Estómagos contra la familia
Soumaya Naamane Guessous

Casablanca | 20 Febero 2026
Ramadán. Mes de la espiritualidad, la oración, la reserva, la dominación de los deseos. En teoría, el alma renuncia a los excesos al tiempo que el cuerpo se hace discreto, humilde, ligero.
¿En la práctica? El Ramadán es el mes de la gula, la bulimia, la glotonería festiva, las orgías culinarias. Las almas intentan elevarse… pero los cuerpos se quedan pegados al suelo, aplastados por el peso de los platos. El estómago trabaja intensamente, sin contrato, sin descanso, sin seguro médico, sin protección sindical.
En Ramadán, los mercados se desbordan. Los carritos lloran. Las neveras se rinden. Las alacenas se saturan. Se ha declarado una guerra nuclear alimentaria. Se compra. Se almacena.
En este contexto ha nacido el Colectivo nacional de Estómagos maltratados. Su presidente es señor don Al Ma’da Madrura.
Llega al tribunal:
—Señor presidente de los Estómagos —dice el juez, nervioso—, explíquenos su aflicción.
Si esta creatividad se hubiera invertido en otra cosa que el estómago, Marruecos ya habría colonizado Marte
—Señor juez —empieza Al Ma’da Madrura—, toda la jornada, los creyentes fantasean con la mesa del ftur, el momento de romper el ayuno. En una sola familia no hay dos personas que desean la misma comida. Cada uno llega con su bolsa: «Yo he comprado esto». «Ah, yo no, ¡mira!» «Y yo, esto». Resultado: la mesa se desploma. Los nutricionistas se tiran de los pelos.
—Pero si se comienza con un vaso de leche y un dátil… — dice el juez, intentando mantener la esperanza.
—¿Uno? ¡Tres! —corrige el estómago—. Bajo pretexto de que eso es lo que hacía el profeta. Pero, señor juez, el profeta solo tenía eso. No tenía quince zumos multicolor: naranja, aguacate, mango, limón, batido, jugo verde misterioso no identificado… Luego, los huevos: cocidos, fritos, duros, blandos, dubitativos, al comino, sin sal, salados. Después la harira: hirviente, espesa, pesada. Sopa china o con cebada, con pichón, con verduras, con quinoa… Y cuando suplicamos un descanso, nos arrojan chebbakía, briwat salados y azucarados con carne, con pollo, con pescado, con gambas, con verdura, msemmen, baghrir, harsha, batbut, baklava, sel·lu, minipastela, kunafa, pastelitos de nata, cruasancitos, frutos secos, quesos, quiche, pizza y todos los inventos dulces y salados sacados directamente de instagram. La imaginación no tiene límites. Si esta creatividad se hubiera invertido en otra cosa que el estómago, Marruecos ya habría colonizado Marte.
—¿Y lo del pescado en el ftur? —pregunta el juez, tamborileando sobre el escritorio.
Mitá-mitá. Más café que leche. Más leche que café. Señor juez, hasta a las cucharillas les da una crisis existencial
—Un despropósito reciente, señor juez. Hay familias que encadenan el ftur directamente con la cena: ensalada, parrilla, tayín, carne, pescado, pollo. Frito, hecho al vapor, al fuego lento, asado… Lácteos, fruta. Normalmente se cenaba dos o tres horas después del ftur.
—¿El café? —interrumpe el juez, pálido.
—Una dura prueba psicológica. Ligero. No, espeso. En taza. No, en vaso. Con una gota de leche. No, cortado. Mitá-mitá. Más café que leche. Más leche que café. Señor juez, hasta a las cucharillas les da una crisis existencial.
—¿Y el té? —insiste el juez, al borde de un derrumbe.
—Ligero. No, fuerte. Con poco azúcar. No, con mucho azúcar. Con menta. No, sin menta. Con shiba. No, que odio el ajenjo. La tetera se ha pedido una baja por enfermedad.
—¿Y quién sufre todo eso? —pregunta el juez con voz trémula.
—Las madres. Las esposas. Heroínas invisibles. Recorren la ciudad al derecho y al revés y en diagonal para satisfacer los caprichos de los niños, el marido y la parentela.
—¿Y cuando hay invitados? — grita el juez, escandalizado.
Unos seudorreligiosos han decretado que levantarse al alba para atiborrarnos hasta estallar es una buena obra
—El apocalipsis. Una exposición mundial de la alimentación. Tres días para encontrar El Menú que nadie aún se ha atrevido a hacer. Para impresionar. Para rivalizar. Para hacer una foto a la mesa y difundirla en las redes sociales. Señor juez, ¿el islam no recomendaba la modestia?
—¿Y qué pasa con el s·hur? —murmura el juez, agotado.
—Unos seudorreligiosos han decretado que levantarse al alba para atiborrarnos hasta estallar es una buena obra. El resultado: gases, pesadez, intestinos traumatizados, cerebros mal oxigenados. Por la mañana, trabajar se convierte en una ficción. La economía se adormece. Los nervios ceden. Conducir, especialmente antes del ftur, se convierte en un peligro similar a un campo de batalla. Durante este mes, que en teoría debería encarnar la bondad, la paciencia y la elevación espiritual, las palabras se hacen violentas, a veces se cargan de insultos, tipo ¡la fe de tu madre!, que denigran la religión. Ramadán. Reserva, dulzura y respeto a los demás. La distancia entre este espíritu y la deriva del lenguaje cuestiona seriamente nuestra relación con la espiritualidad.
El juez, nervioso, da golpecitos con el martillo:
—Una pregunta, señor Al Ma’da Madrura… El profeta ¿no comía con sencillez?
—Exacto —responde el estómago—. Predicaba la mesura.
El juez, escandalizado, suspira:
Así que sobrecargan el estómago, agotan el presupuesto, martirizan a madre y esposa… ¿y lo llaman religión?
—Así que sobrecargan el estómago, agotan el presupuesto, martirizan a madre y esposa… ¿y lo llaman religión?
—Tal cual, señor juez. Las mujeres están en primera línea. Son ellas quienes planifican, compran, cocinan, sirven, adivinan los caprichos antes de que se expresen. Ellas llevan el Ramadán sobre la espalda, mientras que nosotros, los estómagos, llevamos todo lo demás.
El juez se inclina, desmoralizado:
—Observo, además, una circunstancia agravante: redes sociales, fotos de la mesa, competición entre mujeres…
—Sí, señor juez. Ya no se come solo para romper el ayuno, sino para publicarlo. La mesa debe estar bella, abundante, espectacular.
El juez, colorado de ira, cierra el acta con resignación y emite su veredicto:
—Este tribunal reconoce la existencia de un maltrato colectivo hacia los estómagos. Constata el agotamiento del cuerpo, los nervios, el presupuesto y las mujeres. Se declara, no obstante, incompetente ante la desmesura humana.
El juez alza la mirada al cielo y junta las manos:
—Yo no puedo legislar respecto al menú, pero puedo rezar. Que Dios nos otorgue la gracia de la moderación.
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© Soumaya Naamane Guessous | Primero publicado en Le360 (20 Feb 2026) | Traducción del francés: Ilya U. Topper
