«La mafia gestiona directamente la política italiana»

Salvatore Borsellino

 
Salvatore Borsellino | © Victoria Herranz

Salvatore Borsellino | © Victoria Herranz


Palermo | Agosto 2017

 

El pasado 19 de julio se cumplieron 25 años desde que 100 kilos de dinamita acabaran con la vida del juez Paolo Borsellino y sus cinco escoltas en la via D’Amelio de Palermo, menos de dos meses después de que su colega Giovanni Falcone corriera la misma suerte en la carretera de Capaci. La agenda roja de Borsellino, la que custodiaba todos los secretos que había ido desvelando en sus investigaciones, fue rescatada de las llamas, pero desapareció poco después.

El hermano de Paolo, Salvatore Borsellino, no quiere que esa memoria se pierda, y asegura que aquellos atentados no fueron un simple arrebato de la Cosa Nostra. Tras ellos ve la sombra de la negociación Mafia-Estado, una serie de acuerdos del gobierno italiano con el crimen organizado que actualmente son objeto de investigación por parte del magistrado Nino di Matteo, en medio de polémicas y amenazas de muerte.

Salvatore ha impulsado en el barrio palermitano de la Kalsa el centro social Casa di Paolo, y se halla a la cabeza de Agendas Rojas, un movimiento social que exige verdad y justicia en relación con los atentados. De un sorprendente parecido con Paolo, a sus 75 años exhibe un vigor sorprendente y presume de poder recitar de memoria a García Lorca, “pero no el de Poeta en Nueva York, sino el del Romancero gitano. Ése es el que me gusta”.

Tras el asesinato de su hermano, usted permaneció mucho tiempo callado. ¿Puede explicar aquel silencio y su vuelta al activismo?

«Hasta que mataron a mi hermano, yo incurría en el error de la mayoría: “Son problemas del sur”»

Me marché de Palermo a los 27 años, creyendo que así perdería de vista todo lo que odiaba, este cáncer que castigaba las regiones del sur: Mafia, ‘Ndrangheta, Sacra Corona Unita, Camorra…. Pero el cáncer ha hecho metástasis, y ahora me lo encuentro allí donde voy, porque la mafia se ha globalizado, ha llegado a todas partes, con todo lo que comporta: la mentalidad, la infiltración en la administración pública. Hasta que mataron a mi hermano, yo creí haber elegido bien, e incurría en el mismo error que la mayoría: “¿Por qué nos hablan de todo esto? ¡Si son problemas del sur!” Pero no es así. Son de todo el país. Estuve cinco años, tras la muerte de mi hermano, obedeciendo lo que me dijo mi madre, “No dejéis morir el sueño de Paolo, porque mientras se hable de Paolo, él seguirá estando vivo”. Lo hice, hablaba de esperanza, porque creía que la muerte de Paolo ayudaría a cambiar las cosas. Parecía que el Estado también estaba cambiando, los mafiosos eran llevados a cárceles donde se interrumpía para siempre el contacto con el exterior. Todavía no había entendido que mi hermano no había sido asesinado tanto por la mafia, como por piezas desviadas del Estado.

¿Cómo cambió su comprensión del asunto?

«Si la agenda de Paolo hubiera salido a la luz, su muerte no habría servido de nada»

Poco a poco vi que volvía la indiferencia. Y que el Estado empezaba a pagar su parte en la Negociación, verdadera causa de la muerte de mi hermano. Paolo fue asesinado aprisa, y sobre todo era necesario hacer desaparecer la agenda roja. Si aquella agenda hubiera salido a la luz, su muerte no habría servido de nada. Eran dos cosas que tenían que venir juntas, también para impedir que fuera a declarar a Caltanisetta sobre el atentado de Falcone en Capaci. Decía: “Yo soy un testigo del asesinato de Capaci, y espero ser llamado por la autoridad judicial para testificar lo que sé”. Paolo trabajaba hombro con hombro con Falcone, había leído su diario, que desapareció también.

También escribía su diario el general Carlo Alberto Dalla Chiesa, y también desapareció después de ser asesinado.

Sí, fue extraído de la caja fuerte de la prefectura, mientras era ya un cadáver junto con su mujer. Es una constante de estos asesinos, la desaparición de documentos…

Y usted abandonó la lucha.

Mi madre, a la cual yo me sentía ligado por una promesa, muere en 1997. Pero sobre todo había perdido la esperanza, y no me sentía con el derecho de hablar en nombre de mi hermano. Cuando Paolo escribe su última carta a las 5 de la mañana del 19 de julio, sus palabras parecen las de un loco, una persona que sabe casi que ese es el día en que lo matarán y aún así se muestra optimista. Yo, si ya no tengo esperanza, pensaba, ¿cómo puedo seguir hablando de él?

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Acerca del autor

Alejandro Luque

@atoluque

Periodista y escritor (Cádiz, 1974). Vive en Sevilla.
Tras trabajar en la...

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