Crítica

Víctimas, victimarios

Alejandro Luque
Alejandro Luque
· 5 minutos

Peter Beinart

Ser judío tras la destrucción de Gaza

Género: Ensayo
Editorial: Capitán Swing
Año: 1925
Páginas: 152
Precio: 17,50 €
ISBN: 979-13-991057-6-6
Idioma original: Inglés
Título original:Being Jewish After the Destruction of Gaza: A Reckoning
Traducción: Pablo Batalla

Beinart judio

“¿Has visto la que están liando los judíos? ¿Cómo pueden perpetrar el mismo genocidio que ellos sufrieron?” En los últimos años he escuchado expresiones como esta cada vez que el gobierno de Netanyahu ordenaba un nuevo ataque sobre Gaza o impedía la entrada de ayuda humanitaria en la Franja. Acabé pensando que uno de los grandes éxitos del sionismo era precisamente ese, llevarnos a identificar la política extremista en el poder israelí con la totalidad de los judíos del mundo. Por supuesto, son muchos los que apoyan ese despliegue de muerte y destrucción, tanto en Israel como en el exterior, y los hay que piensan incluso que el infausto Bibi es demasiado blandengue. Pero también hay muchos, dentro y fuera, que se oponen a esa violencia y ven lo mismo que cualquiera que tenga ojos y quiera ver: un ejercicio de terrorismo de Estado que no solo no va a solucionar nada, sino que solo puede empeorar las cosas en una región de por sí altamente inflamable.

Peter Beinart es uno de esos judíos —practicante, de sinagoga semanal y comida kosher, según dice la prensa— que no aprueban las atrocidades perpetradas en nombre de su religión. Vive en Nueva York, colabora en medios como The New York Times y ha escrito varios libros sobre el tema, el último de los cuales ve la luz en España bajo el título Ser judío tras la destrucción de Gaza,que le ha valido no pocas amenazas, a él y a su familia. Se agradece en él, de entrada, el estilo claro y directo, así como la concisión, ya que el asunto se presta a irse por los cerros del Golán con facilidad. Y también un compromiso muy claro con la paz, una paz que solo puede ser tal si ampara a los dos pueblos en conflicto.

«El discurso judío dominante caracteriza como violenta, incluso genocida, la perspectiva de igualdad ante la ley»

Lo primero que tiene claro Beinart es que el horror que hemos visto en los últimos tiempos no tiene su origen en los no menos horribles atentados de Hamás del 7 de octubre de 2023. Como ya ponía de manifiesto Kenizé Mourad en su imprescindible El perfume de nuestra tierra, el asunto viene de muy lejos: como mínimo, desde el punto y hora en que dos poblaciones comparten, bajo distintos grados de tensión, un mismo territorio, pero no los mismos derechos y deberes. El autor incide en que “rara vez el discurso judío dominante reconoce la violencia inherente a la desigualdad generalizada. Hace lo contrario: caracteriza como violenta, incluso genocida, la perspectiva de igualdad ante la ley”. Una actitud que enquista el problema hasta hacerlo irresoluble. Ni siquiera puede llamarse guerra a una coyuntura en la que no existe ni el derecho a rendirse.

Por otro lado, Beinart dedica no poca atención al victimismo que ese discurso hegemónico esgrime para justificar sus atropellos. En ningún momento se ignora el larguísimo historial de persecuciones y asesinatos del que han sido objeto los judíos en Europa. “El problema de nuestra historia colectiva no es que reconozca los crímenes que sufrimos. El problema es que ignora los crímenes que cometemos (…) Al ver a un Estado judío como objeto eterno de abusos, nunca como abusador, negamos su capacidad para el mal”. Para los sionistas radicales, la guerra de Israel contra los gazatíes es una causa justa. Si Hannah Arendt levantara la cabeza, vería confirmadas sus palabras, cuando decía que el pueblo había pasado de creer en Dios a creer solo en sí mismo… O lo que es peor, en sus gobernantes.

«“No se puede responsabilizar a los judíos del antisemitismo. Pero sí somos responsables de combatirlo con sensatez»

Una historia de buenos y malos, así ha vivido muchísima gente el enésimo capítulo de este drama. Solo había que elegir bando. No obstante, Beinart hace ver que el destino de israelíes y palestinos está entrelazado. Lo estaba sin duda el de los rehenes, liberados por negociaciones y no gracias a operaciones militares, y el de los habitantes de la Franja que vivían bajo el fuego sionista. Y lo seguirán estando, porque si los habitantes de Gaza no están seguros, tampoco lo estarán nunca los israelíes, por muchos recursos que se inviertan en control y armamento.

En los últimos años he tenido largas conversaciones con un buen amigo que esgrimía la lucha contra el antisemitismo para desacreditar las protestas contra el genocidio. Ahí también tiene algo que decir Beinart, insistiendo en esa evidente diferencia que apuntábamos al principio: que el Estado de Israel y el judaísmo son cosas distintas. “No se puede responsabilizar a los judíos del antisemitismo. Pero sí somos responsables de combatirlo con sensatez. Y mezclar Israel y judaísmo es exactamente lo contrario”.

Lo mismo puede decirse del tan comentado “derecho a existir” de un Estado judío. El autor subraya que, “en la tradición judía, los Estados no tienen valor intrínseco. Los Estados no están creados a imagen de Dios: son los seres humanos los que lo están. Los Estados son meros instrumentos. Pueden amparar el florecimiento humano o arrasarlo. Si hacen esto último, habría que refundarlos para volverlos más respetuosos con la vida humana”. Y uno, claro, se siente tentado de escribir al final del párrafo, “Amén”.

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© Alejandro Luque (2026) | Especial para MSur