Las lágrimas de Isaac

Alberto Manguel

 

Ciudadano de la Literatura

Alberto Manguel | © Lisbeth Salas

Alberto Manguel | © Lisbeth Salas

Una biblioteca con 30.000 volúmenes. Esta es la primera imagen que se le viene a uno a la cabeza cuando lee el nombre de Alberto Manguel. Una biblioteca nómada: supimos de ella cuando la instaló en un castillo en un pueblo de Francia, a orillas del río Loira. Pero unos años después, ya no está allí: ahora yace empaquetada en Canadá, mientras su dueño ha regresado Argentina. Regresado, para decir algo: es el país donde nació Manguel, descendiente de judios rusos y austriacos, pero vivió parte de su infancia en Gran Bretaña y aprendió a la vez alemán, inglés y español. Es más: la gran mayoría de sus libros los escribe en inglés, aunque hay dos obras en castellano. Sus referencias literarias – en eso se parece a su maestro Borges – son universales, y no es casualidad que muchos de sus libros estén dedicadas, precisamente, a la lectura. Empezando con Homero.

El Premio Formentor 2017, que lo hace sucesor de nombres como el propio Borges, Saul Bellow, Juan GoytisoloEnrique Vila-Matas o Roberto Calasso, entre otros, ha confirmado una vez más la estatura de este lector, que también, como se ha dicho, incurre a veces en la escritura. Su discurso de aceptación, leído el 22 de septiembre en la localidad mallorquina, ha sido cedido por el autor a M’Sur.

[Ilya U. Topper]

 

Las lágrimas de Isaac

De cómo la lectura inventa la realidad

Discurso leído en Formentor, en el acto de entrega del Premio Formentor de las Letras
el 22 de septiembre de 2017

 

«…serán mis lágrimas lengua,
y voces los ojos míos».
Lope de Vega, La pastoral de Jacinto

 

Hace ya varias décadas, por razones que hoy he olvidado, me encontré durante unos pocos días en la región de Tassili, en el desierto argelino, cerca del oasis de Djanet. Había ido, creo, a conocer unas cuevas que famosamente están decoradas con pinturas e incisiones de animales y seres humanos —jirafas, bisontes, cocodrilos, rinocerontes, algún antílope agonizante, cazadores y bailarines, y ciertas figuras antropomórficas con ca­bezas de cíclope—, todo ello ejecutado hace unos nueve o diez mil años cuando el Sahara era verde.

Es imposible contemplar estas imágenes y no ver en ellas relatos de aventuras, de ritos, de una vida social de la cual no sabemos nada sino lo que estos re­tazos de memoria nos conceden y que, librados a nuestra ima­ginación, deformamos o traducimos a nuestra avara experiencia personal. ¿Qué podemos saber, desde nuestro lejano siglo XXI, de las fatigas y sudores, miedos y valentías de aquellos talento­sos abuelos?

Estas figuras humanas, grandes y pequeñas, ¿son padres instruyendo a sus hijos en las artes de la caza, las danzas rituales, los códigos sociales de la tribu de la cual empiezan a formar parte? ¿Les están enseñando a esos antiguos niños los nombres de las cosas del mundo que están descubriendo, de las plantas, estrellas y animales? Quizás en estas primeras escenas esté el germen de ese episodio mágico del Génesis en que Dios, como un severo padre, lleva a Adán ante las criaturas recién creadas para ver «cómo las había de llamar, y todo lo que Adán llamó a los animales, ése fue su nombre». Quizás esos primeros ritos fueron ritos de la palabra.

Acertadamente o no, algo rescatamos, algo reconstruimos a partir de estas limosnas iconográficas que las cuevas del Tassili nos conceden. A partir del impulso narrativo que define a nuestra especie, a partir del esfuerzo de entendimiento que nuestra imaginación realiza para dar sentido al mundo, una cierta verdad que no es del todo falsa surge de nuestra lectura de un código de signos cuya gramática hemos olvidado.

La escritura simbólica es una invención mucho más reciente. A mediados de los años sesenta, fueron descubiertas en Grecia y también en Rumanía ciertas tumbas en las cuales se hallaron, entre fragmentos de alfarería, unas pocas medallas o amuletos con inscripciones que aún no han sido descifradas. Son objetos pequeños con signos como nuestra D mayúscula, rayas cruza­das de líneas diagonales, cruces que quizás (no lo sabemos) sig­nifiquen algo. Si fuera así, estos amuletos que datan del sexto milenio a.C. serían los primeros ejemplos que tenemos de un lenguaje escrito, no de un sistema sintáctico integral sino de unos pocos signos aislados, una suerte de intuición del acto má­gico aún por venir.
La elaboración de un sistema coherente e integral de escritu­ra ocurre dos milenios después, en algún lugar de Mesopotamia.

En el cuarto milenio a.C., un comerciante inspirado buscó una manera de documentar una transacción comercial. Dos table­tas de arcilla preservadas hasta hace unos años en el Museo Arqueológico de Bagdad, cada una no mayor que la palma de la mano de un niño, llevan inscriptas el rudimentario dibujo de un animal —una oveja o una cabra— y un hoyuelo hecho con el dedo índice, que, según esos mismos historiadores, repre­senta el número diez.

Así, el antiguo comerciante se aseguraba que cualquier persona, en cualquier lugar cercano o distante, en cualquier momento presente o futuro, que conociera el signifi­cado de estos signos, habría de saber que diez ovejas (o cabras) fueron vendidas (o compradas). La importancia de este gesto es incalculable. Con estos pocos y discretos trazos, aquel anónimo genio eliminó de golpe los dos más grandes obstáculos a los cuales todo ser humano se enfrenta, el tiempo y el espacio, y nos legó a nosotros, sus afortunados descendientes, una exten­sión casi ilimitada del poder de la memoria. La invención de la escritura nos concedió una suerte de modesta inmortalidad.

Eso sentí yo allá lejos y hace tiempo, la tarde, por ejemplo, en que, acompañando al joven Axel de Hamburgo, descendí por el volcán Sneffells al centro de la Tierra, siguiendo las huellas de Arne Saknussemm. Yo estaba allí, con esos intrépidos aventure­ros, allí en uno de los confines del mundo, allí en un siglo que no era el mío. Con el libro de Verne en la mano, yo me despojaba de mi identidad convencional, del nombre que mis padres me habían dado, de mi edad y nacionalidad declaradas en mi par­tida de nacimiento, de todo límite salvo aquel que mis temores imponían a mi incipiente curiosidad.

Entonces supe, intuitiva­mente, que aquello que me alentaba no era una necesidad como respirar o beber agua, sino algo que yo no supe entonces nom­brar y que ahora sé era deseo: el deseo de eso que aún no había ocurrido, que yacía más allá del horizonte y que se convertiría con el correr de los años en costumbre esencial.

La lectura me ofrecía, y me ofrece aún, como espectador privilegiado, el reino de este mundo y de todo otro mundo imaginable, de manera más íntima y convincente que la realidad misma. Cuando mu­chos años después viajé a Islandia y me encontré a los pies del Sneffells, a pesar de la majestuosa belleza tangible del volcán, me sentí algo desilusionado.

Durante una adolescencia que me parece ahora haber dura­do una vida entera, cuando el deseo, a la par que mi incipiente libido, empezó a transformarse en necesidad vital, yo sentía que los personajes de mis libros eran un caleidoscopio de ras­gos fragmentarios de esa persona cambiante que yo descubría cada mañana en el espejo. Las incómodas variaciones del ta­maño de la gente que visita el Capitán Gulliver, el atroz bicho en el que debe reconocerse el pobre Gregor, el nombre de Kim que Kim debe repetirse a sí mismo para no olvidarse de quién es durante la ceremonia iniciática, la identidad que Ulises eli­ge cuando le dice al Cíclope que su nombre es Nadie —éstos y tantos otros me nombraban desde las páginas de mis libros—. Yo sentía que Alicia, perdida en el fondo del pozo en el cual ha­bía caído, se hacía eco de mis angustias existenciales.

Pensando que quizás ya no era ella misma sino otra, la tonta Mabel, Alicia se dice a sí misma: «Si soy Mabel, me quedaré aquí. De nada ser­virá que asomen sus cabezas por el pozo y me digan: “¡Vuelve a salir, cariño!” Me limitaré a mirar hacia arriba y a decir: “¿Quién soy ahora, veamos?”. Decidme eso primero, y después, si me gus­ta ser esa persona, volveré a subir. Si no me gusta, me quedaré aquí abajo hasta que sea alguien distinto». Como Alicia, yo tam­poco quería ser Mabel. Y mis libros me daban la infinitamente generosa posibilidad de ser quien yo quisiera.

Fray Luis de Granada, retomando una metáfora que en el siglo dieciséis era ya un lugar común, describe el mundo como un libro escrito por Dios y ofrecido «a todas las naciones», y nos reprocha que ante ese texto maravilloso seamos «como ni­ños que, cuando les ponen un libro delante con algunas letras iluminadas y doradas, huélganse de estar mirándolas y jugando con ellas, y no leen lo que dicen ni tienen cuenta con lo que significan». La antigua metáfora se repliega sobre sí misma: los libros son entonces mundos de papel y tinta (o electrónicos) en los que nosotros intentamos leer nuestra realidad de car­ne y hueso. A diferencia del libro de Dios que, como advierte Fray Luis, contiene una narración demasiado compleja para el pobre entendimiento humano, los libros humanos, que modes­tamente no aspiran a contener la entera narración del universo sino una mera intuición, nos ofrecen sin embargo un vastísimo catálogo de identidades entre las cuales podemos conocer o reconocer las nuestras.

Esta es la convicción que me guía a través de mis biblio­tecas. Página tras página, volumen tras volumen, busco, cons­cientemente o no, esa fluida persona que, como el dios Proteo, cambia de mentalidad y de forma de año en año y de hora en hora. Mágicamente, caprichosamente, la encuentro en mis li­bros. En el penúltimo capítulo de Eugene Onegin, la enamora­da Tatiana visita la casa de campo del héroe, ausente después de su fatal duelo con Lensky. Tatiana recorre la biblioteca de su amado y, llorando a cántaros, hojea sus volúmenes en busca de «la verdadera personalidad» de ese hombre al parecer tan frío e insensible. En las notas en los márgenes de los libros, en cierta palabra críptica, en una cruz o un punto de interro­gación, Tatiana cree descubrir la escurridiza imagen del ver­dadero Onegin, de Onegin definido por sus lecturas. Porque Tatiana sabe que, para cada lector, su biblioteca es una suerte de autobiografía.

Coincido con ella. Me reconozco en Caperucita Roja y su desobediencia civil, y no en la obediente Cenicienta; en las aventuras de Lazarillo pero no en las del Cid; más en el algo torpe doctor Watson que en el agudo Sherlock Holmes; en Fausto más que en Orestes; y ahora, en estos últimos años, en el Rey Lear y su desesperada vejez, como antes me iden­tificaba con sus hijas impacientes. En estos reconocimientos no priman la lógica ni la veracidad histórica. Cuando Hamlet declara que la muerte es «un país nunca explorado de cuyos límites ningún viajero regresa», creo en la verdad poética de sus palabras, a pesar de haber sido testigo, unos minutos an­tes, de la aparición del fantasma del rey asesinado, un viajero que ha regresado precisamente de la muerte para ordenarle a su hijo que ejecute la demorada venganza.

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