La gran brecha

 

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Creo que fui el primero en sugerir que se le concediera el indulto a Elor Azaria, el asesino de Hebrón.

Pero esta sugerencia dependía del cumplimiento de varios requisitos: primero, que el soldado confesara su crimen abierta e incondicionalmente, que se disculpase y que fuese condenado a muchos años en prisión.
Sin estas condiciones, cualquier petición de indulto por parte del soldado significaría una aprobación de su acción y una invitación a más crímenes de guerra.

El sargento Azaria, un médico en la unidad de combate, apareció en escena después de un incidente en el centro del enclave judío en la antigua ciudad de Hebrón. Dispararon a dos jóvenes palestinos que habían atacado con cuchillos un puesto de control del ejército. No sabemos cómo murió el primero, pero el segundo fue filmado con una cámara proporcionada a la gente de la zona por la maravillosa organización antiocupación israelí B’Tselem.

Matar a un enemigo indefenso es un crimen en cualquier milicia civilizada

La cámara muestra al atacante tirado en el suelo, gravemente herido, inmóvil y sangrando. Unos doce minutos después, Azaria, que no había estado presente, aparece en pantalla. Se encuentra a menos de un metro del árabe herido y le dispara a quemarropa en la cabeza, matándolo al instante.

La prueba fotográfica, la cual se publicó inmediatamente en la televisión israelí (un hecho que no debe olvidarse), dejó al Ejército sin opción. Matar a un enemigo indefenso es un crimen en cualquier milicia civilizada. Azaria fue acusado de homicidio, no asesinato.

Se convirtió de inmediato en un héroe nacional para toda la derecha. Los políticos, incluyendo Binyamin Netanyahu y el actual ministro de Defensa, Avigdor Lieberman, se apresuraron a protegerlo.

Azaria fue declarado culpable. En una sentencia redactada con dureza, el tribunal militar declaró que su testimonio consistía en puras mentiras.

La sentencia desató una oleada de protestas por toda la derecha. Insultaron al tribunal y éste se convirtió en el verdadero acusado. Frente a este estallido, la corte cedió y esta semana sentenció a Azaria a una ridícula pena de prisión de 18 meses, el castigo habitual para un menor árabe que ha lanzado piedras y no ha herido a nadie.

Azaria no ha pedido disculpas. En absoluto.

En vez de eso, él, su familia y sus admiradores se levantaron en la sala y comenzaron de repente a cantar el himno nacional.

Esta escena en la sala de audiencia se convirtió en la imagen del día. Fue claramente una manifestación contra el tribunal militar, contra el alto mando del ejército israelí y contra toda la estructura democrática del Estado.

Pero para mí, fue mucho, mucho más que eso.

La confrontación en la sala del Tribunal fue la ruptura de la sociedad israelí en dos partes

Era la Declaración de Independencia de otro pueblo israelí. Fue la ruptura de la sociedad israelí en dos partes, cuyas tensiones se han ido acentuando año tras año.

Las dos partes tienen cada vez menos en común. Tienen actitudes totalmente diferentes hacia el estado, sus fundamentos morales, su ideología, su estructura. Pero hasta ahora, se había aceptado que al menos una institución casi sagrada estaba por encima de la lucha, más allá de cualquier controversia: el ejército israelí.

El caso Azaria muestra que este último lazo de unión se ha roto.

¿Quiénes son estos grupos? ¿Cuál es el factor más profundo de esta división?

No hay vueltas que darle: es el factor étnico.

Todo el mundo trata de evadir este hecho. Montañas de eufemismo se han erigido para ocultarlo. Todo el mundo está temeroso, incuso asustado, de sus consecuencias. La hipocresía es un mecanismo esencial de defensa.

Ahora hay dos pueblos judío-israelíes. Se desagradan mutuamente con intensidad.

Históricamente, en Europa se solía tratar mal a los judíos, pero raramente en los países islámicos.

Uno se llama asquenazí, una palabra derivada de un viejo término hebreo empleado para designar a Alemania. Incluye a todos los israelíes de origen europeo y americano, quienes se adhieren o fingen adherirse a los valores occidentales.

El otro se llama mizrají (“orientales”). Solían llamarlo, erróneamente, sefardí (“españoles”), pero sólo una pequeña fracción de ellos son realmente descendientes de los judíos expulsados de España hace unos 700 años. La gran mayoría de estos expulsados decidieron ir a países musulmanes, en vez de a Europa.

La comunidad mizrají incluye a todos los israelíes cuyas familias proceden de países que van desde Marrueco hasta Irán.

Históricamente, en Europa se solía tratar mal a los judíos, pero raramente en los países islámicos. Pero los asquenazíes están orgullosos de su herencia europea, cuando en realidad están cada vez más distanciados de ella; mientras que para los mizrajíes no hay mayor insulto que compararlos con los árabes.

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Acerca del autor

Uri Avnery
Periodista y ex diputado israelí. Nacido en 1923 en Alemania, emigró con su familia en 1933...

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