La universidad del terror

 

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Hace unos días, un hombre perpetró un acto terrorista en el centro de Londres, una ciudad que me encanta.

Este hombre atropelló a varias personas en el puente de Westminster, apuñaló a un policía hasta la muerte y se acercó a las puertas del parlamento, donde fue abatido a tiros. Todo esto tuvo lugar bajo la sombra de la torre del Big Ben, un blanco fotográfico absolutamente irresistible.

Fue una noticia electrizante en todo el mundo. En pocos minutos, se culpó a Daesh de lo ocurrido. Pero entonces la verdad salió a la luz: el terrorista era un ciudadano británico, un musulmán converso nacido en Inglaterra. Desde su más tierna infancia había cometido una serie de delitos menores. Había entrado y salido de prisión en varias ocasiones.

¿Cómo precisamente esta persona acabó convertida en un fanático religioso, en un shahid, un testigo de la verdad de Alá, que sacrificó su propia vida en pro de la grandeza del islam? ¿Cómo se ha convertido en el autor de un acto que ha sacudido tanto a Europa como al resto del mundo?

Antes de intentar responder a esta pregunta tan desconcertante, es necesario hacer una observación sobre la eficacia del “terrorismo”.

Tal y como sugiere el propio término, se trata de la difusión del terror. Es una forma de lograr un fin político haciendo que la gente tenga miedo.

La gente no le tiene tanto miedo a los accidentes de tráfico; no se abstiene de salir a la calle

Pero, ¿por qué la gente tiene tanto miedo de los terroristas? Es una cuestión que siempre me ha desconcertado, incluso cuando siendo un adolescente yo mismo formé parte de una organización a la que nuestros caciques británicos tacharon de “terrorista”.

Desconozco cuanta gente perdió la vida en accidentes de tráfico en el Reino Unido en el mismo mes en el que tuvo lugar la matanza de Westminster. Supongo que el número de víctimas fue infinitamente mayor. Sin embargo, la gente no le tiene tanto miedo a los accidentes de tráfico. No se abstienen de salir a la calle. A los conductores temerarios no se les retiene en prisión preventiva.

No obstante, basta un número muy reducido de “terroristas” para crear un clima de terror a lo largo de países enteros, continentes enteros, incluso a lo largo de todo el mundo.

Gran Bretaña debería ser el último lugar del planeta en sucumbir a este miedo completamente irracional. En 1940, esta pequeña isla plantó cara a los colosos de una Europa dominada por los nazis. Recuerdo un emotivo cartel que se pegó en las paredes de Palestina. Dicho cartel mostraba la cabeza de Winston Churchill junto al siguiente eslogan: “De acuerdo, ¡entonces solos!”

¿Puede un único terrorista con un coche y un cuchillo atemorizar a un país de tal forma que lo lleve a la sumisión?

¿Cómo se convierte una persona normal en jefe del crimen organizado? ¿Dónde estudia para el título?

Para mí, esta idea suena absurda, pero todo esto no es más que una observación secundaria. Mi propósito aquí es arrojar algo de luz sobre una institución en la que pocas personas se paran a pensar: la prisión.

El ataque terrorista en Westminster plantea una pregunta muy sencilla: ¿Cómo un criminal de poca monta se convierte en un shahid que atrae la atención de todo el mundo?

Hay muchas teorías, muchas de ellas planteadas por diversos expertos muchísimo más competentes que yo. Expertos religiosos. Expertos culturales. Expertos en los islamistas. Criminólogos.

Mi respuesta es muy simple: es la prisión la que lo convirtió.

Alejémonos todo lo posible de Gran Bretaña y de la religión. Volvamos a Israel y a nuestro escenario del crimen local.

A menudo oímos hablar de delitos graves cometidos por personas que comenzaron siendo delincuentes juveniles.

¿Cómo una persona normal acaba convirtiéndose en jefe del crimen organizado? ¿Dónde estudia para llegar a obtener ese título?

La prisión se convierte en su mundo, sabe cuáles son las reglas, se siente bien

Bien, pues en el mismo lugar que un yihadista británico. O que un yihadista musulmán israelí, de hecho.

Un niño tiene problemas en casa. Quizás su padre le da una paliza habitualmente a su querida madre. Quizás su madre es prostituta. Quizás es un alumno poco capaz y sus compañeros lo desprecian. Puede ser una razón de entre cientos.

A los catorce años, a este mismo niño lo pillan robando. Después de que la policía le llame la atención y lo deje en libertad, vuelve a robar. Lo envían a prisión. En la prisión, los criminales más respetados lo adoptan, quizás incluso sexualmente. Lo envían a prisión una y otra vez y poco a poco va ascendiendo en la jerarquía invisible de la prisión.

Recibe el respeto de los demás prisioneros, tiene cierta autoridad. La prisión se convierte en su mundo, sabe cuáles son las reglas. Se siente bien.

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Acerca del autor

Uri Avnery
Periodista y ex diputado israelí. Nacido en 1923 en Alemania, emigró con su familia en 1933...

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