Desarraigados

 

Miento. Abre otra. Porque si hay algo insoportable para la sociedad kurda patriarcal, es que un hijo – o un hermano – te salga marica. Tan insoportable como que una hija o hermana pierda la virginidad (o da lugar a habladurías de haberla perdido). Se castiga igual: con la muerte. Sin remisión.

Eso también es verídico. No nos lo ahorra el director. Y podemos aún agradecerle que las cinco niñas de la película son todas tan crías que solo piensan en salir a la calle a jugar a la pelota con las demás niñas: al menos el drama del himen, que también se arregla a disparo limpio – es verídico –, nos lo ha ahorrado.

El drama de ser una cría de seis o siete años y tener que cuidar del hermanito bebé

Pero no el drama de ser una cría de seis o siete años y tener que cuidar del hermanito bebé, ese hermanito varón que es todo para el padre. Tener responsabilidad de madre a esa edad, responsabilidad de vida y muerte, sin saber, frente a una cosa que se llama lavadora y que no había en el pueblo, esto también es un drama. Y esto no nos lo ahorra el director. Desea uno que no sea verídico.

Conforme avancen los dramas, la película, eso sí, pierde su arrojo visual. Da la sensación de que alguien ha pegado un grito en la sala de edición: ¡Recorten como sea, pero que no se pase de dos horas! Y ahora, en lugar de escenas bien desarrolladas, como al principio, las secuencias se hacen cada vez más cortas, en una especie de staccato acelerado hasta el final, hasta llegar a asemejarse a una sucesión de fotos fijas. Con una intención pedagógica cada vez más clara, la búsqueda de una conciliación emocional entre el terrible destino de los kurdos arrancados de sus pueblos y el Estado que no tiene más remedio que combatir a la guerrilla, pero no por eso deja de querer a todos sus hijos. No solo los militares que reparten caramelos, también las funcionarias del colegio que acoge a las cinco niñas kurdas se muestran de su mejor lado, son personas llenas de buena voluntad.

Aquí todos son buenos, hasta quienes empuñan las pistolas: no pueden ser de otra manera

Esto es tan verídico como lo contrario: el director no ha querido apostar por mostrar un Estado opresor sino uno acogedor. Aquí todos son buenos, hasta quienes empuñan las pistolas. El drama es que no pueden ser de otra manera. Porque la guerra, porque el pueblo, porque Estambul.

Sorprende que esta cinta, melodramática sí, pero bien rodado en gran parte, con un juego de cámara hermoso, sensible, tierna incluso, muy recomendable para proyectarse en cualquier taller sobre el conflicto kurdo, porque hace reflexionar… sorprende que salga de las manos del mismo Mahsun Kirmizigül – cantante, actor, director, empresario – que solo un año más tarde firmó la infumable americanada Cinco minaretes en Nueva York, a mayor gloria del islamismo light y su gurú, Fethullah Gülen (entonces aún aliado del Gobierno turco, claro). Vi el sol, en cambio, no da la impresión de haber sido encargo de ningún bando, y sí un homenaje del cineasta a la tierra que lo vio nacer y a sus dramas. Sin concesiones. La vida misma.

Miento. Mahsun Kirmizigül sí nos ha ahorrado un drama. En la vida real, las familias de las montañas kurdas no hablarían en turco, ni siquiera en turco con fuerte acento, como los actores (una concesión al público: ahorrar subtítulos). En la vida real, las cinco niñas no habrían entendido nada al llegar al colegio. Si habrían sentido más perdidos que en Noruega. Habrían llorado por no saber qué les dice la profesora, por estar arrojadas a un mundo ajeno. Porque la vida real puede ser todavía más putada que una película verídica de Mahsun Kirmizigül.

 

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Ilya U. Topper

@ilyatopper

Periodista (Almería, 1972). Vive en Estambul, donde trabaja para la Agencia Efe.
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