Donde el balón choca contra el muro

 
Entrenamiento de la selección palestina de fútbol (2014) | © Carmen Rengel

Entrenamiento de la selección palestina de fútbol (2014) | © Carmen Rengel

 

Jerusalén | Mayo 2014

Agosto de 2013. La plantilla del FC Barcelona, al completo, inicia su pretemporada con una visita por la paz a Israel y Palestina. Su autobús y la comitiva que le acompaña cruzan a Cisjordania por un checkpoint reservado a las autoridades militares israelíes. La mole de hormigón que es el muro de separación –condenado por la Corte Internacional de Justicia– se abre de pronto para dejarle paso a Messi y los suyos, con los soldados, sonrientes por un día, dispuestos a ambos lados, en un improvisado pasillo para sus ídolos. Las armas sobre el regazo, relajadas. Nadie pide pasaportes ni permisos. Nadie abre maleteros ni pregunta el destino. Luego, en el traslado de Belén a Hebrón para el pequeño clinic, el Ejército y la Policía de Israel escoltan a los azulgranas y cortan la carretera –casi única, a excepción de vías intrincadas que más parecen caminos de cabras–. Sólo faltó la alfombra roja.

No hay honores para los deportistas, forzados a esperar revisiones, confiando en que no haya un checkpoint

Cuando se marcha el Barça, la ilusión se acaba. Vuelta a la realidad. La que complica notablemente que los futbolistas locales, palestinos, vayan de una ciudad a otra a competir. La que hace imposible que haya una liga común en Cisjordania y Gaza, dos territorios separados, incomunicados, palestinos unos y otros, sin tocarse desde 2007.

No hay honores para los deportistas de la zona, obligados como cada civil a estar confinados en su territorio, a menos que se les conceda un permiso para cruzar los controles, acceder a territorio israelí –incluyendo Jerusalén, aunque el este sea árabe y reconocido como ocupado por Naciones Unidas– o salir a otros países. Forzados a esperar colas y revisiones, a tomar caminos que convierten un traslado mínimo en una travesía de horas, siempre confiando en que no haya un control extra o un corte de carretera que les impida llegar al entrenamiento o al partido.

Hoy Palestina, reconocida en 2012 por la Asamblea General de la ONU como un Estado observador, tiene incluso un equipo nacional aunque no sea una nación plena. Ni siquiera la selección se escapa a la tortura de la espera, la visa, la incertidumbre.

“Practicar el fútbol en estas condiciones es quijotesco”, resumía recientemente la revista Sports Illustrated. Lo constata Jibril Rajoub, presidente de la Federación Palestina de Fútbol. El principal problema que afrontan, más allá del clásico de fondos en una tierra poco próspera, devastada por décadas de conflicto, es el de la movilidad. “Algo tan simple como ir a competir con un rival a veces es imposible”, relata.

“Algo tan simple como ir a competir con un rival a veces es imposible”, explica el presidente de la Federación

El caso de la selección es el más sintomático. Palestina, reconocida por la FIFA en 1998 aunque creada como federación en 1928, ha tenido que jugar durante diez años en Qatar o Jordania, por falta de infraestructuras propias, porque Israel no daba los permisos necesarios a sus contrarios para entrar en los territorios y por las “complicaciones de seguridad” de tiempos como la Segunda Intifada.

Por fin, ahora cuentan con un estadio propio, el Internacional Faisal Al Huseini en Al Ram, una villa dormitorio de Jerusalén que se ha quedado al otro lado del muro, en suelo cisjordano. El hormigón y el alambre sirven de guía para dar con él, un campo digno, equiparable con el de cualquier pueblo grande de España, con vestuarios casi cuartelarios, espartanos.

“Debido a las complicaciones de movimiento, es muy difícil confeccionar un equipo”, se lamenta el presidente, pese al avance del estadio. Los jugadores de Gaza rara vez logran permisos para salir, así que el entrenador, Jamal Mahmoud, se tiene que limitar a buscar seleccionados en Cisjordania. A veces echa mano de jugadores de origen palestino que residen en América Latina –especialmente Chile, donde hay más de medio millón de palestinos– y Estados Unidos. “Pero el viaje desde allá es muy caro y no siempre se puede asumir”, añade. Además, “también a estos jugadores se les pueden negar los visados de estancia”.

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Acerca del autor

Carmen Rengel
Periodista (Albacete 1980). Vive en Jerusalén, donde trabaja como periodista freelance de radio, prensa escrita y televisión.

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