Las últimas sinagogas

 
Judíos de Casablanca celebran la fiesta de janucá (2008) |   ©  Ilya U. Topper

Judíos de Casablanca celebran la fiesta de janucá (2008) | © Ilya U. Topper

Casablanca | Abril 2014

“No tenemos miedo”. Serge Berdugo es tajante. Este ex ministro de 64 años y apellido español ocupa el cargo de secretario general de las comunidades israelitas de Marruecos. Representa a unos 3.500 – quizás 4.000 – ciudadanos marroquíes de religión judía. Es decir, poco más del 0,01 por ciento de la población total del país. Y sólo algo más de la centésima parte de la antigua comunidad hebrea residente en Marruecos hace apenas medio siglo: unas 280.000 personas.

El éxodo fue masivo y aun no ha terminado: los jóvenes siguen emigrando. ¿Quedará alguien de aquí a diez años?

Armand Ifrah, 57 años, empresario de Casablanca, cree que no. “Cada año se van entre 40 y 50 familias, dentro de poco no quedará nadie. C’est fini. Se acabó”. Armand Ifrah, oriundo de Marrakech, partió con su familia a Israel en 1956. Vivió tres años de ejército, cuatro guerras y dos décadas de funcionario en Jerusalén antes de regresar a su tierra natal. Ahora se dedica a la cría de reptiles en el Alto Atlas.

Sus siete hijos están repartidos por Tel Aviv, Amsterdam, Oslo… Sólo el más joven continúa en casa. Tiene 15 años. Cuando cumpla los 18 irá a estudiar fuera. Y probablemente no volverá a Marruecos. Ningún adolescente judío marroquí sueña con un futuro en su propio país.

Quince sinagogas en Casablanca abren sus puertas todos los días

Pero Serge Berdugo no se considera el capitán de un barco destinado a hundirse. “El corazón no conoce estadísticas” afirma, antes de señalar los motivos que empujan a los jóvenes a partir hacia Francia, Canadá o Israel. “Todos los marroquíes emigran. No es una cuestión de religiones sino de la economía nacional. Si pudiéramos ofrecer a los jóvenes judíos unos empleos bien remunerados, se quedarían. De hecho, en vacaciones regresan siempre, se sienten vinculados a esta tierra y jamás la olvidan”.

Berdugo habla con conocimiento de causa: también es presidente de la Agrupación Mundial de Judíos de Marruecos, un organismo que conecta un soprendente número de comunidades en cuatro continentes. Y el balance que hace de su gestión no es precisamente el de un sálvese quien pueda. “Hemos establecido una comunidad que vive su día a día normal, libre, sin absolutamente ninguna diferencia respecto a los musulmanes. Quince sinagogas en Casablanca abren sus puertas todos los días. Hay oficiales judíos en el ejército, altos funcionarios, diputados, ministros…”

Apellidos hebreos en la fama

De hecho, basta con citar dos nombres, el de André Azoulay, consejero económico del rey, y el de Abraham Serfaty, durante 17 años el preso político más carismático del país, para reconocer que minoría y marginación no son sinónimos. El propio Berdugo fue ministro de Turismo durante tres años. No se cansa de repetir que desde la independencia de Marruecos en 1956, los judíos son ciudadanos con todas las de la ley. O con algo más: en cuestiones civiles, los rabinos aplican las normas de la Tora en lugar de la legislación marroquí inspirada en el islam.

  “En mi país no hay judíos —declaró Mohamed V a los nazis— , sólo hay marroquíes”

La igualdad jurídica de judíos y los musulmanes es total desde que Mohammed V abolió la tradición secular que consideraba a los hebreos como ciudadanos de segunda, casi “propiedad” del sultán. Pero este gesto no fue el único que ha colocado el retrato de este rey en muchas oficinas judías y una estatua suya incluso en una plaza en Israel. Ya en los años cuarenta, cuando Marruecos era protectorado francés y Francia, a través del gobierno de Vichy, un país subordinado a la Alemania nazi, Mohammed V se enfrentó a la comisión alemana que pretendió identificar y deportar a los israelitas marroquíes. “En mi país no hay judíos —declaró— , sólo hay marroquíes”.

Desde la ventana del despacho de Berdugo se distinguen, trece pisos más abajo, las murallas de la ciudad vieja, el tráfico endemoniado, modernos hoteles. Al fondo, una réplica local de las torres gemelas, y la gran mezquita edificada sobre el agua. En las calles alternan las cervecerías y los cibercafés con los minaretes y los zocos tradicionales. Casablanca, la metrópoli de África del Norte, alberga a cuatro millones de habitantes. Tres mil de ellos son judíos. Y la mayoría vive en las calles adyacentes a la plaza Verdun.

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Acerca del autor

Ilya U. Topper

@ilyatopper

Periodista (Almería, 1972). Vive en Estambul, donde trabaja para la Agencia Efe.
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