¿Por qué lo llaman honor?

 

En otro momento, cuando alguien intenta disuadirle de este loco plan, se produce un diálogo que deja perplejo a cualquiera. “Será posible que seáis tan tozudos con vuestras costumbres y vuestros ‘valores’… (…) ¿No habéis pensado, aunque solo fuera una vez, que es precisamente el respeto hacia estas tradiciones la causa principal de vuestro exterminio?”. Como filólogo licenciado en la cárcel, Grasonelli debería saber que el lenguaje no es inocente. Y expresiones como “respeto a las costumbres”, “valores” o “tradiciones” no son sino un modo muy retorcido de dignificar o al menos suavizar nuestra percepción del hampa.

El narrador es un hampón, no un héroe civil frente al gigante atroz de la mafia

Porque, aunque tarde en decirlo, y lo diga con ambigüedad, el narrador es un hampón. No es un verso suelto, como empieza insinuando, y mucho menos un héroe civil frente al gigante atroz de la mafia. Su banda, “que los periódicos se obstinaban en llamar Stidda” según sus propias palabras, se llama justamente así con o sin obstinación de la prensa. Aunque no sea tan conocida como la Cosa Nostra o la Camorra, la Stidda es una organización que, con sus múltiples ramificaciones, ha logrado consolidarse en un área geográfica muy amplia del sur y del interior de la isla de Sicilia, especialmente en zonas donde la influencia de la mafia tradicional era menor. Y las luchas que se dan en colectivos de esta naturaleza no son por lo general, como se pretende, de índole honorable, sino que son movidas por la ambición de poder y de dinero, fundamentalmente.

Ah, pero ¿había reglas del juego y no nos habíamos enterado?

Cuando Grasonelli es detenido en 1992, le toca compartir celda con algunos de esos mafiosos. “Los primeros días me sentía como pez fuera del agua”, escribe. “No era uno de ellos, aunque tampoco estaba de parte del Estado. Era enemigo tanto de la mafia como del Estado; en resumidas cuentas: no tenía identidad”. Todo suena tanto a captatio benevolentiae, como la clarividencia que va adquiriendo conforme el juicio avanza y descubre “bajezas y traiciones de uno y otro bando”. Ah, pero ¿había reglas del juego y no nos habíamos enterado? Parece que sí: “Yo mataba con un objetivo preciso y, a mi modo de ver, noble”. Cuánto daño, ay, han hecho algunas películas…

Al contrario de otros compañeros de armas, Grasonelli no quiso colaborar con la justicia. “¡Porque creía en lo que hacía!”, exclama, y ya no somos capaces de saber si es un cínico o un ingenuo. Poco importa. Estamos aquí para valorar una novela, y no para hacer juicios morales de sus personajes, reales o no.

En este sentido, concluiría en que el fallo del premio Sciascia, como afirmaron algunos denunciantes, deshonra el nombre que pretende honrar. Porque Sciascia, como todos los grandes, vivió comprometido con unas ideas y unos valores, pero antes que nada vivió comprometido con la literatura. Con la literatura grande, con mayúsculas. Esa de la que no hay apenas rastro, a pesar de contar con la asistencia de un periodista, en esta entretenida –y sí, quizá moralmente reprobable–, novela pulp.

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Acerca del autor

Alejandro Luque

@atoluque

Periodista y escritor (Cádiz, 1974). Vive en Sevilla.
Tras trabajar en la...

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