Reencuentros

 

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Estos últimos días me he reencontrado con dos viejos amigos, Yasser Arafat y Yithzak Rabin.

En realidad, quizá la palabra “amigos” no sea la más apropiada. Arafat me llamó “amigo mío” en un mensaje grabado que me envió por mi septuagésimo cumpleaños. Rabin, por su parte, no llamaba “amigo” a nadie. No era de ese tipo de personas.

Me alegro de haberlos conocido de cerca a ambos. Mi vida no habría sido lo mismo sin ellos.

No creo haber conocido jamás a dos personas más distintas.

Arafat era una persona cálida. Emocional. Sus abrazos y besos tenían un carácter ritual pero también expresaban sentimientos reales. Le presenté a muchos israelíes y todos decían que después de diez minutos en su compañía se sentían como si lo conociesen de toda la vida.

Rabin y Arafat dedicaron la mayor parte de su vida a luchar por su pueblo y uno contra el otro

Rabin era exactamente lo contrario. Como yo, aborrecía el contacto físico. Era distante. Nunca mostraba sus sentimientos. Solo se abría entre personas de su más absoluta intimidad y en esos casos demostraba tener hondos sentimientos.

No obstante, estas personalidades tan diferentes tenían algo en común. Ambos se pasaron la vida luchando. Rabin abandonó sus estudios durante el mandato británico para ingresar en las filas del ilegal Palmach, las “tropas de choque” de la Haganá. Arafat dejó de lado una carrera de ingeniero en Kuwait para organizar la OLP (Organización para la Liberación de Palestina). Rabin era seis años mayor que Arafat.

Ambos dedicaron la mayor parte de su vida adulta a luchar por su pueblo y uno contra el otro. En la guerra, ninguno se distinguió por su moderación. Rabin dijo una vez a sus soldados que “les partieran las piernas y los brazos” a los palestinos. Por su parte, Arafat ordenó muchas acciones crueles.

Después de largos años de guerra, ambos abrazaron la vía de la paz. Esto resultó ser mucho más peligroso. A Rabin lo asesinó un fanático judío. Arafat fue asesinado – eso creo yo – de forma mucho más sofisticada por agentes de Ariel Sharon.

Tuve el privilegio de que ellos mismos me contaran cómo y por qué decidieron dar aquel giro decisivo por la paz.

Sabía que los palestinos nunca serían capaces de derrotar a los israelíes por sí mismos

La explicación de Arafat era la más sencilla. Más o menos es la siguiente (en mis propias palabras):

Siempre creí que al final los ejércitos árabes derrotarían a Israel en el campo de batalla, y que los palestinos solo tenían que dar el primer paso. Aunque yo era el comandante en jefe de las fuerzas palestinas, sabía que los palestinos nunca serían capaces de derrotar a los israelíes por sí mismos.

Entonces llegó la Guerra de 1973 (llamada Guerra del Yom Kippur en hebreo). Los dos ejércitos árabes más fuertes atacaron Israel. Cogieron a Israel totalmente por sorpresa y el primer día obtuvieron resultados impresionantes. Los egipcios invadieron la línea Bar-Lev y los sirios se aproximaron al Mar de Galilea.

Pero hete aquí que a pesar de los éxitos iniciales, los árabes perdieron la guerra. Cuando por fin se impuso el alto el fuego, las fuerzas armadas israelíes se acercaban a Damasco y nada se interponía entre ellas y El Cairo.

Después de aquella experiencia llegué a la conclusión de que no es posible vencer a Israel en el campo de batalla. Por lo tanto, decidí luchar por la causa palestina con medios pacíficos.

Con las conversaciones secretas entre su emisario Said Hamami y yo, Arafat dio los primeros pasos por el camino de la paz, que finalmente condujo a Oslo.

El camino de Rabin hacia la paz fue más enrevesado. Él mismo me lo contó con pelos y señales en su casa una tarde de shabat después del famoso apretón de manos con Arafat en Washington, ceremonia a la que por cierto no me invitó, a diferencia de Begin, que me invitó a una cena con Sadat en Egipto. Rabin siempre fue Rabin.

Esta es la historia de Rabin, en mis palabras:

Pensábamos que el rey Hussein firmaría la paz si se lo devolvíamos todo excepto Jerusalén Este

Después de la Guerra de los Seis Días, yo estaba a favor de la llamada “opción jordana” como casi todo el mundo. Nadie creía que pudiéramos mantener todo el territorio que habíamos conquistado y nosotros pensábamos que el rey Hussein firmaría la paz si se lo devolvíamos todo excepto Jerusalén Este. Después de todo, Hussein tenía su capital en Ammán, así que ¿para qué quería Jerusalén?

Fue un error. El rey declaró que cortaba sus vínculos con Cisjordania. Nos quedamos sin interlocutor. Alguien se inventó un socio artificial, las “Ligas de los Pueblos”. Poco después se hizo evidente que eran una estupidez.

Entonces tomé la iniciativa de reunirme uno a uno con los líderes locales de Cisjordania. Aunque deseaban la paz, al final todos terminaban diciendo: Nuestro líder es Yasser Arafat.

Entonces se celebró la Conferencia de Paz de Madrid. Los israelíes aceptaron una delegación palestino-jordana en la que no se incluyera a Faisal Husseini, que residía en Jerusalén Este. Cuando en las conversaciones le llegó el turno a la cuestión palestina, los jordanos dijeron: “Lo sentimos, pero este asunto no nos concierne”, y abandonaron la mesa. Dejaron a los israelíes solos frente a los palestinos.

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Uri Avnery
Periodista y ex diputado israelí. Nacido en 1923 en Alemania, emigró con su familia en 1933...

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