Opinión

Rumelias

Nicanor Gómez Villegas
Nicanor Gómez Villegas
· 23 minutos
Opinion mgf

Madrid | Julio 2026

Paul Morand escribió un libro titulado Venecias. A mí, por ambición que no sea, me gustaría escribir un libro titulado Rumelias, es decir, en turco, “las tierras habitadas por los romanos”. Los romanos o los cristianos, monta tanto, para los árabes y después para los turcos. En este pecio me propongo confirmar que, efectivamente todos los caminos conducen a Roma. A la primera, la del Tíber, a la segunda, la del Bósforo, y a la tercera, la del Moscova. Rumelia, Rumanía, Romania, Romanija, Romanzado, Romaña, Rum, rumí, romance, román (paladino), romanticismo, románico, romanización, romería, romeros, romeos, romios, romiosyne, todos estos términos llevan también a Roma.

ORÍGENES. Roma nació en aguas pantanosas, en los pantanos que existían entre las colinas, siete, cabe el Tíber, para contar con un número mágico, en donde se enclavaban siete poblados separados ―y unidos― por aguas pantanosas. Un proceso de sinecismo (helenismo que etimológicamente significa “combinar o unir casas”) convirtió los siete núcleos iniciales en uno solo. La historia fue contada a través de un mito, que no es algo baladí o infantil, sino una explicación de la realidad de una complejidad cibernética: los seres humanos no sabemos, no podemos vivir sin mitos, por lo que mitómano debería dejar de ser un término peyorativo. En ese mito, que todos conocemos, hay un par de gemelos abandonados, una loba, y el primer fratricidio europeo (por la Biblia ya conocemos otro muy importante): Remo se burló del muro que había construido su hermano, superándolo de un salto sin pértiga. Y Rómulo se tomó la cosa muy a mal; tanto que se cargó a su hermano y no contento con ello le dio su propio nombre a la ciudad que había fundado. Fin de la historia. O, mejor dicho, comienzo de la historia que nunca acaba, pues Roma, como todos sabemos, es la Ciudad Eterna.

Entre aquellas colinas, como apuntábamos, había aguas pantanosas. Un palude o paúl o paular del latín palus, -dis, “laguna, charca, sitio pantanoso”. Tenemos otros sinónimos: lama, marjal; incluso palabras derivadas, como palafito, que siempre nos llevan a la noción de aguas pantanosas. Debía ser complicado hacerse senda por aquella marisma o camarga (“lo que está al lado del mar”); esa labor se encomendó a unos chamanes que se ocuparon primero de hacer puentes físicos, los pontifices, de pons, pontis, “puente” y facere, “hacer”; más tarde a sus labores también se le añadirían otras de carácter mágico, como hacer o levantar puentes entre los vivos y entre los vivos y los muertos, en una serie de ritos arcanos. Con el tiempo, esos chamanes acabarían dando en uno de los collegia sacerdotales del culto de la religión romana, el de los pontifices, comandado por el pontifex maximus, “el sumo pontífice”, una responsabilidad y honor muy codiciados en Roma. Además de los deberes sacros, ese sacerdote debía ocuparse del mantenimiento de los puentes que atravesaban el Tíber, pues los pantanos ya se habían desecado, o los habían desecado los etruscos, quienes fungieron como comadrona de la primera Roma e incluso le dieron sus primeros reyes.

Constantino fundó la Nueva Roma (es decir, la segunda) sobre el emplazamiento de la antigua colonia griega de Bizancio

En cuanto a la etimología de la palabra Roma la hipótesis con más éxito es que Roma (y por consiguiente Romulo, que sería su diminutivo) deriva de la palabra etrusca ruma, que significa “ubre” o “teta”. Lo que no está tan claro es si hacía referencia a la forma redondeada de las colinas del Palatino y del Aventino al lado del Tíber o bien se trataba de una alusión a la loba nutricia que protegió y amamantó a los gemelos. Un indicio que apuntala esta teoría es la presencia de la “higuera ruminal” (Ficus ruminalis), el árbol junto al Tíber en el que la loba Luperca amamantó a Rómulo y a Remo

Otros autores le dan a la palabra un origen itálico y por tanto indoeuropeo. Roma derivaría de Rumon o Rumen, el nombre arcaico que los antiguos pastores daban al río que luego sería el Tíber. Como otros hidrónimos paneuropeos, Rumon o Rumen proviene de la raíz indoeuropea *sreu– (o *reu-), que significa “fluir” o “correr”. Rómulo sería entonces “el que vive cabe el río”.

PRIMERA ROMA, SEGUNDA ROMA, TERCERA ROMA. Si nos atenemos al mito, que además de ser más divertido siempre guarda enseñanzas de las que ni somos conscientes, pues esa es la función antropológica del mito, Roma fue fundada por aquellos dos hermanos el 21 de abril del año 753 a.C. El historiador Tito Livio escribió una historia de Roma desde la fundación de la ciudad, Ab Urbe Condita, frase que se utilizaba para datar los acontecimientos. Tanto los historiadores como los poetas, en particular Virgilio, recogieron el mito fundacional tradicional atribuyendo a los gemelos un origen troyano como descendientes de Eneas, a través de la unión entre su descendiente, la sacerdotisa Rea Silvia y el dios Marte. El sistema de datación AUC dejó de utilizarse lenta y paulatinamente a partir del siglo VI, después de que Dionisio el Exiguo, a quien se había encomendado la labor de datar el año exacto de la pasión de Jesucristo para crear un nuevo sistema de datación para todo el orbe cristiano que sustituyera al pagano, estableció en el año 525 d.C. que el año cero, es decir, el Año del Señor, el Anno Domini, sería el año 754 AUC. De ahí arranca nuestra era actual, a quienes algunos denominan Era Común para no herir susceptibilidades. Conviene recordar que Dionisio el Exiguo, pues exiguos eran también sus medios, hizo lo que pudo, pues el personaje histórico Jesús de Nazareth nació en realidad entre los años 748 y 750 AUC o del calendario romano, lo que equivale al periodo que va del año 6 al 4 a.C. (o antes de la Era Común). Tengo que reconocer que me gusta fechar los acontecimientos Ab Urbe Condita, es decir, desde la fundación de La Ciudad. Roma, naturalmente. Pero como apunté más arriba, la adopción de la nueva cronología propuesta por Dionisio fue lenta y no comenzó a utilizarse hasta el siglo XI en la Iglesia Católica de Roma, y solo en el siglo XII en Aragón, el XIV en Castilla y el XV en Portugal, sustituyendo la era hispánica.

Al caer primero Roma, y luego Constantinopla, el Principado de Moscú quedaba como el último reino verdaderamente cristiano

Constantino fundó la Nueva Roma (es decir, la segunda), Nea Roma, Nova Roma, el 11 de mayo del año 330 d.C. sobre el emplazamiento de la antigua colonia griega de Bizancio situada en un lugar único en el arranque del Bósforo junto al Mar de Mármara. A pesar de que la ciudad fue llamada oficialmente “La Nueva Roma”, el pueblo muy pronto comenzó a llamarla Constantinopolis, es decir, “la ciudad de Constantino”. Para los romaioi, los romanos, más tarde conocidos por los otomanos como rum, que es lo mismo, Constantinopla era simplemente, “La Ciudad”. La leyenda del origen del nombre actual de la ciudad es el siguiente. La respuesta a la pregunta “¿a dónde va” solía ser “a la Ciudad” (eis ten Pólin); los nuevos señores de la ciudad desde 1453 adaptaron dicho sintagma a su fonética como “Istanbul”. Los armenios siguen llamando a la ciudad Bolis, es decir, “Polis”. Tanto Istanbul como Bolis llevan en su interior más profundo la palabra Roma.

Tras la caída de Constantinopla en 1453 en manos de los turcos otomanos, la familia imperial bizantina, bueno, lo que quedaba de ella, huyo al exilio. Una de las princesas, Zoe Paleóloga, creció en Roma bajo la protección del Papa Sixto IV. Con el propósito o la fútil esperanza de unir a la Iglesia Ortodoxa Rusa con la Iglesia Católica. Zoe viajó a Moscú en 1472 y, una vez allí, abjuró por completo del catolicismo y volvió a la ortodoxia de sus ancestros, con lo que el Papa se quedó con un palmo de narices. Allí fue llamada Sofía y se casó con Iván III el 12 de noviembre de 1472 en la Catedral de la Dormición del Kremlin de Moscú. Zoe, ahora Sofía, era una princesa romana (de Oriente) y no llegó como una refugiada dispuesta a no decir chitón. Introdujo en la corte de Moscú el refinado y estricto protocolo de la finada corte imperial de Constantinopla de su infancia y animó a su esposo a dejar de comportarse como un príncipe subordinado a los mongoles y a actuar como un soberano absoluto, un autócrata, cuya traducción al eslavo fue gospodar. En el ambiente moscovita, después de la caída de Constantinopla, ya circulaba la idea de que Moscú era la sucesora legítima de Bizancio. Fue un monje, Filoféi, del Monasterio de Eliazar en Pskov, quien artículo esa idea de forma teológica a principios del siglo XVI en una serie de cartas proféticas dirigidas al Gran Príncipe Basilio III, hijo de Iván III y Sofía Paleóloga y a dignatarios de la administración moscovita entre 1510 y 1520. Basándose en profecías bíblicas del Libro de Daniel, argumentó que, aunque los imperios terrenales caigan, el Imperio Cristiano es eterno. Al caer primero Roma, la primera Roma, y luego Constantinopla, la segunda Roma, debido a sus pecados y a sus renuncias teológicas, el Principado de Moscú quedaba como el último reino verdaderamente cristiano —y ortodoxo— sobre la faz de la tierra. La fórmula definitiva de Filoféi fue: “Dos Romas han caído, la tercera se mantiene en pie, y una cuarta no existirá. Ningún reino sustituirá al tuyo.” Con esta sentencia, podemos imaginar la responsabilidad cósmica que ponía sobre los hombros de los gobernantes moscovitas para defender la fe verdadera, pues si Moscú erraba el camino, el fin del mundo llegaría inexorablemente. A la hora de plasmar simbólica y visualmente este nuevo estatus de heredera de la idea imperial, la corte moscovita transformó de cabo a rabo su heráldica y la simbología del poder. Destaca sobre todo la adopción del emblema de la dinastía Paleólogo (que aún hoy sigue siendo el emblema del Patriarcado Ecuménico de Constantinopla, la Nueva Roma, como reza su nombre oficial), el águila bicéfala. Una cabeza miraba hacia el oeste, es decir hacia la primera Roma/Europa y la otra hacia el este, Constantinopla/Asia, simbolizando el dominio universal y la unión del poder espiritual y temporal. El águila bicéfala se fusionó con el antiguo emblema de Moscú, San Jorge matando al dragón, que pasó a colocarse en el pecho del ave. Incluso existen versiones del águila con tres cabezas, remarcando el papel de Moscú como tercera Roma, la definitiva, después de las otras dos, caídas por sus pecados y errores. No cabe ninguna duda que los moscovitas se romanizaron muy en serio.

ROUMELI. Roumeli o Rumeli era el nombre con el que se conocía la región de Grecia Septentrional entre el Estrecho de Corinto y Macedonia. Era la acepción restringida de la Rumeli que designaba a los territorios europeos del Imperio Otomano, que fueron también llamados La Turquie d’Europe, como reza en un mapa de la región anterior a la Guerra de Crimea sin el cual no puedo vivir. La palabra Rumeli, adaptada en castellano como Rumelia, en turco otomano significaba “la Tiera de los romanos”, de la suma de Rûm, “los romanos” y eli o il, que significaba “tierra” o “provincia”. Los otomanos le dieron ese nombre a los territorios balcánicos que les fueron arrebatando a los bizantinos antes del acto final de la caída de Constantinopla, tras la cual crearon una enorme provincia denominada Eyalato de Rumelia, que abarcaba las actuales Grecia, Bulgaria, Albania, Macedonia del Norte, Serbia y Montenegro.

Patrick Leigh Fermor nos habla del carácter nacional griego forjado en las guerras del siglo XIX, la Romyiosine

A medida que la enfermedad mortal del Imperio Otomano fue empeorando y los pueblos balcánicos se fueron independizando, el nombre quedó restringido a zonas de Tracia y de Macedonia (más la Rumeli griega). Tras la guerra ruso-otomana de 1878 se creó una provincia autónoma con ese nombre que acabo muy pronto totalmente integrada en la actual Bulgaria. En la Turquía moderna, Rumeli tiene una valencia histórica y también coloquial, pues designa aún a Tracia oriental, la pequeña porción europea del territorio de Turquía que conocemos como Turquía europea, en la que se ubica el lado occidental de Estambul. En la vertiente europea del Bósforo aún se puede contemplar una imponente fortaleza llamada Rumelihisarı, que también es conocida como Castillo de Rumelia o castillo Boğazkesen, que significa “castillo del Estrecho” o literalmente “castillo cortador de gargantas”), pues Boğaz, “garganta” (significando “estrecho”) es el nombre que los turcos dan al Estrecho del Bósforo. El nombre viene que ni pintado, pues fue construido por el joven Sultán Mehmed II para estrangular a Constantinopla, cortándole los suministros antes de lanzar el asalto final contra ella.

ERZURUM. Existe en el oriente de Turquía una ciudad llamada Erzurum, evolución de la frase tanto en árabe como en persa Arḍ ar-Rūm, que significa literalmente “La Tierra de los Romanos”. Pero la cosa se complica si tenemos en cuenta la teoría de que hubo una ciudad armenia llamada Artze, cuyo nombre se remonta a raíces lingüísticas paleoanatólicas y de las montañas de Armenia. El nombre podría denotar “luz”, “brillo” o “metal precioso”. En 1048, los turcos selyúcidas atacaron y destruyeron esa ciudad. Sus habitantes cristianos supervivientes (sobre todo armenios y sirios y algunos griegos) se refugiaron en una antigua fortaleza llamada Teodosiópolis en honor del emperador Teodosio II. Para diferenciarla de su hogar anterior la llamaron Artsn Rum, “El Artze de los romanos”. Tras la Batalla de Manzikert (1071), que es algo así como el Guadalete de los bizantinos en Anatolia, los vencedores, los turcos selyúcidas, adaptaron la expresión Arz-e Rûm, que evolucionó, hasta el actual Erzurum. Siempre, siempre, “la tierra de los romanos”.

ROMYOSINE y EL DILEMA ROMAICO-HELÉNICO. La Epanastasi fue la gran guerra civil entre albaneses cristianos (rum, rumi) y albaneses musulmanes (turk) que arrancó en 1821. Si mis amigos griegos leyeran esto no sé lo que me arrancarían a mí. En esa época en la Península Balcánica (y aquí sí incluimos todo el territorio de la actual República Helénica) lo más decisivo era el sistema binario cristiano/musulmán, romios (los turcos dirían rumi) o turco (los griegos dirían turkós), ya se fuera albanés, griego (algo complicado de diferenciar entonces), válaco (hablante de lengua románica), eslavo (macedonio, búlgaro, serbio). Todas estas estirpes tenían sus correspondientes hemisferios musulmán y cristiano. En su libro Roumeli, Patrick Leigh Fermor nos proporciona un vademécum de esa gran macedonia de pueblos, castas, lenguas y religiones que es la región que lleva ese nombre. Como muchos autodidactas, como quien esto subscribe, Patrick Leigh Fermor no encontraba razón alguna para no compartir con sus prójimos la saturadísima biblioteca de su mente, sus palacios de la memoria. Cito algunas de las naves del catálogo homérico de Patrick Leigh Fermor, una parte de su fractal de pueblos, castas, regiones y religiones. Dos páginas que concluyen con un —que a mí me maravilla— “por citar solo algunos”:

Los dispersos bektashis y rufayanes, los derviches mevlevis de la Torre de los Vientos, los liaps de Souli, los pomacos del Ródope, los kizilbashis cerca de Kechro, los caminantes sobre el fuego de Mavrolevki, los lazi de las costas del Ponto, los linovamvaki —musulmanes cripto-cristianos de Chipre—, los dönmes —musulmanes cripto-judíos de Salónica y Esmirna—, los eslavófonos de Macedonia del Norte, los koutzo-vlakos de Samarina y Metzovo, los chams de Tesprotia, los souliotas dispersos de Rumelia y las Heptanisas, los albaneses de Argólida y Ática, los mendigos kravaritas de Etolia, los curanderos errantes de Euritania, los buonariotas de Tyrnavos que blanden falos…

La palabra romería procede de romero, el nombre que en un principio designaba a los peregrinos que se dirigían a Roma

Estoy seguro de que mi amigo Francisco García-Jurado no dudaría en incluir esta silva de varia lección en una edición alternativa y corsaria de Las noches áticas de su adorado Aulo Gelio. En su libro, Patrick Leigh Fermor nos habla prolijamente del carácter nacional griego forjado en las guerras del siglo XIX, la Romyiosine, “la romanidad” y nos plantea los términos del dilema heleno-romaico. Los griegos modernos se debaten entre ese Jano bifronte de su identidad, entre el deseo (Europa, la modernidad, la Grecia de Pericles, el anhelo de formar parte de Europa, la democracia, etc.) y la realidad (Lo bizantino, también lo otomano, y sobre todo la nostalgia de ambos mundos, lo tradicional, los clanes, la corrupción, la leventeia o pronta disposición a la insurrección). Entre la Acrópolis y el Partenón de Atenas, y Santa Sofía de Constantinopla. Los griegos en el fondo siguen siendo romanos, perdón, romaioi.

ROMAÑA. La Romaña (en italiano Romagna), la tierra de los romaioi, romeos o bizantinos, región en torno a la capital del exarcado de Rávena en los tiempos del Imperio Bizantino, mejor dicho, Imperio Romano de Oriente. Piensen en la Bizancio de Justiniano y sus iglesias en Rávena. Recordemos que los bizantinos no se llamaban a sí mismos así. Bizancio es una convención de los historiadores, sobre todo alemanes y franceses, que crearon una disciplina histórica, la bizantinística. Lo adecuado sería hablar de “Imperio Romano” o a lo sumo “Imperio Romano de Oriente” y de “romanos” o a lo sumo “romanos de oriente”, romaioi. El nombre Romeo significa eso mismo, “romano”. Y la Via Francigena, o fráncica o francesa, que comunicaba Canterbury con Roma y aun con Jerusalén, también recibía el nombre de Via Romea. Aquel camino también llevaba a Roma. Y quienes lo recorrían eran romeros.

ROMERÍA. La palabra romería procede de romero, el nombre que en un principio designaba a los peregrinos que se dirigían a Roma —peligro para caminantes, con Alberti, quien lo probó lo sabe—. Más tarde, por extensión, una romería sería una peregrinación a cualquier santuario. En España sabemos mucho de esto, carros engalanados tirados por bueyes, carrozas, a caballo, a pie, que se dirigen a la ermita de una virgen o un santo patrón, casi siempre ubicados en montañas o parajes campestres, que indudablemente han heredado una larga línea de sacralidad desde los tiempos antiguos. Los cristianos romanos y más tarde los del resto del mundo le cogieron a partir del siglo III de nuestra era el gusto a visitar los sepulcros de los mártires, primero los de Roma, en particular los de las catacumbas. Pero con el tiempo este viaje piadoso se empezó extender a otros lugares, como el santuario de Loreto o Santiago de Compostela. Desde la época de la peregrina Egeria ya existía un gran tour de peregrinación a Tierra Santa, algo que se consolidó durante las Cruzadas. Aquellos peregrinos eran llamados romeros y los que tenían por destino Jerusalén eran conocidos también como palmeros, en claro homenaje al Domingo de Ramos.

ROMANIJA. Suelo llamar a los descendientes de los romanos en la península balcánica “romanos de los Balcanes”, siempre y cuando sigan hablando una lengua, valga la redundancia, romance. Las lenguas románicas o romances de los Balcanes (también llamadas balcorromances) son el grupo de lenguas neolatinas que evolucionaron a partir del latín vulgar hablado en la Península Balcánica tras la expansión del Imperio Romano. Estas lenguas tenían un fuerte sustrato lingüístico prerromano o balcánico y además se desarrollaron rodeadas (yo diría más bien asediadas, como los legionarios en el limes del Danubio) por poblaciones de lenguas griegas, albanesas y con el tiempo eslavas, húngaras y turcas.

En Bosnia hay una comarca que aún lleva el nombre de aquellos romanos de los Balcanes, la Romanija

Estas lenguas reciben varios nombres, principalmente de dos tipos: los que derivan de la palabra “vlaj” y los que derivan de la palabra “Roma”, por lo tanto, esos nombres llevan a Roma en su corazón. Rumano o dacorrumano, la única lengua románica que se convirtió en lengua de un estado: Rumanía, “el país de los romanos”. Arrumano o macedorrumano, hablado por comunidades muy dispersas en el norte de Grecia, Albania, Macedonia del Norte, Serbia y Bulgaria. Es la lengua de los pastores a los que se sigue llamando “vlaj” o “valacos”. Sus hablas son una delicia para los dialectólogos, pues conservan rasgos sumamente arcaicos del latín vulgar. Meglenorrumano, una variante en riesgo inminente de desaparición (puede que ya lo haya hecho) que se habla en un puñado de aldeas fronterizas entre Grecia y Macedonia del Norte, encajonados entre dos nacionalismos y dos exclusivismos lingüísticos: el eslavo y el griego. Y, por último, el istrorrumano, hablado por unos cientos de personas en la península de Istria, en la actual Croacia, y durante mucho tiempo en contacto con los hablantes del dialecto véneto. Otras lenguas románicas se extinguieron y hoy solo podemos echarlas de menos; es el caso del dálmata o dalmático, que se hablaba a lo largo de la costa de la actual Croacia y Montenegro. Uno de sus dialectos era el ragusano, la lengua de Ragusa, rebautizada después de la Primera Guerra Mundial como Dubrovnik. Otro era el vegliota, que se hablaba hasta finales del siglo XIX en la impronunciable isla de Krk. En este caso tenemos hasta el dato de su extinción oficial con la muerte de su último hablante el 19 de junio de 1898, Tuone Udaina.

Estas historias, propias de una novela aún por escribir del estilo de Fahrenheit 451, me llenan de melancolía. Una parte no desdeñable de la antigua provincia de Iliria siguió hablando lenguas descendientes del latín hasta mucho después de la llegada de los eslavos. Estos también les llamaron “vlaj”. Esas poblaciones fueron pasando del romance al eslavo paulatinamente, al igual que hubo poblaciones que pasaron del albanés al eslavo. En Bosnia-Hercegovina hay una comarca, en el entorno de Sarajevo, que aún lleva el nombre de aquellos romanos de los Balcanes, la Romanija (del mismo modo que hay un valle en Navarra llamado Romanzado, es decir, en el que no se hablaba euskera o vascuence. El origen de la palabra Vascongadas significa que eran territorios “vasconizados”, por oposición a los “romanzados”. El romance de Panonia parece ser que era la lengua que hablaban los habitantes de la antigua provincia romana de Panonia, pero los magiares cuando llegaron en el siglo IX a la llanura panónica no dejaron prácticamente ni rastro de ella.

Hay una flor azul, los murajes (Anagallis arvensis), que en tamazigh se llama tit-n-trumit, «ojo de la europea»

Pero además aún queda un recuerdo de una lengua románica en los Balcanes, pues aquella región, cortesía de los sultanes otomanos, se convirtió en refugio de una parte importante de los judíos expulsados de Castilla, Aragón y Portugal, los judíos sefardíes cuya lengua era conocida como ladino (es decir “latino”) o judeoespañol. Ciudades como Salónica, Sarajevo, Belgrado, Sofía o Estambul se convirtieron en grandes centros de aquella lengua románica de origen hispánico. Hasta la Segunda Guerra Mundial, que prácticamente se llevó por delante a esa lengua. Y a la mayor parte de sus hablantes. Esta historia me llena todavía más de melancolía y tristeza.

SULTANATO DE RUM. Al místico musulmán de origen persa fundador de la orden de derviches Mevlevi Mavlana lo llamaron Rumi porque se estableció en Konya, la antigua Iconium, la ciudad bizantina que los turcos selyúcidas convirtieron en su capital. Aún era una tierra en la que había muchos cristianos, pero a Rumi le dieron ese nombre por el sultanato o homónimo y porque vivía entre cristianos y, como buen sufí, estoy no tenía importancia para él.

RUMIS. No podemos dejarnos en el tintero lo extendida que está la palabra rumi en el Magreb, donde simplemente significa “europeo”. “Rumi” en árabe magrebí es un europeo que vive integrado entre la población local (a los turistas se los llama “nisrani”, nazareno, cristiano, que es despectivo. Rumi, me apunta Ilya Topper, que conoce bien el paño, no es despectivo y se reserva a personas que se consideran habitantes, casi nativos, del país. Hay una flor azul, los murajes (Anagallis arvensis), que en tamazigh se llama tit-n-trumit, «ojo de la europea», porque las europeas para los magrebíes tienen la reputación de tener los ojos azules, como se sabe. En el Magreb, las ruinas suelen ser atribuidas “a los portugueses” y “a los romanos”. Qabar Rumía, “el sepulcro de la romana” designa a varios restos arqueológicos de Túnez y Argelia. Recordemos el episodio del cautivo de nuestro magnum opus (Quijote I.39), en el que se hace referencia a unas ruinas en las afueras de Argel con ese nombre. En el episodio del cautivo también se cuenta la historia de la desdichada hija del Conde don Julián de Ceuta, la Cava Rumía, cuyo ultraje acarrearía el finis Hispaniarum, el fin de las Españas debido a la invasión de los moradores del Reino del Ocaso del Sur, quienes cruzaron el estrecho y bailaron una danza macabra en las riberas del Río Guadalete o en la Laguna de la Janda con el culpable del estupro, el último rey godo, Rodrigo.

LUMI. Término chino durante la dinastía Qing (pronúnciese “Tchin”) o manchú para designar a Constantinopla: Lumi. No se trata de una broma. Es la pronunciación china de la palabra en turco otomano “Rumi”. Nada que ver con ese sanscritismo ibérico que es la palabra de la lengua caló para designar a las mujeres de vida para nada alegre.

Sí, no me cabe duda de que todos los caminos nos llevan a Roma. O nos traen de ella. Termina por hoy el latido inicial de mis Rumelias.

© Nicanor Gómez Villegas | Julio 2026 | Especial para MSur