Un país en crisis para una UE en crisis

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Irene Savio

Publicado el 25 Sep 2013

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Calle céntrica en Vukovar, Croacia (2013)  | © Irene Savio
Calle céntrica en Vukovar, Croacia (2013) | © Irene Savio

Un cuarentón, de pelo grisáceo y cicatrices en el cuerpo, se fastidia por la presencia de los foráneos y sale bajo un sol feroz en dirección a la agujereada torre de Vukovar, símbolo del martirio de la ciudad durante las Guerras de Secesión yugoslavas de los 90. Dentro de la taberna, el camarero Zoran Filko, de treinta y tantos años, cuchichea una frase infernal. “Sólo habrá acabado, sólo habrá paz entre nosotros, cuando todos ellos, todos los que vivieron esa guerra, estén muertos”.

Curtido por una vida en las fuerzas irregulares serbias que operaban en el pueblo, el periodista Slavko Bubalo, que tiene 49 años, contiene entonces la respiración, en lo que ya parece una gresca sobre el pecado original. “¿Por qué la Unión Europea no nos ayudó antes de que nos matáramos hace veinte años? ¿Qué garantías tienen los serbios de aquí de obtener el mismo estatus que los croatas, si esto no ha ocurrido hasta ahora?”, cuestiona Bubalo. Entre estos derechos negados cita la discriminación laboral que él dice sufrir en su propia piel.

“¿Por qué la Unión Europea no nos ayudó antes de que nos matáramos, hace veinte años?”

Los nacionalismos exacerbados y las tensiones étnicas del pasado se resisten a ser digeridos en los Balcanes. “Y eso a pesar de la pacificación que la comunidad internacional dice querer para la región”, asegura Julija Kranjec, miembro del Centro para la Paz. Entre otras razones, aún falta justicia: según el Consejo de Europa, todavía se desconoce el paradero de 13.439 desaparecidos, hay miles de mujeres violadas que no han recibido la atención adecuada y 438.000 refugiados que no han sido recolocados en las fronteras que, a partir de 1991, surgieron de la desintegración de Yugoslavia.

Cualquier detalle sirve para desentenderse. Al certificarse el ingreso de Croacia en la Unión Europea, el pasado 1 de julio, el país impuso restricciones a la venta de productos de su vecino, Bosnia. En respuesta, el ministro de Comercio bosnio, Mirko Sarovic, prohibió la importación de carne desde Croacia, un golpe grave a las relaciones comerciales entre los dos vecinos que hasta 1991 eran un único Estado.

El pueblo de Vukovar es el vivo testigo de lo mucho que aún puede ir mal en una región golpeada hace veinte años por la guerra. Arrasada como ninguna otra durante las contiendas y aún hoy poblada de edificios mutilados y calles a medio acabar, esta ciudad antaño próspera se sitúa hoy en unas de las zonas más deprimidas de Croacia, y de las más tensas. En abril pasado, los nacionalistas croatas salieron a la calle para impedir que se introdujera el cirílico, usado en Serbia, como segundo alfabeto oficial. “Esto, a pesar de que es lo que establece la Constitución croata para municipalidades donde un tercio de la población es serbia”, recuerda Bubalo. Adjudica la culpa a unos pocos políticos nacionalistas. Unos pocos que hacen mucho ruido, eso sí.

“Éramos una nación industrializada y ahora vivimos perennemente en crisis”

A la tensión se añade la pobreza. Aquí, en la región de Eslavonia, en el este del país, el PIB es un 28% inferior al promedio nacional. Pero no hace falta irse tan lejos: basta con acudir a la calle Trnjanska en Zagreb y acercarse al Pitch Club, un garito al que acuden jóvenes para matar la noche. Pocos metros más allá, la vegetación consume la vieja factoría de vehículos ferroviarios. En la vía Zavrtnica yacen los restos de la planta química Pluto, en el viejo distrito industrial. Antes, éste fue el corazón brioso de la industria de la capital de Croacia, pero hoy la mayoría de las fábricas han cerrado y las menos malviven en los suburbios.

Lo explica Marko Gregović, de la plataforma Za Grad, especie de movimiento de indignados local. “Así nos va con nuestras élites: éramos una nación industrializada y ahora vivimos perennemente en crisis. Dudo mucho que cambie algo con la entrada en la Unión Europea”, señala.

La entrada en la UE no ha provocado precisamente un ambiente de euforia en Croacia. Desencantada, sólo entre el 45% y 49% de la población cree que su país se beneficiará del ingreso, según diferentes sondeos, mientras que apenas el 20% –en un país de 4.2 millones– de los habilitados acudió a votar en las primeras elecciones europeas, celebradas en abril pasado.

Muchos de los carteles proeuropeos difundidos por Zagreb en vísperas de la fecha de entrada eran patrocinados por una conocida cadena de supermercados alemana. Otros pintan una realidad bien distinta. En el barrio de Martinovra incluso aparece la bandera de la UE asociada a la cruz gamada.

Casi 10 años de negociaciones con Bruselas han puesto fin a una serie de disputas internacionales –entre otros con Italia y Eslovenia por la salida al mar Adriático– y han amordazado otras riñas con Serbia por los juicios a genocidas. Pero no han resuelto los problemas endémicos que surgieron, tras la independencia del país en 1991, durante el gobierno de Franjo Tudjman.

Así, Croacia está como está: en recesión desde 2009, con una tasa de paro que este año es de un 20%, un déficit elevado, que con un 3.8% supera el límite permitido en la UE (el 3%), una burocracia que se desborda y una economía basada casi únicamente en el comercio. “La economía croata ha acumulado por años problemas estructurales relacionados con la desindustrialización, la corrupción y la ineficiencia de la pública administración “, afirma Vladimir Cvijanovic, experto de Teorías Económicas de la Universidad de Zagreb.

La industria croata fue privatizada y dejada en manos de unas doscientas familias

Tras la desintegración de Yugoslavia, en la época del ultranacionalismo de los años 90, la industria croata –la más pujante de la Yugoslavia unida– fue privatizada y dejada en manos de unas doscientas familias que acaudillaron la revuelta hacia la independencia del país, coincide Ana Pavicic Kaselj, también economista. Se trataba de gente sin preparación ni estudios, recompensada sólo por motivos políticos.

“Así se formó nuestra élite: enriqueciendo a un círculo que no tenía interés alguno en mantener en pie el tejido industrial del país y que, al contrario, desmanteló industrias textiles, cerró metalúrgicas, arruinó navieras…” detalla Kaselj, antigua asesora en el proceso de adhesión de Croacia a la UE. “Así se explica que hoy nuestra economía dependa de cómo está la economía en otros países”.

“Sí. Es verdad. Antes, éramos competitivos, pero lamentablemente el proceso de privatización fue desastroso y criminal”, reconoce incluso Stjepan Mesic, expresidente de Croacia, quien ya en 1994 denunció que Franjo Tudjman “pensaba más en clave política que para el bien del país y terminó rodeándose de gente poco recomendable”. En la administración pública, asegura, se les dieron puestos a “los amigos de amigos; y luego a los amigos de amigos de amigos, sin ningún criterio”. Mientras, cualquier funcionario disconforme era pensionado anticipadamente, trasladado o directamente despedido.

El 90% de los empresarios consideran los “trapicheos” algo habitual en el negocio

“En Croacia hay 1,2 trabajadores activos por cada pensionista, quizá el peor dato de toda la Unión”, detalla Ana Pavicic Kaselj. “Esto se resolvería reactivando la industria, pero a esto se oponen las mismas lobbies que han llevado al país a esta situación: muchas se lucran con las importaciones”, agrega el eurodiputado laborista Nikola Vuljanic, uno de los 12 que Croacia sentó en la UE.

La industria languidece, afectada también por una ficticia tasa de cambio que hace menos competitivos los productos croatas y más baratas las importaciones. Hoy, un euro equivale a 7.5 kunas –la moneda local–, aunque su tasa de cambio real se situaría entre 9 y 10 kunas. “Fue algo que establecieron el Banco Central croata y el gobierno y que, claro, aventaja a los importadores porque pueden comprar a precios más baratos, pero a la industria le afecta”, señala Vuljanic.

Si la economía va mal, parte de la culpa la tiene la corrupción. Según reveló recientemente la auditoría estadounidense Ernst Young, Croacia se coloca en el penúltimo puesto en la UE, superada sólo por Eslovenia. En 2009, el entonces primer ministro, Ivo Sanander, tuvo que dimitir, acabando en una celda acusado de corrupción, algo que contribuyó a la derrota de su partido, el HDZ, y a la llegada al poder de a coalición liderada por el partido Social-Demócrata (SDP), que gobierna ahora.

Tampoco hay justicia. “El número de sentencias contra el crimen organizado es bajo y tampoco hay muchas condenas en el ámbito de la corrupción”, reconoce el último informe de marzo de la UE. “Los jueces croatas todavía tienen cierta dificultad en aplicar las leyes y los reglamentos internacionales”, explica Julija Kranjec.

Así no es de sorprender que el 90% de los empresarios considere los trapicheos como “habituales” y que esta plaga, junto con la evasión fiscal, le haya costado al país unos 11.300 millones de euros entre 2001 y 2010, según un informe de la organización Global Financial Integrity (GFI). El fantasma que se teme es acabar como Bulgaria, la nación más pobre de la UE, o como Grecia, la gran víctima europea de la crisis financiera internacional.

“Yo sí tengo ese miedo”, afirma Marija Krnic, de la plataforma Za Grad. Ella, como casi el 50% de sus coetáneos, está en paro, y, como muchos de ellos, quiere irse del país. “No es que quiera, tengo que irme”, dice. Tina Pekech, estudiante de biología de 24 años, también conoce esa herida. “Estoy contenta por la entrada en la Unión Europea, pues así me podré ir del país; aquí no hay oportunidades”, afirma esta joven, miembro del colectivo Jóvenes, váyanse de Croacia. No es la única con este humor.

Hay quien guarda cierta esperanza. A partir de la segunda mitad de 2013, el país recibirá  655 millones de euros de fondos europeos. Hasta 2020, sumaran 13.700 millones. El dinero atraerá nuevas inversiones, gracias a que Croacia ya no pagar tasas aduaneras dentro de la Unión. “Si nos administramos, nos podría ir mejor, si no es así, seremos otro cadáver dentro de la UE”, afirma Kasel. Ella descarta, sin embargo, que el país esté preparado para ingresar en la Eurozona, algo que debería acontecer en cuatro o cinco años.

Yugonostalgia

Pero abundan los euroescépticos y los nostálgicos de la antigua Yugoslavia. De pie detrás de la barra de su taberna, Daniela Birc se sirve cerveza y da una larga pitada. Es regordeta, amable, insegura. A ratos, entre sorbo y sorbo, busca con los ojos la complicidad de su pareja, Dalibor, un camionero musculoso y de aspecto más rudo y torpe. Son vecinos de Kumrovec, el pueblo de nacimiento de Josep Broz, más conocido como mariscal Tito, el hombre que dirigió la Yugoslavia unida durante 35 años. Sobre sus espaldas parecen cargar un pasado lleno de recuerdos contrastantes.

“Con siete años entré en la Liga de las Juventudes Comunistas de Yugoslavia: fui la última generación”, cuenta ella. “En esa época vivíamos en paz con los serbios, yo tenía amigos serbios, ahora no”, explica. “Había trabajo, no como hoy; Yugoslavia era un entidad reconocida internacionalmente, había valores, educación, sanidad gratuita. ¿Ahora qué?, ¿qué nos queda?”, se decide a añadir Dalibor.

“Tito fue un dictador, aunque iluminado. De ahí que, en medio de la crisis en la que estamos ahora, muchos se sientan traicionados y hayan vuelto a interesarse por ese modelo socialista”, argumenta Dragutin Ulama, el alcalde de este pueblo de 300 habitantes, situado a pocos kilómetros de la frontera con Eslovenia.

“En la época de ultranacionalismo, Kumrovec dejó de existir para quienes mandaban en Zagreb, y aun así llegan visitantes. El año pasado fueron 62.000”, asegura. “Me gustaría saber más de la época de Tito. Pero en los libros de la escuela no aparece casi nada de eso”, lamenta una joven.

En los libros de la escuela no aparece casi nada sobre la época de Tito, el dictador de Yugoslavia

En el interior museo al aire libre, un recinto dedicado a la vida rural y donde está la casa de Tito, un turista se detiene a conversar con un camarero, mientras observa el modesto edificio de dos plantas y cuatro habitaciones construido en 1860. “¿Esto es?”, pregunta. “Sí, sólo esto”, le contesta el otro. Es decisión del Gobierno croata, dueño del sitio, explica.

La Escuela Política Jozip Broz, donde antaño se teorizaba sobre la lucha de clases, está en ruinas –a pesar de que el gobierno nacional se gasta 300.000 euros al año para este edificio y otros dos–, tras haber sido, después de la caída de Yugoslavia, primero cuártel del ejército croata y después un refugio para desplazados de Vukovar.

“Muchos tienen traumas, y vinculan Tito y Kumrovec con la guerra. Lamentablemente nuestras élites nos convencieron que debíamos matarnos; no sé cómo fue posible. Antes daba igual ser yugoslavo o croata”, opina Jasna Blažičko Milčić, otra vecina que ahora vive en Zagreb.

Como si el tiempo se hubiera detenido en un limbo indefinido, Goran Rutic, de 24 años, indica unos llaveros y unas cajitas de cigarros con la imagen del mariscal, que los comercios de Kumrovec venden a los turistas. “¿Lo ve? A treinta y tres años años de su muerte, el mundo aún nos conoce por él”, señala. “Mi abuelo, que fue soldado del ejército yugoslavo, sólo cuenta cosas positivas de esa época. Y yo le creo. Es posible que Tito fuera un hombre autoritario, pero la democracia que nos han vendido es un espejismo al revés”.

“Confiamos en que la UE nos ayude a salir de la crisis”

Ivo Josipovic.  Presidente de Croacia

Ivo Josipovic (2011) | Roberta F. Creative Commons 3.0
Ivo Josipovic (2011) | Roberta F. Creative Commons 3.0

Agnóstico, políglota y experto en Derecho Penal –colaboró con el Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia–  Josipovic (Zagreb, 1957)  muestra un formidable optimismo por la entrada de su país en la Unión Europea.

¿Se siente decepcionado por las circunstancias en las que Croacia entra en la UE?
No… Me decepciona que a la economía europea no le vaya bien, pero me siento feliz de que estemos viviendo una etapa histórica, que nos hayamos convertido en una mejor sociedad, que estemos ante nuevos desafíos.

O sea, asume ingresar en una Europa en crisis.
No hay pruebas de que estaríamos mejor sin la Unión. Nuestros problemas económicos han empezado antes, estando fuera. Confiamos en que la Unión nos ayude a salir de la crisis.

¿No teme que Croacia se convierta en otra Bulgaria o en una nueva Grecia?
¿Hay alguna razón por la que debería pensar esto? Confiamos en nosotros. Me pregunto por qué los periodistas son tan desconfiados. Así lo he dicho y lo repito. ¿Qué país ha abandonado la UE? Por las mismas razones que ellos quieren quedarse, nosotros queremos entrar.

¿Y qué razones hay en el caso de Croacia?
Tener acceso a un mercado más amplio, la posibilidad de desarrollar un corporativismo en diferentes ámbitos, desde la economía a la investigación científica, y, claro, también creemos en el proyecto de pacificación de la Unión.

¿Le gusta el modelo económico de austeridad que está siguiendo la UE?
Al respecto, hoy hay dos voces dominantes. Una dice ‘gastemos’ y la otra, ‘ahorremos’. Creo que ninguna de las dos está en lo cierto. No podemos gastar sin freno, pero tampoco ahorrar tanto como para quitarle la posibilidad a la gente de vivir normalmente. Tenemos que encontrar un equilibrio. ¡Hasta nos lo están diciendo los premios Nobel! Y los políticos deberíamos escucharlos, porque si no, se generarán los problemas políticos y sociales que hay en Grecia. Otro asunto es que el neoliberalismo no es la respuesta a esta crisis. La Unión tiene ciertas características, como el Estado de Bienestar, que han de ser protegidas.

Croacia ha aceptado las privatizaciones que pidió la Unión, ¿no?
No fue sólo por petición de la Unión, lo hicimos porque en Croacia muchas empresas aún son de propiedad del Estado, y algunas muy pequeñas. Y yo creo que los Estados deberían mantener en sus manos sólo las empresas estratégicas, como las energéticas, ya que además el Estado no es un empresario eficiente. Así la mayoría de estas empresas (croatas) están ahora en aprietos.

Croacia es hoy un país desindustrializado.
Sí, en los 90 se llevaron a cabo una serie de privatizaciones; algunas empresas acabaron en manos de criminales, otras en las de gente incompetente. Esto no ha de repetirse. Había muchas empresas buenas antes de nuestra independencia y por eso ahora hay que pensar en la reindustrialización del país. No lo niego.

¿Por qué la mayoría de los croatas no están contentos con el ingreso?
No estoy de acuerdo con esto; no es verdad.

Pero si sólo el 22% votó en las primeras elecciones europeas.
Tienen algunos miedos, es normal. Además, ha sido una época de muchas elecciones; por eso, no fueron a votar. ¿Cómo podríamos vivir pacíficamente esta transición si ellos no estuvieran de acuerdo? ¿Se lo imagina?

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