Opinión

Sacrificio de torre en el Cáucaso

Ilya U. Topper
Ilya U. Topper
· 13 minutos
Opinion

Estambul | Septiembre 2023

Karabaj Tanque
Tanque armenio incendiado en la guerra de Karabaj; carretera a Füzuli (frontera de Alto Karabaj) 10 Diciembre 2020

«La frontera oriental de Europa atraviesa el Imperio ruso, los montes Ural, el Mar Caspio y finalmente, Transcaucasia. Algunos científicos creen que la parte sur del Cáucaso pertenece a Asia, mientras que otros, observando su evolución cultural, creen que este país debería considerarse Europa». Estamos en 1912 y un profesor ruso de Geografía explica a los alumnos de Bakú, Azerbaiyán, su lugar en el mundo.

«Por lo tanto, niños, dependerá de vosotros si nuestra ciudad será parte de la progresista Europa o la atrasada Asia», dice el profesor. El niño Alí, azerí musulmán, se levanta: «Yo prefiero que nos quedemos en Asia». Pero cambia de idea cuando queda con su novieta, que es georgiana, cristiana y tiene muchas ganas de ser europea. Así arranca la novela Alí y Nino, publicada en 1937, una historia de amor en lo más movido del ajedrez geopolítico del Cáucaso: entre rusos, turcos, persas, británicos y finalmente soviéticos. Y desde entonces, muy poco ha cambiado.

Tan poco ha cambiado en la partida que Nikol Pashinián, primer ministro de Armenia, no tuvo más opción esta semana que sacrificar una torre: Nagorno Karabaj. Este enclave montañoso de población armenia, concebido en tiempos soviéticos como territorio autónomo dentro de la República de Azerbaiyán, declarada desde 1992 independiente como República de Artsaj, pero en la práctica simplemente parte de Armenia, país que libró varias guerras sangrientas con Azerbaiyán para conservarlo. La primera, ganada, en 1993. La última, perdida, en 2020. Entonces, Ereván salvó los muebles con ayuda de Rusia, que envió una fuerza de paz y prometió garantizar que, si bien se devolvieran a Azerbaiyán todos los territorios colindantes ocupados desde 1994, al menos el núcleo central seguiría bajo control de las milicias armenias. Pero tres años después, Pashinián ha decidido entregar esa torre, y esta semana, su homólogo y contrincante azerbaiyano, Ilham Aliyev, se ha comido la pieza.

Sacrificar Karabaj,, espera Pashinián, permite hacer tablas y convertir a Armenia en una sólida parte de Europa

El miércoles, cuando Bakú lanzó una «operación antiterrorista» que en 24 horas desembocó en lo que parece una rendición incondicional de estas milicias —quedan por ver los términos que se negocian—, Rusia no movió un dedo. Pero Pashinián tampoco. Hizo como quien oye llover. Es más, se quejó de que en el acuerdo de alto el fuego entre las milicias de Karabaj y Bakú se exigiera la retirada de las tropas armenias, cuando ni están (desde el verano pasado), ni se les espera. Subrayó que el texto del acuerdo «no tiene nada que ver con la República de Armenia». Esto, para muchos armenos que consideran la supervivencia de Artsaj causa suprema de la nación, es alta traición.

También es una señal de realismo. Pashinián iba preparando la jugada desde hace tiempo, porque esa torre ya no era defendible. Sacrificarla, espera Pashinián, permite hacer tablas y Armenia acabará convertida en una sólida parte de Europa.

Porque los armenios siempre lo han tenido muy claro, y no solo por su condición de cristianos. También por estar rodeados —Azerbaiyán al este, Turquía al oeste— de un pueblo que gusta de verse a sí mismo como heredero de jinetes que emergieron de Asia Central. No es especialmente histórico, pero cuando el presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, conmemora cada año la batalla de Manzikert del año 1071, en la que las fuerzas selyúcidas vencieron a las tropas bizantinas, lanza un mensaje: venimos de Asia, somos Asia. Europa son los otros.

Mientras Rusia también fuera Europa, como creía aquel profesor de Bakú de 1912, Armenia se sentía protegida a la sombra de Moscú. Pero desde la invasión rusa de Ucrania en febrero del año pasado, Moscú se ha convertido, por obra y gracia de Vladímir Putin, en el centro de un nuevo proyecto geopolítico que desprecia públicamente los conceptos sobre los que los países europeos han basado en el último siglo su evolución política. Me corrijo: los conceptos sobre los que han pretendido basarse de cara a la galería, pero es la galería la que tiene la palabra en las elecciones, y los conceptos importan. No es lo mismo escapar impune de un crimen que legalizar el crimen.

Adherirse al Tribunal Penal Internacional fue el movimiento definitivo para perder Karabaj y salvar Armenia

La retirada de Rusia del Tribunal Penal Internacional en 2016 fue solo uno de los muchos detalles que subrayaban el alejamiento de Moscú del conjunto político europeo. El gesto de Pashinyán, el 1 de septiembre pasado, de enviar al Parlamento el acuerdo de adhesión a ese mismo Tribunal para su ratificación, fue mucho más: el movimiento definitivo para perder Karabaj y salvar Armenia.

Porque si se rubrica esa adhesión, Putin ya no puede pisar Armenia sin que la policía venga a detenerlo, en virtud de una orden de arresto emitido en marzo pasado por el Tribunal. Para no quedarse corto con la afrenta, Ereván envío días más tarde ayuda humanitaria a Ucrania, aprovechando un viaje de la primera dama, Anna Hakobian, a Kiev, y anunció que iba a celebrar maniobras militares con tropas estadounidenses en su territorio del 11 al 20 del mes. La primera reacción de Moscú era convocar al embajador armenio para pedirle «clarificaciones sobre estos pasos no amigables». Podemos imaginar que la segunda fuera una llamada de teléfono a Ilham Aliyev para indicarle que hiciera de la capa de Karabaj un sayo. Las tropas rusas no iban a mover un dedo.

De todas formas, esas tropas no habían movido un dedo cuando Bakú, desde diciembre pasado con maniobras y desde abril a cara descubierta, bloqueó el pasillo de Lachín, la única carretera que comunica Karabaj con Armenia, aunque su misión era precisamente evitarlo, porque sin esta arteria, lo que queda de la República de Artsaj se va asfixiando sin remedio. Es lo que ha ocurrido, y es por eso que se rindió en cuestión de horas esta semana ante la operación de Bakú. Era insalvable.

Pashinián lo tuvo muy claro y ya lo dijo en abril sin tapujos: la paz es posible, declaró, si Armenia afirma que sus fronteras son las internacionalmente reconocidas, las de la antigua república soviética armenia, y que no reclama ni reclamará territorios de ningún otro país. Quizás fuera también una advertencia a las corrientes ultra que todavía sueñan con exigirle a Turquía las regiones orientales que antes del genocidio de 1915 tenían mayoría de población armenia, pero sobre todo fue un programa: abandonaremos Karabaj.

Armenia lleva décadas años defendiendo Karabaj… o los karabajos llevan décadas arrastrando como rehén a Armenia

Lleva insinuándolo desde la derrota. En 2021, debilitado por un duro enfrentamiento con la plana mayor de las Fuerzas Armadas, dimitió, convocó elecciones anticipadas y las ganó. Perdieron Serzh Sargsián y Robert Kocharián, dos héroes de la causa de Karabaj, ambos nacidos en Stepanakert, que se habían alternado en los máximos cargos de Armenia desde los años noventa. Fue a ellos a quienes se refería Pashinián ya en 2008 cuando gritó en un mitin que había que «liberar el país de esa gentuza karabaja». Quizás pensara que no es que Armenia lleva décadas años defendiendo Karabaj, sino que los karabajos llevan décadas arrastrando como rehén a Armenia. Todo depende del punto de vista.

Todo, salvo una victoria militar. La guerra de Karabaj está perdida. Moscú no ha tenido interés en que la gane Ereván. Pero Pashinián no ha plegado velas: ha hecho una virada por avante y ha tomado rumbo a Europa. Solo puede hacerlo dejando atrás Karabaj, porque ni la Unión Europea ni la OTAN pueden implicarse en profundidad en un país que mantiene una guerra con su vecino por un territorio que todo el mundo reconoce legalmente como parte de Azerbaiyán. Por mucho que alguno pueda opinar personalmente que históricamente no debería serlo. Sacrificada esa torre, Bruselas y Washington estarán encantados de comerle esta pieza en el ajedrez geopolítico a Putin.

Esto tiene un precio para Armenia. El 45 por ciento de las exportaciones del país van a Rusia. A Putin no le temblará la mano a la hora de decretar vetos y aranceles, como ya hizo en 2015 con Turquía para forzarle, con éxito, la mano a Erdogan. Pero ahí tocará la siguiente jugada: una apertura del flanco de Turquía. Erdogan ha dejado muy claro que estará encantado de normalizar las relaciones con Armenia en cuanto Ereván haga las paces con Bakú. Y a largo plazo, Turquía es también Europa, lo ha sido siempre. Es una pieza inextricable del conjunto político, económico y cultural mediterráneo y europeo desde la época griega y la romana, pasanda por la bizantina y la otomana hasta la República moderna. Pese a toda la retórica de Erdogan sobre batallas selyúcidas y aspiraciones a la jefatura del islamismo internacional, la realidad es muy sencilla: en la última década, el 40 por ciento de las exportaciones turcas se destinan a la Unión Europea, una cifra constante que no está sujeta a los discursos grandilocuentes. Esto no va a cambiar. Pescar votos en la ultraderecha local con la promesa de hacer la patria great again es tendencia global en el último lustro, desde Brasil a Washington, pero la geografía es tozuda y no depende de salvapatrias.

Una vez enterrado el hacha de guerra en los montes de Karabaj, Turquía será la puerta de Armenia a Europa

Una vez enterrado el hacha de guerra en los montes de Karabaj, Turquía será la puerta de Armenia a Europa. Porque a Turquía le conviene. Su valor añadido en el portfolio europeo es ser precisamente la pieza que conecta Europa con las fuentes de materias primas y los mercados de Asia central, y eliminada Rusia de los cálculos de negocios, su valor se va multiplicando. Con Erdogan aficionado a pasarse de la raya en los órdagos del juego, sobre todo en época electoral —y para él, todo el año es época electoral—, no es un activo fácil de manejar, pero imprescindible de todas formas. Sus discursos algún día dormirán en las hemerotecas, los gasoductos permanecen.

Armenia no es imprescindible: la tubería que lleva el gas del Caspio a Europa circumnavega el pequeño país pasando por Georgia. Pero un Cáucaso Sur sin guerra no solo abaratará los negocios transfronterizos —al este del Caspio vienen repúblicas con enorme potencial, y luego China— aumentando el margen de ganancias, sino que también baja varios enteros el peso de Moscú en la región. La decisión de Putin en 2020 de frenar la ofensiva de Azerbaiyán le permitía poner una fuerza de paz rusa en Lachín, a modo de palanca, en detrimento de la influencia turca. Ahora, Ankara regresará: Armenia ya no tiene nada que perder y todo por ganar con una apertura turca.

¿Por qué Putin no jugó su carta en Karabaj y simplemente dejó caducar su último comodín? Es inverosímil que no tuviera la fuerza de imponerse en la escaramuza entre dos países que juntos tienen la misma población que Moscú. No quiso. Y no por simpatía hacia Azerbaiyán, sino porque en este ajedrez a cuatro bandas, probablemente calcula que una vez sacrificada la torre, él se puede comer la reina.

Putin probablemente calcula que una vez sacrificada la torre, él se puede comer la reina

El mismo día que se rendían las milicias de Karabaj estallaron revueltas en Ereván. Una muchedumbre se enfrentaba a la policía exigiendo la dimisión de Pashinián por traidor, por haber vendido parte de la patria al enemigo. Eso era de prever, ya ocurrió en 2020. La cuestión es hasta dónde llegará este movimiento ahora. Si Pashinián, legitimado por su victoria electoral —con el 54 por ciento— en 2021, capea el temporal y se mantiene en el poder, Turquía y el resto de Europa le han ganado una pequeña partida a Putin. Si el país se vuelve ingobernable y Pashinián tiene que dimitir, el poder volverá a manos del clan de Karabaj: a Kocharián y Sargsián. Ellos no tendrán más opción que volver al refugio de Moscú. Y Armenia vuelve a la órbita rusa. Ya sin Karabaj, porque es irreconquistable, pero con un discurso irredento que complicará la relación con Turquía.

Hay un quinto jugador en la mesa: la diáspora armenia en Estados Unidos, Francia y Rusia. No solo es lo suficientemente influyente como para tener cada 24 de abril al mundo entero pendiente del momento en el que el presidente de Estados Unidos pronunciará o no pronunciará la palabra «genocidio armenio». También es un sostén económico: las remesas del extranjero componen el 14 por ciento del PIB armenio, aunque gran parte de ello viene de los trabajadores armenios en Rusia, menos interesados en política que los estadounidenses, que sí tienen bastante clara su postura: El turco es el enemigo y hacer la paz con Azerbaiyán es alta traición. Algo muy cómodo de decir desde una oficina bajo las palmeras de California.

La influencia efectiva de la diáspora puede ser menor de lo que sugiere su discurso. Durante los 44 días de guerra en 2020, los armenios estadounidenses enviaron solo 180 millones de dólares a las milicias de Karabaj, lamenta un semanario de la comunidad, una gota en el desierto. Con esto no se salva una nación de la derrota.

Los próximos días y semanas mostrarán qué nación armenia saldrá victoriosa y cuál derrotada: la geográfica del Cáucaso o la de quienes, como es tendencia, quieren hacer la patria great again. Es de nuevo una lucha por ser Europa o ser Asia, solo que esta vez, Europa no está por donde Rusia. Esta vez, Europa empieza en Turquía.

© Ilya U. Topper | Primero publicado en El Confidencial · 22 Sep 2023