Cuatro entierros del periodismo

Publicado por

Alejandro Luque

@atoluque

Periodista y escritor (Cádiz, 1974). Vive en Sevilla.

Publicado el 2 Abr 2013

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opinion

Uno

Pues sí, el pasado 24 de marzo, se cumplieron exactamente veinte años de mi primera firma en prensa. Un justificado temor a no poder cumplir otros veinte me ha animado a plantearme algunas cuestiones en torno al periodismo y sus cambios recientes, que me gustaría compartir aquí, e incluso discutir en sana polémica, si procede.

¿Ha cambiado tanto el periodismo? Un poco sí. Dos décadas atrás, salir en el periódico, en los papeles, tenía un prestigio notable. Cuando vio la luz aquel primer texto, ilustrado además con una foto mía de grandes dimensiones, mi madre recibió la felicitación de los vecinos y en la facultad varios compañeros vinieron a expresarme su amistoso reconocimiento. “¡Te he visto en el periódico!”, decían, y en cierto modo aquella fórmula sellaba una relación especial, la que se establece entre el lector y el autor.

Esa complicidad también funcionaba entre el lector y el objeto de la noticia. Mi admirado bailaor Juan Farina solía avisar a sus amigos: “Mañana compra el periódico, que me sacan una entrevista”, y si alguno le decía que no se preocupara, que lo compraba todas las mañanas, replicaba: “¡Pues mañana cómpralo antes!”. Había una expectativa, una sensación de encuentro aplazado pero seguro, que la era del flujo permanente de la información -todo llega continuamente, todo se va heraclitianamente- ha abolido casi por completo.

“Mándame el pdf” es la frase más oída en los periódicos al cabo de la semana

Internet, y sobre todo la expansión de las redes sociales, han calado de tal modo que salir en los papeles ya no tiene ninguna gracia. Lo he comprobado con algunos artistas, a los que he tratado con cariño especial en las páginas de mi periódico, para luego tener casi que rogarles que fueran al kiosco a ver cómo había quedado todo. “Mándame el pdf” es la frase que actualmente más oímos al cabo de la semana: no se pierde del todo el gusto por la noticia maquetada a la antigua usanza, pero el objetivo es ahora difundirla en la red, mostrarla en el teléfono móvil, recibir ‘likes’ y comentarios, y en fin, ahorrarse el euro y medio de un artefacto que, por lo demás, ocupa espacio y apenas servirá para envolver el pescado de mañana. El papel no va camino de morir sólo porque los medios digitales sean más baratos, sino porque su viejo prestigio se ha apagado a una velocidad inimaginable hace apenas diez años.

También el prestigio del periodista vacila en estos tiempos como la luz de una brasa casi extinguida. Los nuevos medios han propiciado que todos seamos autores, en un espectacular proceso de democratización cuyo efecto más positivo ha sido el de descubrir talentos insospechados que de otro modo nunca habrían salido a la luz, al tiempo que se desposeía de su monopolio a una suerte de élite que no siempre mereció sus tribunas. El más negativo, confundir al bloguero con el informador, ignorar que el periodismo es un oficio con sus códigos y responsabilidades, y lo que es aún peor: arrastrar a la prensa hacia el territorio del blogger, esa figura que mi adorada Dubravka Ugrešić, en una terrible profecía titulada Gracias por no leer, definió como “un monje loco que dirige sus charlas a un nuevo dios: Google”. Lo que no nos contaron es que este totum revolutum sin filtros, esta fuerza homogeneizadora, no sólo iguala a todos los autores, sino también todos los contenidos: tanto vale mi gato como Obama, un apagón en mi calle como la caída de la Bolsa, mi última ocurrencia como una reflexión de Enzensberger.

El efecto más negativo de los nuevos cambios es confundir al bloguero con el informador

No, no hay que sucumbir a absurdas nostalgias, no hay que temer a los cambios, sí ser conscientes de ellos: de sus bondades y de sus perjuicios. Lo inevitable no es siempre lo deseable y la prensa, tal y como la descubrí hace veinte años, ha sido ya prácticamente reemplazada por otra cosa que se le parece con un lejano aire de familia, pero que hasta en la paradoja de su nombre, prensa, se nos quiere aparecer como “lo mismo mejorado”. Mi temor es que no sea ni una cosa ni la otra. Y lo manifiesto, no sé si como vencido o como quintacolumnista, desde un blog.

Dos

El primer paso para que desaparezca un oficio es la convicción de que los profesionales que lo ejercen son prescindibles. Una de las formas más efectivas para lograrlo es el consabido “hágalo usted mismo”. Cuando empezábamos en esto, un testigo era una fuente. El periodista acudía al lugar de los hechos -entonces había tiempo- e interrogaba a cuantos pudieran proporcionar información. Con todos esos testimonios, y otros que pudiera recoger levantando teléfonos y tomándose cafés, elaboraba una información cuya máxima consigna era la objetividad.

Ese viejo sistema de trabajo, que con variantes se reproducía en las secciones de Sucesos, Cultura o Deportes, empezó a ser tácitamente cuestionado algunos años atrás. Cuando uno de los grandes periódicos españoles inauguró una sección titulada Yo, periodista, en la que se animaba a los lectores a cruzar el espejo y sentarse en la silla del redactor, o ponerse el chaleco del fotero, no se estaba apostando por un periodismo close-up, sino colaborando con el descrédito de la profesión. ¿Quién necesita un periodista, cuando cualquier vecino con un ordenador y una cámara puede serlo? ¿Para qué la deontología, el saber, la experiencia, la concisión o el estilo, cuando se pone a nuestro alcance la fantasía de una información pura y sin refinar, unos medios sin intermediarios?

Otro síntoma de esta tendencia fue la creciente producción de información oficial por parte de los gabinetes de prensa, cada vez más numerosos -todos: instituciones, partidos políticos, empresas, artistas, entendieron que era imprescindible tener uno-, al mismo tiempo que se limitaba la posibilidad real del periodista de abordar por su cuenta el objeto de la noticia. Entrevistas precocinadas, cuestionarios pactados, dossieres propagandísticos han acabado ganando terreno, cuando no usurpando las labores propias del oficio. Hoy nuestra agenda está más dictada por las convocatorias que nos llegan que por las citas que urdimos, lo que da como resultado una escalofriante homogeneidad en los contenidos de unos medios y otros. La rueda de prensa sin preguntas, inimaginable hace apenas diez años, se ha convertido en una nefasta costumbre que atenta frontalmente contra la libertad de expresión.

Las redes sociales han despojado al periodista de su aura romántica y de responsabilidades

De todo esto se ha hablado mucho, sin que nadie haya encontrado aún el modo de conjurar esta tendencia. El éxito de las redes sociales, que a menudo actúan como íntimos magazines,  periódicos hechos a nuestra medida protagonizados por nuestros parientes y amigos, ha acabado por despojar al periodista no sólo de su aura romántica, sino también de sus atributos y responsabilidades. Una curiosa señal de alarma al respecto es la circunstancia, cada vez más común, de que un entrevistado te diga cómo debes titular la pieza, qué debes destacar e incluso qué preguntas debes formularle. Probablemente esa tentación ha existido siempre, pero hoy se cede a ella con un desparpajo que asombra. Me cuesta creer que los pacientes de los ambulatorios le digan al médico de turno cómo debe poner la inyección, o al piloto qué ruta es la mejor para llegar a Orly, o al arquitecto dónde debe ir la viga maestra.

Tampoco es que debamos atrincherarnos en la soberbia; si algo sabemos es que nunca dejaremos de aprender y que, por supuesto, forma parte de nuestro trabajo aceptar sugerencias. Pero esa sensación de que nos toman por obedientes escribas, por dóciles amanuenses al dictado de cualquiera (un político, un empresario, un intelectual…) me hace preguntarme con un escalofrío si sólo nos verán así, o nos habremos convertido efectivamente en eso como un primer, necesario paso hacia la extinción.

Tres

La muerte de un oficio pasa, a menudo, por la dificultad para transmitirlo de una generación a otra. Cualquiera que visite una facultad de Ciencias de la Información pensará que al periodismo aprendices no le faltan (hace como 15 años oí decir a Cebrián que ni todo el mercado europeo podía absorber la cantidad de alumnos que salían de nuestras universidades), pero cada vez hay menos oportunidades para aprender.

Como mucha gente sabe, pertenezco a la última generación de intrusos, gente procedente de otras ramas que cayó en el periodismo por azar y tuvo su oportunidad en él. Al cabo de los años he tenido a mi cargo a bastantes estudiantes que, bajo la ambigua figura del becario, necesitaban que alguien les fuera enseñando lo que no se aprende en la escuela: las rutinas de la redacción y las ruedas de prensa, la práctica de las normas de estilo, las habilidades para titular, componer noticias o preparar entrevistas, la creación de tu propia agenda… Pero sobre todo, necesitaban equivocarse, y aprender de sus errores.

Estudiantes con vocación y capacidad están abandonando la idea de dedicarse a este oficio

Esas prácticas permitían a las empresas, previa evaluación, fichar a los alumnos prometedores, y en todo caso colocaban a los estudiantes en la pista de la vida real, como un imprescindible puente entre el aula y el mundo laboral. En ellas, los jóvenes adquirían también un sentido de la dignidad que los vacunaba contra los empresarios aprovechados. Al mismo tiempo, su presencia refrescaba las redacciones, obligaba a los veteranos a no apalancarse y a aprender, también ellos, de la savia nueva de la profesión. Porque un becario, hasta el más brillante, da trabajo, mucho trabajo, pero la buena inversión siempre produce beneficios -sobra decir que no sólo económicos.

Ese desarrollo natural ha quedado truncado dramáticamente por la situación actual, en el que plantillas diezmadas por los despidos se oponen, como es lógico, a la entrada de aprendices que corren el riesgo de ser usados como mano de obra barata. Por su parte, los estudiantes empiezan a ver con desaliento que sus posibilidades de crecer menguan cada día, y conozco a muchos que, a pesar de su firme vocación y sus capacidades, están abandonando la idea de dedicarse algún día al periodismo.

Como en los gremios artesanos, la profesión va camino de quedar en manos de voluntariosos idealistas, esos que nunca han de faltar, pero sobre todo se cierne sobre ella la amenaza del amateurismo: la sensación de que la prensa es un hobby, un divertimento, un capricho, pero no una profesión que se aprende y se perfecciona con los años. De acuerdo, muchos empezamos con lo puesto, en periódicos universitarios, en boletines de barrio, en fanzines, en pequeñas emisoras pirata. Estuvimos mal pagados, sin medios, incluso sin audiencia. Pero nunca estuvimos solos.

Cuatro

El historiador Fernando García de Cortázar vino a verme en la redacción. Como demoré unos minutos en llegar, se entretuvo conversando en la entrada con Pepe, el portero, y cuantos iban asomando por allí a primera hora de la tarde. “No me ha reconocido nadie”, me dijo un poco herido en su orgullo. “Bueno, Fernando, ya sabes, por aquí pasa mucha gente”, balbucí. “No, no los defiendas, después de 60 libros alguien debería saber quién soy”, protestó con una sonrisa. Es cierto que hace quince o veinte años, este profesor estaba más presente en los medios, sobre todo a partir del éxito de su Breve historia de España, que es algo así como el best-seller del ramo. Pero en los últimos tiempos, ni siquiera el premio Nacional de Historia que le dieron en -voy a comprobarlo- 2008 ha logrado devolverle aquella popularidad.

Hice ver entonces al historiador que los periódicos, todos, se han quedado sin memoria en muy poco tiempo. He oído a muchos directores presumir de plantilla joven, pero a ninguno hablar con orgullo de su contingente de veteranos. Hace aproximadamente una década, empezó a estar mal visto (por alguna razón que desconocemos) que los cuarentones fueran a ruedas de prensa. Las canas y las patas de gallo parecían chocantes, desde un punto de vista estético, en un contexto que cada vez iba a parecerse más a una clase de alumnos obedientes. Aquéllos fueron entonces recluidos a las redacciones, siguiendo otra tendencia del periodismo moderno: menos calle y más computadora. Además, ¿qué podían aportar los perros viejos del oficio? ¡Memoria! ¿Y quién sería el tonto dispuesto a pagar por la memoria en la era de la Wikipedia?

El paso del papel a internet -me parece estar viendo la oficina sumergida de El País en Miguel Yuste, como un hormiguero febril, cuando comenzaba el proceso- vino acompañado de una fe ilimitada en el CD-Rom y los nuevos dispositivos de almacenamiento. Hace un par de semanas, la red se movilizó para protestar contra la destrucción en París del archivo del fotógrafo Daniel Mordzinski. ¿Sabemos cuántos archivos fotográficos y documentales de periódicos se han perdido en los últimos veinte años? Yo conozco al menos dos, uno completo y el otro seriamente diezmado. Nadie soltó una lágrima por ellos: tocaba mirar hacia delante, hacia un futuro de banda ancha, intacto, listo para ser escrito desde cero.

Los veteranos resultaban demasiado caros, o se habían quedado atrás

A nadie extrañó que, con la llegada de la crisis, los veteranos fueran los primeros corderos del sacrificio: o bien resultaban demasiado caros (a fuerza de acumular trienios, algunos habían incluso trascendido su condición de mileuristas), o bien se les acusaba de haberse quedado atrás, incapaces de adaptarse a ese nuevo perfil de periodista que es a la vez redactor, fotero, blogger y community manager mientras barre a su paso con una escoba en el culo. Puestos fundamentales, como el de corrector, fueron erradicados por los nuevos gurús de Recursos Humanos: agradézcanles a ellos las faltas de ortografía que han leído en los últimos años. A otros veteranos que eran excelentes periodistas no hizo falta despedirlos: a algunos se les dio cargos de coordinación tan abrumadores que quedaba garantizado que no tuvieran tiempo para escribir un solo párrafo, pues ya sabemos que la estructura de los periódicos impide promocionar haciendo la misma tarea; otros muchos acabaron en gabinetes de prensa, poniendo su talento al servicio de una información orientada hacia intereses concretos, por muy legítimos que sean. Y así todo. Para sorpresa de García de Cortázar, en los periódicos sevillanos hoy cuesta mucho encontrar a alguien que fuera periodista durante la Expo’92, no digamos a gente que haya informado sobre la Transición española.

Cuando empecé a escribir en prensa, compré un montón de archivadores de cartón y empecé a guardar en ellos recortes, apuntes, datos que pudieran servirme para eventuales entrevistas o reportajes. Se dividían en Temas (drogas, Guerra Civil, arte, medio ambiente…), Nombres y Países. Fue mi Wikipedia casera. Pero lo que de veras me sirvió fue contar con la posibilidad de llamar a veteranos que no sólo podían poner a mi disposición alguna información, sino también los matices necesarios: cuidado con este político que siempre sale por aquí, pregúntale a Fulanito por tal anécdota, ojo con eso que te venden como nuevo, fue lo mismo que propusieron hace mil años…

La memoria no es sólo una suma de datos objetivos ordenados: también existe una memoria sentimental, una memoria de lo visto y lo vivido, que no puede reemplazarse con fondos documentales más o menos verificados. Y sin embargo, se ha reemplazado. El Alzheimer ha conquistado los medios a una velocidad que pondría los pelos de punta a cualquier gerontólogo, al tiempo que se frustra el proceso de aprendizaje de los chavales que salen de la Facultad. La situación ha llegado a tal extremo, que no conozco a ningún periodista en su sano juicio que esté convencido de poder jubilarse dentro de la profesión. Perdón, ¿he dicho jubilación? ¿Quién se acuerda ya de eso?

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