Mohamed Chukri

Rocío Rojas-Marcos

Publicado por

M'Sur

@MSur_es

Es la identidad colectiva de los autores de la revista M'Sur. Aparece normalmente en las colaboraciones de artistas, escritores o músicos que, por ser esporádicos, no disponen de usuario propio en la revista.

Publicado el 18 Oct 2021

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El escritor descalzo

Lo imaginamos sentado en una mesa, quizás cerca de la ventana, bajo la relativa oscuridad del Negresco, con certeza el inevitable vaso de vino delante y el aún más inevitable cigarrillo entre los dedos. Mohamed Chukri (1935-2003) ha marcado para décadas la imagen internacional de la literatura marroquí, y con razón: ha sido el primero en atreverse a contar Marruecos desde abajo, desde muy abajo, sin perdonar. A través de su propia piel. Pan desnudo, vino peleón, sexo de putas.

El pan desnudo es el libro que a Mohamed Chukri le dio fama. Fama internacional primero, y luego, cuando pudo costearse una edición propia en 1982, fama nacional de enfant terrible, de forajido literario: decía cosas que no se pueden decir. No, no eran las tabernas, los contrabandistas, los maricones y las putas: como si los marroquíes tuviesen miedo al alcohol y al sexo. Chukri hizo algo peor: mató al padre. No a uno literario: mató literariamente al propio, biológico. Eso sí que es una falta de respeto en una sociedad patriarcal.

Lo fue con más motivo, porque Chukri siempre ha mantenido la ficción de que todo lo narrado es real, que es su propia vida, que su padre realmente fue un hijoputa violento. Y digo ficción no porque tenga dudas, sino porque por respeto al escritor Mohamed Chukri: El pan desnudo es una obra literaria, y como toda literatura es ficción, incluso si cada escena es real, vivida, documento.

Quizás por eso mismo, porque en este libro la ficción supera a la realidad únicamente por su capacidad de condensar años de vida en 270 páginas de edición de bolsillo, y porque Chukri ha seguido narrando en libros posteriores su propia vida y la de los demás, la de aquel aquelarre literario anglofranco de un Tánger mitificado ad nauseam, hasta hoy no conocemos ninguna biografía del escritor: todo el mundo habrá dado por hecho que no hace falta.

Hasta hoy. Porque ahora, y cabe decir por fin, la arabista Rocío Rojas-Marcos (Sevilla, 1979) ha lanzado en la editorial Zut Ediciones lo que quizás podríamos llamar la primera tentativa de biografía. Si digo tentativa es porque al ver el grosor de 96 páginas tengo, antes de abrirlo, la sensación de que me voy a quedar con hambre. Ojalá, la autora, conocedora y apasionada de Tánger, siga en la brecha para un futuro volumen mayor: el pan desnudo merece una buena guarnición de sardinas.

Observarán que sigo llamando el libro El pan desnudo, aunque en la edición actual ya nos han aclarado que El pan a secas es un término más acertado. En realidad, ni lo uno ni lo otro: la traducción exacta es El pan descalzo. Algo que, al parecer, nos ha parecido demasiado expresionista a todos. Y es que Chukri es mucho Chukri.

[Ilya U. Topper]

 

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Mohamed Chukri

Hambre de escritura

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Infancia sin pan

Decíamos que Mohamed Chukri nació en un pequeño poblado del Rif en época del protectorado español, al que le quedaban veinte años de existencia (1912–1956). Aceptando el año 1935 como el de su nacimiento, sabemos que nació diez años después de que Abd el-Krim fuese portada de la revista Time en el número del 17 de agosto de 1925, casi diez años después de que las aspiraciones de la república independiente del Rif se diluyesen. La zona, en el momento de su nacimiento, vivía hundida en una miseria enraizada en lo más profundo de su esencia, pues al fracaso de la república se debe añadir el padecimiento sobrevenido por una terrible hambruna como consecuencia de la sequía que convertía los campos en yermas extensiones de terreno y condenaba a los animales a morir de sed. Una sequía que empujó a un inmenso número de familias a exiliarse. Miles de personas marcharon hacia la región argelina de Orán, y otros tantos hacia el occidente marroquí con Tánger, la ciudad dorada, en su punto de mira. En ese momento comienza la historia que nos narra Chukri el día que su madre le dijo que se iban a Tánger, a un Tánger donde habrá «montañas de pan», una ciudad sinónimo de promesa en forma de pan. «Cállate, que nos vamos a Tánger. Allí hay montañas de pan. Ya verás como no llorarás más por el pan cuando lleguemos. En Tánger la gente come hasta hartarse».

Desde esa primera página conocemos la vida que sufría el niño Chukri, donde un hambre atroz marcó su modo de mirar el mundo y la violencia desmedida de su padre lo hirió para siempre. El resto de la familia quedaría cubierta por la inmensa y plomiza fuerza de la sombra del padre. Si Haddu, nombre que apenas escribe en un par de ocasiones en toda su obra, era soldado del ejército español, pero en torno al año 1942 desertó y fue entonces cuando la familia emigró a Tánger. Al olor de ese pan prometido que va a convertirse en un credo de fe a lo largo de su producción literaria ya desde el título de su primera novela: un poco de pan, pan sin más, pan a secas, solo pan era lo que ese niño hambriento de unos seis años deseaba al abandonar, junto a sus padres y su hermano Abdelkader, Beni Chiker en dirección al paraíso. Pero ese paraíso no dura más que una carilla en el libro. La esperanza se diluyó rápido, un par de párrafos después, ya instalados en un barracón en Tánger, cuenta: «No vi las montañas de pan que me había prometido mi madre. También había llegado el hambre al paraíso».

Fueron unos dos años los que pasaron en Tánger. Una época dramática que se grabaría a fuego en el niño de siete años que era. Un tiempo marcado por varios hitos tan significativos que se convertirían en aguijones clavados para siempre en su memoria. Anestesiado por la perpetua sensación de hambre, había días en que lograba mitigarla gracias a la basura. Esa sí era una diferencia en Tánger, allí había buena basura: «Prefiero las basuras de la ciudad a las de nuestro barrio. Las que tiran los cristianos suelen ser mucho mejor (…) Éramos los niños de la basura». Pero esa hambre constante de su infancia será el detonante del drama más terrible, el que marcó su vida y su modo de relacionarse con el resto del mundo. En un simple párrafo, con las palabras justas, sin metáforas, nos lo cuenta el autor:

Mi hermano llora y se revuelve, sacudido por el hambre y el dolor. Me da pena, lloro con él. Veo cómo mi padre se le acerca hecho una fiera. Se puede ver la locura en sus ojos. Sus manos son tentáculos. Nadie puede detenerlo. Me agarro a mi sombra y pido socorro. «¡Un monstruo! ¡Un loco! ¡Que alguien lo pare!», pero el maldito le retuerce el cuello mientras la sangre rebasa su boca. Me escabullo de la habitación. Solo mi madre se queda con él. La calla a puñetazos y patadas. Me escondo esperando a que terminen los golpes. No hay ni un alma fuera, las voces de la noche se oyen a lo lejos. El cielo y las estrellas de Dios son testigos del crimen cometido por mi padre. Todo el mundo duerme en la ciudad.

Su padre, en un arrebato de ira, mató a su hermano Abdelkader mientras este no podía dejar de llorar por el dolor del hambre que sentía en las entrañas. Chukri, agarrado a su sombra, intentaba huir del terror más inmenso que un niño pueda sentir: el miedo a su propio padre. Esta muerte marcará toda su existencia. La coraza de hombre desapegado, la cara surcada de años y la mirada de tristeza constante de sus fotografías son las cicatrices de aquel día. El aparente desapego con que narra la escena no es más que la distancia necesaria que le permite describirla como si se tratase de un teletipo de las noticias, de otro modo hubiese sido insoportable. Esa muerte marcó su vida, cuenta que durante el tiempo que siguieron viviendo en la ciudad solía ir a visitar la tumba de su hermano. Hasta que llegó el momento de marcharse: «El día de nuestra partida me acordé de la tumba de mi hermano. Su tumba quedará sin riego, sin arrayán y sin lápida. Se perderá como se pierden las cosas pequeñas entre las grandes».

En la entrevista de Bernard Pivot para su programa Apostrophe, en 1980, tal y como me señaló el escritor Mohamed el-Morabet, hace unas reflexiones que resultan interesantes. Afirma durante la conversación en la televisión francesa que su denuncia del asesinato cometido por su padre es la denuncia contra todos esos padres como el suyo, pero Chukri va más allá. La violencia de su padre la equipara con la del colonialismo. Por tanto, si relacionamos esta reflexión con el siguiente hito importante de esa primera etapa tangerina, la encarcelación de su padre, podemos, de igual modo, establecer la conexión entre ambas situaciones y el padre encarcelado es la metáfora de ese deseo de meter bajo llave a todos los sistemas coloniales autoritarios que se desarrollaron a lo largo del siglo XX. Chukri soñaba con tener el valor de acusarlo de asesinar a su hermano, así que cuando fue encarcelado como un Al Capone cualquiera, pagando una pena por un delito menor, debió pensar que había un dios escuchando sus súplicas. Su padre solía vender pan y tabaco de contrabando a los soldados españoles de los cuarteles cercanos a Tánger. De vuelta, traía mantas o uniformes viejos que revendía en el Zoco Grande de Tánger. Un día no volvió. Lo habían detenido acusado de desertar del Ejército español. Un antiguo compañero que lo reconoció lo había delatado en venganza por no rebajarle el precio de una manta.

Uno de los mayores retos para un niño es aprender a medir el tiempo, saber si ayer comeré pan o mañana fui al cementerio. Son tareas complejas, pero los casi dos años que pasó su padre encerrado en una prisión debieron ser algo parecido a la felicidad mientras contaba el trascurso de los días, incluso cuando estando solos, Chukri y su madre tuvieron que hacer frente a las inclemencias de la ciudad internacional. Durante ese tiempo impreciso en su recuerdo infantil vivieron de lo que pudieron. Unos días vendían algunas verduras, otros mendigaban. Su madre visitaba regularmente la cárcel.

En ese tiempo también nació su hermana Rhimo. Él se acostumbró a vivir por la calle, a entrar y salir y a cuidar de su hermana si hacía falta. Chukri estaba tranquilo, el hambre era la misma, pero el miedo no. Hasta el día que supo que su padre quedaba en libertad y el terror volvió a apoderarse de él y volvió a desear la muerte de ese hombre cruel. A partir de aquel momento comprendió que el odio que sentía por su padre iba a marcar el resto de su existencia hasta hacerlo tomar decisiones drásticas tales como no tener hijos nunca. Sentía pavor solo de pensar que pudiese tratar a algún hijo suyo del modo en que a él lo trató su padre, como si fuese algo inevitable, predestinado. Entonces, mejor no tener hijos. Pero a estas alturas de la historia no podemos perder de vista que seguimos hablando de un niño de apenas once años que dormía la mayoría de las noches a la intemperie, muchas en el cementerio para ocultarse de abusadores o de los controles policiales que rondaban las calles. Un niño de solo once años, un niño sin infancia.

El regreso de su padre trajo consigo una nueva mudanza. Se trasladaron a la ciudad de Tetuán. Habiendo saldado la deuda con el gobierno español tras el paso por prisión, el padre podía volver al territorio bajo autoridad española. Se asentaron en el barrio de Ain Jabbaz, en una chabola de una sola habitación. La vida se instaló en una rutina en la que su madre vendía verduras en un puesto; su padre, en paro, dedicaba los días a beber en algún barucho de la plaza del Feddan; y él empezó a hacer recados para los vecinos del barrio a cambio de unas monedas cuando no estaba al cargo de su hermana Rhimo.

Comenzó entonces la vida de un niño al que usurparon cualquier derecho a la infancia que le quedaba, pues su padre le encontró trabajo en un café del barrio. Servía las mesas, recogía, limpiaba, les compraba tabaco a los clientes a cambio de cigarrillos, una pipa de kif o un vaso de vino. Las treinta pesetas mensuales que cobraba iban a parar al bolsillo del padre. Fue entonces cuando descubrió aquellos vicios que ya no lo abandonarían nunca: beber y fumar hasta la extenuación.

Fue el primero de una larga suma de trabajos. Tiempo después trabajó en una fábrica de ladrillo donde tiraba de un carro como si fuese un mulo de carga; también fue limpiabotas y vendedor del Diario de África. Cambiaba de trabajo como si huyese de algo, como si huyese de sí mismo.

Fue ese el tiempo de sus primeros deseos sexuales. La sordidez nuevamente se hizo cargo de distorsionarle la vida a un Chukri perdido entre la violencia y la opacidad de la sociedad en la que vivía. Aunque sus primeras fantasías fuesen con Fátima, o con la delicada niña Assia, a la que vio bañarse en una alberca escondido en lo alto de una higuera, son sus palabras nuevamente las que nos enfrentan a la realidad: «Mi deseo sexual aumentaba día a día: la gallina, la cabra, la perra o la ternera eran mis hembras. A la perra le tapaba la cabeza con un tamiz rojo, a la ternera la ataba y en cuanto a la cabra y a la gallina ¿quién puede tenerles miedo?». Y así hasta el día que tuvo unas monedas para pagar a su primera prostituta, Lalla Harruda, una mujer brusca a la que dedica palabras con matices cercanos al cariño en sus recuerdos, aquella que le abrió todo un mundo desconocido para un niño de once años, un lugar en el que se sumergiría desde esa tarde sin solución de continuidad para el resto de su vida.

 

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El pan de Tánger

La ciudad de las montañas de pan volvió a aparecer en su horizonte. El Tánger internacional de la década de los 50 vivía su etapa más dorada. Allí llegó con 16 años para volver a salir en contadas ocasiones. Tánger se convirtió en el único hogar de Chukri. Llegó con sesenta pesetas en el bolsillo y un par de zapatos. La primera noche sin tener adonde ir se quedó dormido en una esquina de la estación de autobuses, de donde tuvo que salir corriendo alarmado por el aviso de que venía la policía. Al despertar se dio cuenta de que le habían robado. Ya no tenía ni las sesenta pesetas ni los zapatos. Guiado por el muchacho que lo había alertado, llegaron hasta el cementerio de Burrakía para resguardarse en un panteón. El destino ese primer día lo llevaba hasta su hermano Abdelkader. Pero allí, sin saber encontrar la tumba, borrada por el viento de levante, sin recordar dónde estaba, sin saber orientarse, se ocultó entre unos cartones, reconfortado por la cercanía de su hermano.

Empiezan los últimos años de oscuridad de ese Mohamed cualquiera. No serán años fáciles, desde luego, pero serán la recta final hacia su transformación en un hombre que sabe leer. Un hombre que entendió que su futuro pasaba por aprender a desentrañar el significado de toda esa sucesión de garabatos que llenan páginas de periódicos y libros, carteles y revistas. Un hombre que no sabía que esa decisión iba a cambiar su mundo tal y como lo había conocido.

El aterrizaje en Tánger supuso caer de bruces en la realidad más cruda de nuevo. Pero como es habitual en él, Chukri nos ofrece la crónica de esos primeros momentos con la distancia amoral de quien únicamente piensa en sobrevivir. Solo, sin dinero ni nada que comer, deambulaba entre el puerto y la estación de tren por ver si podía sacar algo llevando maletas, pero su estado y su presencia eran tan lamentables que la suciedad y el olor que desprendía alejaba a los posibles clientes. «Estaba agotado .Ya no podía más», escribió. A pesar del pesimismo sobre la condición humana en el que estamos inmersos hubo rayos de humanidad que iluminaron determinados momentos, fueron muy breves, casi como los de una tormenta inminente, de esas que tenemos ya justo encima y que descarga rápidos latigazos. En ese momento ese rayo fue un bocadillo de sardinas y un vaso de vino que le ofreció un chaval que merodeaba también por la estación. Al verlo pudo reconocerse en él, identificó la debilidad extrema del hambre antigua, del hambre acumulada que envenena las entrañas, le ofreció comida, lo ayudó a seguir.

Ese bocadillo era la esperanza, Chukri lo devoró casi sin masticar, como quien quiere comerse el mundo, porque al final, eso es lo que era: un joven de 16 años ansioso por vivir. El tiempo que transcurrió entre ese bocadillo de sardinas y la secuencia posterior es incierto. No sabemos si fueron días o si, realmente, como nos lo cuenta, ocurrió esa misma tarde. En realidad, tampoco es importante, pues el tiempo es laxo cuando se diluye en la memoria. Cuando pretendemos reconstruir un recuerdo antiguo hay plazos que dejan de tener trascendencia, el valor de la historia radica en su significado profundo. Así pues, saber si realmente cuando no habían transcurrido veinticuatro horas desde que llegó a Tánger le habían robado el dinero y los zapatos que traía, había dormido en el cementerio de Burrakía arropado por su hermano, exhausto intentó buscar comida, le ofrecieron un bocadillo de sardinas y finalmente, cuando notaba que recuperaba las fuerzas y empezaba a buscar de nuevo algún trapicheo para sacar unas monedas, se había montado en el coche de un viejo que, aparcado en la avenida de la playa, lo había llamado, invitándolo a subir a su coche, lo llevó a dar un paseo, se la chupó y al dejarlo de vuelta en la ciudad le dio cincuenta pesetas. Si todo ocurrió en ese primer día no es tan importante, peor es lo que acabamos de leer, pero es la crónica de lo que le esperaría desde entonces.

En resumen, podríamos decir que la esperanza que había significado el bocadillo de sardinas duró el tiempo de engullirlo, de nuevo el pensamiento más rudo es el que se impone en la realidad de Chukri. No había mostrado resistencia al viejo del coche, sabía que ahora era el débil, recordando que él hizo lo mismo con su vecino de Orán, pero cuando al despedirse el viejo le dio las cincuenta pesetas cierra la escena diciendo: «Respiré el humo del tubo de escape. En cinco minutos me la habían chupado y me habían dado cincuenta pesetas. ¿Serán todos los viejos iguales? Ya tengo otro oficio, además de mendigar y robar». Ahí está la realidad de nuevo apoderándose de su alma: ya tiene otro oficio. Ha descubierto cómo ganar cincuenta pesetas de un modo rápido.Y está contento por ello. «Conque esto es prostituirse, ¿no?». Se pregunta. Necesitaba comer ¿de verdad tenía que rechazarlo o tenía un nuevo oficio? Él sí tenía respuesta a esa pregunta, desde entonces nunca dejó de pasar noches y días enteros con prostitutas a las que llegó a querer como amigas, casi amores. Conocía su respuesta, nunca mintió, desde esa tarde con cincuenta pesetas en el bolsillo eligió la cloaca para siempre. Aprendió a encontrar pan, al final, lo único necesario.

El pan, ese sin nada más, sin sardinas dentro, pan de las montañas de Tánger que se amoldaba a los contornos de un viejo en coche de lujo. El pan como promesa en sus palabras, de nuevo, las que nos guían por esos callejones por los que tuvo que deambular: «Las familias cuidan las tumbas y yo las utilizo como cama. ¿Qué querrá decir todo esto? ¿Y que mi pene valga cincuenta pesetas? Eran demasiadas preguntas, y me veía incapaz de hallar respuestas. Pero supe que tenía que vivir mi vida, así que disfruté del cigarrillo, apagué la colilla y me acosté». Y así fue, disfrutó del cigarrillo que había comprado con alguna de las pesetas que costaba su pene, y se acostó, acunado por los cartones del panteón al que había regresado. Aún no tenía diecisiete años.

Aprendió a sobrevivir. Tánger no era Tetuán, Tánger vivía envuelta en una vorágine centrípeta que fagocitaba personas, dinero, alcohol y drogas. Ese Tánger golfo del que tanto se ha hablado que no era más que una de las piezas del puzle egocéntrico de esta ciudad incombustible fue el Tánger que absorbió a Chukri. Los cuatro años que pasó viviendo en las calles de esta ciudad se sumaron a su escuela vital. Serían el caldo de cultivo definitivo para el Chukri adulto.

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© Rocío Rojas -Marcos ·  2021  |  Cedido a MSur por Zut Ediciones

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