Lo que queda tras los folletos
Soumaya Naamane Guessous

Casablanca | Sept 2026
En una campaña electoral, lo que queda en la memoria es la imagen, más que el discurso. La imagen de los equipos que rodean al candidato en la calle o la avenida, enarbolando fajos de folletos que luego lanzan al aire.
Las octavillas revolotean sobre la cabeza de la gente antes de caer para posarse en el pavimento, la acera, los coches y los jardines. La lluvia de papel suscita sonrisas, entusiasmo, una satisfacción ante el espectáculo. Es una escena escandalosa.
Una campaña busca visibilidad. Un candidato debe darse a conocer, presentar su programa, encontrarse con los ciudadanos y convencerlos. Pero esta maner de hacerlo, ¿qué mensaje envía? ¿Qué significa lanzar al aire cientos de folletos en la calle para pedir acto seguido a los votantes que tenga confianza en una política responsable?
La calle no le pertenece al candidato. La avenida no es propiedad de su equipo, sino de toda la ciudadanía. Y esta escena grotesca nos hace pensar en una noción elemental: la necesidad de dar ejemplo.
Quien habla de una ciudad limpia debe respetar en primer lugar la limpieza de la calle en la que hace su mitin
Un candidato no solo pide un voto. Pide confianza. Pide a los ciudadanos creer en que él sabrá defender sus intereses, respetar la ciudad y gestionar los asuntos públicos de manera seria y responsable. Pero la confianza empieza con los gestos más sencillos.
Quien habla de una ciudad limpia debe respetar en primer lugar la limpieza de la calle en la que hace su mitin. Quien habla del medio ambiente debe pensar en el impacto de cientos de hojas dispersas en el espacio público. Quien pide a los ciudadanos respetar las normas debe mostrar, personalmente y a través de su equipo, que los espacios comunes merecen respeto. Y son los gestos pequeños los que revelan nuestra relación con los dos demás y con lo que nos pertenece a todos, como comunidad.
Lo más inquietante no es que los folletos acaben en el suelo. Es la alegría con la que se lanzan al aire. Como si el espectáculo de cientos de octavillas que revolotean por el cielo fuese una demostración de fuerza, una manera de celebrar al candidato, sin pensar en la contaminación que causa. Sin pensar en quienes tendrán que venir luego a barrer.
La muchedumbre se dispersará. Los coches siguen camino. Los militantes vuelven a casa. El candidato continúa su campaña. Pero los folletos seguirán ahí, arrastrados por el viento, pisoteados por los transeúntes, aplastados contra el bordillo, empujados hacia los jardines, a las cunetas, a los desagües. Otros tendrán que limpiar lo que unos han tirado tan alegremente.
¿Tenemos necesidad de ensuciar nuestras ciudades para dar vida a la democracia?
Se puede hacer campaña con entusiasmo, sin convertir la calle en una papelera
Se puede hacer campaña con entusiasmo, sin convertir la calle en una papelera. Se puede movilizar al electorado sin despilfarro, celebrar una candidatura sin olvidar que el espacio público es un bien común. Y esto es lo que cabría esperar de un candidato: entender que dar ejemplo viene antes del discurso.
Esta responsabilidad no le atañe solo al candidato. Cuando un equipo actúa en su nombre, lleva sus colores, enarbola su retrato y sus consignas, forma parte de la imagen que difunde. Es una responsabilidad colectiva. Un candidato no se puede disociar de la actitud de quienes lo acompañan.
La campaña es el primer acto de responsabilidad. Es el primero contacto con la ciudadanía. Es el momento en el que el candidato muestra, antes de ser elegido, qué concepto tiene del espacio público, del respeto a los demás y del bien común.
Una vez que hayan salido los resultados de las urnas, las cifras permitirán medir las preferencias de los votantes: quién ha sido elegido, quién ha perdido, cuál era la participación y qué tendencias refleja la votación. Pero ¿qué quedará de la campaña, aparte de los resultados? ¿Los nombres de los políticos elegidos? Las consignas? ¿Las promesas? ¿Los carteles? ¿O también la imagen de la calle cubierta de octavillas, papeles volando en el aire?
Cuando alguien nos pide confiar en él para participar en la gestión del bien público, debemos observar también el comportamiento de esta persona y su equipo y la actitud que tienen respecto al espacio común. Porque la política no empieza el día en el que entran por la puerta de una institución. Un candidato no puede pedir a los ciudadanos que crean en su compromiso si al mismo tiempo, al hacer campaña, da imagen de ser un hombre o una mujer que no piensa en la consecuencia de sus actos.
La democracia no se reduce al momento de depositar la papeleta en la urna. Es también la manera de vivir juntos, de respetar lo que pertenece a todos y comprender que nuestros actos tienen consecuencias para los demás. Cuando esas octavillas caen del cielo, lo que sigue flotando en el aire es una pregunta: ¿qué aspecto de su personalidad nos han mostrado estos candidatos, mientras nos piden que confiemos en ellos?
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© Soumaya Naamane Guessous | Publicado en Le360.ma · 21 Sep 2026 | Traducción del francés: Ilya U. Topper
