yihad

Manifestación islamista en Estambul (2013)  |  © I.U.T. / M'Sur
Manifestación islamista en Estambul (2013) | © I.U.T. / M’Sur

El concepto de la yihad en el islam es hoy uno de los términos más polémicos. Traducido a menudo como ‘guerra santa’, la yihad —el término es masculino en árabe, pero se ha adoptado en femenina en castellano— se asocia hoy en Europa a un supuesto deber religioso de extender el islam por la fuerza.

Esta interpretación está muy alejada del sentido tradicional de la palabra y sólo se defiende entre grupúsculos extremistas – conocidos como ‘yihadistas’ – que aseguran que la yihad es una obligación individual de todo musulmán y se centra en combatir a los ‘infieles’.

Ambos conceptos son falsos: aunque el enorme número de hadithes (dichos atribuidos al profeta Mahoma) permite construir todo tipo de interpretación, la naturaleza de la yihad está definida por un amplio consenso de los teólogos musulmanes, del que sólo se apartan algunas corrientes jareyíes de los primeros siglos del islam.

Según este consenso, la yihad — derivado de la palabra árabe yahada, esforzarse— es un término sin connotaciones bélicas y describe en primer lugar el esfuerzo espiritual del musulmán para mantener la pureza de su propia fe (un concepto a veces también denominado ‘gran yihad’). Sólo en segundo lugar se trata de defender a la comunidad musulmana con las armas (la ‘yihad menor’).

Hoy día, para la gran mayoría de los musulmanes practicantes, el término ‘yihad’ define un esfuerzo que se hace para favorecer la causa del islam, mediante el esfuerzo de vivir públicamente acorde a lo que uno entiende como preceptos de la fe. Esto puede significar rezar en la calle o vestir el hiyab para reivindicar el lugar del islam en las sociedades laicas, pero también, protestar contra la opresión y la dictadura, entre quienes entienden el islam como un ideal de justicia universal y no como un conjunto de normas. No falta quien entiende como yihad la resistencia a los ‘yihadistas’ que falsean el mensaje del islam.

Combate

En su acepción como combate armado, la yihad tiene dos vertientes: la ofensiva, destinada a incorporar un nuevo territorio a un reino musulmán, y la defensiva, reacción a una invasión.

La variante ofensiva, que sólo podía llevarse a cabo bajo la dirección del califa, se realizó por última vez en el siglo XVII y nunca incluía la aplicación de la charia a los sometidos no musulmanes ni su conversión forzosa: la única obligación para los colectivos cristianos o judíos bajo soberanía musulmana consistía en pagar tributos, no en adoptar las normas del Corán.

La yihad defensiva ganó protagonismo durante la resistencia de poblaciones musulmanas al colonialismo europeo en el siglo XIX, aunque fue invocada pocas veces. Es la única que hoy se sigue considerando como un posible deber religioso. Tiene reglas estrictas: no es un deber individual —como sí lo es el rezo o el ayuno— sino uno colectivo.

Esto significa que la yihad no puede ser realizada por decisión personal sino que debe ser evaluada y proclamada por los más altos teólogos en circunstancias apremiantes, por ejemplo la invasión de una potencia extranjera que impida a los musulmanes practicar su religión. Se dirige contra los responsables de la ocupación y no desactiva las reglas generales válidas en toda guerra islámica: el respeto a la población creyente —es decir cristiana y judía— en general y a las iglesias y sacerdotes en particular.

La yihad nunca puede ser invocada contra otros musulmanes, ya que matar a un hermano en la fe sin un proceso judicial exhaustivo se considera uno de los pecados más graves.

Para desactivar esta norma, los grupos de la órbita de Al Qaeda —en cuyos atentados mueren sobre todo musulmanes— utilizan un subterfugio: declaran apóstatas a todos aquéllos que no comulgan con su particular interpretación del islam. Este concepto se conoce como takfir (del árabe kaffara, ‘acusar a alguien de no ser creyente’).

Al Qaeda, los impostores

Manifestación musulmana en Madrid tras el 11-M (2004) |  © I.U.T. / M'Sur
Manifestación musulmana en Madrid tras el 11-M (2004) | © I.U.T. / M’Sur

“Al Qaeda está librando desde hace diez años una guerra implacable contra el islam contemporáneo”. Así de tajante es Jean-Pierre Filiu, profesor del instituto parisino Sciences Po y experto en islam (en cuyos estudios se basa el texto precedente). Su análisis está en consonancia con la opinión abrumadoramente mayoritaria de la población musulmana, desde Casablanca hasta Bagdad: ésta considera a los autores de los atentados terroristas como traidores que usan en falso el nombre del islam. Filiu concluye que Al Qaeda intenta “tomar como rehén una comunidad” de mil millones de musulmanes.

Filiu demuestra que los dirigentes de Al Qaeda hacen gala de una enorme “incultura religiosa”, se dan el título de ‘jeques’ sin haber realizado estudios teológios superiores, sólo citan en sus discursos una ínfima parte de los versos del Corán y los hadithes—sólo los que se ajustan a su visión extremista— y rompen con siglos de una tradición de jurisprudencia islámica. En otras palabras, son herejes que utilizan la terminología islámica para enmascarar un discurso político oportunista, que tan pronto denuncia la ocupación de Palestina o Iraq como la injusta distribución de la riqueza mundial.

Su supuesta intención de “recuperar” todas las tierras que alguna vez fueran dominadas por musulmanes para establecer un califato es, en el mejor de los casos, ridícula: si bien la expansión del mensaje del islam entre los no creyentes se considera una buena obra, no existe un concepto religioso que obligue a regresar a determinado punto de la Historia.

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