Opinión

Nosotros, los traidores

Uri Avnery
Uri Avnery
· 10 minutos

Tel Aviv | Oct 2011

Hay situaciones en las que a un verdadero patriota no le queda más opción que ser un traidor”, escribió el ilustre periodista alemán Rudolf Augstein, ya fallecido, en una reseña de uno de mis libros a finales de los ochenta.

Mi libro Mi amigo, el enemigo describe, entre otras cosas, mi reunión con Yasser Arafat. Fue el primer encuentro entre un israelí y el líder de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP). Se llevó a cabo en el fragor de la batalla por Beirut en 1982, y para que se diera tuve que cruzar las líneas enemigas.

En los 14 años previos a esa reunión inicial mantuve un contacto habitual con la directiva de la OLP, aunque en aquellos tiempos la consideraban una organización terrorista y se asociaba al architerrorista Arafat. Informé de dichos contactos a Yitzhak Rabin durante su mandato como primer ministro (1974-77). Está de más decir que solo pasaron 11 años para que Israel firmara un tratado con la OLP. Nuestro primer ministro aceptó a Arafat, y esos ministros que querían llevarme a juicio por traidor acudían a él en peregrinaje.

Cuando Augstein escribió su comentario, estaba pensando, sobre todo, en el caso de traición más famoso de la Alemania nazi: el complot de 1944, un intento de asesinato de Adolf Hitler liderado por el coronel Claus von Stauffenberg.

Según la visión política derechista, la izquierda debilita la determinación del país y ayuda al enemigo

Von Stauffenberg, un héroe de guerra que había perdido un ojo y varios dedos en la Segunda Guerra Mundial, tenía muchas dudas antes de decidirse a dar el golpe. Como verdadero patriota, llegó a la conclusión de que solamente el asesinato de Hitler podía salvar a Alemania del inminente desastre de la derrota, y la muerte innecesaria de cientos de miles de personas en una guerra perdida. Pero el coronel había jurado lealtad al Führer, y como católico devoto consideraba que romper un juramento era un asunto muy serio. Una rebelión en tiempos de guerra, por supuesto, era traición.

La gran mayoría de los alemanes estarían hoy de acuerdo en que tal acto de traición sería moral y justo. Por tanto, la calle donde el cuartel general alemán estaba ubicado y en cuyo patio Stauffenberg fue ejecutado, lleva hoy su nombre. Aquí, pues, traición y patriotismo conviven.

Claus von Stauffenberg no era una persona de izquierdas. Todo lo contrario: era un hombre de la derecha católica, muy conservador; un descendiente de muchas generaciones de una familia de nobles. Pero son los izquierdistas los que más a menudo afrontan acusaciones de traición. Esa acusación debe de ser la maldición que los derechistas —a nivel mundial, pero particularmente en Israel— lanzan con mayor frecuencia a las personas de izquierda: que traicionan a su pueblo y a su patria.

Para ganar el apoyo de las masas, la derecha busca una tensión constante con aventuras bélicas

De acuerdo con una visión política derechista, la izquierda debilita la fuerte determinación del país y ayuda al enemigo que está planeando destruirnos. La izquierda casi siempre se opone a aumentar el presupuesto de defensa, prefiriendo gastar ese dinero en servicios sociales como la educación, la salud y en prestaciones sociales. Prioriza al individuo por encima de la nación y del Estado. Busca la paz y, al final, está dispuesto a hacer concesiones al enemigo. En el conflicto Israel-Palestina, la izquierda está dispuesta a ceder partes de la tierra que el Todopoderoso le prometió al pueblo judío. En resumen, son unos despreciables y viles traidores.

Los izquierdistas en Israel y alrededor del mundo contraargumentan que ellos son los verdaderos patriotas, ya que son ellos los que buscan una sociedad próspera, verdadera base de la seguridad nacional. Al fin y al cabo, solo los ciudadanos que se sienten parte de su patria y de su Estado lo apoyarán de todo corazón.

Además, ningún Estado puede llevar a cabo guerras interminables. El Estado y el individuo necesitan paz, y solo en paz puede un Estado desarrollar todos sus recursos materiales y espirituales. De acuerdo a la izquierda, aquellos situados en la derecha política fomentan sentimientos de odio, miedo y prejuicio hacia los forasteros, tanto los de otras tierras como los de las minorías dentro del propio país.

Con el fin de ganar el apoyo de las masas, la derecha busca una tensión constante en la seguridad y en aventuras bélicas, una atmósfera que justifique su visión distorsionada del mundo. Esa es la explicación de que la derecha es una amenaza para el Estado y sus ciudadanos, y finalmente provocará un desastre nacional, que en nuestro caso sería la destrucción del Tercer Templo de Jerusalén, que es la mancomunidad judía renovada. En resumen, son unos despreciables y viles racistas.

Nuestra propia historia incluye casos de traición que superaron vastamente a la del alemán Stauffenberg.

Hace muchos años almorcé con alguien que era una figura clave de la economía de Israel. Durante la conversación le insinué que Simón Bar Kojba, quien fracasó en el alzamiento judío contra Roma entre los años 132 y 135 d.C., era un loco aventurero, que los zelotes de la Gran Revuelta que le habían precedido eran criminales, al igual que los macabeos, que antes que ellos también habían librado una sangrienta guerra civil.

La rebelión de los zelotes contra Roma fue un acto de locura; hoy se los consideraría de extrema derecha

El banquero me clavó la mirada con un asombro infinito en sus ojos azul claro. Nunca había escuchado tan extrañas conclusiones. En ese momento, decidí escribir una serie de artículos sobre la materia. Se publicaron por entregas en la revista Haolam Hazeh, aunque no causaron ningún revuelo.

Sin embargo, algún tiempo después, un antiguo jefe de la inteligencia militar israelí y por aquel momento historiador en la Universidad Hebrea de Jerusalén, llamado Yehoshafat Harkabi, escribió un libro siguiendo esta misma línea, y todo estalló.

La rebelión de los zelotes contra Roma fue un acto de locura, escribió. En términos actuales, se los consideraría de extrema derecha. Personas sensatas como el rey Herodes Agripa II advirtieron acerca de la futilidad de dicha aventura en contra del enorme poderío militar de la superpotencia romana. Pero los zelotes silenciaron esas voces, asesinaron a cualquiera que hablara en contra de la revuelta y tomaron el control de la comunidad judía. Cuando los romanos asediaron Jerusalén, en el año 70 d.C., grupos zelotes quemaron todos los almacenes de grano, convencidos de que no eran necesarios porque el Todopoderoso salvaría su ciudad santa.

Uno de los sensatos que permaneció en la enloquecida ciudad fue el rabí Yochanan ben Zakkai; él predijo correctamente lo que pasaría. Fingió su muerte, consiguió salir de la ciudad metiéndose en un ataúd, se reunió con el comandante romano y pidió permiso para establecerse en Yavneh y allí abrió un centro espiritual.

En el Irgun organizamos un juicio simulado para Ben Zakkai y fue declarado culpable de traición

Fue una completa traición: abandonar el frente, mostrar cobardía, mantener el contacto con el enemigo, colaborar con él. Cuando yo era un adolescente, era miembro del Irgún, organización paramilitar sionista anterior al Estado de Israel, y organizamos un juicio simulado para Ben Zakkai. Fue declarado culpable de traición y sentenciado a muerte. Los zelotes eran nuestros héroes.

Pero el sentido común del pueblo judío alabó la traición de Ben Zakkai. Se considera que sus acciones permitieron la supervivencia del judaísmo durante los 2000 años de diáspora. En otras palabras, su traición salvó al pueblo. Su acto fue digno de un patriota. La comunidad judía pudo permanecer en su tierra y prosperar hasta la llegada del siguiente lunático, Simón bar Kojba, otro miembro, en términos actuales, de la extrema derecha.

El veredicto respecto a los macabeos es más optimista. Han quedado grabados de forma positiva en la conciencia popular de los judíos, mientras que las actividades de los zelotes se recuerdan en el Tisha b’Av, día de ayuno y luto en el calendario judío. Además, las hazañas de los macabeos se celebran durante la festividad de Janucá y el movimiento sionista los ha alabado como heroicos guerreros que liberaron a los judíos de los opresores gobernantes extranjeros.

El bando “nacional-religioso” de los macabeos equivale a la “juventud de las colinas” de hoy

Al contrario que los zelotes y Bar Kojba, los macabeos tenían una visión realista de la situación política en su momento. Hicieron alianzas y gestionaron la rebelión sabiamente. Pero la guerra de los macabeos, en el siglo II a.C., fue principalmente una guerra civil. Decimos que los macabeos llevaron a cabo una lucha sangrienta contra los helenistas pero, ¿quiénes eran los helenistas? Eran las personas que adoptaron la cultura más avanzada y tolerante de su época, pudiendo compararse a lo que es hoy día la cultura occidental o la norteamericana.

El bando “nacional-religioso” de aquellos días, equivalente a la “juventud de las colinas” de hoy, consideraba a los helenistas como traidores, de la misma forma en la que se estigmatiza a la gente de izquierda hoy día. (Sin embargo, esto no impidió a los reyes asmoneos, sucesores de los macabeos, de adoptar la cultura griega, como muestran algunos de sus nombres).

Muchos siglos después, el testigo del mesianismo loco pasó a Shabtai Tzvi.

Sus enseñanzas cautivaron con gran rapidez a las comunidades judías alrededor del mundo. Sólo un pequeño número de judíos se atrevieron a oponerse a esta locura, y ellos fueron los “traidores” durante esos días. Cuando la burbuja estalló, y el supuesto mesías se convirtió al islam, quedó claro que sus oponentes tenían razón. Pero esto no hizo que los masas los aceptaran. Por el contrario, como nos cuenta Gershom Scholem, después de la desgracia de Shabtai Tzvi, el odio a sus oponentes se incrementó aún más.

Y ni siquiera hemos mencionado al architraidor, el profeta Jeremías, que abogaba por la rendición. Era un verdadero derrotista, y por ello, los gobernantes derechistas del Reino de Judá del siglo VII-VI a.C. lo arrojaron a una poza de lodo. Aún así, sus palabras se incorporaron a la Biblia, mientras que las de sus adversarios han caído en el olvido.

Uno puede sacar ejemplos incontables de las historias de otros pueblos. En tiempos de crisis, a los verdaderos patriotas, aquellos que abogan por la paz y el compromiso (en resumen, los “izquierdistas”) se les considera traidores, mientras que a los nacionalistas de todo tipo, belicistas, incitadores al odio, se les percibe como patriotas.

De ellos, el literato británico Samuel Johnson dijo que “el patriotismo es el último refugio de un canalla”.

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© Uri Avnery | Publicado en Haaretz · 7 Oct 2011 y en Gush Shalom.

Traducción del inglés: Juan Plasencia García