Vivir en Yihadistán

 
Bandera de ISIL en Alepo (Julio 2013) | © Laura J. Varo

Bandera de ISIL en Alepo (Julio 2013) | © Laura J. Varo

 

Erbil | Junio 2014

“Cuando el Ejército iraquí controlaba Mosul, detenían a cualquier hombre por cualquier cosa, torturaban a la gente; si al cruzar un check-point habías olvidado encender la luz interior, te hacían bajar y te golpeaban, hasta nos insultaban al vernos pasar con el coche, delante de nuestras familias. ¿Por qué nos tienen que insultar delante de nuestras familias?”

Así explica Badr Ahmed, vecino de Mosul ahora refugiado en Kalak, en la frontera con el Kurdistán iraquí, cómo era vivir en la segunda urbe de Iraq antes de que llegase el Estado Islámico de Irak y Levante (ISIL). Y así explica el viejo – asmático y con un tembleque que anticipa párkinson a sus 36 años–  cómo los yihadistas se han ganado a una población suní en Iraq, que no ha detenido su avance hasta las puertas de Bagdad: “Cuando llegó ISIL, todo terminó, no nos pasó nada, están ayudando a la gente”.

«Cuando el Ejército iraquí controlaba Mosul, detenían a cualquier hombre por cualquier cosa»

La toma de Mosul por parte de los milicianos de ISIL ha supuesto un punto de inflexión en el creciente conflicto con tintes sectarios que venía viviendo Iraq desde que hace un año arrancasen las protestas en contra del Gobierno del primer ministro iraquí, el chií Nuri Maliki, revalidado una vez en el cargo con el beneplácito de Estados Unidos e Irán. La minoría suní, harta de las políticas discriminatorias de Bagdad tras la caída del régimen de Sadam Husein, se levantó, primero en pancartas, y ahora, en cierto sentido, en armas.

La gestión de Maliki explica, en buena parte, el éxito que ha tenido el avance yihadista desde la provincia de Anbar. Apoyados por grupos insurgentes como Ansar al Sunna o la original Al Qaeda en Iraq (AQI),  radicados en el país desde la disolución del partido Baath y supuestamente neutralizados antes de la marcha de las tropas estadounidenses en 2011, los milicianos del ISIL se han servido también de las tribus suníes de la región, que han templado su carácter para ganarse a la población con ley y orden y caramelos.

Los testimonios que escapan de la ciudad prohibida de Mosul están a años luz de las imágenes de brutalidad y el sentimiento de indefensión y opresión que han dejado en Siria los mismos combatientes. Allí, en el polifacético frente rebelde, tuvo lugar una de las rupturas más sonadas de la esfera yihadista: tanto el Frente Nusra como ISIL decían combatir bajo la enseña de Al Qaeda, hasta que la dirección de la famosa ‘marca’ yihadista acabó desautorizando al líder de ISIL, Abu Baker al Bagdadi. No faltaban motivos: los vídeos de decapitaciones y crucifixiones públicas, la profanación y destrucción de templos cristianos, chiíes o sufíes, y la aplicación severa y arbitraria de la sharia, el código legal islámico, contribuyeron a dar una imagen de reinado de terror.

La mala gestión de Maliki explica, en buena parte, el éxito que ha tenido el avance yihadista

En Raqqa, la primera ciudad liberada en Siria, aquella que prometía ser el laboratorio de la revolución, la situación pintaba cualquier cosa salvo bien hace hoy un año, cuando aún ISIL no había ni mostrado la cara de forma oficial y se contentaba con dejar hacer a sus entonces acólitos del Frente Nusra.

Allí, una noche de junio, Rimmel Nawfal se bajaba los pantalones para mostrar las marcas que le habían dejado una docena de fustazos en los calabozos del autodenominado Consejo de la Sharia. Su crimen y el de su amigo Mohamed, que pasó dos noches en el calabozo, fue vender tazas para recaudar dinero para el mes de Ramadán; tazas con la bandera triestrellada que identifica a los seguidores del laico Ejército Libre Sirio (ELS).

“¿Así que si cualquiera dice cualquier cosa contra alguien es como en los tiempos de Bashar?” se indignaba hace un año Rimmel, que entonces contaba cómo iba aguantando a semejanza de su hermana Suad, “la de los pantalones”, que decidió acabar el oscuro 2013 lanzando a la red un vídeo donde denunciaba los abusos de los radicales que la gobiernan sin su permiso y que ni siquiera le dejan llevar pantalones.

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Acerca del autor

Laura J. Varo

@ljvaro

Periodista (Melilla, 1983). Vive en Beirut como periodista freelance.
Es colaboradora de...

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