Quizás venga el Mesías

 

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Si alguien me hubiese dicho hace 50 años que los gobernantes de Israel, Jordania y Egipto se habían reunido en secreto para hacer la paz, habría pensado que estaba soñando.

Si me hubiesen dicho que los líderes de Egipto y Jordania le habían ofrecido a Israel la paz absoluta a cambio de marcharse de los territorios ocupados, con algunos intercambios de territorio y un regreso simbólico de refugiados, habría pensado que el Mesías había venido. Habría empezado a creer en Dios o en Alá o quienquiera que esté ahí arriba.

Sin embargo, hace unas semanas, se divulgó que los gobernantes de Egipto y Jordania se habían reunido de hecho en secreto el año pasado con el primer ministro de Israel en Aqaba, esa agradable ciudad costera donde los tres Estados se tocan. Los dos líderes árabes, representando de facto todo el mundo árabe, hicieron esta oferta. Benyamin Netanyahu no respondió nada y se fue a casa.

Lo mismo hizo el Mesías.

Donald Trump, el comediante en jefe de los Estados Unidos, hace algún tiempo respondió a la pregunta sobre la solución del conflicto palestino-israelí. Dos Estados, un Estado, lo que sea que los dos bandos acuerden, respondió.

“Uri, ¿qué tipo de comerciante eres? Se empieza demandando lo máximo y ofreciendo lo mínimo”

Podría también haber respondido: “Dos Estados, un Estado, tres Estados, cuatro Estados, ¡elijan!” Y de hecho, si vives en “La-la-land”, no hay límites al número de Estados. Diez Estados están igual de bien que un Estado. Cuantos más, mejor.

Quizás se necesitaba a un ingenuo total como Trump para ilustrar cuántas tonterías se pueden decir sobre esa elección.

Al quinto día de la Guerra de los Seis Días, publiqué una carta abierta al primer ministro, Levy Eshkol, instándole a ofrecer a Palestina la oportunidad de establecer un Estado suyo propio en Cisjordania y la franja de Gaza, con Jerusalén Este como su capital.

Inmediatamente después de la guerra, Eshkol me invitó a conversar en privado. Escuchó pacientemente mientras yo le explicaba la idea. Al final dijo, con una sonrisa benévola: “Uri, ¿qué tipo de comerciante eres tú? Un buen comerciante empieza demandando lo máximo y ofreciendo lo mínimo. Después uno regatea y al final se llega a un mutuo acuerdo en algún punto intermedio”.

“Cierto”, respondí, “si uno quiere vender un coche usado. ¡Pero aquí queremos cambiar la historia!”

El hecho es que por aquel entonces, nadie creía que se le permitiría a Israel mantener los territorios. Se dice que los generales siempre libran la última guerra. Lo mismo ocurre con los estadistas. Al día siguiente de la guerra de los Seis Días, los líderes israelíes rememoraron el día después de la guerra de 1956, cuando el presidente estadounidense Dwight D. Eisenhower y el presidente soviético Nikolai Bulganin obligaron de forma humillante a David Ben Gurion a devolver todo el territorio ocupado.

“¡El arte es dar un buen discurso sobre cosas en las que no crees!”

Por lo tanto, parecía que sólo había una opción: devolverle los territorios al rey Husein de Jordania, como la gran mayoría abogaba, o dárselos al pueblo palestino, como mis amigos y yo, una pequeña minoría, sugerimos.

Recuerdo otra conversación. El Ministro de Comercio e Industria, Haim Zadok, un abogado muy inteligente, pronunció un discurso incendiario en la Knesset. Cuando salió del pleno, le amonesté: “¡Pero no crees ni una sola palabra de lo que has dicho!” A lo que él respondió, con una risa: “Cualquiera puede dar un buen discurso sobre cosas en las que cree. ¡El arte es dar un buen discurso sobre cosas en las que no crees!”

Luego añadió seriamente: “Si nos obligan a devolver todos los territorios, devolveremos todos los territorios. Si nos obligan a devolver parte de los territorios, devolveremos parte de los territorios. Si no nos obligan a devolver nada, nos quedaremos con todo”.

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Acerca del autor

Uri Avnery
Periodista y ex diputado israelí. Nacido en 1923 en Alemania, emigró con su familia en 1933...

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