El vuelo de los buitres

Jorge Martínez Reverte

Publicado por

M'Sur

@MSur_es

Es la identidad colectiva de los autores de la revista M'Sur. Aparece normalmente en las colaboraciones de artistas, escritores o músicos que, por ser esporádicos, no disponen de usuario propio en la revista.

Publicado el 29 May 2021

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Conocer al enemigo, al hermano

Jorge Martínez Reverte | CC TMEX

España tiene pocas ganas de acordarse de ciertos pasajes de su historia. Uno es su presencia en Marruecos: está ahí, cerca, pero lo más olvidada posible. Los mayores conocen términos como Deastre de Annual y quizás Desembarco de Alhucemas o Guerra de Ifni; los jóvenes en su mayoría, nada. Y cuando se habla de Annual o el Protectorado del Rif, normalmente es para recordar la incapacidad del mando español, el catastrófico estado del Ejército y, quizás, lo mal planificada que era la aventura colonial.

Digo colonial, porque es hábito decirlo, pero es un error: el Rif no fue colonia sino protectorado, aunque hoy muchos tampoco conocen la diferencia. Una ignorancia que se refleja luego en comentarios en redes sociales —sobre todo cuando surge un debate sobre Ceuta y Melilla— donde no es raro leer que Marruecos no fue Estado sino apenas “un territorio habitado por tribus que se combatían entre ellos” hasta el siglo XX. Probablemente esto es lo que pensaban también los generales españoles responsables del Desastre de Annual.

Si aquellos generales hubiesen leído El vuelo de los buitres, del historiador Jorge Martínez Reverte, seguramente habrían evitado el desastre. Lamentablemente, Reverte (1948-2021) no lo escribió hasta ayer mismo: acaba de publicarse, a la vez que fallece su autor, en la Galaxia Gutenberg. Pero hace el trabajo que no se hizo entonces: conocer a fondo al otro, enemigo y tan hermano, retratar no solo al líder Abd el Krim sino también a sus hombres, también a las mujeres. Acercarnos la sociedad del Rif de la época, sus estructuras y su organización social y política. (Los franceses hicieron este trabajo antes de enviar a los batallones a los montes del Atlas: por eso, su protectorado tuvo una trayectoria y un legado radicalmente distintos del español).

Es tarde para recomendar el libro a aquellos generales, pero siempre lo podemos recordar al resto del público lector: todavía nos falta mucho para conocer a nuestro hermano.

[Ilya U. Topper]

 

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El vuelo de los buitres

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La obsesión de Alhucemas

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Abd el-Krim se organiza

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En febrero de 1921, tras la toma incruenta y sin ruido de Annual por Silvestre, Abd el-Krim mueve sus fichas. Está buscando un lugar desde donde controlar y tener a la vista las posiciones españolas recientemente conquistadas. El emplazamiento seleccionado será Yebel el Qama, en las cumbres de Temsamán. Sin duda, el dirigente rifeño no podía haber elegido mejor sitio. A setecientos metros de altura, se domina por el oeste la bahía de Alhucemas, y las nuevas posiciones españolas por el este, Annual e Igueriben. La única posición que queda fuera de la vista es Abarrán, pero esto se soluciona con la instalación de un puesto avanzado. Yebel el Qama es un monte perfecto para resistir, para intervenir y para observar, y ahí emplaza su primera harka, aún embrionaria, compuesta mayoritariamente de guerreros beniurriaguelíes aunque también temsamaníes, de la fracción de Tugrut. De ésos puede fiarse, porque siempre se han opuesto a toda presencia colonial.

Aún es pronto para tomar la ofensiva. Al menos, eso le parece a Abd el-Krim: no son suficientes hombres. Antes de cambiar de actitud tiene que movilizar a más gente para que se una a su harka, y eso significa atraerles y convencerles de unirse a su causa mediante una acción política de envergadura.

Yebel el Qama es una posición que puede considerarse estratégica por ello. No es, además, objetivo de Silvestre, porque no se interpone en su obcecado camino al cabo de Quilates, y porque el general español ignora o menosprecia que allí aparecen ya algunas de las fuentes del Estado que quiere crear su rival rifeño. De ese Estado forma parte la redacción de un primitivo código penal «exprés» basado en la ley islámica, la Sharia, para frenar y encauzar la justicia propia de un tiempo de anarquía. Instaura la Mahkama, el tribunal que se irá asentando paulatinamente para intervenir en asuntos tanto militares como civiles. Desde allí Abd el-Krim ha dictado su primera sentencia de muerte contra un notable llamado Mohamed Ben Mohamedi Diccort, acusado de tomarse la justicia por su mano.

El cuartel general de Abd el-Krim se ha construido de forma modesta, pero eficiente, con jaimas de tela o de lona. Tiene que haber sitio para el jefe rebelde y su fiel escolta de veinte o treinta hombres mandados por tres caídes, y por Amoghar Ben Haddu, un beniurriaguel alto, corpulento y con barba, todos ellos de su máxima confianza. Un número de guardaespaldas tan crecido da idea de la desconfianza del líder hacia sus adversarios y sus quizás enemigos en estos tiempos en que su poder es aún incipiente. Las presiones y la contundencia de su guardia personal, que ejecuta en el acto a cualquier sospechoso de ser espía francés o español, son una pequeña parte de sus innovaciones. Tampoco es despreciable, por ejemplo, que reduzca los días de celebración de una boda de siete a tres, ni que prohíba bailar en público a las mujeres casadas.

También tiene que haber espacio para los almacenes de intendencia y las asambleas de las cabilas que deben tomar graves decisiones en tiempos casi de guerra como los que se viven ahora. Decisiones tan importantes como la relacionada con una propuesta que está haciendo Abd el-Krim desde el mes de abril: poner en marcha un levantamiento general de todas las cabilas del Rif, cuando se lleve a cabo la exigencia previa de una victoria sobre los cristianos.

La rapidez y la urgencia de los acontecimientos, tanto en el plano bélico como en el civil, están obligando a Abd el-Krim a diseñar un Ejército y un seudo-Estado sobre la marcha y de forma precipitada. Todo esto lo hace en Yebel el Qama. Abd el-Krim no se detiene y decide dar un golpe político a todos los notables temsamaníes que han hecho acto de sumisión a España el 1 de enero en Melilla: les impone todo tipo de multas y les dice que la siguiente vez que incurran en actos similares se les confiscarán todos los bienes. Se siente fuerte. Es capaz de sacudir a fondo a los poderosos notables de Temsamán. Y lo hace en su terreno.

Pero también conoce sus límites, porque la cultura rifeña es enemiga de que un solo hombre domine ni la paz ni la guerra. Siempre hay asambleas que lo deciden todo, asambleas a las que pueden asistir todos los miembros de una tribu que, eso sí, puedan sostener un fusil. Las mujeres, por supuesto, no tienen ninguna opción. Sobre sus derechos nadie se manifiesta. Ni siquiera se les pasa por la imaginación a los participantes en las asambleas la posibilidad de que tengan algo que decir allí.

Abd el-Krim se asegura de que siempre va a tener la mayoría en las asambleas que traten los asuntos que le importan. Las mujeres como Fathma pueden «desafiar las balas, recogiendo muertos, llevando agua a los harkeños en primera línea e, incluso, haciendo fuego». Fathma tiene que segar cuando su marido está en Orán o en la harka. También le tiene que llevar agua y comida cuando está haciendo la guerra si se encuentra a una distancia razonable. Y debe darle hijos, y educarlos en la ley coránica. Y tendrá que curar sus heridas, siguiendo las instrucciones del tebib, cuando algún arumi le alcance con sus disparos… Pero no tiene nada que decir en la asamblea, salvo cuando se produzca una grave violación de sus derechos. En ese caso tendrá que defenderse a voces para que la Yemáa la escuche, ya que ella no puede entrar en ese recinto que es exclusivamente para hombres.

Lo cierto es que las mujeres de los cristianos no tienen muchos más derechos legales. No pueden votar en las elecciones, por ejemplo. Hasta noviembre de 1933 las mujeres españolas, encabezadas por Clara Campoamor y otras feministas, no podrán ejercer su derecho al voto, reconocido en la Constitución republicana

de 1931. A las mujeres de los guerreros arumis todavía les faltan doce años para ser legalmente superiores a la rifeñas. Sus maridos, los soldados cristianos, ocupan las fuentes donde las rifeñas se reúnen, donde intercambian mensajes y confidencias. Ese es un motivo más para odiar al cristiano. Los trovadores del Rif cantan esta cruel interferencia.

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De cómo combaten los rifeños y los españoles

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Sin duda, los rifeños son hombres bien aguerridos. Desde muy temprana edad se adentran en el mundo de las armas, por juego, por tradición, por mero instinto de supervivencia. Todo hombre que se precie lleva un fusil, y eso marca:

Son los mejores guerreros del mundo. Poseen sobre todo una cualidad maestra: el desprecio absoluto al peligro, y una maravillosa facultad innata a la exploración del terreno, una seguridad excepcional en el tiro, un noción increíble de la táctica, de la maniobra envolvente, del ataque relámpago por los flancos y, finalmente, una frugalidad que elimina la necesidad de repostar y confiere a sus formaciones, o mejor dicho a sus grupos, una movilidad asombrosa. Así son los rifeños, una tribu de una raza pura y primitiva, guerreros incomparables pero incapaces de soportar una autoridad que no emane de las personas que ellos hayan elegido.

Los rifeños son bereberes, pero los árabes musulmanes han conseguido convertirles a la religión de Mahoma, a unos más que a otros, eso sí, aunque en eso se queda su dominación, lo que no es poco, pero no es suficiente a ojos del Majzén. No hay forma de obligar a las tribus del norte a que paguen todos los impuestos que deberían satisfacer para las múltiples necesidades del Estado que encabeza el sultán, excepto, al parecer, en el Rif.·

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© Herederos Jorge Martínez Reverte  ·  2021 | Cedido a MSur por Galaxia Gutenberg

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