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Ben Clark

 

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Del dolor y la felicidad

Ben Clark (Ibiza, 1984) forma parte de la última generación de jóvenes poetas llamados a defender pacíficamente la poesía verdadera en medio de un totum revolutum que desde las redes sociales ha estallado en listas de éxitos, festivales y portadas de cuadernos de adolescentes que, sin un Google Maps convincente, se arrojan en los brazos de cualquier perpetrador de versos que les propone una lectura facilona y epidérmica.

Ben Clark | © Cedida

Ben Clark | © Cedida

Porque aunque un poema debe entenderse -aun el verso difícil y oscuro-, eso no nos debe hacer caer en el absurdo planteamiento de que para evitar el alejamiento de los lectores tengamos que abaratar tanto un texto que acabemos prácticamente regalándolo en su gestación y recepción. Tan fácil es escribir un mal poema que no se entienda como uno horrible al que se le vean todas las costillas. Consciente de ello, Ben Clark entiende que para la poesía no vale solo con saber leer y emocionarse sino que es necesario un esfuerzo por parte de quien la recibe pero también de quien la hace.

Gracias a ese desempeño con la palabra, su poesía ha recibido distintos reconocimientos entre los que destacan el XXI Premio de Poesía Hiperión, ex aequo con David Leo García, por su libro Los hijos de los hijos de la ira, y el IV Premio de Poesía Joven RNE por el libro Mantener la cadena de frío, escrito con Andrés Catalán. Ha sido becario de creación literaria en la Fundación Antonio Gala (2004-2005); en The Hawthornden Castle International Retreat for Writers, (Escocia); y en The Château de Lavigny International Writers’ Residence (Suiza). Ha traducido los Poemas de amor de Anne Sexton, la Poesía Completa de Edward Thomas y el último libro de George Saunders, Diez de diciembre (Alfabia, 2013). Sus últimos versos se hallan en Los últimos perros de Shackleton.

La poesía es una herramienta para gestionar el dolor y la felicidad en sus vertientes domésticas de la alegría y tristeza. Esa gestión pasa no solo por hacer fácil lo difícil sino también por hacerlo desde el compromiso con la sencillez y la claridad. Eso demuestran estos cinco poemas deslumbrantes que Ben Clark ofrece sobre su padre y en donde la verdad del poema impone el plano más humano del poeta. Aunque todo es fragilidad en los momentos más tristes de la memoria, el poeta elige un lenguaje claro y un tono natural, hasta irónico, para el camino de la hondura. No escoge el empedrado del patetismo, sino la vereda de la expresión sencilla de algo tan complicado como es el sufrimiento íntimo. Aunque la poesía es una ficción -defiendo esto por completo-, no es tan malo que el sujeto lírico a veces esté tan cerca del sujeto biográfico.

Un crítico tan solvente como Antonio Rivero Taravillo señala que Ben Clark “es uno de los autores que está haciendo ahora mismo mejor poesía en España. Su consolidada obra va siendo cada vez más, y aquí de manera aplastante, uno de los motivos por los que –Cervantes rules– otras lenguas se hacen lenguas de la nuestra.” Y yo estoy de acuerdo con esa afirmación.

[José Manuel García Gil]

Mi hijo, el poeta

mi propio corazón una ciudad con un terrorista

atrincherado en el despacho del alcalde.

Stephen Dunn

 

Si Padre llega tarde no es porque tenga miedo

ni porque arranque al fin la primavera

y con ella los coches deshuesados

que ponen rumbo al mar.

 

Si Padre llega tarde

a la tercera planta, Sala 6,

cardiología,

será por un despiste o porque quiere,

porque, con todo, es dueño —todavía—

de estas pequeñas cosas que no importan.

 

Y dicen nuestro nombre y me sonríe,

victorioso y anciano y en sus ojos

danza un pirata dueño de un secreto.

 

La doctora es más joven que el poeta

y el pirata me apunta con la pata

de palo y el secreto se posa en su hombro izquierdo:

 

Este es mi hijo, barbulla y ya no quedan

mesas libres en ninguna terraza y menudo día

para ser otra cosa; millonario

con camisa pistacho; surfer; mendigo al sol

con los ojos cerrados, sonriendo.

 

Un día para estar en otro sitio.

Un día sin tener que hablar de nada.

 

Este es mi hijo, el poeta.

Y el secreto aletea en la consulta

repitiendo la frase, poseído

por la ira de las arenas insomnes y por el blanco

impoluto de la bata. Mi hijo, repite mi padre

y el secreto regresa a su hombro izquierdo

y nadie dice nada en la tercera

planta de la sala 6. Cardiología.

Arte

The disease had sharpened my senses

Edgar Allan Poe

 

La doctora dibuja un corazón

que no tiene forma de corazón.

Un corazón enfermo, un vienés

que baila mal el vals; la bomba atómica

del hombre que hay sentado a mi derecha.

 

Y juntos contemplamos al culpable.

Y juntos contemplamos a la víctima.

Su representación (esto no es…).

La doctora dibuja un corazón

y explica que la muerte llegará

 

aquí, o aquí, o aquí, o aquí

aunque puede que no, puede que no.

 

La doctora no sabe dibujar

pero traza sin miedo,

y al hablar por teléfono sombrea

los bordes con un gesto de fastidio.

«Ya lo decía Hipócrates…», nos dice,

y antes de despedirnos guarda el esbozo enfermo

en un cajón con llave.

La vela

 

Y yo era del sol y el sol era bueno

y yo era de las nubes y del mar

y así estaba bien.

Y tú eras el acero y la montaña

y el tiempo consumido y el futuro.

 

Y yo era de las muelas bucaneras

y de los huesos rotos y del parche

del ojo vago y tú eras de las noches

cuando se iba la luz; la vela amable

y milagrosa tú, mi mundo mago.

 

 

Difusión simple

 

Es extraño vivir, pertenecer

al reducido mundo en movimiento.

 

Es extraño vivir y beber zumos

sobre arenas doradas en septiembre,

hablar con el objeto de tu amor

—porque vive también

a pesar de que sea algo improbable—.

 

Es extraño vivir y caminar tranquilo

sobre la piel reseca de los muertos,

no estar con ellos, no ser uno de ellos

—ni siquiera pensarlos todo el rato—.

 

Los muertos son millones y uno solo;

un cuerpo que se encoge. Nada más.

Es sencillo entender su podredumbre

y el engranaje simple de su olvido.

Pero existir. Estar. Desafiar

con tu sola presencia al gran ejército

de la noche requiere un pensamiento

abrumador, inútil, complicado.

 

Y sin embargo es fácil contentarse

con esta extraña dicha que es saberse

y descubrirse día a día en el reflejo;

celebrar las miserias porque son

cuando todo podría no ser más,

y salir al tedioso mundo infame

armado con el don de estar cansado

y dolorido. Ser. Pertenecer

al diminuto imperio del aliento.

 

 

Rolls Royce

 

Cuando cumplí los treinta me senté

a pensar en las cosas que quería.

 

Pensé en ti, en un futuro vago, en todo

lo que duerme detrás de la escritura.

 

Y después, es verdad, pensé en un Rolls

Royce Phantom, o en cualquier Rolls Royce (¿importa?)

 

y tuve la ilusión de tener uno

antes de morir.

 

Y con otra cerveza dije bueno,

con ir en uno

 

me doy por satisfecho. Me senté

y me propuse ir en un Rolls Royce

 

como objetivo único y legítimo.

 

Más tarde recordé su funeral.

El Rolls que nos llevó hasta el crematorio.

 

El perfecto silencio del motor;

cómo el coche aquel día no importaba.

·

© Ben Clark · Primero publicado en Caleta (Dic 2015)

 
 
 
 

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