«Si la guerra no te afecta, es mejor que te quedes en casa»

Gervasio Sánchez

Publicado por

Alejandro Luque

@atoluque

Periodista y escritor (Cádiz, 1974). Vive en Sevilla.

Publicado el 28 Jun 2013

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Gervasio Sánchez (Sevilla 2013) |  © A. Luque.
Gervasio Sánchez (Sevilla 2013) | © A. Luque.

El nombre de Gervasio Sánchez (Córdoba, 1959) remite a una generación de reporteros gráficos que se forjaron entre la primera Guerra del Golfo y los Balcanes, y que han logrado conjugar la excelencia técnica con el espíritu de denuncia. Un buen ejemplo de ello es la muestra Desaparecidos, que se exhibió a principios de este año en el Casino de la Exposición de Sevilla. Aprovechamos la oportunidad para hablar con él de fotoperiodismo, de derechos humanos y de algunos de los escenarios de sus impresionantes trabajos, reconocidos con premios como el Ortega y Gasset o el Nacional de Periodismo.

Querría empezar preguntándole por Enrique Meneses, un grande del periodismo que se nos fue recientemente, y a quien estuvo usted muy vinculado. ¿Qué aprendió de él?

Enrique Meneses es uno de los grandes periodistas de este país y de todo el siglo XX, y su currículum lo atestigua. Incluso el propio Manu Leguineche, a quien quiero como si fuera mi padre, no trabajó en medios internacionales. Enrique lo hizo con Paris Match, en competencia directa con Life… Se ha sido muy injusto con él, prácticamente no ha sido premiado, tenía que haber sido premio Nacional de Periodismo. Entrar en los 90 en una fase de bajo perfil le perjudicó, pero en una profesión como esta, si alguien desaparece porque quiere, no significa que los demás debamos darle por desaparecido.

¿Y por qué es tan infrecuente un espécimen como Meneses?

Era infrecuente en los años 50, con veinte años se fue a viajar por el mundo. Luego en los 60 siguió esa estela Leguineche, en los 70 hubo algunos más, y en los 80 cuando yo empecé a viajar como uno de los hijos de aquéllos, había muy pocos periodistas que viajaran como free lanz: Javier Bauluz, Fernando Moleres y alguno más. Ahora sí hay una generación, sobre todo de fotógrafos, que están haciendo un trabajo fantástico para el New York Times, para CNN… Si coges las fotos de los dos últimos años en Siria, hay muchísimos españoles.

De eso iba a preguntarle: después de la generación Vietnam, la generación Líbano y la generación Balacanes-Golfo, ¿podemos hablar de la generación Libia-Siria?

Sí, una generación de la Primavera árabe, que tiene una grandísima ventaja: la tecnología. Hoy se puede transmitir a toda velocidad, puedes comunicarte con gente cercada, o si te enteras de que un compañero está herido, puedes rápidamente informar. En Sarajevo no teníamos ni teléfonos para comunicarnos, para mandar las crónicas usabas un teléfono satélite que costaba un ojo de la cara. Hoy transmitir no cuesta casi nada, antes enviar era lo más caro.

¿Hay guerras más sucias que otras?

No, creo que hay guerras más complejas en sus causas, pero todas son sucias, violentas, y a menudo los que parecen buenos se convierten en asesinos, y los malos en víctimas. Esto ha pasado por ejemplo en Libia, donde parecía que los guerrilleros iban a ser muy cuidadosos con los derechos humanos, y los han violado incluso para matar a Gadafi. En Siria ahora está pasando, están ejecutando a gente que no son sino soldados reclutados a la fuerza. Deberían ser muy cuidadosos con los derechos humanos, y castigar la impunidad.

Una cuestión recurrente. ¿Cómo toma uno distancia después de ver determinadas atrocidades?

No conozco el secreto, y además creo que es injusto tomar distancia. No puedes ir a la guerra treinta años, y decir que no te afecta. Mejor te quedas en tu casa. Se lo digo siempre a mis alumnos, si no están dispuestos a sufrir en su interior el dolor de las víctimas, no van a poder transmitir con decencia. No importa los premios que ganen, lo bien que escriban, lo buenas que sean sus fotos, lo mediáticos que sean, me da igual. Tiene que haber esa convulsión interna que provoca la violencia y los desastres de la guerra.

Las nuevas generaciones tienen una gran ventaja sobre nosotros: la tecnología para transmitir

Otra cuestión vieja es si el periodista tiene que dar sólo testimonio, o tratar de cambiar las cosas.

Eso es una ingenuidad juvenil. Cuando empiezas, crees que lo vas a cambiar todo, y te das cuenta con el tiempo de que las cosas a veces van a peor. Si no hubiera una presencia de testigos que cartografían el dolor, la situación sería mucho más brutal. Por eso es injusto que un medio de comunicación diga que estos asuntos no le interesan al público, cosa que es mentira, o que informar es muy caro, cosa que, según se mire, también lo es. Otras cosas son caras y se hacen, aunque sean desperdicios auténticos.

Después de haber visto tanto horror en los Balcanes, ¿cómo valora la situación actual? ¿Han tomado estos países un camino aceptable?

En Balcanes no hay guerra y desde el 95 no ha habido enfrentamientos graves en Bosnia, lo cual es una buena noticia, aunque Kosovo y Macedonia también fueron tremendos. Lo grave es que el acuerdo de paz de Dayton estableció una ayuda para la recuperación económica de estos países, que eran el patio trasero de Alemania. Allí se construían los coches, era un territorio industrial por encima de España en algunas cosas. Esto no se ha recuperado, el pueblo se ha empobrecido, y cuando la gente no tiene trabajo se pone a pensar en el vecino, y se corre el peligro de que se activen conflictos que se superan con el desarrollo económico.

¿E Iraq, es parangonable?

Allí la invasión provocó la guerra civil, la guerra civil provocó la limpieza étnica, la limpieza religiosa y étnica provocaron la división del país, y todo sigue siendo muy inestable. Chiíes y suníes siguen enfrentados, y entre los propios chiíes los hay laicos, que toman alcohol aunque lo nieguen, y religiosos que quieren implantar la sharia.

Aquel discurso en que denunció usted la hipocresía de España, que se llena la boca hablando de paz y es una gran exportadora de armas, ¿tuvo algún efecto?

Esa misma noche me encontré con mucha gente que intentó justificarse, y otra que me dijo que me había pasado de la raya. Podría haberles llamado hijos de puta directamente y no lo hice, fui super-educado. Estos discursos en el fondo no sirven para nada, uno los hace para no dedicar palabras simplonas y pelotas a los presentes, esto lo hago desde que empecé a presentar proyectos y exposiciones. Estoy acostumbrado a que haya gente que se marche de los actos, no del PP, también de IU, por reprocharles que no criticaran a Milosevic por ser comunista. Pero no sólo no sirvieron de nada mis palabras: cuando hice ese discurso España vendía 900 millones de euros anuales en armas, cuando terminó el gobierno de Zapatero eran 2.600.

A propósito de actitudes vergonzosas, también ha criticado la que han tenido todos los partidos políticos en el tema de los desaparecidos de la Guerra Civil. ¿Qué no se ha hecho?

Cuando digo que la clase política española en su totalidad ha demostrado una gran cobardía, lo que digo es que en 37 años de democracia se tendría que haber encontrado para la búsuqueda, identificación y entrega de los desparecidos. ¿Cuándo? Evidentemente, en la transición española, esa que algunos prohombres han  definido como modélica –se pusieron de acuerdo en lo que quisieron, y lo que era polémico lo dejaron de lado-, no era el momento para hacerlo, y lo entiendo. Tampoco lo era en el año 81, cuando hubo un golpe de estado. Tampoco lo era en el 82, cuando los socialistas llegaron al poder. Tampoco en el 86, cuando se dedicaron a girar su política económica y nos metieron en la OTAN. Pero a finales de los 80, principios de los 90, hace casi un cuarto de siglo, Felipe González y Alfonso Guerra, que jamás han hecho una declaración sobre este tema, tendrían que haber acordado con la derecha, con Anguita, con quien fuera, un consenso nacional con dos claras definiciones: compromiso total de no instrumentalizar este problema ni usarlo como arma arrojadiza, y decidir que expertos en la búsqueda de desaparecidos hicieran un proyecto financiado por el Estado español, durase lo que durase, costase lo que costase. Eso es lo que tendrían que haber hecho todos, desde Felipe hasta Aznar, en vez de dar conferencias por el mundo, ganando mucho dinero, describiendo la transición española como modélica.

La mirada incómoda

Desaparecidos es el resultado de doce años de trabajo, desde 1998 hasta 2010, y gira en torno a la dramática y casi universal lacra de los desaparecidos forzosos, víctimas por lo general de conflictos bélicos, persecuciones políticas u otras convulsiones. Así, el fotoperiodista recorre desde Abu Grahib hasta Srebrenica o Santa Marta, y desde Chile hasta Camboya, siguiendo el rastro de esta forma de iniquidad. Diez países de tres continentes de los cuales, por cierto, no queda excluida España, donde todavía hay miles de cadáveres enterrados en indignos emplazamientos.

“Sorprende que ocurran cosas como ésta en un país avanzado como el nuestro, que ha sido potencia económica y va por ahí dando leciones de todo”, lamenta Sánchez. “No hemos sido capaces de enfrentarnos al problema de nuestros desaparecidos, en primer lugar, por la cobardía de toda nuestra clase política, sin excepción: si alguien quiere que le diga por qué pienso eso de su partido favorito y de todos los demás, puedo argumentarlo”, subraya.

“La Ley de Memoria Histórica de 2007, instrumentalizada hasta la saciedad, no ha sido efectiva, porque el trabajo se empezó por el tejado y no por los cimientos. Aquí mismo, en La Puebla de Cazalla, se tuvo que abrir la fosa hasta tres veces, porque se acababan las subvenciones. Es una vergüenza en la que también ha tenido que ver la cobardía de las universidades y de la opinión pública. Un país que no se interesa por la preservación de la memoria y la búsqueda de la justicia no puede ser ejemplo de nada. Y si alguien no lo entiende, que se ponga en lugar del otro: que pregunte qué haría con su padre enterrado en una cuneta”, agrega.

La muestra hace un recorrido cronológico por algunos escalofriantes centros de detención, por monumentos y espacios conmemorativos, también se ocupa de las exhumaciones, se asoma a los lugares en los que se estudian y almacenan los restos y asiste a las entregas de éstos a los familiares. En resumen, una panorámica completa “que no es cómoda de ver”, según afirma el autor, de una de esas tragedias que parecen de un tiempo muy remoto, que cuesta creer que sigan sucediendo en pleno siglo XXI.

En todo caso, Gervasio Sánchez, un profesional que tuvo conciencia de esta cuestión cuando se enroló como voluntario de Amnistía Internacional siendo todavía estudiante de periodismo en Barcelona, se muestra satisfecho con el resultado de su trabajo, un proyecto que para él ha sido “un gran viaje, puede que a ninguna parte, porque el de los desparecidos forzosos es un tema difícil de solucionar, y con el paso de los años cada vez lo es más”. Además, no da por terminado el trabajo: este año volverá a Colombia para seguir recogiendo imágenes.

Siempre en fotografía hay una discusión sobre dónde poner el límite de lo que se debe o no mostrar. ¿Usted lo tiene claro, o no hay criterios al respecto?

Cada uno trabaja como lo cree más conveniente, pero es más apropiado acercarte a las víctimas con el respeto y la dignidad que se merecen. Mi primer libro, El cerco de Sarajevo, lo hice entre junio del 92 y marzo del 94, catorce meses en Bosnia en que vi miles de muertos. Iba cada día a la morgue a confirmar el número de muertos, de hecho los responsables a veces me decían que entrara y los contara yo.  Vi miles de muertos, en cambio fotografié pocos. Fotografiar muertos en una guerra es lo más fácil que hay. Luego está esta gente que te dice que no hay que fotografiar niños muertos para preservar su intimidad. Lo que no hay que hacer es matar a los niños, por favor, no seamos cínicos. Hay que mostrar la realidad, que a menudo es brutal, pero llegué a la conclusión de que los muertos son el menor problema de una guerra. Se entierran, en el mundo musulmán se entierran incluso en el mismo día, y dejan de ser un problema a las horas. El problema era qué pasaba con los supervivientes, con los que sufrían estrés, los que no se atrevían a salir a la calle, los que quedaban ciegos, mutilados… Eso fue lo que mostré, y creo que ha circulado mucho porque me impliqué más con los vivos que con los muertos. Es importante documentar lo que pasa, he estado en muchas fosas y visto muchos horrores, pero regodearte en lo más evidente de la guerra, en un trabajo a largo plazo, puede quitarle fuerza, es mejor que cojas por otro camino.

El miedo te hace medir los pasos que vas a dar, es una vacuna contra la estupidez

¿El miedo forma parte del kit del fotógrafo?

Si alguien me dice que no tiene miedo en una guerra, yo me voy de su lado, lo más lejos posible. Sólo un estúpido puede decir eso, el miedo es una vacuna contra la estupidez: te hace medir muy bien los pasos que vas a dar, y no tiene que impedir que te arriesgues.

¿Qué gana uno trabajando en un medio de provincias, y no en una gran agencia?

Sorprendentemente, yo he trabajado donde he querido. En provincias me han tratado con mucho respeto, y he dejado de trabajar en medios de referencia, como El País, porque los responsables no tenían interés por mi trabajo, a pesar de lo progresistas que dicen que son, de boquilla sobre todo. En El Heraldo de Aragón llevo trabajando veinticinco años, y jamás me han tocado una línea, aunque entrara en contradicción con el pensamiento de los dueños de ese medio. Eso es sagrado en el periodismo. Además, mi relación con El Heraldo es clara: puedo trabajar con el medio que quiera, salvo con su competencia directa, que no es El País –se ríen de El País– sino El Periódico de Aragón. Incluso puedo publicar cosas que han salido en El Heraldo en otros sitios. Hay mucho respeto mutuo, y me dejan llegar a mucho más público. La prensa regional en España es mucho más interesante que la nacional.

Eduardo del Campo |  © Fernando Ruso
Eduardo del Campo | © Fernando Ruso

La pregunta de…

Eduardo del Campo

Gervasio, ¿has estado en algún momento tentado de tirar la toalla, de dejar el periodismo?

El momento más dramático que pasé fue cuando acabó la guerra del Golfo en el 91. Me di cuenta de que la prensa se había gastado una millonada, habían nacido las televisiones privadas en España, había tres equipos de televisión española en Israel haciendo pura basura, había una censura tremenda, había tres equipos haciendo basura en Arabia Saudí, y muy pocos medios hicieron un buen trabajo cuando los israelíes, después de los bombardeos iraquíes en su territorio, cerraron los territorios ocupados y sometieron a la población palestina a un bloqueo impresionante. Me colé allí muchas veces e hice muchas historias que por poco me salen un poco caras… Cuando el 1 de marzo salí de Israel y llegué a Zaragoza, me recibieron como un héroe y me quedé un mes y medio muy cabreado, muy jodido. No llegué a pensar en dejar el periodismo, pero sí me preguntaba ¿esto qué es? Me fui a Perú un mes a cubrir el cólera en el 91, nadie hablaba de eso, trabajé como camarero por última vez y en septiembre me fui a Croacia: allí se me pasó la depresión.

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