De Afganistán a Anatolia ¿y vuelta?

Publicado por

Lara Villalón

@vm_lara

Periodista (Barcelona, 1992). Vive en Estambul.

Publicado el 21 Sep 2021

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El joven afgano Zebiullah cuida ovejas cerca de Ankara (May 2021) | © Lara Villalón / MSur


Ankara / Estambul | Septiembre  2021 | Con Ilya U. Topper

Los montes por los que camina a diario Zebiullah tienen el mismo color que los de su pueblo, pero se los conoce más al dedillo. Su mente puede dibujar palmo a palmo este territorio situado a las afueras de Ankara porque lo recorre dos veces al día para llevar al pasto a 200 ovejas. Lo acompañan dos perros a los que no presta demasiada atención. Con una mano sujeta un largo cayado para dirigir el ganado y con la otra habla por teléfono móvil con un familiar en su Afganistán natal.

La voz digital en el aparato es su único contacto con su lengua materna en esta granja en la que trabaja, come y duerme desde hace más de un año. Otros amigos afganos tienen empleos similares en otras granjas de la zona pero apenas los ve. A veces hablan por teléfono, pero para Zebiullah podrían estar en Afganistán, en Irán o en otras provincias de Turquía. No hay tiempo para quedadas debido a las arduas condiciones laborales de la granja. Su vida se reduce al mismo espacio que ocupan las ovejas que cuida. A las seis de la mañana los saca del establo, luego desayuna y regresa para ocuparse de la limpieza y alimentación del ganado. Antes de que se ponga el sol saca de nuevo los animales… hasta que termina su jornada de doce horas. En su pequeño cuarto, situado al lado del establo, resuena el balido de las ovejas. Allí Zebiullah se cambia de ropa para trabajar, lee noticias en su teléfono y a veces se distrae con un pequeño televisor.

“Pagué 1.500 dólares a unos contrabandistas para cruzar Pakistán e Irán; tenía 14 años”

Esta zona de llanuras y colinas al este de Ankara no fue la primera que pisó tras cruzar los 4.400 kilómetros que separan Turquía de Kunduz, en Afganistán, su provincia natal. “Pagué 1.500 dólares a unos contrabandistas para cruzar Pakistán, Irán y viajar hasta Estambul. Eso fue hace cinco años, cuando tenía 14. En Estambul trabajé un tiempo como vendedor de flores y más tarde, con ayuda de unos amigos encontré trabajo como pastor en Aksaray (Anatolia) y luego aquí”, cuenta, en un turco casi perfecto.

La trayectoria de Zebiullah no aparece en ningún registro de las autoridades turcas. Los afganos componen el segundo mayor colectivo de inmigrantes en Turquía, después de los 3,7 millones de sirios arrojados a Anatolia por la guerra civil de su país. Pero nadie sabe con exactitud cuántos son. La oficina de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) tiene registrados a 116.000 solicitantes de asilos afganos, pero es obvio que hay otros cientos de miles más que no se acercan a estas oficinas porque, como Zebiullah, esencialmente buscan trabajo.

A inicios de agosto, con la retirada de las tropas estadounidenses de Afganistán a punto de concluir, el temor a una masiva llegada de refugiados afganos empezó a calentar los ánimos políticos en Turquía. Fue Kemal Kiliçdaroglu, dirigente del mayor partido de la oposición, el socialdemócrata CHP, quien empezó a utilizar el rechazo a los migrantes como arma para atacar el flanco débil de AKP, el partido islamista que gobierna Turquía desde 2002. Con la justificación de proteger a los hermanos en el islam, el presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, ha defendido durante años la acogida de los refugiados sirios, pero la sensación de que acaban quitando el trabajo a los turcos al trajabar por menos dinero y sin contrato, ha alimentado recelos y resquemores en la la población.

“Una cuestión de supervivencia de nuestro país: continúa el flujo de refugiados afganos”

Los ocasionales pogromos no son nuevos, ni está claro si son espontáneos o tienen un trasfondo de provocación política. En todo caso, en julio pasado, Kiliçdaroglu prometió resolver el problema: si llega al poder, aseguró en Twitter, enviaría a todos los sirios de vuelta a su país. Y no solo a los sirios: “Hay que hablar de una cuestión de supervivencia de nuestro país: continúa el flujo de refugiados afganos”, insistió a principios de agosto. Ante la falta de cifras oficiales, pronto circularon rumores de que había más de un millón de afganos en Turquía y que una avalancha se preparaba desde Irán. Fomentada, además, por un supuesto acuerdo con Washington, que habría designado Turquía como país de acogida y espera para otro millón, aseguró el jefe de la oposición.

Era cierto que la Casa Blanca había señalado que los afganos que quisieran pedir asilo a Estados Unidos tras la retirada de las tropas debían hacerlo desde terceros países, no desde Afganistán, y había mencionado Turquía como ejemplo. Pero Ankara protestó airadamente contra la pretensión y desmintió por todos los canales un posible acuerdo en este sentido. En primer lugar, la cifra real de afganos en Turquía no supera los 300.000, dijo Erdogan en agosto, 180.000 de ellos registrados y 120.000 irregulares. Y además, se procuraba que no llegasen más: ya estaba en marcha la construcción de un muro de hormigón en la provincia de Van para sellar la frontera con Irán, el camino de entrada habitual de afganos, pakistaníes y otros migrantes de Asia. Un muro de bloques de hormigón prefabricados, de tres metros de alto y, cuando se complete, de 64 kilómetros de largo.

“El flujo de llegadas ni aumenta ni se reduce, es el mismo que hay desde hace dos o tres años”

Ya ahora hay torres con cámaras térmicas, radares y sensores para detectar el cruce ilegal de personas, además de 750 agentes de las fuerzas especiales turcas, asistidos por drones. “Aquí no se mueve ni una ardilla sin que la detecten. Claro que la policía turca sabe con exactitud cuántos llegan cada día”, asegura un jurista de Van, que prefiere el anonimato. Lo que ocurre es que no quieren detenerlos, cree. Quizás para acumular un número importante de afganos en Turquía y luego utilizarlos como fichas de negociación con la Unión Europea, amenazando con repetir la jugada de febrero de 2020, cuando en cuestión de días, decenas de miles de refugiados, entre sirios, paquistaníes, afganos y somalíes, llegaban a la frontera de Grecia en autobuses fletados por no se sabe quién y provocaron una crisis de dimensiones internacionales. El jurista tiene claro que aquello fue una acción organizada directamente por el Gobierno: asegura conocer a refugiados detenidos que fueron puestos en libertad a condición de que subieron a un autobús a Edirne, en la frontera.

Pero por el momento, toda la polémica transcurre en prensa, redes sociales y tribunas políticas. En la propia frontera, nada ha cambiado, asegura Mehmet Karataş, otro abogado de Van, que es presidente de la rama local de la asociación de derechos humanos turca IHD. “El flujo de llegadas ni aumenta ni se reduce, es el mismo que hay desde hace dos o tres años. Puedes ver todos los días a grupos de 30 o 40 personas caminando por las colinas”, dice. “De ahí se puede deducir que llegan unos 100 o 200 al día”, estima, descartando como “exageradas” las estimaciones de algunos medios, que hablan de hasta dos mil afganos entrando cada día en Turquía.

No hay cifras oficiales: los únicos datos que distribuye la Dirección de Migración al respecto son las “intercepciones” de migrantes clandestinos desglosados por nacionalidades, pero sin especificar en qué lugar del país. De hecho, cabe suponer que un gran porcentaje, quizás la gran mayoría, se producen cuando las patrullas guardacostas turcos rescatan a migrantes que intentan cruzar desde las costas egeas a las islas griegas. Los afganos interceptados eran 200.000 en 2019, frente a 50.000 el año pasado y 40.000 en los primeros ocho meses de 2021. Pero estas cifras no dicen nada sobre la presencia numérica de los afganos en Turquía, sino sobre la frecuencia con la que llegan a situaciones donde pueden ser interceptados y, quizás, sobre la disposición de la policía a hacerlo.

Falta mano de obra en el campo: el sindicato de ganaderos asegura que se necesitan 150.000 pastores

A Zebiullah nadie lo ha interceptado, y no se está exactamente escondiendo de las autoridades, si bien ni su sueldo es legal: no tiene contrato y gana 250 euros al mes, bien por debajo de los 344 euros del salario mínimo turco. Tampoco se esconden sus patrones: en las redes sociales abundan los anuncios de ganaderos turcos que ofrecen “salario con comida y bebida” a “pastores afganos”. Falta mano de obra en el campo, especialmente en el sector ovejero, insisten, pese a que el paro juvenil roza el 25 %. Pero el campo es poco atractivo para la juventud. El sindicato de ganaderos de Turquía asegura que se necesitan 150.000 pastores y llegó incluso a pedir públicamente al Gobierno que otorgara permisos de trabajo a ciudadanos afganos para trabajar en el sector.

Mientras tanto, se contrata a indocumentados, y los afganos tienen buena fama entre los criadores de ovejas. Aunque la mayoría, como Zebiullah, no están formados en pastoreo, muchos ganaderos aseguran que la falta de formación se compensa con el ahorro que les supone no tener que ofrecer contratos, ni seguros médicos ni sueldos elevados. “Son muy buenos. Limpios, trabajadores y hacen lo que les pedimos sin cuestionar. Rezan y ayunan como nosotros”, explica Bülent, el capataz de Zebiullah.

Pese a que los compañeros de Zebiullah son turcos y él habla el idioma perfectamente, no comparte los tiempos de descanso con el resto y en ocasiones sirve él la comida a los otros trabajadores. Pero no se queja. Explica que en Afganistán es difícil encontrar trabajo y que su intención es pasar unos años en Turquía ahorrando para poder regresar y pagar el dote para casarse. “Estoy prometido. Mi padre encontró a una chica. Tengo que pagar unos 5.600 dólares de dote y casi he reunido todo el dinero”, cuenta.

Todos quieren lo mismo: reunir dinero en Turquía para regresar y pagar la dote matrimonial

La conversación tiene lugar tres meses antes de la retirada estadounidense. Ya entonces hay muchos afganos en Turquía que apelan a su derecho a asilo por la situación de guerra en su país, pero otros muchos tienen el mismo proyecto vital que Zebiullah. Al hablar con una quincena de pastores afganos en la zona, la respuesta siempre es la misma: reunir dinero durante unos años en Turquía para regresar y pagar la dote matrimonial. Es también el caso de Isa, Eyüp y Mehmet, tres jóvenes que no alcanzan la veintena y que comparten una barraca al lado de un establo en una granja en la proivincia de Konya. Aquí trabajan siete afganos y una veintena de turcos, aunque el capataz, Hüseyin, explica que cada vez es más difícil encontrar a turcos que quieran seguir con el oficio.

“Nos conocimos al cruzar la frontera con Irán y Turquía y a través de un conocido encontramos trabajo en esta granja. En unas semanas va hacer un año que estamos aquí”, relata Eyüp. “En Afganistán no hay trabajo. El viaje hasta Turquía es caro pero es fácil encontrar trabajo y ahorrar”, señala Isa. Pasa por alto los peligros: todos los años salen noticias de personas que han muerto en nevadas o ventiscas repentinas en los montes de Van. “Es un cruce muy peligroso, los migrantes también se ven afectados por las operaciones militares contra la guerrilla kurda PKK. Hemos detectado casos en los que migrantes han recibido disparos por error en operaciones militares contra la guerrilla”, subraya Karolína Augustova, socióloga de la universidad de Sabanci.

Al igual que Zebiullah, Isa, Eyüp y Mehmet apenas tienen vida aparte de las ovejas. Tras su larga jornada se reúnen para ver la televisión en su barracón o hablar por teléfono con sus familiares. Sólo salen de la granja para ir al pueblo a mandar dinero a sus familias. De los tres, solo Isa quiere reunirse con su futura esposa en Turquía y abrir un comercio, pero cuenta que de momento no ha podido conseguir un contrato de trabajo que le permita regularizar su situación en el país. Y ante el pánico a una “marea” de afganos invadiendo Turquía, puede que nadie quiera facilitar los trámites en el futuro.

“Avanza el muro, pero los migrantes usan escaleras para subirse o bien excavan por debajo”

Con la polémica creada por la oposición, el Gobierno intenta incluso demostrar a la opinión pública que intenta reducir el número de afganos en el país. “Durante 2020 hemos impedido a un total de 505.375 migrantes irregulares la entrada en nuestro país, comparado con 280.374 en lo que va de 2021”, desgranó en agosto las cifras el director general de Administración provincial turca, Kürsat Kirbiyik, durante una visita con la prensa a la frontera turco-iraní. Un cifra tan exacta sugiere que todos estos migrantes fueron interceptados y contabilizados en territorio nacional… y entonces se trataría de devoluciones en caliente, precisamente la práctica que Turquía no para de denunciar cuando la emplean los guardacostas griegos en el Egeo.

Karolína Augustova cree que ocurre en la frontera iraní. “Varios soldados en la frontera me han explicado que Interior les ordena devolver a migrantes en caliente porque no pueden gestionar esa cantidad de personas y ponerlas en centros de deportación”, explica la socióloga.

Erdogan aseguro en agosto que Turquía había “enviado a su país” a 235.000 afganos, sin aclarar a qué años ni a qué procedimientos se refería. Días antes, la agencia oficialista Anadolu aseveraba que en 7 meses se habían “aplicado procedimientos de deportación” a unos 13.000 afganos, acompañando la noticia con una foto de un grupo de jóvenes rodeados de policías en el aeropuerto, y el gobernador de Estambul, Ali Yerlikaya, señaló en un tuit que en solo tres días habían sido detenidos y enviados a centros de deportación 506 afganos.

Pero este dato dice poco, porque el envío a un centro de deportación es rutina, y casi igual de rutinario es que los migrantes sean puestos en libertad tras días o semanas. “Nadie puede ser deportado a Afganistán, porque es un país en guerra”, subraya el jurista Mehmet Karataş. “Los detienen y les incoan expediente de expulsión, eso sí, pero luego contactan con un abogado, recurrimos la orden alegando peligro y siempre se anula la deportación”, asegura en entrevista telefónica. Solo la foto del aeropuerto publicada por Anadolu contradice esta experiencia.

Karataş agrega que en los últimos días de agosto, tras semanas de polémicas y exhibiciones de muros, poco había cambiado en la frontera. “Más o menos sigue todo como antes. Siguen entrando refugiados afganos pero tampoco hay un aumento llamativo; hay más medidas policiales y avanza el muro, pero los migrantes usan escaleras para subirse y pasar. O bien excavan por debajo para cruzar igualmente”, añade. En todo caso, como desde hace años, siguen llegando. Y seguramente seguirán llegando si Turquía sigue necesitando pastores de ovejas en las verdes llanuras de Anatolia.

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