Los aprendices de Berlusconi

Publicado por

Ángel Villarino

Publicado el 15 Dic 2006

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Gianfranco Fini (izda.) y S. Berlusconi (Bruselas, 2003) | © Comisión Europea
Gianfranco Fini (izda.) y S. Berlusconi (Bruselas, 2003) | © Comisión Europea

El mito del Berlusconi ‘eterno y omnipotente’ sufrió un duro revés a finales de noviembre con el desmayo que interrumpió un discurso político del ex primer ministro. Su médico personal, Umberto Scapagnini, alcalde de Catania, aseguró después que “Silvio sigue siendo inmortal”. Pero ‘Silvio’ cumplió 71 años el pasado 29 de septiembre y es fácil verificar que no es el que era.

El liderazgo de la derecha italiana está en entredicho. Hace un mes, Libero, un diario propagandístico de la derecha, lanzó la primera piedra al asegurar que Berlusconi no volverá a presentarse a unas elecciones, ni se postulará para un cargo institucional. Afirmó que el líder del partido Forza Italia abandonará la política en breve para dedicarse a sus empresas. Il Giornale, diario que pertenece a la familia de Berlusconi, se posicionó de modo parecido, sin que el propio interesado ni los portavoces de su partido desmintieran la información.

La inmensa manifestación convocada por Silvio Berlusconi en Roma el pasado 3 de diciembre confirmó las sospechas de que el veterano político se prepara para dejar una herencia saneada: un partido único que aglutine por fin a todo el centro-derecha de Italia.

Fini, el heredero más sólido de Berlusconi, no es aceptado por el Partido Popular Europeo

El líder debería ser, lógicamente, alguno de sus delfines en Forza Italia. El problema: entre los colaboradores de Berlusconi no hay nadie a la altura del desafío. Los biógrafos de Il Cavaliere coinciden en señalar que uno de sus principales defectos fue siempre la dificultad por delegar y por rodearse de políticos competentes con quienes compartir la batuta. Su currículo lo atestigua: Berlusconi es el único primer ministro italiano que durante largos periodos ha asumido simultáneamente con este cargo varias carteras ministeriales: Exteriores, Salud, Función Pública…

En el entorno de Forza Italia se barajan dos nombres para protagonizar la sucesión. Uno es el del ex ministro de Finanzas Giulio Tremonti, un economista obsesionado con la competencia asiática y exponente de una escuela bautizada como ‘economía creativa’, que consiste en sacar dinero de debajo de las piedras. Su astucia y el aguijón de su oratoria podrían valerle el puesto, si no fuera por el lastre de sus defectos físicos: su irritante voz de pito y su físico aniñado hacen las delicias de los humoristas y son la pesadilla de los asesores de imagen de Forza Italia.

Faltos de carisma

El segundo candidato de la casa berlusconiana es Gianni Letta, mano derecha y sombra de Il Cavaliere durante sus años de Gobierno; un político italiano de corte clásico, conciliador, simpático y apagafuegos, y reconocido como administrador enormemente eficaz. Letta, sin embargo, carece del más mínimo carisma. Se barajan otros nombres: Paolo Bonaiuti, Sandro Bondi… hombres grises sin suficiente perfil para afrontar unas elecciones. Los analistas recuerdan, además, que Forza Italia es un partido de corte populista, cimentado sobre un solo hombre y que, por ello, podría pasar de ser el más votado del país a una sombra de sí mismo el día que Berlusconi abandone la política.

La sucesión podría pasar, así, por alguno de los partidos que gravitan en torno al universo berlusconiano. En la coalición de La Casa de las Libertades conviven, entre otros, la Liga Norte de Umberto Bossi, la Alianza Nacional de Gianfranco Fini y, hasta hace algunas semanas, la Unión de los Demócratas Cristianos y del Centro (UDC) de Pier Ferdinando Casini. Políticos con carácter, que se han forjado un nombre propio, pero que también adolecen de graves lastres: la opción de la Liga Norte, partido separatista y de corte xenófobo que proclama la supremacía de la Italia septentrional, se puede descartar de antemano.

Sería un suicidio intentar ganar unas elecciones legislativas en toda la península con la candidatura de alguien que hasta ahora ha gritado “Roma ladrona”. Además, Umberto Bossi no se ha recuperado de sus afecciones cardíacas y apenas consigue hablar.

Entre los posibles sucesores se encuentran personajes tan poco presentables como Roberto Calderoli, un ex ministro al que Berlusconi tuvo que obligar a dimitir por sus salidas de tono racistas y los escándalos internacionales que provocó; por ejemplo, vistiendo en un plató televisivo una camiseta con las ‘explosivas’ viñetas de Mahoma.

La sucesión podría pasar, así, por alguno de los partidos que gravitan en torno al universo berlusconiano. En la coalición de La Casa de las Libertades conviven, entre otros, la Liga Norte de Umberto Bossi, la Alianza Nacional de Gianfranco Fini y, hasta hace algunas semanas, la Unión de los Demócratas Cristianos y del Centro (UDC) de Pier Ferdinando Casini. Políticos con carácter, que se han forjado un nombre propio, pero que también adolecen de graves lastres: la opción de la Liga Norte, partido separatista y de corte xenófobo que proclama la supremacía de la Italia septentrional, se puede descartar de antemano.

Sería un suicidio intentar ganar unas elecciones legislativas en toda la península con la candidatura de alguien que hasta ahora ha gritado “Roma ladrona”. Además, Umberto Bossi no se ha recuperado de sus afecciones cardíacas y apenas consigue hablar. Entre los posibles sucesores se encuentran personajes tan poco presentables como Roberto Calderoli, un ex ministro al que Berlusconi tuvo que obligar a dimitir por sus salidas de tono racistas y los escándalos internacionales que provocó; por ejemplo, vistiendo en un plató televisivo una camiseta con las ‘explosivas’ viñetas de Mahoma.

Forza Italia, el partido más votado, tuvo un 24% en 2006 pero puede desaparecer si Berlusconi se jubila

Alianza Nacional, partido que alcanzó el 12% de los votos en las últimas elecciones, alberga al candidato más sólido para sustituir a Berlusconi. Tras su giro al centro desde el fascismo sin matices, Gianfranco Fini se ha consolidado como el segundo político más valorado por el electorado de centro-derecha, justo detrás de Berlusconi. Es la encarnación del hombre de derecha italiano: parlamentario de enorme experiencia, con una oratoria agresiva y brillante, hábil en las relaciones diplomáticas (fue el último ministro de Exteriores de Berlusconi), de una seriedad con toques golfos y un discurso que se sustenta en cuatro pilares: familia, orden, patria e Iglesia. Y, al contrario que otros aliados, Fini siempre ha permanecido fiel a Il Cavaliere.

En la larga marcha hacia la candidatura, el líder de Alianza Nacional no ha ahorrado esfuerzos: visitó una sinagoga para dejar atrás su antisemitismo, abrazó algunas máximas del liberalismo económico para complacer a los votantes neoliberales y marginó a los miembros más casposos de su partido, como Alessandra Mussolini, nieta del Duce, quien considera a Fini, literalmente, un “perro traidor”.

Las cifras

12% de los votos es la fuerza de Alianza Nacional: la mitad de Forza Italia. Su líder, Gianfranco Fini, quiere ser el heredero de Berlusconi.

7% es el resultado de la UDC, cuyo dirigente, Casini, pretende crear un nuevo partido centrista cristiano para liderar la oposición a Prodi.
4,5% ha subido, de los votos recibió la Liga Norte de Umberto Bossi, que no tiene opciones de jugar en el club de los herederos de Silvio. 


A pesar de tanto esfuerzo, Alianza Nacional no ha conseguido ser admitida en el Partido Popular Europeo (PPE), donde hace menos de un mes se volvió a desechar su candidatura por los muchos componentes ‘ultra’ de su programa. Ese podría ser uno de los últimos obstáculos de Fini.

El PPE preferiría la tercera alternativa: el liderazgo de la UDC, cuyo líder, Pier Ferdinando Casini, amigo íntimo de José María Aznar, es cercano a la ortodoxia de la derecha europea. Tras meses de confrontación, Casini rompió relaciones con Berlusconi el 2 de diciembre al rechazar la invitación de su ‘jefe’ a acudir a la manifestación de Roma. Fue consciente de que no podría liderar el rebaño si permanecía pegado a Il Cavaliere. Su lado débil son las urnas: su partido se quedó en un pálido 7% en las elecciones de este año.

Amigo de Aznar

El eslogan de Casini es la creación del ‘Gran Centro’, es decir la refundación de la histórica Democracia Cristiana para aglutinar a todos los centristas de corte humanista y católico que vagan por el espectro político italiano. Podría beneficiarse de la nostalgia que siente gran parte de la clase media por la bonanza económica de las décadas democristianas, sobre todo cuando se ha demostrado que la corrupción y el amiguismo no fueron patrimonio único de este partido. Unos recientes sondeos encargados por Casini muestran que en torno a un 25% de los votantes italianos estarían dispuestos a apoyar un renacimiento democristiano. Los votos —y los candidatos— vendrían tanto de la izquierda como de la derecha, en una proporción cercana al 50%.

Pero ni Fini, ni Bossi, ni los escuderos de Forza Italia forman parte de la visión de Casini. Si la UDC renace de sus cenizas, los cabecillas de la derecha seguirán disputándose la herencia, ya mermada, de Silvio Berlusconi. Aunque la deserción de los centristas enterraría, probablemente, de forma definitiva su sueño de recuperar el poder.

 

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