Opinión

Intramuros

Alberto Arricruz
Alberto Arricruz
· 11 minutos

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Cualquier turista que descubre París se lleva un dolor de pies de tanto andar, y la impresión de una ciudad cargada de siglos de historia. Pero la urbe fue profundamente transformada por obras faraónicas emprendidas durante un corto y crucial periodo del siglo XIX.

En quince años, entre 1852 y 1868, se destruyen y reconstruyen nada menos que el 60% de los edificios. Se abren calles y avenidas (incluido los Champs-Élysées). Se construyen puentes y estaciones de ferrocarriles, se crean parques y se organizan para el ocio los bosques de Boulogne y de Vincennes. La cantidad de agujeros y calles levantadas es tal que la profusión de charcos barrosos favorece la difusión del paludismo. De ese periodo, el poeta Charles Baudelaire escribe en un poema dedicado a Victor Hugo: “El viejo París ha fallecido (la forma de una ciudad cambia más rápido ¡por desgracia! que el corazón de un ser mortal)”.

Un hombre queda asociado a esa descomunal reestructuración: el prefecto Haussmann. Sin alcalde desde 1794 hasta 1977 (con dos paréntesis de pocos meses en 1848 y en 1970), París ha sido regida por gobernadores civiles (prefectos) con poderes muy extensos en todos los ámbitos. De esos gobernadores todopoderosos, George-Eugène Haussmann ha sido el más decisivo. Pero no olvidemos a Eugène Poubelle: este generalizó el alcantarillado en 1894, autorizó la carrera médica a las mujeres en 1895 y adquirió fama eterna por haber generalizado el cubo de la basura, que en francés corriente pasó inmediatamente a llamarse… ¡la poubelle! (pronunciar “pubél”)

Las amplias transformaciones urbanas pretendían romper la densidad de la clase obrera y artesana

Haussmann fue prefecto de 1853 a 1870, nombrado por el emperador Napoleón III, con el mandato de transformar París en el centro mundial del capitalismo, compitiendo con Londres. Lo consiguió disparando la construcción como nunca y desatando la especulación inmobiliaria, facilitando la instalación de actividades capitalistas, dotando a la ciudad de infraestructuras modernas acordes a conceptos “higienistas” heredados de la Ilustración y siguiendo el ejemplo de Londres. Haussmann alcanzó las cuotas de poder más elevadas posibles, hasta participar en el consejo de ministros sin serlo.

Debía asentar la dominación de la burguesía frente al demasiado revolucionario pueblo parisino, que se había levantado en 1830 y en 1848, derrocando entonces a la monarquía. No es cierta la leyenda ‘progre’ de que se crearan las nuevas vías para que la policía llegara más rápido a los focos insurreccionales: las grandes avenidas permitían recorrer fácilmente París en coche o autobús —entonces de caballos, claro— por el centro, lo que antes era prácticamente imposible en el tupido entramado de callejas medievales. Por supuesto, con las reformas de Haussmann circularon más rápido y mejor los coches, los transportes públicos, los bomberos… y también las fuerzas represivas.

Las amplias transformaciones urbanas pretendían romper la densidad de la clase obrera y artesana, abriendo en sus barrios miles de viviendas caras que solo podían ocupar la grande y la pequeña burguesía. Tal encarecimiento impulsó la reducción de la población en los barrios centrales y frenó intencionalmente la instalación de inmigrantes (campesinos venidos de las partes más pobres de Francia, pero también de Europa), alejando las categorías populares hacia los barrios más al norte y al este. Los miles de edificios que se construyeron tuvieron que respetar unas normas muy precisas de talla, altura y ‘standing’, cubriendo pues el 60% de la ciudad y dándole esa unidad y estilo que ha pasado a llamarse “haussmannien”.

En 1859, Haussmann dio a París su fisionomía administrativa actual, agregando al municipio 12 pueblos contenidos dentro de las fortificaciones militares de 1844. Se crearon los veinte ‘arrondissements’ (distritos), dotándolos de alcaldías y tribunales.

La transformación de París se completaría con las huellas dejadas por varias exposiciones universales: nada menos que la torre Eiffel (1889) y el metro (1900). También tuvieron un notable impacto urbanístico las destrucciones ligadas al aplastamiento de la revolución comunista parisina de 1871, la Comuna, cuando durante una semana de mayo el ejercito francés —autorizado por el ejercito prusiano que cercaba la ciudad— entró en París reduciendo los barrios rebeldes a cañonazo limpio. Los insurgentes retrocedieron quemando edificios importantes, entre ellos la alcaldía central (Hôtel de Ville).

La autopista separa París intramuros de la periferia de manera más radical que la antigua muralla militar

La “semana sangrienta” se saldó con un mínimo de diez mil parisinos insurgentes ejecutados en pocos días por ametralladora (algunos historiadores elevan la cifra a treinta mil) y tirados en cunetas hoy desconocidas. Los católicos ultras, mayoritarios en el Parlamento, votaron dos años después la edificación de una basílica en el punto culminante de París, la “Butte Montmartre” —donde empezó la Comuna— para expiar los pecados del malvado pueblo francés ateo y revolucionario: el Sacré-Coeur, parodia en blanco de algún templo ortodoxo ruso.

Acabada en 1914, esa versión francesa del Valle de los Caídos ha presenciado la visita de miles de millones de turistas admirando el panorama y paseando por su minúsculo barrio típico, sin enterarse del pasado hasta tal punto que es hoy el símbolo romántico mundial del París de los enamorados.

Las fortificaciones fueron derruidas entre 1919 y 1939. Pero les sucedió otro tipo de muralla, no menos potente: el bulevar periférico, autopista urbana realizada entre 1956 y 1973. Ese anillo instala la frontera entre París intramuros y la ‘banlieue’ (extramuros), de manera quizás más radical que la antigua muralla militar.

Hasta 1950, cuando la región alcanzaba seis millones de habitantes, París intramuros contenía la mitad de la población. La inmensa mayoría de los habitantes de la región quedaba establecida dentro del departamento (provincia) de La Seine, que incluía el municipio de París y era gobernado por el mismo prefecto. Es decir: toda el área metropolitana estaba regida por un mismo gobierno.

Eso ha cambiado radicalmente. La región cuenta hoy 12 millones de habitantes, o sea el 18% de la población francesa. La capital es el epicentro de un extenso tejido urbano que acoge a 10 millones de habitantes repartidos en un centenar de municipios distintos. Pero ya no están incluidos con París en el mismo gobierno, dentro del departamento de La Seine: desde 1968, los tres departamentos que formaban la región han pasado a ser ocho (Seine-et-Marne, provincia rural que ocupa la mitad del territorio, no se ha tocado). Hay que añadir a tal entramado la creación posterior de la colectividad regional, que dispone de la competencia sobre el transporte público, y —de creación reciente—– un ente metropolitano. Todos esos entes se disputan influencia.

Con la reforma de 1968, el poder buscaba impedir que La Seine sea gobernada por los comunistas, conteniendo su influencia electoral en los departamentos del este y “salvando” la capital del comunismo. Lo vemos: desde la revolución de 1789, la organización administrativa y política de la urbe parisina siempre ha sido pensada para contener el temido ardor insurreccional popular.

Lo que ha acabado con el turbulento pueblo de París ha sido… la creación masiva de vivienda social

Lo que ha acabado con el turbulento pueblo de París ha sido… la creación masiva de vivienda social, durante el periodo de superladrillazo de posguerra, dirigido por el superprefecto y comisario de planificación Paul Delouvrier. París intramuros perdió un millón de habitantes entre 1960 y 1980: con la creación de grandes barriadas populares en la “banlieue”, las familias obreras han podido cambiar los pisos pequeños y sin aseos de París por pisos con cuartos separados, salón, cocina, cuarto de baño y servicios, agua caliente y gas, etc.

El reverso de la medalla de esa indudable mejora material ha sido la desaparición definitiva del típico y picaresco mundo obrero de París, y de la clase obrera como actor político potente y temido de la capital francesa.

Hoy en día, la región ha pasado a carecer dramáticamente de oferta de vivienda social. Desde unos años, París vuelve a perder población, a medida que van subiendo los alquileres y se encarece la vivienda hasta que incluso la clase media lo tenga difícil para comprar intramuros. El “método” de Haussmann vuelve a funcionar: las clases populares y medias se alejan cada vez más del intramuros, la centrifugación se acelera.

La desindustrialización, a partir de los años setenta, ha sido espectacular. Han desaparecido casi todas las grandes plantas industriales de la región, abriendo paso al paro de masas, y París intramuros ha perdido prácticamente todas sus actividades económicas que no sean comercio, turismo, administraciones y oficinas.

Hoy, intramuros ofrece uno de cada tres empleos de la región, pero tiene menos del 17% de su población, agrupada en un 1% del territorio regional.

Ven al pueblo como un ente exterior inquietante, que “fuma Ducados y conduce coches diésel”

Así, el movimiento pendular, iniciado en los años sesenta, de millones de personas yendo a trabajar a París y volviendo a sus casas de la ‘banlieue’ al acabar la jornada abarca cada vez más gente, viniendo de cada vez más lejos. Los transportes públicos no mantienen este ritmo, la falta de inversión los ha dejado en una situación de casi colapso, con una gran paradoja: la parte más completa y densa de la oferta de transporte publico está en París intramuros, cuando la gran mayoría de la población vive fuera.

Ese es el tablero de la elección municipal de marzo próximo: en la región parisina se van a elegir centenares de alcaldes, pero la alcaldía de París es la que tiene verdaderamente el bastón de mando.

Solo uno de cada seis habitantes de la región parisina elegirá ese superalcalde. Mayoritariamente, esos votantes son o bien de burguesía acomodada “clásica”, o bien de esa nueva pequeña burguesía que se piensa progre y guay, antirracista ecologista salvaplaneta: los “bourgeois-bohèmes”, los “bobó”. Quieren vivir mejor, con menos coches, menos contaminación, más ocio y buen rollo, quieren contribuir a salvar el planeta desde intramuros. Ven al pueblo como un ente exterior inquietante, que —tal como lo describe el candidato de Macron— “fuma Ducados (Gauloises) y conduce coches diésel”.

Año tras año, la alcaldía pretende reducir el impacto del tráfico intramuros con la intención de disuadir la entrada en coche en París. Pero no hay remedio, el tráfico crece año tras año, progresivamente bloqueado por las medidas implementadas en el centro. Año tras año, por decisión del Estado y con una notable aceleración con Macron, los institutos y las universidades de intramuros se van cerrando a los alumnos y estudiantes de la ‘banlieue’, negando su vocación de centro educativo y cultural. Las escuelas de intramuros van perdiendo alumnos conforme los barrios pierden población.

En París, las clases populares, compuestas en gran parte por inmigrantes, votan poco y no pintan gran cosa como actor político. Los barrios populares sí se merecen una atención especial de la municipalidad actual, de coalición socialistas/verdes/comunistas. La alcaldía ha creado un logotipo de “barrios populares de París”, publica alguna revista para presentar a las clases populares —oficialmente 367.000 habitantes (el 12% de los parisinos)— todo lo que hace para ellas en términos de vivienda, animación local y cultural, deportes, financiación de proyectos asociativos (típico clientelismo revestido de democracia directa) etc. Los tenientes de alcalde encargados de tal política tienen poderes en “cuestiones relacionadas con la seguridad, la prevención, los barrios populares y la integración”. Creo que la nueva izquierda pijo-progre no puede expresar más claramente cómo percibe al pueblo.

En París, el partido verde ha ganado las elecciones europeas mientras la extrema derecha de Le Pen tuvo un resultado muy débil; en contraste, la lista de Le Pen ha ganado ampliamente en la ‘banlieue’. La separación cultural y política entre la población de París intramuros y la de la ‘banlieue’ es nítida.

La mayoría visible del electorado parisino, burguesía grande o pequeña, la que vota a la derecha de toda la vida y la que se siente progre y vota verde, comparte una misma preocupación: seguir separados de las clases populares, a gusto dentro de la fortaleza. Intramuros.

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© Alberto Arricruz | Enero 2020 · Especial para M’Sur

[Segunda entrega de una serie dedicada a las elecciones municipales de Francia en marzo de 2020]

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