Volver a Tahrir

 

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Las botas suenan sobre el asfalto al arrastrarse. Las filas, ordenadas, herméticas, se alinean para no dejar pasar apenas un soplo de aire. Las viseras de los cascos antidisturbios chocan entre sí. Los escudos forman un muro transparente que distorsiona el cuerpo de sus portadores, les convierte en una masa uniforme, en un mecanismo de ataque y defensa cuyo engranaje suena al desplazarse hacia su objetivo; una amalgama azulada que avanza despacio pero que no se detiene. Las varas de madera, de a metro, asoman entre las rendijas. Golpean el plástico. Luego un paso más, rozando las botas contra el suelo. Una apisonadora. Más cuerpos se amontonan tras el primer dique: cuerpos enhebrados por los codos que refuerzan la posición y el embate, que se abrazan y se sostienen, que se llevan… Y el ruido. El ruido de la gravilla en la carretera. Las manos que se alargan y llenan los bolsillos de adoquines, que surten a la vanguardia que no se para. Y la máquina avanza. Los pies se arrastran sobre la arena y la piel suda mientras la tensión crece. Atrás, el reemplazo patalea calentando como un equipo de futbolistas antes de saltar al campo. Un terreno sembrado de amapolas donde en un pedregal de rostros desencajados brotan flores encarnadas sin tierra ni abono, ensangrentados. Pero el ruido, ay, es monótono y pausado y anuncia tormenta: primero suave, crujiente, pies sobre arena, luego fuerte, sonoro, madera que golpea cráneos, espaldas, piernas; rodilla al suelo. Y después… llueven piedras.

Han pasado tres años, pero el recuerdo de los días de Tahrir es vivo como si hubiera sido esta mañana

Han pasado tres años pero el recuerdo es vivo como si hubiera sido esta misma mañana: el olor del gas lacrimógeno, el de los cuerpos sudorosos, tensos, con los nervios a flor de piel; el de las consignas. “El pueblo quiere la caída del régimen”. Y a pesar de ello parece que haga un siglo del alzamiento de Tahrir, de la revolución del 25 de enero. Aquellos días intensos de la plaza fueron como un sueño envuelto en humo, sangre y piedras, pero también en esperanza, esfuerzo y sacrificio. Los egipcios luchaban por algo que creían más grande que ellos. Libertad, democracia, justicia social, todo resumido en una palabra: pan. El aísh, la torta que todos bregan por llenar con algo más que legumbres, se convertía entonces en el símbolo de un pueblo que plantaba cara a un régimen, a una dictadura.

Para los informadores que cubrimos aquellos días y los tres años siguientes de revolución, la sensación quizá es parecida a la de muchos de los jóvenes de Tahrir. La de estar viendo la historia repetirse una y otra vez, cada vez con menos sentido, hasta que la tuerca ha girado tanto que volvemos a estar como al principio. Quizá peor.

Uno de aquellos días de la plaza de Tahrir, mientras permanecía detenida por los militares en el Museo de Antigüedades, el mariscal de campo Mohamed Hussein Tantawi paró su blindado frente a los tres periodistas que estábamos bajo custodia militar. Tras una breve charla el mariscal accedió a responder a algunas preguntas y a que mi cámara, Miguel Ángel Sánchez, le hiciera una foto que después publicaría EL PAÍS. Tras nuestra conversación ordenó que se nos devolvieran los pasaportes y se nos dejara libres.

Tras mi encuentro con Tantawi aprendí que los militares nunca abandonarían el púlpito

Hay varias cosas que aprendí, mientras departíamos, de aquel soberbio y tirano personaje. La primera, que los militares nunca abandonarían el púlpito. La segunda que la revolución no vencería sin ellos. La tercera, que la revolución no sobreviviría con ellos. También comprendí que la voluntad de un solo hombre respaldada por un ejército puede doblar cualquier espalda como hierro blando y maleable, pero no puede romper un ideal. “Ahí tenemos al próximo presidente de Egipto”, les dije a mis compañeros. Días después se anunciaba que Mubarak había renunciado a la presidencia y que aquel hablador mariscal, Tantawi, estaba al frente del país. Durante algo más de un año Tantawi reinó y desgobernó a su antojo. Y ese mismo espíritu, vestido de caqui, es el que muy pronto volverá a estar al mando.

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Acerca del autor

Nuria Tesón
Periodista y escritora (Zamora, 1980). Vive en El Cairo.
Tesón ha trabajado para varios medios españoles en...

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