«En la literatura sarda no hay humor sino ironía amarga»

Giorgio Todde

 
Giorgio Todde  | ©  Daniela Zedda

Giorgio Todde | © Daniela Zedda

La saga narrativa de Efisio Marini, el médico embalsamador que vivió realmente a finales del siglo XIX y ha terminado convirtiéndose en un héroe de la literatura policíaca, puede llegar a su fin con El extremo de las cosas, la última novela de Giorgio Todde, que acaba de ver la luz en Siruela.

Tras la excelente acogida de obras como El estado de las almas —premio Giuseppe Berto y premio Rhegium Julii—, Miedo y carne, La mirada letal o Y qué amor no cambia, Todde (Cagliari, 1951) médico oculista que ha alcanzado reconocimiento internacional a través de las letras, enfrenta a su protagonista a un enemigo tan ambicioso como desquiciado. La belleza de las palabras y la crudeza de lo narrado vuelven a imbricarse en una obra de hondo calado existencial.

¿Cómo cambia en el tiempo la relación entre un escritor y su personaje?
Cambia con el envejecimiento del escritor, y cuando el personaje adquiere todas las características generales de la vejez. Pero depende mucho de cómo envejezca el autor. Una vejez amarga vuelve también amarga la vida del personaje que se tuerce, se vuelve más pensativo, pesimista y miserablemente concentrado en sí mismo. Por lo tanto, antes de que el personaje se parezca al viejo hipocondríaco que le da forma, es necesario que se aleje del mundo fantástico del autor. Distinto es envejecer sin hacerse mala sangre. Entonces, tal vez, el personaje puede seguir viviendo.

¿Y en qué momento llega el autor a querer prescindir de su criatura? ¿Cuándo se dice basta?
Cuando no le quiere hacer más daño mutilándolo y cuando está convencido de que esa figura imaginaria, “construida” no exactamente a su semejanza, pero que sí es como una proyección de sí mismo, se le disolvería entre los dedos si continuase escribiendo sobre ella. Se esfumaría porque, cumplida su función, acabaría por convertirse en un aburrido retrato de su creador. Y ya no sería narración, sino autobiografía. Es en ese momento cuando se dice “basta”. En cualquier caso, de un personaje no se prescinde nunca del todo. Sería como prescindir de uno mismo.

En Sicilia hay todo un ‘culto a la muerte’ ¿y en Cerdeña? ¿Conviven los sardos de una forma particular con el fenómeno de la muerte?
Cada comunidad, ya se sabe, elabora su propia idea de la muerte. Y creo que en una isla el fenómeno se acentúa. Para detenerse en la literatura sarda, es fácil reconocer que está constantemente atravesada por un filo negro que es el de la muerte, de la idea del fin, de un término. Y quien ha creado una teoría perfecta de nuestra muerte como isleños ha sido Salvatore Satta: cada línea de El día del juicio está impregnada de la idea de la muerte y de la necesidad de olvido, de un retorno a la nada, de una desesperación sin consuelo, cruda y descarnada. También por eso en nuestra escritura no existe el humor. Existe la ironía y es siempre amarga, un instrumento para hablar de la muerte.

¿Qué papel juega la religión?
Sin una religión que nos consuele, es necesaria una filosofía para una buena muerte. Pero quién sabe si existe una buena muerte para quienes, desesperadamente, no creen. De modo que tal vez sea en la “tardía” cristianización del interior de la isla donde se debe buscar esa idea sarda de la muerte, en un fondo precristiano todavía presente en nuestras comunidades.

Y en general, ¿cree que la sociedad actual afronta la muerte, o mira para otro lado?
La muerte higienizada es la muerte moderna. Y esto en los últimos años ha inducido a una serie de cambios sociales profundos y a su vez ha provocado otros. La casa, que era el lugar donde se nacía, se vivía y se moría, se ha convertido en el lugar donde se vive y punto, donde se duerme y se come y donde está desterrada la idea de la muerte y del dolor, que son confinados en lugares designados para ello. La muerte ensucia, conlleva fatiga y sufrimiento también para los vivos. Y la hemos enviado a los hospitales, quitando al moribundo la proximidad de sus semejantes más queridos. Cada familia debería, para merecer ese nombre, ser capaz de asistir a un moribundo. Pero no es así. Y las familias verdaderas son frágiles, se hunden con facilidad, y son un simulacro de familia porque les falta la experiencia esencial de la muerte en casa.Un ritual complejo que no detenía la casa pero cambiaba un poco su ritmo y sus hábitos.

¿Que siente uno al vivir la muerte de otros en su propia casa?
Ver la muerte del abuelo quitaba miedo a los niños, porque “ver la muerte” les confería la certeza de que estamos construidos generosamente por la Naturaleza también para morir bien, incluso en armonía. Personalmente, tengo el recuerdo de la muerte tolerable de una persona querida, en los días previos a Navidad, una muerte en casa, cuidada, endulzada y compartida. Incluso la casa, las paredes, las luces, los rumores de la casa eran coherentes con aquello que ocurría.

¿Y qué carencia nos produce desconocer esta experiencia?
La muerte alejada de casa, la muerte invisible, da incluso más miedo porque no se conoce hasta que se es adulto, y se imagina, durante las vigilias nocturnas y en el aturdimiento farmacológico, como algo que no se admite y que no es “asunto” nuestro. Se vive en el terror de una cosa nunca vista y poco practicada, tanto es así que la práctica del dolor y del luto es reducida a las sobras de un rito grande y complejo. Yo querría morir en mi habitación, en la cama, con las personas que amo y que sin aspavientos me sonríen, y simplemente me acompañan. «La muerte alejada de casa, la muerte invisible, da más miedo porque no se conoce hasta que se es adulto»

La novela negra suele prestarse a un estilo desaliñado, salvo excepciones. Usted cuida mucho el estilo, incluso roza la prosa poética, ¿a qué se debe?
Hay muchas, muchísimas excepciones, tanto que diría que no estoy de acuerdo con la pregunta. El desaliño, o la desidia en el estilo, no es un atributo exclusivo del género policíaco, así como “el bello estilo”, el cuidado del lenguaje son universales porque derivan de una exigencia que proviene de lo profundo, y no del género que se practica.

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Acerca del autor

Alejandro Luque

@atoluque

Periodista y escritor (Cádiz, 1974). Vive en Sevilla.
Tras trabajar en la...

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