No estás solo

 

De hecho, y aunque no lo menciona, yo siento que la elección de los personajes citados tiene mucho que ver con el hecho de que, en un momento u otro de sus vidas, o durante toda su vida en algún caso, fueran seres perfectamente invisibles para el común de los mortales. Todos fueron parias, fantasmas errantes, casi todos pobres de solemnidad. Y no es la primera vez que la mirada de Muñoz Molina se duele al reparar en un sintecho, en un pedigüeño desesperado. ¿Será otro Walter Benjamin ese inmigrante africano que se nos acerca en un semáforo? ¿Habrá entre los miles de desgraciados de España un Bill Evans –también mencionado en estas páginas– cuyo virtuosismo al piano no le salvará del desahucio?

Preguntas como estas me salen al paso mientras, afirma Muñoz Molina, “en los titulares de los periódicos irrumpían por igual la estupidez y el horror”. Es cierto, cada vez resulta más difícil asomarse a un diario, ya sea en papel o digital, y no sentir –como decía justamente Thomas de Quincey– un desagradable estremecimiento.

Muñoz Molina piensa kavafianamente que el camino es mejor cuanto más largo y moroso

En los días en que el escritor va registrando sus impresiones, se mezclan ante sus ojos los titulares que hablan de gente que se disfraza de pennywise para asustar a los conductores, los demagogos que pescan votos en las aguas turbias de la ignorancia y la buena fe, los fundamentalistas que siembran el pánico en cualquier ciudad europea y los estúpidos que juegan a sembrarlo haciéndose pasar por terroristas. Múltiples formas de hacer el payaso que se confunden en estas páginas cuando, justamente, lo que necesitamos es distinguirlos muy bien, saber qué enmascaran y qué buscan… Pero bueno, eso es otra historia.

Si en la anterior obra del jiennense, Como la sombra que se va, se hablaba de dos fugas (una, la del asesino de Martin Luther King; la otra, la del propio autor escapando de una vida gris y frustrante), aquí no hay carreras, ni siquiera prisas por llegar a ningún lado. Muñoz Molina, o el personaje que ha diseñado al efecto, piensa kavafianamente que el camino es mejor cuanto más largo y moroso.

Pertrechado de libreta, útiles de escritura y grabadora, recorre cafés, calles y transportes públicos para tomar el pulso a su entorno. Ese ejercicio va, por otro lado, conformando el propio cauce de su escritura. “Buscaba una música de palabras que fuera al mismo tiempo la de la poesía y la del habla cotidiana”, confiesa en un momento dado, al tiempo que reconoce su deseo de vivir, tomando prestadas las palabras de Handke, “el momento de la sensación verdadera”.

Perderse, ese sano ejercicio que nuestros móviles y google maps han hecho imposible

Porque, es hora de decirlo, lo que tal vez ve uno con más claridad cuando se toma su tiempo y su atención es la enorme cantidad de mentiras que produce este mundo nuestro, este fabuloso pozo de imposturas, de noticias falsas, de mensajes engatusadores dirigidos, casi siempre, a convertirnos en muñecos fácilmente manipulables y en dóciles consumidores, pero también en peores personas, amigos, vecinos, compañeros. ¿Se puede escapar de todo ello simplemente deteniendo el cronómetro, dimitiendo del ritmo acelerado de la ciudad, aparcando en los boxes a oír cómo los demás, bólidos fatales, zumban al pasar por nuestro lado? No está nada claro que sea así, pero Muñoz Molina nos insinúa que, si hay una salida a todo esto, pasa desde luego por recordar cómo era aquello de perderse, ese sano ejercicio que nuestros móviles y google maps han hecho imposible.

Con una guasa que sorprenderá a quienes no conozcan de cerca al autor de El invierno en Lisboa y El jinete polaco, se llega incluso a especular con los postulados principales de una ciencia imaginaria, la Deambulología, aunque predomina el tono más bien serio, con momentos tan emocionantes como esa retahíla de sencillos deseos que ocupa cuatro o cinco páginas, y que vienen a recordarnos que las cosas importantes rara vez cotizan en Wall Street. Al final, con cierta gravedad, se hace un balance grave pero sereno del trabajo de observación realizado: “Casi todas las cosas que amas están en peligro de desaparición. No tienes ni siquiera la escapatoria de la nostalgia, porque sabes que no ha habido antes otro tiempo que fuera mejor”.

Bien mirado, este andar solitario entre la gente no puede estar más concurrido: somos muchos los que, de una manera u otra, participamos de las angustias, de las indignaciones y de las esperanzas de este libro. Cierro las tapas, lo dejo sobre la mesa y abro el ordenador para consultar mi correo. Me temo que mi tregua ha terminado. De repente, se abre ese mensaje grotesco de una agencia de viajes y leo: Las ciudades están vivas, ¿y tú?

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Acerca del autor

Alejandro Luque

@atoluque

Periodista y escritor (Cádiz, 1974). Vive en Sevilla.
Tras trabajar en la...

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