«Sigo siendo periodista aunque no haga reportajes»

Maruja Torres

Publicado por

Alejandro Luque

@atoluque

Periodista y escritor (Cádiz, 1974). Vive en Sevilla.

Publicado el 27 May 2011

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Maruja Torres (Sevilla, 2011) |  © Juan Manuel Cabrera / Atese
Maruja Torres (Sevilla, 2011) | © Juan Manuel Cabrera / Atese

“Mi nombre es Dispersión”, advierte Maruja Torres (Barcelona, 1943) al comenzar la entrevista. Y no miente: la escritora salta de la trama de su última novela, Fácil de matar, a sus recuerdos de Beirut, ciudad en la que vivió cuatro años; de ahí a la situación actual que vive España y a la degradación del periodismo. Pero el tema que la trae de promoción por toda España es la citada obra, que supone su primera incursión en el género negro, y que está protagonizada por Diana Dial, el personaje central de su debut como novelista, ¡Oh es él! Viaje fantástico hacia Julio Iglesias (1986).

Van a decir que se ha apuntado a la novela negra ahora que está de moda, con los Larsson y compañía…
Ya, ya me lo han dicho. Pero tengo 68 años, cariño, si creen que no se me había ocurrido ya… Además, los suecos me deprimen. Me gustan más los negros del Mediterráneo, que al menos comen, y no llevan plantillas de papel en los pies. Henning Mankell me gusta, porque tonta no soy, pero me deprime, con ese padre que le pintaba siempre el mismo árbol, y esa Seguridad Social sueca que está tan mal… En todo caso, me alegra mucho que haya tantos best-sellers suecos, porque además muchos de mi editorial y sirven para pagar mi adelanto…

¿Cómo surge, pues, la idea del libro?
Yo tenía muchas ganas de matar como periodista. Y mis motivos empezaron antes que los suecos. Pero en la vida real no podía. Como soy bastante lista, fui dándole vueltas, hasta que llegué a la conclusión de que mi protagonista sería una periodista, mi alter ego… Hasta que dije ¡pero si ya la tengo, es Diana Dial!

«Será el primero de una serie de thrillers de la cuenca mediterránea, de Algeciras a Estambul»

Una Diana Dial instalada en Beirut, que vive cómodamente de una pensión que le dejó su ex marido –“estoy hasta las narices de que los periodistas pasen penurias”, dice la autora-, y que, aunque retirada del periodismo, no ha perdido el olfato de sabueso, el mismo que le servirá para esclarecer un misterioso crimen.

“Aunque ya no haga reportajes, soy periodista. Me fijo mucho en todo, como un buhíto. A eso le añado una trama clásica, todo lo  que he aprendido leyendo y leyendo desde los 16 años novela policíaca en catalán, en una colección que se llamaba La Cola de Paja, y que era de lo poco que no se censuraba. Ahí te leías a Chandler, a los franceses, a Simenon… Como en Beirut hay buenas librerías, sólo he tenido que releer, he releído de todo, me he empapuzado de todo. ¡Además, yo aprendí a narrar con Hitchcock!”, agrega.

A la hora de describir a la periodista-investigadora de Fácil de matar, Torres habla de “una señora con 14 años menos que yo, porque no soy tonta, una mujer fuerte, mediterránea, que utiliza todos sus poderes para viajar por estos países. Por eso éste será el primero de una serie de thrillers de la cuenca mediterránea, de Algeciras a Estambul, pues aquí nació la tragedia griego, el crimen político, la corrupción, el aceite de oliva y la berenjena, que tanto nos une a todos. Y el vino. Y la cerveza, que nació en Egipto”.

«Aquí nació la tragedia griego, el crimen político, la corrupción, el aceite de oliva y la berenjena»

En esa saga en ciernes, la escritora barcelonesa pretende “reflejar en cierta manera el neo-neo-neo colonialismo occidental de estos países, a través de las agencias de viajes, de esas empresas de gas natural y toda su puta madre, a través incluso de las ONGs, de esa gente que va a vivir a estos países su aventura mileurista, que allí se convierte en tresmileurista, porque la vida es mejor allí si cobras en euros; y que encima se quejan de que los taxistas cairotas le cobran tres euros por un trayecto milenario”, apunta.

Según Torres, la serie que acaba de inaugurar será en principio algo parecido a los prolegómenos de la llamada Primavera Árabe. “Lo que se va a ver es el último colonialismo antes de los vientos de libertad que dicen… Porque ahora hablan de los alzados, ya no son los rebeldes, ¡alzados! Me recuerda al alzamiento Nacional, y al trempamiento matutino, ya sabéis, aquello que hacen los hombres con el micrófono. Pero va a estar muy bien contar el Egipto en el que ya se masca la tragedia, porque la gente ya no puede más de hambre, junto con estos que van en un crucero como el de Agatha Christie para un ajuste de cuentas preparado con Lady Roxana…”

Lo seguro es que Diana seguirá investigando por amor al arte. “El dinero te garantiza la independencia, y las mujeres lo sabemos muy bien. Con nuestro primer sueldo hicimos más que leyéndonos todos los libros feministas de la época. Ni mirándonos el chichi en un espejo hicimos tanto como ganándonos decentemente el pan y siendo independientes. Sólo una mujer independiente puede escaparse de un hombre”.

“España se está poniendo muy peligrosa, mucho más que Beirut. Hay un retorno de, no la derecha civilizada que no hemos tenido nunca, y si la hemos tenido estaré encantada de saludarla amablemente, porque no tengo inquina física contra ella, pero ¡coño!, está volviendo la venganza de Don Mendo. Y como los otros son tan torpes, porque más torpe no se puede ser, ¡dime tú, estamos en peligro! Y tenemos que indignarnos y estar firmes, y como los muñecos de Toy Story: “¡To the infinity and beyond!”, cogiditos de la mano. Y ahí me tendréis a mí”. Y agrega a renglón seguido: “Hay que recomponerse, reeducarnos políticamente para no votar nunca más esclavos ni del miedo a unos ni de la lealtad a otros si lo han hecho mal”.

“El Líbano”, recuerda Maruja Torres, “estaba muy bien en los años 60, había una clase media intelectual, y el dinero entraba porque los países del Golfo la usaban como Suiza y Europa como puerto franco para pasar sus mercancías; y esto, unido a que es el primer lugar donde hay una imprenta, hay una libertad de expresión brutal. Y estaban todos los líderes políticos oprimidos por los dictadores de alrededor, y eso crea un caldo de cultivo a la vez que es una provocación para Israel. Por eso Líbano se convierte en el escenario de estas batallas. Unido a eso, está la efervescencia que vivimos en el 68, pero con gente que tenía algo que aportar y que todavía no había sido machacada por el islam. El islamismo surge más tarde, como resultado del fracaso de todo lo anterior”.

«En Líbano tenías la guerra en la puerta y a los líderes en el hotel de al lado»

Lo que parece es que el Líbano actual difiere notablemente de aquel que acogió, y sedujo tanto, a Maruja Torres. “Quedan restitos del ayer, librerías, periódicos democráticos, donde cada cual habla de su propia secta. Si te lo compras todos, te haces una idea. Es muy fácil hacer periodismo allí, es un país muy pequeño, los líderes se ponen a tu alcance porque son unos sobrados. Se vivía bien en ese aspecto, tenías la guerra en la puerta y a los líderes en el hotel de al lado. Era muy entretenido. Ahora eso se ha muerto. Y lo mismo que nos pasa en Occidente, la sociedad de la indiferencia, de la codicia, del provecho inmediato y el individualismo salvaje, se ha impuesto a esa clase social que leía periódicos, que estaba en los cafés, dejaba pasar el tiempo y fumaba su pipa. Entre la guerra y la posguerra, y ellos que tienen tendencia a creerse al príncipe azul y a darse luego una leche, han perdido mucho. ¡Y cómo se matan cuando salta la más pequeña chispa! Está todo a flor de piel”.

Y concluye –siempre provisionalmente– con una aseveración rotunda: “El Líbano es un perpetuo dispersamiento de grandes gentes muy emprendedoras, pero que sólo emprenden el presente, que nunca confían el futuro y siempre recuerdan el pasado. Son extremos deformados de nuestra forma de ser. El día que se pueda arreglar el mundo, arreglaremos el Líbano, y viceversa”.

Después de la guerra civil, en Líbano continúan los mismos actores de la película. ¿Esos no envejecen nunca?
No sólo no envejecen nunca, sino que los que se mueren dejan en hermanos, dejan hijos. Y si matan a un ministro, su mujer se queda con el cargo. No está establecido, no hay nada escrito, pero se ve como algo muy natural.

¿La vuelta a las armas está descartada?
Hizbulá quiere más poder cada vez, y veremos a ver qué pasa. Han maniobrado siempre con mucha inteligencia, pero tengo miedo de que pierdan el oremus, también. De modo que no descarto nada. No olvides que siguen casi 400.000 palestinos en campos de refugiados, muchos armados hasta los dientes, porque allí los salafistas sí están infiltrados. Al Qaeda no es tan oficial, pero los salafista de Arabia Saudí, sí.

¿Hubo una generación Líbano entre los periodistas de guerra? ¿Qué la definiría?
Hubo una generación Líbano, como hubo una generación Sarajevo y una generación Vietnam, con mi maestro Manu Leguineche al frente. Y lo que nos caracterizó fue la buena vida que nos dábamos mientras haciámos la bomba. El miedo con garito, y con compañeros. Poder cruzar la línea verde en moto por la noche, porque te salía de las narices hacer el gilipollas, era una adicción. A mí la adicción me la provocó esa ciudad blanca, bombardeada y sin luces, que olía a albahaca por las noches. Esa ciudad no ha muerto para mí, está debajo de toda esa mierda que veo ahora.

¿Han cambiado las cosas en el mundo árabe desde el punto de vista sexual? ¿Puede por fin una reportera acostarse con un taxista sin miedo a que corra la voz?
¡Ni ahora ni entonces! Yo cometí un acto de audacia y de desconocimiento absoluto. Era kurdo, no era musulmán, yo no lo sabía. Provocó que hubiera cola a mi puerta, tuvo que intervenir mi querido Sami, en paz descanse. Un chocho impresionante… Creo que nada cambia. Y que sigue habiendo personas audaces y alocadas.

¡Digo por la parte de ellos!
Ah, no, ellos son como novios españoles de los años 50 en calle mayor. Las musulmanas las tienen completamente tapadas, pero con las tetas bien marcadas y con dos botones remarcando los pezones, el culillo y los tejanos de leer los labios para sordomudos, y ellos modernos de la muerte… Pero creo que se corren por frotamiento, y eso crea escuela. ¡No todos, ¿eh?, por dios! No me salga ahora el embajador del Líbano con una carta de protesta.

Para terminar, la portada de Fácil de matar podría ser una imagen de Beirut como de París o Barcelona, pero en la contraportada no se menciona ni Beirut, ni el Líbano. ¿A qué se debe?
Porque no está de moda, supongo. Habría que preguntárselo a la editorial. Después de Egipto, Túnez y Libia, el Líbano es irrelevante, sus luchas son como carlistas. Dieciocho sectas de carlistas, enfrentándose en las montañas. ¡Párense ya, que están cansinos!

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