El miedo a extinguirse
Ilya U. Topper

Estambul · Sep 2026
Y el ganador es… AfD, Alternative für Deutschland, el partido de ultraderecha alemán: el domingo pasado sacó un 43,8 % en las elecciones regionales del ‘land’ de Sajonia-Anhalt. Con eso es la primera vez que gobernará (o está muy cerca de hacerlo, salvo imprevistos) en uno de los 16 länder alemanes. Ya no será oposición: será Ejecutivo.
No es mucha noticia. Los sondeos lo habían pronosticado con bastante precisión y de todas formas era de prever desde que la AfD se catapultó a segundo partido de Alemania en las elecciones federales de febrero de 2025. Aún así, la prensa lleva semanas sin hablar de otra cosa, los políticos hablan de un punto de inflexión, casi de un cataclismo, Alemania actúa como si ahora tuviera que buscar su alma perdida y afrontar la gran pregunta: ¿por qué?
Tal vez precisamente porque Alemania no ha querido hacerse esa pregunta, por qué, durante los últimos diez años. Ha confiado en un discurso general de rechazo a la AfD, lo que en francés se conoce como «cordón sanitario» y en alemán como «muro antiincendios», un concepto ya antiguo que exige a los partidos no colaborar en ninguna instancia con la ultraderecha. Pero como ya dijimos hace un año, si un cordón sanitario se tiene que mantener durante décadas, es que nadie ha querido buscar un remedio para la enfermedad.
A más inmigración por municipio, menos votos para la ultraderecha (y no: los inmigrantes no votan)
Quizás porque nadie haya sabido diagnosticar la enfermedad. Es fácil pensar que sean las políticas de la inmigración, porque la inmigración es el principal caballo de batalla de la ultraderecha, no solo de la AfD sino en toda Europa, con cierta lógica, vistas las políticas erráticas de la derecha clásica y el discurso avergonzado de la izquierda, que pide actitudes humanitarias frente a cuestiones del mercado laboral. Pero si bien toda Europa necesita urgentemente un cambio de discurso y de políticas frente a la inmigración, el éxito de la AfD en Alemania, y especialmente en Sajonia-Anhalt, va mucho más allá de esta cuestión. Y es más preocupante.
Los datos recopilados por un académico alemán, Julius Kölzer, muestran una curiosa dinámica: a más inmigración por municipio, menos votos para la ultraderecha (y no es por los hábitos de los inmigrantes; estos, al carecer de la nacionalidad alemana, no pueden votar). No es, desde luego, una relación causa-efecto, sino un síntoma de un tercer factor: la AfD es mucho más débil en las ciudades —donde se concentra la inmigración— que en los municipios rurales, su principal feudo. Votan AfD los campesinos o hijos de campesinos.
Esta dinámica municipal se reproduce a escala nacional. Si bien la AfD sacó músculo en todo el país en las elecciones federales, su avance a fuerza más votada dibuja con total precisión los contornos de la antigua Alemania Oriental, la RDA, antes de la reunificación de 1990. Son territorios mucho más rurales y menos industrializados que el oeste, y tienen muchísimo menos inmigración que las regiones del oeste: un 9 % en Sajonia-Anhalt (un quinto de ellos ucranianos, seguidos de sirios y polacos) frente a un 18% en Renania del Norte-Westfalia (la sexta parte, turcos, seguidos de sirios y ucranianos). Si se incluyen también los «ciudadanos con trasfondo migratorio», como se define en alemán la segunda o tercera generación, el abismo se ensancha: la proporción sube al 11 % en Sajonia-Anhalt y al 30 % en Renania del Norte-Westfalia. El éxito de la AfD es inversamente proporcional: en las elecciones federales del año pasado sacó un 16 % en Renania del Norte-Westfalia y un 38 % en Sajonia-Anhalt.
La terrible realidad demográfica: a menos inmigrantes, menos jóvenes, menos niños, menos vida
Y sí hay una causa directa ahí, aunque no es obvia. Las bajas cifras de la inmigración se traducen en una terrible realidad demográfica. A menos inmigrantes, menos jóvenes, menos niños, menos vida. Sajonia-Anhalt es el Estado más envejecido de toda Alemania, con una media de edad de 48,3 años. Ha perdido un cuarto de su población desde la reunificación. Se va literalmente extinguiendo. Un reportaje del semanario alemán Die Zeit, hecho días antes de las elecciones, describe un paisaje «infinito, silvestre, vacío». Sobre todo vacío. Hay campos de maíz, trigo, colza, enormes granjas de vacas lecheras. Pero no hay gente. Salvo unas trabajadoras en la sesentena que se preguntan si el Gobierno va a atrasar su ya esperada edad de jubilación, y unos pocos chicos con motocicletas nostálgicas de la época socialista y simbología de derechas.
Chicos, no chicas. Este es uno de los principales factores demográficos. En la franja de edad de 20 a 29 años hay 120 o 130 varones por cada 100 mujeres en muchos municipios de Alemania oriental. Entre los jóvenes de 16 a 24 años, la desproporción llega a 150 chicos por 100 chicas en algunas zonas de Sajonia-Anhalt. Y no es porque hayan llegado jóvenes migrantes hombres. Sino porque las chicas, normalmente más exitosas en el instituto, se han hartado de la vida del pueblo y se han ido al oeste a estudiar una carrera o a trabajar. Los chicos se han quedado. Y no les gusta el país que les están dejando. ¿Qué haría usted, si no puede ni ligar un sábado noche porque, simplemente, usted es el único en la barra del bar? Eso, si queda un bar.
Y no es que usted no se pueda pagar una copa. El desfase entre los ingresos medios de la antigua Alemania oriental y la occidental, que durante décadas motivó análisis sociológicos, se ha quedado prácticamente en cero, si se incluye en el cálculo el elevado gasto de alquiler en las ciudades con salarios altos. En ingresos reales, las regiones rurales orientales están muy por encima de Berlín (donde la AfD sacó un modesto 15 % el año pasado) e incluso le ganan a la metrópoli financiera de Fráncfort del Meno en el oeste.
En los hospitales de Sajonia-Anhalt, la cuarta parte de los médicos no tienen pasaporte alemán
Un curioso aspecto lateral de estas dinámicas demográficas de una población masculina, rural y relativamente acomodada es que en casi toda Alemania oriental, la proporción de universitarios entre la población con trasfondo migratorio duplica la de la población alemana autóctona: un 16 % frente al 7 % en Sajonia-Anhalt, un 24 % frente al 13 % en Sajonia, un 19% frente al 9 % en Turingia… En los hospitales de Sajonia-Anhalt, la cuarta parte de los médicos no tienen pasaporte alemán. Si la AfD empezara una política de expulsiones, el sistema sanitaría simplemente colapsaría, advierte el propio Colegio Médico.
Parece una ironía del destino que precisamente esta población, que no podría sobrevivir sin inmigrantes, vota a un partido que aboga por echar a todos cuanto antes, bajo el eslogan de «remigración». La AfD es consciente del problema de natalidad y propone altos pagos en efectivo para todo bebé y aún mayores para el segundo y tercero… siempre que al menos uno de los progenitores tenga la nacionalidad alemana (algo que no tienen siquiera muchos «inmigrantes» de la segunda generación, nacidos en el país). Viendo que la fertilidad media de las mujeres alemanas está en los 1,33 hijos, frente a un 1,88 entre las extranjeras, se vuelve a manifestar una curiosa insistencia del partido en dificultar al máximo la solución del problema que erosiona el bienestar de sus feudos electorales. ¿Por qué lo siguen votando?
La respuesta no es fácil, y no es extrapolable fácilmente a otros países o partidos de ultraderecha, porque debe tener en cuenta un perfil específico alemán de la AfD, o mejor dicho de sus votantes, en un llamativo contraste con sus dirigentes. Es sabido que la copresidenta del partido, Alice Weidel, doctorada en Economía con carrera en China, Japón y Singapur y brillante oradora, vive en Suiza con su pareja, una mujer oriunda de Sri Lanka, y con dos hijos comunes, mientras su partido se perfila como el más nacional alemán, representante de obreros y artesanos, opuesto a todo extranjero y al matrimonio homosexual. Weidel es un modélico producto de la Alemania liberal y rica del siglo XXI, pero sus votantes creen que el país está al borde de la desaparición o, incluso, que nunca ha llegado a existir. Son antisistema en una dimensión que en España cuesta imaginar.
Los votantes de la AfD distinguen entre «la población engañada por los políticos» y «nosotros»
La República Federal de Alemania no existe como Estado soberano. Esta es la tesis de un movimiento heterogéneo alemán, conocido como «ciudadanos imperiales». No necesariamente son nostálgicos del Tercer Reich, pero argumentan que el imperio alemán anterior a la República de Weimar es el único constructo jurídico alemán vigente, visto que la República Federal se constituyó bajo la ocupación militar de las cuatro potencias vencedoras de la II Guerra Mundial y efectivamente gozó de una soberanía limitada, con derecho a veto de aquellas, hasta el tratado de 1990. Por lo tanto, todas sus leyes son nulas, creen, y es posible salirse del sistema de jurisprudencia alemán y dejar de ser ciudadano mediante una declaración formal unilateral. Su fuerza se estima en pocas decenas de miles de personas activas, pero su influencia ideológica y terminología permean gran parte de la ultraderecha, Weidel incluida.
Es desde esta mentalidad de una profunda desconfianza del sistema entero, del Estado entero, que se explica la visión de los votantes de la AfD al distinguir entre «la población engañada por los políticos» y «nosotros». Confirma esta dinámica el que, con diferencia, la parte de los nuevos votos de la AfD no llegaban de otros partidos sino del sector abstencionista: ciudadanos que nunca habían confiado en los demás partidos y por primera vez decidieron hacerlo.
Esta desconfianza ya se veía en los amplios movimientos de protesta contra toda medida pública en las épocas del covid. Circulaban bulos y teorías conspirativas sobre el virus, las mascarillas y especialmente las vacunas, con la AfD evitando poner en duda oficialmente la ciencia médica en sí, pero haciéndose abanderada del «derecho fundamental» de la ciudadanía a desacatar toda medida de precaución. Hubo marchas semanales antimascarilla en Berlín bajo la consigna de la resistencia popular al engaño de un Gobierno que había creado la «plandemia» para ejercer un distópico control, para siempre, sobre los individuos.
No se trata de reemplazar a un político u otro, sino de acabar con todo el sistema, y eso, solo la AfD puede hacerlo
La derogación de las medidas de control tras el fin del riesgo sanitario no tuvo efecto en la mentalidad de desconfianza. Hoy, «la guerra contra Rusia» condensa la preocupación ante los planes secretos de un Gobierno federal marioneta de la OTAN y dispuesto a acabar con las libertades de la población. Cuánta parte tiene el ciberactivismo de Moscú en fomentar esta visión en las redes sociales de ultraderecha es tema para otro análisis. Y si la guerra se acabara, siempre quedaría la «locura del discurso de género» o la «mentira del cambio climático», aparte de la sempiterna teoría de que el Gobierno quiere exterminar la raza blanca para reemplazarla por «morenos». Siempre nos mienten, todo el sistema nos miente, no se trata de reemplazar a un político u otro, tener mejores gestores, sino de acabar con todo el sistema. Y eso, solo la AfD puede hacerlo. Este es el discurso.
Alimenta esta desconfianza otro aspecto de la historia reciente alemana: la censura jurídica que se ejerce sobre ciertas opiniones, empezando con la ley que castiga con hasta 5 años de cárcel no solo la negación del holocausto, sino incluso el intento de relativizarlo, compararlo o negar ciertos métodos o cifras. Y cuando un Estado se arroga el monopolio legal de la verdad, concluyen muchos, es que nos mienten.
Para este discurso es ideal, por supuesto, que durante una década larga, todos los partidos se hayan comprometido a mantener aislada a la AfD, solo a la AfD, mediante el «muro antiincendios», negándose a debates con sus representantes y estilizando el partido como la única amenaza verdadera para el sistema democrático alemán. Precisamente el sistema que sus votantes quieren derrocar, porque no confían en él.
La AfD está aserruchando la rama, pero los demás partidos le están regalando la gasolina para la motosierra
Esa desconfianza no es nueva en Alemania: ya en la década de 1970 se popularizó el concepto del aussteiger, «el que se baja del tren», porque está harto del sistema entero y no se fía de que el mundo salga vivo de la próxima guerra nuclear, entonces a la vuelta de la esquina. Solo que entonces, los que se bajaron se solían dejar el pelo largo, fumaban hachís y se iban a alguna playa de Marruecos o la India, un fenómeno asociado a la izquierda y relativamente efímero, quizás también porque el creciente bienestar de la población alemana mantenía atractiva una vida de pequeñoburgués. Es hoy, en el marco de una crisis económica de largo plazo, cuando esa vida ya no parece posible. No por falta de dinero, sino por falta de personas que puedan vivirla.
Alemania se está extinguiendo, al menos en Sajonia-Anhalt, y la población se agarra a las promesas del único partido que les promete no una mejor gestión, reformas, esfuerzos, paciencia, sino un giro radical contra el sistema y un nuevo inicio, una nueva Alemania. Cómo será, si hará falta otro Parlamento u otro führer, eso no lo saben, no necesitan saberlo, confían en que todo será distinto. Que los métodos que promete su partido —fuera migrantes— en realidad consisten en aserruchar la rama en la que están sentadas sus votantes y acelerar el colapso, eso no lo saben. Porque no leen los periódicos: «prensa de mentiras» los llaman, es un concepto fijo en su vocabulario.
Aunque leyeran los periódicos les costaría saberlo, entre una derecha clásica que intenta competir en lo posible con la ultraderecha en discurso antiinmigratorio, no vayan a perder votos, y una izquierda que habla de obligaciones morales, deudas con los países empobrecidos, culpa histórica y mandatos de caridad y tolerancia incluso ante obvios brotes fascistas del islamismo salafista. La AfD está aserruchando la rama, pero los demás partidos le están regalando la gasolina para la motosierra.
Al resto de partidos de la ultraderecha europea, y especialmente a los dos grandes aspirantes a dictador mundial, Donald Trump y Vladimir Putin, desde luego les encanta. Saben que la confianza en el sistema es el fundamento de toda democracia. Lo que mueve a los votantes de la AfD hoy es la desconfianza total; mañana puede ser totalitaria.
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© Ilya U. Topper | Primero publicado en El Confidencial · 10 Sep 2026
