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 Inmigrantes indocumentados descansan al cruzar de Turquía a Grecia (2013) | © Saleh al Umar

Inmigrantes indocumentados descansan al cruzar de Turquía a Grecia (2013) | © Saleh al Umar

Atenas | Noviembre 2013 

Eran cerca de las seis de la mañana y quedaban apenas 200 metros escasos para llegar a la costa de la isla de Samos. Un barco de la policía griega surgió de la nada y les lanzó una soga para que amarraran la lancha hinchable, demasiado endeble para soportar a las 33 personas que iban a bordo, entre sirios y afganos. Los policías no paraban de hablar por teléfono, pero les dieron agua y galletas para los niños. Al rato llegó un barco más grande, de unos 35 metros de eslora, con la inscripción LS 609. Eran los guardacostas. Con los rostros cubiertos por pasamontañas, arrastraron a bordo a los refugiados, mientras la policía abandonaba el lugar.

“Nos hicieron arrodillarnos con las manos en alto, mientras nos apuntaban con rifles”, rememora un inmigrante sirio

Iyad Al Jayyal, un sirio en la treintena, rememora indignado su primer ‘pushback’, nombre que las organizaciones de derechos humanos dan a las expulsiones de inmigrantes que acaban de cruzar una frontera. Se produjo en los últimos días de septiembre en el mar Egeo, cerca de las cosas turcas.

“Una vez a bordo del barco, nos hicieron arrodillarnos a todos con las manos en alto, mujeres y niños incluidos, mientras nos apuntaban con sus M-16. Uno de ellos hizo el gesto de disparar, como girando una manivela, mientras otro le zarandeaba y le gritaba en inglés “¡Dispara, dispara!”. En ese momento de verdad creí que nos iban a matar. Luego hicieron que los hombres nos tumbáramos en el suelo, y nos caminaron por encima de la espalda, pisoteándonos. Exactamente igual que los soldados del régimen en la ciudad de Al Baida, en un vídeo que se hizo muy famoso al principio de la revuelta en Siria”.

En la penumbra del cuchitril sin electricidad que comparte con otros refugiados en Atenas, Iyad relata atropelladamente cómo después los guardacostas le exigieron a todo el mundo tres cosas: pasaporte, dinero y móvil. A los que trataban de esconder algo, les golpeaban con las culatas de las armas. Iyad llevaba 20.000 euros en efectivo, ganados con su trabajo como juez, antes de pasar por las celdas de los servicios secretos militares sirios.

En total, calcula, el botín de los guardacostas fue de unos 32.000 euros, y por lo menos 5 i-Phones. “Registraron también a las mujeres, sobándoles todo el cuerpo y obligándolas a bajarse los pantalanos”. La madre de Iyad fue la única que se libró y pudo esconder un móvil. A pesar de su avanzada edad, le acompañaba para cuidar de él en sus ataques de histeria, una de las manifestaciones del estrés postraumático que sufre como secuela de cuatro meses de torturas.

“Tras unas 5 horas de registro, cogieron el motor de nuestra lancha y lo tiraron al mar. Luego nos remolcaron de vuelta a las aguas territoriales turcas y nos dejaron allí. Por suerte, con el móvil que tenía mi madre llamamos a los guardacostas turcos, que nos rescataron al cabo de unos 50 minutos”. Tras otra ocasión en la que sufrieron el mismo trato, Iyad y su madre consiguieron llegar a Lesbos el 10 de noviembre, junto con otras 23 personas.

El relato de Iyad no forma parte de los cerca de 90 testimonios recogidos por Pro-Asyl en Grecia, Turquía y Alemania, pero el contenido es idéntico. En un informe hecho público el pasado 7 de septiembre, esta ONG alemana afirma que las expulsiones colectivas por tierra y por mar, prohibidas en el artículo 19 de la Carta de Derechos Fundamentales de la Unión Europea, son una práctica sistemática de la policía fronteriza y de la guardia costera griega.

Las expulsiones colectivas por tierra y por mar, prohibidas por UE, son una práctica sistemática en la costa griega

2.000 expulsiones

Tanto ACNUR como Amnistía Internacional denunciaron los ‘pushback’ a principios del verano, pero Pro-Asyl los documenta ahora con detalle: Entre octubre de 2012 y septiembre de 2013, unas 2.000 personas -principalmente sirios, pero también somalíes, afganos y eritreos- habrían sido expulsadas ilegalmente, asegura, lo que les privó de su derecho a pedir asilo.

Según Pro-Asyl, la práctica viola la Convención Europea de Derechos Humanos, y en muchos casos peligran las vidas de los refugiados, abandonados a la deriva en el mar. Al menos 150 personas – es la cifra confirmada – han muerto ahogadas en el mar Egeo desde agosto de 2012, normalmente intentando cruzar de Turquía a las islas griegas.

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Acerca del autor

Clara Palma Hermann
Periodista (Berlín, 1990). Tras licenciarse en Periodismo por la Universidad de Sevilla vive a caballo entre España...

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11 comentarios

  1. […] Clara Palma publica en M’Sur cómo maltratan los guardacostas griegos a los inmigrantes que se acercan a esta puerta trasera de Europa, ahora muchos de ellos sirios que huyen desesperados de la matanza en su país. Los agentes no se limitan a controlar su acceso. Les roban el dinero y los móviles a punta de subfusil. […]

 
 

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