Simone Veil, heroína francesa

 

Pero ni se ha levantado el presidente de la República para irse, ni nadie – gobierno, prensa, militantes feministas y progresistas, partidos… – ha comentado esas palabras tan claramente reaccionarias (como ya ocurrió el año pasado cuando el cardenal de París culpó del terrorismo al aborto, en una misa presenciada por el presidente Hollande). Al contrario: Macron ha contestado con un discurso donde las palabras laicidad, libertad, igualdad, fraternidad han desaparecido, asociando el espíritu republicano con palabras muy escogidas: esperanza, don de sí, amor… El director de la importante revista católica “Esprit” no se ha equivocado respecto a la importancia de tal discurso, analizando inmediatamente que “Macron arraiga la República en los valores religiosos”.

Francia es cada vez más un país de leyes universales pero de aplicación relativa según el origen social, étnico…

Claro, Macron y el gobierno no van a obedecer al obispo católico prohibiendo ahora mismo el aborto y agravando la criminalización de la eutanasia, por ejemplo. Eso de prohibir el aborto para complacer a la Iglesia ya lo ha hecho la izquierda radical latinoamericana, nada menos que Daniel Ortega en Nicaragua, prohibiendo y criminalizando totalmente el aborto cuando volvió al poder hace diez años, cuando Nicaragua fue el primer país del mundo en legalizar el aborto por indicación médica en… 1837. También hemos visto al presidente ecuatoriano Rafael Correa reventar un intento de diputados de despenalizar el aborto, acusándoles de traición. Y que nadie espere algo del gobierno de Venezuela tampoco.

Volvamos a Francia: la ministra de Igualdad entre hombres y mujeres, Marlène Schiappa, dijo a principios de julio que “la política de igualdad entre hombre y mujeres debe tener en cuenta la especificidad de los diferentes territorios”. No ha dicho de qué territorios habla; pero en los barrios populares sometidos al control social de los imames y activistas islamistas, pueden tener alguna idea. Y lo primero que cae con ese control social, delegado a los machotes de barrio, son los derechos de las mujeres y las chicas: a la educación sexual, a los anticonceptivos, al aborto. Francia es cada vez más un país de leyes universales pero de aplicación relativa según el origen social, étnico o supuestamente religioso.

Cuando militantes feministas denunciaron acoso callejero en un barrio de París invadido por hombres – en parte migrantes que acuden allí al único centro de acogida de la ciudad -, la alcaldesa reconoció que lo sabía pero lo iba callando, mientras una dirigente ecologista culpaba a las aceras tan estrechas por allí. Pero la ministra Schiappa se dio un paseo en unas calles (haciendo “testing”) y luego denunció a… las denunciantes, porque allí según su experiencia no pasa nada. Denunciar el acoso machista callejero expone a ser acusado de racismo, nada menos que por el gobierno.

En las elecciones de 2017 se ha visto la influencia del argumentario islamo-izquierdista

Al igual que Macron, una mayoría de políticos se rinde más o menos abiertamente ante la acusación de que la laicidad sería hoy racismo de Estado. Durante el ciclo electoral de 2017 se ha visto la alarmante influencia del argumentario islamo-izquierdista, desde el candidato presidencial socialista Hamon en un congreso salafista hasta candidatos del movimiento de Mélenchon, del partido comunista, del movimiento de Macron, del partido socialista e incluso de la derecha, empezando por el nuevo presidente del Gobierno que de esas filas procede. Mientras, el candidato presidencial de la derecha, François Fillon, se valía de ser católico practicante.

Claro, hay oportunismo y clientelismo electoralista, cada uno intentando no perderse un supuesto “voto musulmán” (y así construyéndolo). Pero también ha ganado muchísimo terreno esa idea de que la sociedad debería “abrirse” y para ello aceptar las expresiones más retrogradas de identidades religiosas. De Macron a Corbyn pasando por la mayoría de los dirigentes de la izquierda francesa, se impone la doctrina de Trudeau, el gobernante de Canadá que borra de los documentos oficiales la condena del matrimonio forzado y de la mutilación genital femenina, para “no herir” a los musulmanes.

El legado soñado de Francia

¿Es entonces Simone Veil una figura del pasado? ¿Que quedará de su legado en pocos años, de seguir la senda tan inquietante que abren los gobernantes de hoy?

Ojalá los que pierdan mañana sean, al contrario, los que sigan subiéndose al carro de la polarización “moral” entre izquierda obligatoriamente libertaria y proislamista y derecha obligatoriamente católico-reaccionaria.

El pueblo defiende la libertad sexual, los anticonceptivos, el derecho al aborto, la igualdad para las mujeres

Porque el pueblo, ese pueblo llano de todo origen que se siente francés, a menudo caricaturado como siendo puro cuñadismo, resulta que en su amplia mayoría defiende la libertad sexual, los anticonceptivos, el derecho al aborto, la igualdad para las mujeres. Acepta y defiende muy mayoritariamente el matrimonio gay, y se identifica con la libertad de conciencia y la laicidad, como lo demuestran todas las encuestas. Y vota y manda al Parlamento gente de todo origen, judíos o hijos de españoles o magrebíes o indios o africanos, que salen elegidos por y para todos y aún no en clave comunitaria o étnica. El pueblo en su amplia mayoría se mantiene en la senda del inmenso e historico clamor popular de enero de 2015 en reacción al atentado contra Charlie Hebdo, uniendo el rechazo al terrorismo islamista con la defensa de la libertad absoluta de criticar las religiones ante asesinos que actuaron para castigar blasfemadores… algo que justificó entonces el mismísimo papa Francisco.

Por eso Simone Veil ha llegado a ser una heroína francesa: porque su trayectoria conecta con la Francia soñada y querida por su pueblo, esa Francia de Libertad, Igualdad y Fraternidad que cree, con pretensión, tener algo que legar al mundo.

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© Alberto Arricruz |  30 Abr 2017

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(Paris, 1962) Hijo de emigrantes sevillanos, trabaja en Francia de funcionario en cuestiones...

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