Pequeños jinetes esclavos

Publicado por

Darío Menor

Publicado el 22 Ene 2006

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Niño-jinete en un país del Golfo | Ansar Burney Welfare Trust (cortesía)
Niño-jinete en un país del Golfo | Ansar Burney Welfare Trust (cortesía)

La esclavitud, toda una en tradición, sigue existiendo hasta hoy en la Península Arábiga. Uno de los casos más llamativos y desconocidos es el de los niños que son vendidos a los magnates del petróleo para ser utilizados como jinetes en las carreras de camellos, el deporte más popular de la región.

Según denuncia el abogado paquistaní Ansar Burney, presidente de la asociación Ansar Burney Welfare Trust International, dedicada a tratar de salvar a los 40.000 niños que sufren esta condena, la utilización de menores de hasta dos años y medio como ‘jockeis’ es habitual en Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Arabia Saudí, Omán, Qatar y Bahrein. Niños que son comprados o secuestrados en países como India, Pakistán, Sri Lanka, Bangladesh o Sudán, y que son recluidos en “cárceles privadas” en mitad del desierto, a 50 grados centígrados de calor y con dietas muy livianas para que no engorden: el peso corporal debe ser bajo para que los camellos no se resientan en las carreras. Niños como Shahid, que fue raptado en Bangladesh cuando tenía 7 años y conducido a Dubai, uno de los Emiratos Árabes Unidos.

Vendido por la propia familia

Shahid tuvo suerte y fue devuelto a su país cuando superó los 20 kilos, un peso con el que ya no era rentable como jinete. Ahora puede contar su historia: “Un día, mientras jugaba frente a mi casa, un hombre vino y habló con mi hermanastra, que me vendió. Me encerraron durante cuatro meses mientras mis raptores obtenían un pasaporte para mí. Luego fuimos al aeropuerto de Bombay, donde me entregaron a una señora india. A la mañana siguiente, la señora y yo llegamos a Dubai, donde fui vendido a un árabe, que me llevó a su casa. Al principio, me encargó que cuidara de los camellos y más tarde contrató a un instructor para que me enseñara a montarlos. Tras un agotador entrenamiento, empecé a trabajar como jinete en las carreras profesionales. Nunca recibí ningún salario por mi trabajo pero, de cuando en cuando, si el camello ganaba la carrera, mi dueño me daba propinas de 100-200 dinares. No me daban mucho de comer, así que siempre pasaba hambre, y si les pedía comida me pegaban. Pesaba sólo 20 kilos. Cuando crecí, ya no servía como jinete, pues ya no era posible mantener mi peso en este nivel. Entonces, como ya no le era útil, el propietario árabe pidió que me devolvieran a Bangladesh”.

“No me daban mucho de comer, así que siempre pasaba hambre, y si les pedía comida me pegaban”

Pese a las penurias que sufrió durante el tiempo que pasó en Dubai, Shahid es un privilegiado. Otros niños no tienen tanta suerte. Secuestrados o vendidos a las mafias por unos 75 dólares, los pequeños sufren numerosas caídas durante las carreras, por lo que no es extraño que mueran arrollados por los camellos. Además, las palizas y las violaciones por parte de los cuidadores son una práctica habitual. Cuando llegan a los 12 años o superan los 20 kilos, los niños son abandonados a su suerte: se convierten en mendigos o son forzados a prostituirse. Sólo unos pocos vuelven a sus países de origen.

El Gobierno de Bangladesh, ante las enormes dificultades para localizar a los niños secuestrados, identificarlos y entregárselos a sus familias, decidió pedir ayuda a la Organización Internacional de Migraciones. En el año 2002, esta institución lanzó un programa de retorno y reintegración de los niños bengalíes vendidos en los Emiratos Árabes Unidos.

Una vez que los niños son recuperados y devueltos al país donde nacieron, comienza el proceso de integración, que en algunos casos es extremadamente difícil. Debido a la corta edad con que fueron separados de sus familias (en algunas ocasiones menos de tres años), los pequeños a menudo no son capaces de reconocer a sus padres ni hablar su idioma materno, lo que les condena de nuevo a la marginación y la pérdida de identidad.

Complicidad de los gobiernos

La explotación de menores en los países del Golfo se lleva a cabo con la complicidad de sus políticos y gobiernos, que participan en esta ‘industria’, pese a haber ratificado los distintos convenios internacionales de protección de la infancia.

Según denuncia Ansar Burney, “todos los dirigentes de estos países, incluso la propia corona, tienen un equipo para competir en las carreras de camellos. Los jeques, sin embargo, dicen que no se habían dado cuenta de la edad de los jinetes, ni sabían cómo habían llegado a sus países ni conocen las condiciones de esclavitud en que son explotados”.

La participación de las élites dirigentes de estos países en la explotación de niños en las carreras de camellos hace que la campaña de Ansar Burney y de otras organizaciones como Anti-Slavery para acabar con esta práctica sea “muy difícil”. Las presiones y amenazas son continuas, denuncia Burney, hasta el punto de sufrir ataques en su oficina y su coche. “Los jeques mueven mucho dinero, y esto supone una gran capacidad de presión. Yo no trabajo por dinero, sino por la justicia y el bienestar de esos niños”, afirma este activista paquistaní, cuya organización consiguió liberar en 2004 a 485 menores que trabajaban como esclavos “hasta 17 horas al día” en los Emiratos Árabes Unidos.

Los primeros prototipos de robots se probaron recientemente en Qatar y los Emiratos

Pese a la incapacidad de las leyes de los países del Golfo para acabar con la utilización de menores de 16 años como jinetes de carreras, una esperanza parece haber aparecido en el horizonte de estos niños: su sustitución por robots, que serán fijados a los lomos de los camellos y dirigidos por medio de un sistema de control remoto. Los primeros prototipos se probaron recientemente en Qatar y los Emiratos bajo la atenta mirada de las máximas autoridades de estos países.

A pesar de las buenas palabras de los jeques y de los ingenieros que han diseñado los pequeños robots, Ansar Burney no cree que estos artefactos vayan a acabar con el problema: “Si estuvieran decididos a sustituirlos, no hubiera sido necesaria la nueva ley que en EAU prohíbe la utilización de menores de 16 años como jinetes en las carreras de camellos”.

La esclavitud de niños en los países del Golfo Pérsico es especialmente perversa: se lleva a cabo con la complicidad de sus Gobiernos y en medio de la enorme riqueza que genera el petróleo. Pero no sólo existe el drama de los pequeños ‘jockeis’. También es habitual el tráfico de menores desde Yemen, donde la extrema pobreza empuja a los padres a vender a sus hijos a las mafias. Éstas se encargan de introducir a los niños en Arabia Saudí, donde son explotados en régimen de esclavitud.

esclavitud

Tradición regional

Dos países africanos con gran tradición de utilizar  esclavos son Mauritania y Sudán. En este último país son todavía habituales las razzias de bandas armadas para secuestrar a miembros de las tribus rivales, especialmente niños, que luego se convertirán en esclavos sexuales o trabajarán como sirvientes. UNICEF cifra entre 5.000 y 10.000 el número de menores que permanecen en cautiverio en Sudán.

En los años treinta del siglo XX, numerosos traficantes se dedicaban a cazar jóvenes y niños —como si de animales se tratara— en las zonas costeras de Sudán y Etiopía para luego embarcarlos a través del Mar Rojo y venderlos en Arabia y Yemen. Entonces era una actividad perseguida por la ley y por las patrulleras británicas. Debido a las presiones de Londres, la esclavitud fue prohibida en Arabia Saudí en1936 y el rey Ibn Saud acordó con el Reino Unido acabar con la importación de nuevos esclavos, regular la situación de los que ya existían y proporcionarles algún tipo de manutención. A la luz de la situación actual, sólo ha cambiado el origen de los esclavos: ya no vienen de Sudán y Etiopía sino de Pakistán y Bangladesh.

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