anuales. Tenemos minerales, lo que necesitamos son trabajadores e inversión”.

En total, estima Jashari, 3 millones de toneladas de minerales como oro, plata, bismuto, zinc, plomo y cadmio yacen en el interior de Stantërg. Al precio de venta actual, continúa, equivaldrían a unos 7.000 millones de euros. Cantidad que aumentaría considerablemente con la construcción de una planta de fundición que optimice la extracción. Porque las que había antes del conflicto, Zveçan y el Parque Industrial de Mitrovicë, ya no operan. “Como producto final solo tenemos concentrado de plomo o zinc. Hacen falta unos 30 millones para rehabilitar la planta de fundición de Mitrovicë. Zveçan ha sido demolida. Una planta nueva, de producción australiana, cuesta 82 millones. La he visto en Bulgaria. El Gobierno sabe que necesitamos esta planta. Lo planea, pero ya se imagina, no lo hace”. Hyseni coincide: “Si el Gobierno invierte, todo irá más rápido. Una planta de fundición aumentaría nuestro beneficio. Es la primera demanda, ya que ayudaría a crear empleo y atraería la inversión extranjera. De esta forma volveremos a sonreír y la gente no tendrá que emigrar de Kosovo”.

“Una planta de fundición aumentaría nuestro beneficio y la gente no tendrá que emigrar de Kosovo”

Una de las razones del bajo número de empleados y la escasa producción está en la guerra que concluyó en 1999. Tras ella, como recuerda Jashari, solo cuatro de las once minas pudieron reanudar su actividad. Y fue a partir de 2005. “Las minas están llenas de agua. En 1999 los serbios desaparecieron. Cuando entrábamos ellos estaban saliendo. Destrozaron material y llenaron las minas de agua. Hasta 2005 no pudimos deshacernos del agua. Aquí encontramos 1.200.000 m3”, apunta Jashari. Así, las minas de Stantërg y Artanë, en el sur, y las de Cërnac y Bello Bërdo, en el norte, son las únicas que continúan extrayendo minerales. ¿Y no piensa drenar otros pozos? “Hajvalia tiene más potencial y ya tenemos proyectos para drenar el agua con una empresa checa, pero estamos esperando a la resolución final sobre Trepca”.

El estatus sobre Trepca es una causa espinosa. Legalmente, negando la segregada realidad, el consorcio Trepca es un solo negocio, con una sola cuenta corriente y un único número fiscal. Aunque con referencias mineras en la región que datan del año 1303, Trepca fue oficialmente establecida en 1926. La extracción, concedida a una empresa británica, comenzó en 1930 en la mina Stantërg. Tras la II Guerra Mundial, en consonancia con la ideología del Gobierno socialista de Yugoslavia, fue nacionalizada. A mediados de los años 80 ya era un conglomerado que incluía hoteles en Montenegro y empresas asociadas en regiones de Kosovo y Serbia. Sin embargo, en esa década la producción comenzó a desplomarse. El Gobierno yugoslavo inyectó dinero, pero no podría contener una deuda que en 1991 se situaba en los 100 millones de euros. En 1992, además, Belgrado autorizó una polémica reforma de privatización parcial en Trepca.

La crisis económica, además de la política, impedía efectuar renovación alguna en las infraestructuras. Algunas de ellas, como la planta de fundición de Zveçan, fueron famosas por ser el foco de contaminación por plomo que envenenó a más de 600 romaníes que tras la guerra fueron asentados por la ONU en un terreno que se sabía contaminado. En 1998, reflejando la política de pago anticipado a la entrega de los metales que impuso en esa década Trepca, la deuda con la empresa griega Mytileneos era de 45 millones de euros. Con este y otros inversores extranjeros intentando hacerse con el control de parte de las infraestructuras de Trepca, estalló la guerra de Kosovo. Y todo, salvo el desamparo, cambió en Trepca.

División política

Tanto Serbia como Kosovo reclaman el control de Trepca. Una cuestión ligada a la traumática independencia de Kosovo, que, entre otros, no es reconocida por Serbia, Rusia, China y cinco países de la UE, entre ellos España. Por lo tanto, Belgrado tampoco acepta la gestión albanesa de un consorcio que considera suyo. Como resultado, Trepca refleja la segregación de la región: las minas situadas al norte del río Ibar, área controlada de facto por Belgrado, las administran serbios, mientras que las del sur, incluida Stantërg, las dirigen albaneses. Además, los trabajadores empleados también siguen estas líneas étnicas.

El Parlamento kosovar aprobó pasar el 80% de Trepca al Estado y el 20% a los trabajadores

Así, para rehabilitar Trepca, además de una ingente cantidad de dinero, es primordial que Serbia y Kosovo pongan fin al actual conflicto congelado, que ahuyenta a los potenciales inversores. Las conversaciones entre Kosovo y Serbia, iniciadas en 2011 en Bruselas, arrojaron el pasado verano un posible acuerdo que afecta a Mitrovicë: un intercambio de territorios por el que el valle de Presevo, región de mayoría albanesa en el sur de Serbia, pasaría a ser parte de Kosovo, mientras que las cuatro regiones al norte del río Ibar quedarían bajo el dominio serbio. Este posible intercambio, por el momento, añade más incertidumbre al futuro de las minas e industrias relacionadas que operan en el norte de Kosovo.

El informe The future of the property status of Trepca and its development perspective, realizado por la consultoría Group for Legal and Political Studies y financiado por la embajada británica en Pristina, destaca que la transformación de Trepca iniciada en 1992 fue considerada dañina para los albaneses por la UMNIK, entidad de la ONU que gobernó Kosovo hasta 2008. Gracias a este referente, Kosovo “ignoraría” cada una de las medidas que Belgrado tomó entre el 22 de marzo de 1989 y el 13 de junio de 2002, incluidas las relativas a Trepca y su deuda contraída durante el desmembramiento de la antigua Yugoslavia.

En 2002 se creó la Agencia Fiduciaria de Kosovo, encargada de gestionar el consorcio Trepca durante la regencia de la UNMIK. La venta y transformación de sus activos quedaban prohibidas. Esta medida, como señala el informe, alejó a los potenciales inversores. Tras la independencia de 2008, la Agencia de Privatización de Kosovo heredó el control de Trepca. Desde entonces, Pristina ha buscado una fórmula para poder rehabilitar Trepca partiendo de la premisa de la soberanía sobre esta región y sus recursos, asumiendo que pertenecen a Kosovo y no a Serbia. Así, en octubre de 2016 llegó el último movimiento que afecta al estatus de Trepca: el Parlamento kosovar aprobó una ley por la que el 80% del consorcio pasaría a manos del Estado, mientras el 20% restante sería propiedad de sus trabajadores. Como ocurre demasiadas veces en Kosovo, la ley aún no se ha implementado. “Es buena ley, pero que se implemente ya”, apremia Jashari. Subraya que “Trepca nunca pertenecerá a Serbia: Es imposible, es parte de Kosovo”.

Mineros descansan ante la mina Stantërg (Kosovo, 2018) | © Miguel F. Ibáñez

Jashari, que rehúsa incidir en causas políticas, habla de cooperación, al menos entre mineros. “Aquí no hay problemas ni política. Trepca también está en la parte norte, en Leposaviq, y somos buenos amigos. Cooperamos. Hace dos semanas estuve con los serbios y le aseguro que no hay problemas en el trabajo. Si alguna vez no podemos cooperar, es por culpa de la política, pero buenos tiempos vendrán y Trepca será una”, aventura el director en su despacho.

“El acuerdo con Serbia llegará, aunque aún no sé cuándo ni cómo. Lo primero que quiere la gente de Mitrovicë es unir la ciudad”, afirma Fatmir Hyseni, el ingeniero jefe de la planta once de Stantërg. Esa unidad se traduce en que rechaza intercambiar territorios, como el 75% de los albanokosovares, porque Mitrovicë, al igual que Trepca, parafraseando a Jashari, es una. O lo fue.

Al salir de la mina Stantërg el impacto de la luz del mediodía molesta. Es algo temporal, de varios minutos, consecuencia de pasar horas en los túneles. Por ahora, Stantërg funciona las 24 horas en turnos de ocho horas: una hora para cambiarse y revisar la equipación, otra hora para comer y seis horas extrayendo minerales en sus 200 kilómetros de túneles. El salario, con variaciones según el rango del minero, ronda los 800 euros mensuales, el doble que la media kosovar.

Antes de despedirse, mirando más por todos esos compañeros desempleados, pensando que tal vez sus hijos tengan algún día que emigrar, como hacen o quieren hacer cada unos de los albanokosovares que no ven esperanza en su joven país, Hyseni reflexiona: “No nos tendríamos que quejar de las condiciones que tenemos porque en Kosovo todo está muy mal, pero es un trabajo muy duro. Queremos luchar para que nuestros hijos tengan más derechos”, insiste Hyseni. Desea que su vástago sea minero, aunque acto seguido matiz: “Pero no bajo estas condiciones”. Hay una única solución, insiste: “Necesitamos inversión, inversión e inversión”.
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