La flotilla islamista de Erdogan

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Daniel Iriarte

@Danieliriarteo

Periodista y cineasta documental (Zaragoza, 1980). Vive en Madrid, donde trabaja en la sección internacional del diario El Confidencial , después de una década como corresponsal en Asia y el Mediterráneo, los últimos cinco años en Turquía.

Publicado el 3 Jun 2010

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Protesta por el asalto israelí al Mavi Marmara (Estambul, 2010) | © Daniel Iriarte

Se dice que en Turquía se puede saber la filiación política de un hombre atendiendo a su bigote. De ser así, las decenas de varones aquí reunidos son sin duda votantes de Recep Tayyip Erdogan, pues casi todos lucen el mismo bigotito ralo que el primer ministro turco.

Nos encontramos en la sede de la IHH—siglas turcas de la Fundación para los Derechos Humanos y la Libertad—, la organización de ayuda humanitaria musulmana que organizó la flotilla a Gaza, y que ahora acoge amuchos de los pasajeros que iban en el ‘Mavi Marmara’, el barco asaltado por comandos israelíes la madrugada del lunes.

Hay un trasiego incesante de personas con bandejas, que ofrecen tés, zumos, caramelos. El aire acondicionado zumba a plena potencia: en la IHH trabajan muchas mujeres, todas ellas con velo y ataviadas con largas gabardinas, a pesar del calor veraniego que ya empieza a hacer en Estambul. Al llegar el reportero, se niegan a estrecharle la mano (a la mujer le está vedado en su interpretación del islam).

En las oficinas, las estanterías están llenas de libros sobre conflictos que implican a musulmanes, desde el sur de Tailandia hasta Srebrenica, en Bosnia y Herzegovina. Los pasillos rebosan de activistas turcos y europeos. Éstos partirán mañana, pero hoy se les necesita aquí: se les pide que escriban un testimonio de las presuntas violaciones de derechos humanos de las que fueron testigos, para preparar un informe detallado. “¿Para quién?”, preguntamos. “Para la OTAN”, responden.

Burguesía verde

La IHH no recibe financiación pública, pero sus donantes son en su mayoría empresarios piadosos de Anatolia, la llamada “burguesía verde”, con buenos contactos en el gobierno. Durante meses, la ciudad de Estambul ha estado empapelada con carteles gigantes de la llamada “Flotilla de la Libertad”.

“¿Acaso crees que es posible semejante despliegue sin la complicidad de las autoridades?”, decía Alí, turco laico crítico con los islamistas del Partido Justicia y Desarrollo (AKP), que hoy gobierna Turquía, capitaneado por Erdogan. Sin duda no lo es.

Lo cierto es que esta flotilla no era la primera en desafiar el bloqueo naval israelí. La Plataforma Free Gaza, la otra organizadora de la expedición, ya había enviado otros ocho barcos anteriormente, de los cuales cinco lograron romper el cerco. Esta vez, en cambio —el primero en el que participaba la IHH—, se le había dado mucha más publicidad al evento: el desafío a los israelíes era demasiado grande. Tal vez por eso, en la IHH, la atmósfera es triunfal, militante, a pesar del trágico desenlace.

El embajador de Israel en España, Raphael Schutz, acusa aesta organización de ser amiga de Hamás. Algo que a Erdogan no le importa, porque ayer mismo manifestó que “Hamás no es una organización terrorista”. “Nuestra organización trabaja junto a la ONU en Palestina. Nuestras cuentas bancarias son claras y abiertas”, se defiende Durmus Aydin, vicepresidente de la ONG.

En 1997, la policía turca hizo una redada en la sede de la organización, en la que encontró armas, explosivos y manuales yihadistas, así como documentación que probaba que planeaban enviar combatientes a Bosnia, Chechenia y Afganistán. Hoy día, la IHH mantiene planteamientos más moderados, y está mejor relacionada con el poder. En aquella época, los militantes lucían frondosas barbas, como el profeta Mahoma. Los tiempos han cambiado, ahora prefieren el bigotito ralo de Erdogan.

Una figura polémica

Bülent Yıldırım (Erzurum, 1966), presidente de IHH, viajaba también en el ‘Mavi Marmara’, antes de cuya partida declaró: “Israel se comporta igual que Hitler con los judíos. Hitler construyó campos de concentración en Alemania, y hoy el complejo sionista hace lo mismo con campos de concentración en Palestina”.

Creó la ONG en los años 90 para ayudar a los musulmanes bosnios, y ya entonces, el juez francés Jean-Louis Bruguiere le acusaba de conspirar para reclutar voluntarios yihadistas. Ayer, Bruguiere repitió las viejas acusaciones en una entrevista con AP, aunque no precisó si estos vínculos continúan hoy día.

Erdogan también parece preferirlos a ellos, frente a los aliados tradicionales de Turquía en Europa. El Ministerio de Exteriores turco define oficialmente su política como “neo-otomana”, un intento de recuperar la influencia de Turquía en el antiguo espacio imperial. “El kemalismo [la ideología laica de los seguidores de Kemal Atatürk] siempre ha visto el legado otomano como un lastre para la modernización, pero el AKP ha optado por un enfoque más positivo hacia este pasado, reproduciendo el rol de arbitraje turco en la región”, asegura Dimitris Rapidis, analista del Centro de Tendencias Políticas Globales en Estambul.

Pero los acontecimientos del último año hacen temer que esa estrategia sea más bien “neo-islámica”, como la llaman sus críticos, puesto que ha potenciado un acercamiento a países musulmanes como Irán o Sudán, que nunca formaron parte del Imperio Otomano, mientras que ignora a otros como Serbia, que lo fueron más de tres siglos.

Las desafortunadas intervenciones de Erdogan también apuntan en esa dirección. “Los musulmanes no cometen genocidio”, aseguró el pasado noviembre, saliendo en defensa del presidente sudanés Omar Bashir, acusado en el Tribunal de La Haya. Era su respuesta a los que le acusaban de doble rasero y de no mostrar la misma sensibilidad hacia Darfur que hacia Gaza.

No era tan obvio, cuando José Luis Rodríguez Zapatero eligió a su homólogo turco como compañero en la Alianza de Civilizaciones; entonces parecía, probablemente, la opción más lógica: Turquía es el país más moderno de Oriente Próximo, con una economía en expansión y una gran capacidad de mediación diplomática.

El gobierno español sigue defendiendo esa postura. “Turquía tiene una gran capacidad para resolver crisis y facilitar entendimientos. Creo que esa es la gran fuerza de este país, y no existe contradicción entre esto y la candidatura a la UE, puesto que ampliaría esa capacidad de influencia positiva de Europa en la zona”, comentaba el ministro español de Asuntos Exteriores, Miguel Ángel Moratinos, en el marco de la Conferencia de la ONU sobre Somalia, que tuvo lugar en Estambul. “Es similar a lo que ocurrió cuando España entró en la Comunidad Europea, que aportamos nuestra relación con América Latina y el Mediterráneo”, aseguraba Moratinos.

Más conocidas son sus posiciones críticas contra Israel, país al que el pasado abril calificó de “la principal amenaza para la paz en la región”. El viernes, Erdogan declaró que no consideraba a Hamás un grupo terrorista, sino “una organización que lucha por su tierra”.
Igualmente ha inquietado la firma de un acuerdo para enriquecer uranio iraní en suelo turco, que tuvo lugar en Teherán el pasado mayo, con apoyo de Brasil. El enfrentamiento con Israel también pone en apuros a la Administración Obama que intentaba sacar adelante una negociación entre Tel Aviv y la Autoridad Palestina.

Dado que Estados Unidos parecía comprometido con la solución de los dos estados, Israel ha encontrado en la flotilla la excusa perfecta para hacer naufragar unas conversaciones de paz en las que hubiera afrontado una enorme presión internacional.

Aunque las relaciones con Estados Unidos se resintieron cuando Turquía —país miembro de la OTAN desde 1952— se negó a permitir el paso por suelo a las tropas norteamericanas antes de la invasión de Iraq, en 2003, Ankara sigue siendo el otro gran aliado estadounidense en la zona. Al menos hasta ahora.

La estrategia turca de los últimos años ha sido la de presentarse como la gran mediadora entre Oriente y Occidente. Ha estado cerca de conseguirlo. Estos días, Erdogan, el socio de Zapatero, se ha convertido en el héroe de los países musulmanes, pero ha logrado que Occidente vuelva a mirarle con suspicacia.

Todo empezó en Suiza

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